martes, 14 de octubre de 2014

CAPÍTULO NUEVE — DEL COQUETEO A LA CAMA - PARTE UNO

Veinte minutos más tarde, Pedro recorría el túnel verde en sentido contrario. Habían visitado el resto de la casa y Ppau se había mantenido fuera del alcance de sus garras.

Había extendido los planos encima de una destartalada mesa antigua de caña que había en uno de los dormitorios del piso de arriba y les había pasado revista con ella antes de seguir hablando con Evan. Era evidente que Pau seguía pensando que estaba loco al asumir unas obras de rehabilitación tan enormes, pero por sus comentarios vio que se imaginaba la casa terminada. Pedro tenía que volver a la ciudad porque tenía una cita más tarde en el banco. 

Nada que fuera demasiado formal: una copa, una charla, sacarles otro medio millón en caso de que lo de Sidney se hiciera antes de lo esperado.Miró el reloj y puso el coche a velocidad de autopista, siendo éste un concepto más bien flexible cuando se conducía un coche como el suyo. Aceleró el Ferrari, divertido al ver la cara que ponía Pau y esperando que el rugido gutural y la velocidad de misil la emocionaran.

Pero llevaba una carga preciada, se recordó a símismo, levantando otra vez el pie del acelerador.

Dos horas más tarde llamaba a la puerta de su apartamento, esperando encontrarla en casa, esperando que le abriera la puerta, sencillamente esperando y basta.

- ¿Otra vez tú? – se quejó ella, sonrojada,despeinada e irresistible.- He venido a beber el resto del vino.Ella se mantuvo firme, bloqueando la puerta. Al parecer no iba a dejarle entrar...

- Y he traído regalos – añadió, enseñándole las sandalias que llevaba escondidas a la espalda. Eran las sandalias que se había quitado para ponerse los zapatos de tacón el día antes. Pedro había acompañado a las dos chicas a casa y ella se las había olvidado debajo del asiento.

- ¡Oh! – dijo en un tono ligeramente más amable,extendiendo la mano para cogerlas – Gracias, Pedro.De repente se oyó un estruendo metálico, un ruido como de porcelana rota, un aullido felino y el sonido sordo de un cuerpo peludo saltando desde algún lugar donde no debería haber estado. Pau se dio la vuelta para investigar y Pedro la siguió, dándole las gracias en secreto a la gata. través de la gatera y ella descubrió la pequeña kentia caída en el fregadero, la maceta de barro rota en tres trozos y la tierra de la maceta esparcida por toda la escena del crimen.

- No está tan mal – dijoPedro, recogiendo la planta mientras Pau murmuraba entre dientes y rebuscaba en los armarios de la cocina. Encontró un cuenco de acero inoxidable como alojamiento provisional para la kentia y volvió a dejar los trozos de la maceta en el extremo del mostrador.

- Voy a tener que buscar una maceta de repuesto. Por lo menos no es nada del otro mundo – dijo, dándose la vuelta y mirando a la gata, que ahora se estaba lamiendo una delicada pata en el balcón. Luego volvió a mirarle a él.

- ¿Vino?

- ¿Así que su visita no le resultaba del todo desagradable

Sacó dos copas. Pedro cogió la botella, sirvió el vino y le tendió una copa a Pau.

- Estábamos jugando con ese trozo de cuerda – dijo,indicándole una cuerda que había en el suelo -, debe haber saltado detrás de la cuerda cuando la he dejado para ir a abrir la puerta.

Pedro bebió un gran sorbo de vino.- Entonces es culpa mía.

- Sí, desde luego – le dijo, con una media sonrisa.Sus tensos músculos empezaron a relajarse.

- ¿Entonces es por eso por lo que estás toda sofocada y acalorada?

- No estoy...

- Sí – murmuró él, dejando la copa en la mesa y tocándole el pelo -, estás sonrojada y sin aliento, como si hubieras estado divirtiéndote.

- ¿Arrastrando un trozo de cuerda por ahí para un gato?

No se había alejado de él. Ni siquiera había cogido la copa de vino. Aún estaba allí de pie, con los ojos muy abiertos, mientras él seguía jugando con sus rubios y sedosos mechones de pelo. A Pedro se le cortó el aliento cuando ella levantó la mano y le tocó la mejilla.

- Te has afeitado – dijo, pasándole los dedos a contrapelo.

- Te has dado cuenta. El aire se cargó de electricidad a su alrededor. Entonces Pedro inclinó la cabeza y la besó.

Pau jadeó y descargas de placer recorrieron su cuerpo. Todos los años de espera y deseo se desvanecieron y la resistencia de aquella tarde ya no contó para nada.

Le pasaba las manos por el pelo, alborotándoselo y tirando de él, acercándole a ella. Cuando su lengua acarició la de ella con caricias aterciopeladas y su pulgar encontró un pezón y lo acarició hasta que se puso deliciosamente duro, ella se empezó a mover contra él voluptuosamente, excitándose con la creciente erección que presionaba contra su vientre.

