- No sabía gran cosa de tu familia – repuso, apartando la mirada para evitar su intenso escrutinio -, tú no eras más que un chico que se quedaba a veces en la huerta cuando yo era pequeña y no tenía ni idea de por qué. Yo pasaba mucho tiempo con mis abuelos porque mi madre trabajaba y no tenía tantas vacaciones como yo en la escuela, así que supongo que me imaginaba que lo mismo pasaba contigo.
Él se rió amargamente al oír eso. Eso no es muy probable. Mi madre nunca trabajódurante mucho tiempo en nada, y mi padre... – se quedó callado e hizo una mueca.
- ¿Qué?
- Mi supuesto padre tampoco era famoso por ser muy aficionado al trabajo. Era un ladrón y un estafador y más de una vez acabó en la cárcel.
Pau dejó de resistirse al abrazo de Pedro y volvió a relajarse contra su pecho, inhalando prudentemente una bocanada de aire. El fresco aroma salado de su piel bajó por su garganta y llegó hasta sus pulmones, que se expandieron de felicidad
- Dios mío, qué bien sienta poder decir esto sin sentirse culpable – añadió -. Siempre me he avergonzado de ser su hijo, desde que supe que era un perdedor, y mis hermanos no son mejores que él.
Pau notó la angustia que encerraban sus amargas palabras y buscó una respuesta para consolarle.
- Tú no te pareces en nada a ellos, así que no cabe duda de que tienes buenos antepasados.
- Quiero saber – se quejó -, me han arrebatado toda mi vida, lo que probablemente te sonará estúpido y melodramático, pero así es como me siento.
Ella se acurrucó aún más cerca de él, hallando su propio consuelo en el calor que él emanaba.
- Pedro, lo entiendo mejor de lo que te imaginas. Poco después de que tú te fueras, mis padres zarparon rumbo a Fidji. Yo tenía quince años. Nunca llegaron. A mí también me arrebataron un buen pedazo de mi vida.
Los brazos de Pedro se tensaron en torno a ella al oír su revelación.
- ¿Y qué pasó después?
Ella le miró a aquellos ojos tan, tan oscuros, atrapada y hundiéndose en ellos. Inconscientemente, había anhelado estar cerca de él desde el momento en que le había visto el lunes por la mañana, semidesnudo y sensacional.
Estos dos últimos y confusos días se había pasado la mayor parte del tiempo tratando de evitar mirarle. Ahora veía cada mechón de su brillante pelo negro, cada oscura pestaña y el débil brillo de sus dientes por entre sus tibios e invitantes labios.
Perdió el hilo de la conversación.
- ¿Quince años? – apuntó él – Demasiado joven para cuidar de ti misma. ¿Qué pasó luego?
- Me fui a vivir a la huerta – musitó, liberándose finalmente de él y cogiendo su copa de vino. Tomó un buen trago antes de continuar.
- Al cumplir veinte años, me fui a compartir piso con unas compañeras de trabajo, pero al cabo de unas semanas el abuelo enfermó y tuve que volver a casa. Vendimos la huerta y él se mudó a la ciudad – dijo mordiéndose el labio inferior, esperando no quedar como la chica remilgada y poco audaz que él se imaginaría que era en base a esa triste descripción
–, y como necesitaba una cuidadora, volví a quedarme con él todo el tiempo. No muy interesante. ¿Y qué fue de ti?
Pedro la observó detenidamente.
- Sospecho que estás pasando por alto muchas cosas, pequeña Pau. ¿Así que te quedaste huérfana un par de años después de irme yo? Tus padres eran muy agradables... Recuerdo que eran más agradables que los míos.
Pau asintió. Aún tenía muy vivo en su memoria el recuerdo de la última vez que les vio.
- Penny y Michael. Lo hacían todo juntos, incluso construyeron el barco juntos.
Pedro dejó escapar una risa amarga.
- No puede decirse lo mismo de Brian y Gaynor. Se pasaban mucho tiempo separados porque él acababa a menudo en la cárcel. Por eso nos fuimos de la ciudad. Le condenaron por cultivar hachís a gran escala. Gaynor nos trajo a Wellington porque tiene una hermana aquí.
- ¿Así que fue por eso por lo que desapareciste? Me lo pregunté a menudo.
Permanecieron sentados unos minutos en silencio. Pedro se terminó el vino y dejó la copa.
- Si se te ocurre algo te lo agradeceré. Esta mañana he ido a la Oficina de la Infancia, la Juventud y la Familia, pero no han podido ayudarme. No puedes ver a un asistente social sin tener cita, y no te dan cita con un asistente social si no rellenas unos formularios, y de todas formas no parecía ser ése el camino a seguir.
