miércoles, 22 de octubre de 2014

CAPÍTULO ONCE — NOTICIAS DE TYLER

- Así es como podemos trabajar juntos y seguir acostándonos juntos – dijo Pedro, desperezándose lujuriosamente y volviendo a estrechar a sí a Pau..

- Esto no es trabajar juntos - protestó ella adormilada– esto sólo es acostarnos juntos.

- ¿Tú no estabas trabajando? ¿Para que resultara agradable para mí?

- Ah, eso – murmuró -. Sí, me estaba esforzando para que te resultara agradable, pero no era eso lo que quería decir y lo sabes, idiota arrogante.

Pedro notó que se acurrucaba más cerca de él y le pasó una mano por la cintura. Vio cómo intentaba mantener su bonita cara seria y fracasaba.

- Yo he trabajado muy duro para a ti te resultara agradable – bromeó.

Ella se rió suavemente.

- Ya me he dado cuenta.

- ¿Y lo he conseguido?

- Sabes que sí. Especialmente en lo que respecta a lo de “duro”. Los vecinos se deben estar preguntando quién se ha mudado a vivir a la puerta de al lado. Un descuartizador y su víctima... – bromeó, dándole un codazo en las costillas - ¿A que no pensabas en eso mientras me zarandeabas, eh?

- Voy a tener que amordazarte.

- Sí, sí – murmuró -, y ya que estamos, podrías esposarme también.

La polla de Pedro dio un perezoso y ondulante cabeceo ante la idea.

- ¿Me dejarías hacerlo?

- Sólo al escritorio.

- Hummm ... juntos en el trabajo y juntos en la cama. ¿Ves? Podemos hacer que esto funcione, Pau.

- Pedro – murmuró ella malhumorada -, yo no quiero hacer que esto funcione. He firmado un contrato de un mes hasta que esté listo mi pasaporte y luego me iré de la vieja y pequeña Nueva Zelanda -. Se dio la vuelta para poder verle y le dedicó una mirada más seria. – Me he pasado veintiséis años aquí y quiero ver qué más hay en ese gran mundo de ahí afuera. Papá y mamá me contagiaron el mal del viajero. Tenían fotos de docenas de países diferentes pegadas en las paredes de casa. Siempre estaban planeando los viajes que podrían emprender. Yo pensaba que la suya era la forma ideal de vivir, pero luego ellos murieron y yo quedé atrapada con el abuelo.

Pedro hizo una mueca al oírla hablar de aquella forma. Siempre había pensado que sentía cariño por el anciano.

- ¿Qué le pasó?

Pau suspiró.

- Tuvo un derrame cerebral, pobrecito, uno bastante grave.

Pedro volvió a relajarse. Así que no tenía el corazón tan duro como le había parecido.

- El personal de rehabilitación del hospital era fantástico. Lograron que se moviera bastante y que recuperara algo la capacidad de hablar, pero no puede decirse que se recuperara del todo. Solía ir a un centro de día a veces y se manejaba bastante bien él solo cuando tenía que hacerlo, pero no me atrevía a dejarle solo por las noches.

- ¿Durante seis años? Eso debió condicionar tu estilo de vida. Con los hombres, quiero decir.

- Ya sé lo que quieres decir – dijo lanzándole una sonrisa maliciosa -. No, Pedro, es increíble lo que puedes hacer entre las siete y media y las doce de la noche si de verdad quieres hacerlo.

Una punzada de malestar le quitó a Pedro las ganas de bromear.

- ¿Alguien en especial? – preguntó, intentando evitar el tono cortante en su voz.

- No es asunto tuyo. Yo no te lo he preguntado a ti. Y de todos modos tendrías demasiado donde elegir. ¿Alguna vez intentas ligarte a las clientas del gimnasio? ¿Cuerpos bonitos y bien torneados enfundados en leotardos ceñidos? ¿Eh?

- No – le espetó, con una mueca de verdadero aburrimiento -, son ellas las que intentan ligárseme a mí.

- Ooooh, Pedro, pobre viejo... – repuso Pau, pellizcándole el hombro en broma.

- ¡Basta! Sí que lo hacen, si quieres que te diga la verdad. Al principio resultaba halagador, pero hoy en día prefiero ser yo quien elija a mi pareja.

Pau hizo un chasquido con la lengua. 

- Así que yo no soy más que otra mujer que te ha arrastrado a su cama contra tu voluntad. Mala suerte, Pedro.

No tan en contra de mi voluntad.

Él giró la cabeza y escuchó. ¿Qué coño era eso? Su móvil... después de medianoche. ¿Qué pasaría?

- Perdona – dijo, separándose de ella y buscando los vaqueros. Rebuscó hasta encontrar el teléfono y lo abrió, miró la pantalla y leyó el mensaje de texto en voz alta.

- BEBÉ EN CAMINO. T.

- ¿Tyler?

- ¿Conoces a alguien más que esté esperando para esta semana?

Pau hizo una mueca, pensando en el duro trabajo que le esperaba a Tyler.

- Buena suerte, amiga – musitó. Toda la mañana sin Tyler y sin Pedro, Pau se encontró corriendo de un lado a otro. Parecía como si la gente no tuviera nada mejor que hacer que llamar por teléfono para preguntar cosas porque el mal tiempo les obligaba a quedarse encerrados en casa sin salir.

Al no estar familiarizada con las hojas de asistencia, tardó una eternidad en elaborar los datos de las nóminas.Para su disgusto, tuvo que recurrir a pedirle explicaciones y orientación a Pedro en más de una ocasión. Encontró nombres de empleados a los que todavía no conocía, gente que trabajaba en turnos muy de mañana o muy tarde para cubrir los largos horarios de Body Work. Al parecer, Pedro era un jefe flexible y complaciente.

- ¡Déjame vivir! – le espetó a la centralita cuando volvió a exigir su atención una vez más.

- ¿Pau? – inquirió la voz de Cam, el todavía invisible marido de Tyler - ¡Es una niña! Tan guapa como su madre. Las dos están estupendamente, que es más de lo que puede decirse de mí. Menudo show... nunca vamos a tener otro.

- Desde luego no esta semana, pero espera un poco y verás – repuso Pau, pensando en otros amigos que habían dicho lo mismo. Le envió recuerdos, le felicitó y le preguntó cuándo podría ir a visitarles. Luego preparó rápidamente un anuncio para los tablones de anuncios de los vestuarios y de la sala del personal, añadiéndole unos globitos pegados de color rosa y una cigüeña llevando un bebé. 

Imprimió unas cuantas copias y las pegó y luego salió corriendo a buscar el correo del día y a comprar una tarjeta para que todos la firmaran.

- ¿Algo interesante? – preguntó Pedro al llegar al piso de arriba, jadeando ligeramente y empapado por la lluvia. Ella se había recogido el pelo en un moño para no mojárselo.

- ¿Dónde has estado? – le preguntó, demasiado sorprendida como para avergonzarse. Entonces se acordó de lo que habían hecho la noche antes y el rubor empezó a subirle por el cuello y la cara.

- En el Servicio de Adopciones – musitó él, mirando a su alrededor para cerciorarse de que nadie pudiera oírle -. Esta mañana he entrado en Internet para ver qué más podía encontrar. Por ley, tienes derecho a informarte sobre tu adopción al cumplir los veinte años. No les ha gustado demasiado que me presentara sin previa cita, pero esto es algo para lo que de verdad quiero encontrar respuestas.

Pau asintió, comprendiendo su impaciencia e imaginándose perfectamente su insistencia con cualquier desafortunado funcionario al que hubiera intentado sonsacarle información. No se había afeitado y parecía tener literalmente los pelos de punta, tanto por la barba como porque estaba indignado.

- Pero como tengo una partida de nacimiento aparentemente válida no pueden ayudarme, así que volvemos a Gaynor y Brian. ¡Como si fueran a ser tan amables como para decírmelo! – le dijo, con los ojos brillándole con determinación.

Pau le tendió el correo del día con la esperanza de que eso le distrajera.

- ¿Vas a abrirlo tú o quieres que lo haga yo? Pasó revista a los sobres, cogió un par y le devolvió el resto antes de volver a dirigirse a su despacho a grandes zancadas.

Ella se sintió casi aliviada. No había intentado tocarla, ni besarla a escondidas, ni siquiera le había dedicado una sonrisa especial. Era como si su noche sexy nunca hubiera tenido lugar.

Después de procesar un par de pagos con Visa, escribió un mensaje de felicitación para los nuevos padres y asomó la cabeza por la puerta de Pedro para que pudiera ser el primero en firmar.