Con un gruñido feroz, tiró de ella con fuerza y sus besos se hicieron profundos y desesperados. Luego tiró de ella unos cuantos pasos hacia un lado, la empujó hacia el sofá y se colocó encima suyo. Inmovilizada debajo de él, rodeada por su olor, abrió las piernas para que él pudiera acomodarse mejor en su acogedora cuna. Él seguía besándola – voraces mordiscos y lametones con sabor a vino a los que ella respondía con la misma avidez. hasta que le apartó.

- Nick – jadeó -, no podemos hacer esto.

Él apoyó la frente en la de ella, respirando con dificultad.

- Maldita sea – dijo, echándose hacia atrás lo suficiente para mirarla a los ojos, con las pupilas brillantes, dilatadas y negras de deseo.

En algún sitio ella encontró el valor para añadir:

- No aquí, no de esta forma. Pero hay una cama. Pasaron unos instantes de silencio absoluto.

- ¿Así, sin más? – Su voz se había vuelto más ronca, más profunda. Le llegaba directamente a lo más profundo de su ser y hacía que los lugares tibios pasaran a ser ardientes.

- Bueno, podríamos hablar un poco más – murmuró ella -, o podríamos hacerlo más tarde, pero parece – dijo, mordiéndose el labio inferior y empujando las caderas contra él – como si prefirieras hablar más tarde.

- Diablos, Pau, ¿dónde está la cama?

La cogió en brazos y se puso de pie.

- Por aquí – le indicó, sorprendida una vez más de que pudiera levantarla como si no pesara casi nada. Había visto esos hombros, pero aún así...

No eran más que unos pasos. La dejó en el suelo al lado de la cama y la soltó suavemente. Sólo le veía a él, con el rostro serio y concentrado y aquellos ojos en los que ardía un fuego intenso. Su hermosa boca no sonreía despreocupada ahora. Estaba muy cerca y extendió la mano para bajarle la cremallera de la túnica roja.

- ¿Tienes idea de las ganas que he tenido de hacer esto durante todo el día? – dijo con un gruñido – Estaba ansioso por arrancarte la ropa. Incluso antes de saber quién eras, te encontraba condenadamente preciosa – añadió, empezando a bajarle la cremallera – Estabas tan irritada conmigo, eras un desafío tan grande, que apenas podía evitar ponerte las manos encima.

- Eso vale para los dos – susurró Pau, metiéndole los pulgares por debajo de la camiseta y empujándola hacia arriba. Pedro dejó la cremallera, agarró el dobladillo de su camiseta, se la quitó por la cabeza y la tiró contra la pared.

- Pedro...- Toda aquella carne tan firme era demasiado para asimilarla en una sola mirada. Pau paseó la mirada por su rostro y sus hombros, y luego por los duros músculos de su pecho cubierto de vello. Se inclinó hacia adelante y lamió el intrincado tatuaje que llevaba en un hombro, inhalando su aroma. El corazón le dio un vuelco y empezó a golpear contra sus costillas.

- Dios, qué guapo eres – susurró.

Mientras él seguía abriéndole la túnica con los dedos, los de ella se paseaban por su largo tronco bronceado hasta la cintura de sus abultados vaqueros, buscaban la tensa cremallera y la bajaban con cuidado. Ligeros temblores de expectación le recorrían la piel, ora cálidos, ora helados. Nunca había deseado tanto a ningún hombre. 

Nunca antes había sido lo bastante valiente como para tomar así la iniciativa. Se peleó con el botón de la cinturilla de los vaqueros hasta que cedió. Pedro dejó de interesarse por la parte delantera de su túnica y ahora su interés se centraba en sus manos mientras le quitaba los vaqueros. Miró hacia abajo y las pestañas arrojaron sombras puntiagudas en sus pómulos. 

Estaba de pie exactamente debajo de uno de los focos empotrados en el techo, chapados en bronce, en la habitación completamente blanca. Los calzoncillos de algodón eran de cintura baja, por lo que a Pau le resultó fácil rodear su pene erecto con la mano cuando saltó fuera a su encuentro.

Le encantó que contuviera el aliento. Dio un paso atrás y se sentó en la cama. Encontró el valor necesario para agarrar ambos lados de sus vaqueros y empujarlos hacia abajo, seguidos de los calzoncillos. Su gran polla rosada se balanceaba bajo la luz, apuntando hacia ella como si se tratara de un ser con vida propia.

Pau emitió una especie de ruido – lujuria, deseo o admiración – y se inclinó para olerle y chuparle.

Exótico. Aterrador. Tan deseable que se le hacía la boca agua.

Se había duchado. Olía a jabón, a algodón limpio y, de nuevo, a ese aroma fresco y salado que había notado antes. La esencia de Pedro. Incapaz de resistirse, abrió los labios y rodeó todo su extremo redondeado en calor húmedo. Él enredó las manos en el pelo de ella, separó un poco las piernas y emitió un gemido quedo, intentando permanecer quieto pero sin lograrlo del todo. 

El instinto de empujar estaba programado tan profundamente que empujó hacia adelante y luego volvió a retroceder. Las manos de Pau vagaron y le agarraron de las caderas, sosteniéndole allí donde le quería tener. Exactamente allí, así.


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