- Podrías buscar en Google “adopción”, ¿no?
- Y eso te lleva a Nacimientos, Muertes y Matrimonios – repuso Pedro, cerrando los ojos un momento, y luego empezó a recitar:
- Una vez cumplidos los veinte años, puedes escribir al Registro Civil Central para conseguir una copia de tu partida de nacimiento original, que podría contener detalles de uno o ambos padres biológicos.
- ¿Entonces lo has hecho? – preguntó Pedro, acordándose de haberle visto aporrear furiosamente el teclado del ordenador a media mañana y preguntándose si sería eso lo que estaba haciendo.
- Sí, claro, pero mi partida de nacimiento parece absolutamente normal, y en ella ya figuran Brian y Gaynor Alfonso como mis padres biológicos, así que no espero que haya nada más en los archivos.
- Espera y veremos. Pedro inclinó ligeramente la cabeza, asintiendo.
- Y los burros vuelan – dijo dándose una palmada en la frente, exasperado -. No puedo creer que no me surgieran dudas años atrás. Mis dos supuestos hermanos se están quedando calvos prematuramente, exactamente igual que Brian.
- Y desde luego tú no te estás quedando calvo.
- A los dos les cuesta mucho ganar masa muscular, son escuálidos.
- Pero tú eres... Perfecto, simplemente perfecto, se dijo a sí misma.
- ¿Qué soy yo?
- Hum... ¿más robusto?- dentro de nada empezaría a ruborizarse – Tú tienes buenos músculos.
- En mi negocio los necesito – le dijo, dedicándole una media sonrisa como agradecimiento por el cumplido.
- Y luego está el Ejército de Salvación – sugirió Pau, intentando no sucumbir a su lenta y fácil sonrisa - , creo que se dedican a buscar a mucha gente.
- Sí, pero de todas formas necesito tener un nombre para empezar.
- Seguramente tus padres podrán decirte algo, ¿no?
La expresión de Pedro cambió tan de prisa como si alguien hubiera cerrado de golpe un obturador. Apretó la mandíbula y su mirada se endureció.
- No les he preguntado. Aún no puedo enfrentarme a ellos, necesito tiempo. Tal y como me siento ahora, le partiría la maldita cabeza a Brian. Por suerte para él, van a pasar un par de días fuera – dijo lanzándole una mirada como desafiándola a mostrarse en desacuerdo con él -, y no voy a hacerlo por teléfono. Quiero mirarle a los ojos a ese hijo de puta cuando se lo pregunte.
Pau le apoyó una mano en la rodilla durante un segundo antes de levantarse.
- ¿Un poco más de vino antes de irte? Te voy a echar dentro de unos minutos, tengo que deshacer mi equipaje y organizarme como Dios manda.
Pedro la cogió de la mano antes de que ella pudiera escabullirse.
- Gracias por escucharme. ¿Tal vez un café y basta?
Así no beberé hasta hundirme en una bruma sensiblera y no acabaré durmiéndome aquí en el sofá. A Pau le dio un vuelco el corazón sólo de pensarlo, pero la cabeza le echó en seguida un cubo de agua helada.
- Ni lo sueñes, Pedro, te echaría de aquí mucho antes de eso. O te llevaría a mi cama a rastras.
- Creo que va a tener que ser café instantáneo – se las arregló como pudo para decirle -, no he pasado aquí el tiempo suficiente como para mirar en todos los armarios, pero no he visto ninguna cafetera.
Pedro se encogió de hombros, y aquellos hermosos hombros volvieron a moverse de arriba a abajo, haciendo que la camiseta blanca volviera a adaptarse a sus formas, y ella se imaginó una escultura de mármol blanco que cobraba vida.
- Perfecto. Guarda el resto del vino para otro día.
- No, llévatelo.
Él negó con la cabeza y le dedicó otra de sus sonrisas incendiarias.
- Podría volver a tomarme una copa mañana por la noche.
- Podría haber salido.
- ¿Tienes novio, Pau?
Dios mío... ¿qué se suponía que tenía que contestarle a eso? “Sí” podía significar que no volvería nunca, “no” podía sonar demasiado ávida y disponible.
- Aquí en Wellington no.
- ¿Y en casa?
- Rompimos – respondió, negando con la cabeza.
Bueno, no era más que una pequeña mentira -. Voy a irme al extranjero, Pedro. Mi relación no iba a ninguna parte, pero yo sí.
Se dio la vuelta y se dirigió a la cocina y se puso a buscar tazas, cucharillas y un tarro de café soluble con la cabeza gacha, evitando que sus ojos se cruzaran con los brillantes ojos oscuros de él.
Hola , espero que les guste , ahora subo los 2 primeros Caps de la otra nove , nos leemos en un rato
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