- Perdona, debería habértelo dicho, Tyler ha tenido una niña. He comprado una tarjeta – dijo, enseñándosela.

- ¿Y unas flores? – sugirió él – Cárgalas a Body Work. Encontrarás los detalles en alguna parte en el escritorio.

Sí, Pau había visto la página, cuidadosamente archivada en la carpeta de información. Tyler había insinuado que Pedro compraba muchas flores. Sin duda, para muchas mujeres diferentes.

- Le gustan las rosas amarillas – añadió, sorprendiéndola -, y pídeles a los de la floristería que añadan alguna cosa para bebés, un osito de peluche, una muñeca vestida de hada... algo así .Cogió la tarjeta, leyó el mensaje que había escrito Pau, asintió con la cabeza y garabateó al pie “Pedro” bien grande en negro.

Sonó el timbre de recepción y Pau salió corriendo. Allí estaba Anita, limpiándose la nariz con un pañuelo de papel y mirando a través de la larga pared de cristal la fila de aparatos y a la gente que los estaba utilizando. Parecía un pez fuera del agua, desplazando el peso de un pie al otro y vestida con un chándal de color crema evidentemente acabado de comprar y unas deportivas blancas y relucientes. Pau sonrió ante la inesperada visita.

- ¿Has venido a almorzar conmigo? Anita se dio la vuelta, evidentemente complacida al ver una cara conocida.

- Querida, todo lo contrario. Me gustaría adelgazar lo suficiente para ponerme ese bonito traje que te presté. He pensado que éste podría ser el lugar adecuado, aunque... – se interrumpió, mirando ansiosamente a uno de los culturistas más exagerados que estaba trabajando en un aparato ejerciendo una presión comparable a la de un coche pequeño.

- No – la tranquilizó Pau -, eso no es para ti, tal vez podrías apuntarte a un curso de Pilates para aumentar la flexibilidad, para empezar. ¿Quieres que mire si tenemos algún entrenador libre?

- ¿Un entrenador personal? – murmuró Anita, impresionada.

- Siéntate aquí un momento – dijo Pau, indicándole el sofá y recordando que había visto a Heidi dirigirse a la sala del personal. Anita sería una clienta que valía la pena tener.

Al pasar por delante del despacho de Pedro, éste la llamó.

- ¿Tienes un minuto, Pau?

Retrocedió un par de pasos y asomó la cabeza por la puerta.

- Estoy buscando a Heidi... o a cualquier otra persona que pueda hablar con una posible nueva clienta. Tiene dinero y no quiero hacerla esperar. 

Pedro levantó una ceja.

- Vé. Esto podemos hacerlo más tarde.

Pau se preguntó qué sería “esto” mientras corría por el pasillo, le pidió disculpas a Heidi por interrumpir su almuerzo tan pronto y la acompañó para presentarle a Anita. Los teléfonos volvieron a reclamar su atención de inmediato y había empezado a anotar un mensaje para Jarrod cuando dos grandes manos la agarraron por detrás.

Se quedó inmóvil y unos fuertes pulgares empezaron a deslizarse arriba y abajo por su cuello expuesto y se hundieron en los tensos músculos de sus hombros. El característico aroma de Pedro flotaba en el aire, despertando sus sentidos y recordándole el profundo y oscuro placer que le había procurado la noche anterior.

- No lo hagas – le suplicó, aliviada porque Anita y Heidi se hubieran ido -. Esto es exactamente lo que no quiero que pase. La gente se va a dar cuenta y hablará.

- No hay nadie mirando – dijo él, mientras sus pulgares seguían su masaje celestial a través de la blusa de gasa color crema -, ven a almorzar conmigo.

- ¿Por qué? – preguntó, exasperada.

- Porque tenemos que comer. Porque casi es la hora de hacer una pausa. Porque quiero que hablemos un poco más.

Apartó las manos de sus hombros cuando oyeron acercarse unas voces de mujer.

- ¿Por qué yo? – preguntó, exhalando un suspiro determinado -, no es conmigo con quien deberías estar hablando. Pregúntales a tus padres.

- Estoy trabajando en ello, pero primero necesito asegurarme el terreno – dijo, mirando a Anita y a Heidi que volvían a acercarse al escritorio -. Vente a almorzar conmigo – murmuró.

- No, Pedro, no quiero que la gente hable.

- Te veré en la puerta delantera.

Y se fue, bajando las escaleras como un torbellino, con sus largas piernas, su chaqueta de cuero y su amplia sonrisa.

Pau le hizo esperar, muy contenta de apuntar a Anita, procesar su pago y hablar un poco del apartamento de Kelly. Tras disculparse, cogió el bolso, corrió escaleras abajo y encontró a Pedro sentado en el coche salpicado por la lluvia al final del callejón. Estaba escuchando las noticias en la radio, sin importarle aparentemente el tiempo que había tardado ella en llegar.

Se inclinó y le abrió la puerta del coche. Ella suspiró exageradamente, se sentó a su lado y se abrochó el cinturón.

- Bueno, ¿a dónde vamos?

- A mi casa – contestó, acelerando y metiéndose en el tráfico.

- ¡Pedro! – le espetó, mirándole irritada – creía que íbamos a tomar un café rápido en algún sitio cercano.

Él la miró a los ojos sonriéndole relajado.

- Así será mucho más privado y no tendrás que preocuparte de que te vean con el jefe.

- ¿A la playa con este tiempo?

- Espera y verás.

- ¿Y quién cuida de Body Work?

- Alguien del equipo se encargará de lo que sea necesario.

Pau estaba maravillada de que tuviera tanta confianza en su gente y en sus sistemas. Un reflejo de sus propias capacidades, presumía.

- Entonces apenas me necesitas para nada.

- Te necesito para cosas que ni siquiera te imaginas.

Oh, y tanto que sí... e incluso con demasiada claridad.

Al cabo de un par de minutos giró bruscamente a la izquierda y tomó una calle empinada y estrecha. Al motor le gustó el reto y rugió, trepando hasta llegar a la altura de una casa art déco acabada con estucos, pintada de azul pálido con guarniciones de color rosa. No podía imaginarse nada que fuera menos del estilo de Pedro.

- Parece sacada de una canción de cuna – exclamó Pau cuando frenó en la entrada de coches.

Él asintió sagazmente.

- No hago más que repetirle a Bonnie que se ha equivocado con los colores. Le va a encantar esta descripción.

- ¿Quién es Bonnie?

- La propietaria de esta pequeña fantasía.

- ¿Entonces no es tuya? – Maldita sea, no había querido parecer tan sospechosa.

Pedro abrió la puerta del coche.

- No, es casa de Bonnie. Por ahora, su hijo Mike y yo la compartimos con ella – dijo, esperando a que Pau bajara del coche -. Estamos cerca del centro de la ciudad y tenemos unas vistas estupendas. Yo viajo bastante, así que puedo ir y venir como me plazca y a ella no le importa, y además necesita el alquiler.

Pau asimiló esto mientras Nick abría la puerta.

Presumiblemente Mike era un adulto, así que Bonnie no debía estar en la flor de la juventud. ¿Una casera en lugar de una compañera de piso, entonces? Se dio cuenta de que esperaba que así fuera y apartó la idea, molesta. No era asunto suyo, no quería que fuera asunto suyo. ¿Por qué le interesaba siquiera?.

Pedro se hizo a un lado para dejarla pasar y ella subió los dos peldaños de cemento pintados de rosa y entró en la casa delante de él. El interior era tan peculiar como el exterior. Bonnie coleccionaba porcelana antigua: colecciones de platos y jarras agrupados por colores dispuestas en estantes y colgadas en las paredes que brillaban bajo la luz del sol. Al fondo del vestíbulo había una fila de antiguas jarras Toby boca abajo.

- Yo te había imaginado en un apartamento minimalista en un rascacielos con montones de dispositivos electrónicos – dijo Pau al entrar en un salón de color verde salvia. Más porcelana, cientos de libros, jarrones con plumas de pavo real y hierbas secas...

- Ya viví en un sitio así, ya tuve eso, me ofrecieron un precio de locura y lo acepté – dijo, con una amplia sonrisa -. Apuesto a que les gustaría haberme hecho una oferta inferior, tal y como han bajado los precios ahora. A mí me fue muy bien tener a mano todo ese dinero en efectivo para otros proyectos.

La llevó a la cocina, abrió una lata de sopa de marisco, la echó en un puchero y la puso a calentar. Encima de la mesa había dos tazones de cerámica y dos cucharas soperas listos y esperándoles.


1 comentario:

  1. Me encanta esta pareja! Espero q el encuentre pronto la verdad...mimiroxb

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