lunes, 20 de octubre de 2014

CAPÍTULO DIEZ — JUSTO EL TAMAÑO IDEAL - PARTE UNO

Pau yacía jadeante y apenas oyó a Pedro rasgar e brillante paquetito. La sangre rugía en sus oídos y los sentimientos de culpabilidad intentaban apoderarse de su conciencia.Esto estaba llevando “toda su nueva vida” a unosniveles que no tenía planeados.¿En la cama con Pedro? ¿Tan pronto? Hacía unmomento que estaba recogiendo trozos de maceta rota y unmomento después se encontró atrapada bajo su cuerpo,embriagada por sus besos.Y era ella quien le había invitado a su cama, más queinvitado... le había arrastrado hasta su cama.Se había convertido en una maníaca sexual, ésa erala única explicación.Se agitó cuando Pedro se movió y plantó una rodilla al otro lado de su cuerpo. El colchón cedió bajo su pesoal ponerse a horcajadas encima de sus caderas. Susgrandes testículos le rozaban el vientre y su impresionantepolla le apuntaba directamente a los pechos.

Le sostenía el rostro con las manos mientras la besaba larga y profundamente, una y otra vez, insaciable. Y ella sentía arder todo su ser, igual de anhelante y ávida por él. Le deseaba y no podía esperar más. ¿Por qué seguía besándola y basta?

Pau introdujo las manos entre sus cuerpos, impaciente, exigiendo más con manos ansiosas, deslizándole una debajo de los huevos y sopesándolos con un gruñido de aprobación, y agarrándole la polla con la otra e intentando empujarle más abajo, más abajo, para poder introducirla dentro de ella. Tenía pruritos que necesitaba paliar, pliegues y dobleces húmedos por la desesperación, un lugar caliente y mojado donde le gustaría tanto sentirle...

Oh, gracias a Dios, Pedro había empujado una pierna entre las suyas y ahora estaba más cerca de donde ella quería tenerle. Luchó por liberar su otra pierna para que así pudiera penetrarla.

- Pau - murmuró en tono evidentemente divertido

-, ¿a qué tantas prisas? – La mantenía inmovilizada e indefensa mientras ella intentaba liberarse, pero él era mucho más fuerte y ella no tenía ni la más mínima posibilidad de moverle, y era mucho más corpulento que ella, tanto que si no le hubiera conocido tan bien podría haberla asustado.

Le miró levantando la barbilla con ademán beligerante y estiró los labios hacia atrás dibujando un rictus malhumorado.

- Te quiero ahora.

Él le apretó las manos en las suyas, mucho más grandes, y las sujetó por encima de su cabeza, mirándola come se mira a una niña desobediente.

- Ahora – gemía ella -, ahora, Pedro.

No le quedaba orgullo, sólo rabioso deseo. Volvió a besarla, un beso profundo, penetrante, que le demostraba con su lengua lo que tenía intención de hacerle en un momento dado a su ansioso y más que bien dispuesto cuerpo.

Pa ardía. Las llamas lamían su cuerpo de arriba a abajo, en lo más profundo de su ser. Finalmente, Pedro levantó la otra pierna y ella abrió las suyas tanto como pudo e inclinó las caderas como la más lasciva de las rameras.

Él le aguantó ambas manos en una de las suyas, se cogió la polla con la otra y empezó a introducirla demasiado despacio en su carne crispada y ardiente. La penetraba poco a poco, empujando su miembro más adentro, más adentro, como una exquisita tortura.

- Pedro... – se retorcía ella.

- Estate quieta – le dijo, y no era precisamente una petición amable.

Prosiguió su lenta invasión, y lo intentara como lo intentara no lograba meterle prisa.

- Estate quieta, maldita sea. Quiero sentir cada centímetro de ti.

Ella se lo quedó mirando, pero la había excitado tanto que había perdido la vergüenza y el pudor, sólo sentía aquella furiosa avidez.

- Tú eres pequeña – dijo -, pero yo no, y no quiero hacerte daño.

Pau detuvo al instante sus tácticas para meterle prisas, abrumada por su solicitud. Sí, le había parecido grande, pero nunca antes había visto a un hombre a plena luz, visible en todos sus detalles, totalmente expuesto, sin asomo de pudor o vergüenza.

- Gracias – murmuró, avergonzándose de sí misma por hacer actuado como lo había hecho. Y él empujó hacia adentro, cuidadosamente, suavemente, extendiéndola hasta sus límites.

Pero ella ansiaba sentirle moverse. Quería que se deslizara y empujara dentro de ella y que volviera a encender todas sus terminaciones nerviosas con nuevas sensaciones. Verle encima de ella la excitaba enormemente, era una promesa de cosas buenas para el futuro, y necesitó toda su fuerza de voluntad y determinación para mantenerse quieta.

Pedro suspiró y cerró los ojos. Pau vio cómo las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba y supo que por fin se había hundido en su cuerpo hasta el final.

- Así que resulta que tengo el tamaño ideal para ti – bromeó.

Él le dedicó una sonrisa más ancha, sin duda con expresión de suficiencia, y con un gemido exultante de satisfacción empezó a empujar con movimientos lentos, seguros y profundos.

Ella le puso las piernas alrededor de la cintura siguiendo el ritmo que él marcaba, meciéndose contra él y saboreando la deliciosa invasión... la emoción de su completa posesión.

Soltando sus manos de las de él, le agarró los hombros para empujarle, arañándole el cuello con las uñas, pasándoselas por el pelo, atrayéndole hacia ella para besarle con avidez y desesperación. Pedro tejía una larga y lenta tormenta de pasión, más tórrida, más salvaje, cada vez más ensordecedora, hasta que Pau se retorció con un deseo tan intenso que él le pasó un brazo por la cintura para apretarla más a sí. 

Sus senos se aplastaron contra su pecho y sus pezones rozaban su vello oscuro. Oleadas de sensaciones la embargaban una tras otra a medida que él empujaba y se retiraba, empujaba más a fondo, más rápido y finalmente la empujaba más allá del límite, hasta que se aferró a él sin aliento, jadeando su nombre, retorciéndose contra, él hasta que él también se estremeció y gimió incoherentemente.

Ambos se precipitaron juntos en un lugar tibio y oscuro, con las manos flojas, los labios uniéndose y separándose y los ojos soñolientos. Pau no hubiera querido irse jamás de ese lugar.

- ¿Pero qué...? – murmuró ella, soñolienta, mucho más tarde. Pedro se echó a reír, despertándola al hacerlo porque estaba tendida encima de él. Tenía sus grandes manos apoyadas en el trasero de ella, sosteniéndola.

Seguía oyéndose un extraño ruido.

- ¿Qué es esto? – susurró Pau, preocupada por si Kelly había regresado inesperadamente al apartamento.

- Es tu nuevo gato, que se está tomando un tentempié de medianoche. Está persiguiendo croquetas por el plato. 

Ella resopló molesta y exclamó:

- ¿Medianoche?

- No exactamente, es un modo de hablar.

- ¿Me he quedado dormida?

- Dormilona. ¿Demasiado movimiento para una sola noche?

Le lanzó una mirada de reojo que no pareció surtir el menor efecto. Pedro era un colchón muy tibio y muy mullido. ¿O sería mejor decir muy bien dotado? ¡Bueno, de eso no cabía la menor duda!

- Todavía queda parte de una botella de buen vino por ahí – dijo él -. ¿La traigo?

- A menos que prefieras un café. Es probable que consiga que mis temblorosas piernas me lleven hasta la cocina.

- Voy a por el vino.

Pau notó el tono divertido y satisfecho en su voz. La besó en el pelo y se deslizó de debajo de ella. Le miró apartar las sábanas y levantarse, tensando y flexionando los brazos y los hombros y estirando la larga y fuerte espalda encima de un bonito trasero y unas piernas sensacionales y muy bronceadas.

Algo dentro de su pecho se encogió con nostalgia. Si sólo hubiera encontrado a Pedro en otras circunstancias y en otro momento... Ahora iba a resultar mucho más difícil trabajar con él, y ya había sido bastante difícil hacerlo antes. Cuando la corriente de atracción ardiera entre ellos en el gimnasio, le iba a costar el gusto y las ganas mantener la mente alejada de él y concentrarse en el trabajo.

Pero ahora que por fin era libre, tenía que huir de Nueva Zelanda. Verdaderamente, no quería volver a ceder a su poderoso atractivo. Si tenían una breve aventura, sabía que iba a enamorarse de él, y entonces dejarle le destrozaría el corazón.

Iban a tener que considerar lo de hoy como la aventura de una noche y basta. De alguna manera. ¿Pero a quién pretendo engañar? ¿Debería sugerirle que contratara a otra asistente provisional en su lugar? ¿O meterle prisa para que buscara a una sustituta permanente para Julie la desertora y la futura mamá Tyler? Les estuvo dando vueltas a ambas opciones, pero ninguna de ellas le gustaba demasiado.

1 comentario: