martes, 7 de octubre de 2014

CAPÍTULO CUATRO — EL APARTAMENTO - PARTE UNO

Cuatro pares de ojos se clavaron en ella, pero ella sólo veía los de Pedro, que brillaban con la misma ardiente atención que le había dedicado en el almacén de los
aperos, con la misma avidez viril que incluso de jovencita encontraba emocionante.

- Sí, primero el almuerzo – respondió Pedro con voz ronca y suave.

Sonó como una amenaza, como si estuviera al acecho, como un tigre sigiloso veteado por el sol. Intensamente consciente de su presencia, Pau se levantó de la silla y empezó a repartirles platos y servilletas a los cuatro hombres, contoneándose un poco precariamente encima de los altos tacones y esperando no inclinarse demasiado con aquella falda tan corta. 

Tyler tenía razón en cuanto al despacho de Pedro: sólo tenía vistas al aparcamiento trasero, pero era grande, con un círculo de cómodos sillones alrededor de una gran mesa baja al lado de su escritorio. Pau sacó cuatro cervezas del frigorífico y puso una al lado de cada plato, luego sacó el surtido de sushi y los sándwiches multicolores de varios pisos y las uvas y los dispuso en el centro de la mesa.

Todos se lanzaron a por las cervezas.

- Hay muchas más – dijo ella al volver a sentarse, y cruzando las piernas otra vez volvió a coger el cuaderno.

- ¿No vas a almorzar? – le preguntó Pedro.

- Me he comido un bocadillo antes con Tyler. Y tú no me dijiste que estaba invitada.

Los hombres comieron y empezaron a hablar de equipos de deportes y de la eterna rivalidad entre Australia y Nueva Zelanda. Poco a poco fueron pasando a los asuntos de negocios y Pau empezó a tomar apuntes.

Al cabo de un rato, Pedro se levantó a coger más cervezas y las puso encima de la mesa, cogió la última pieza de sushi y se sentó a su lado. Le acercó el rollito a los labios y cuando ella abrió la boca para protestar se lo introdujo, empujando un dedo más adentro de lo necesario. Pau se lo mordió y lo mantuvo atrapado por espacio de unos segundos. Sus miradas se cruzaron, la de ella furiosa, la de él divertida. Él estaba demostrando posesión frente a los otros tres hombres. ¡Bueno, pues ella no estaba dispuesta a permitirlo! En cuanto pudo hablar, dijo:

- Me va a estropear el apetito para mi cena especial de esta noche.

¿Va a celebrar algo? – preguntó Rich, con mirada penetrante, observando la jugada entre ella y Pedro.

- Sí, me voy a vivir con Kelly.

Esperaba que Pedro no recordara que Kelly era el nombre de la hermana de Tyler. No. Que pensara que era un tío bueno con un cuerpo aún más atractivo que el suyo. Que se fastidiara pensando en la posibilidad de que ella se acostara con otro. Él la había arrastrado a este estúpido juego y ahora tendría que apechugar con las consecuencias.

Pedro bajó las cejas y aguzó la mirada.

- Bien. Te está bien empleado.

- ¿Alguien quiere té o café? – preguntó Pau, volviendo a ser la amable anfitriona de antes. Se levantó para quitar la mesa de manera que pudieran poner los papeles encima.

La reunión siguió su curso. El australiano Rod era un agente inmobiliario, con propiedades que le interesaban a Pedro. Oyó mencionar Bondi, Coogee y Manly, todas ellas localidades de playa donde la gente quería mantenerse en forma, pero, ¿podría conseguir un bocado? Pedro jugaba sus bazas con cautela, sin comprometerse a nada. La discusión siguió de aquí para allá otra hora más.

Por fin dieron por terminada la reunión. Todo fue muy cordial, muy optimista, pero no habían llegado a ninguna conclusión. Pau reprimió una sonrisa. Pedro era bueno, no era de extrañar que los negocios le hubieran ido tan bien.

- Venid a ver a la Bella Durmiente – dijo Rich unos minutos más tarde, haciéndoles señas de que le acompañaran a su despacho.

Echaron una ojeada y vieron a Tyler profundamente dormida en el sillón reclinable, con el rostro arrebolado y el oscuro pelo alborotado.

- No debería estar trabajando – susurró Pau -, el bebé ya debería haber nacido.

- Es la mejor asistente personal que he tenido en mi vida – dijo Pedro -, y cuando se enteró de que Julie me había dejado, insistió en ayudar a la nueva secretaria a instalarse.

- Tiene que irse a su casa.

- Las voy a llevar a las dos – dijo, haciendo tintinear las llaves del coche.

Pau se miró el reloj. Eran menos de las tres y media.

- Has empezado temprano y te has saltado la pausa del almuerzo.

- Gracias, pero, ¿quién se va a ocupar de todo aquí?

- Cualquiera que oiga sonar el teléfono contestará, y todo lo demás puede esperar hasta mañana - se acercó a Tyler y le tocó el hombro -. Venga, dormilona, levántate, que te llevo a casa.

- ¿Qué? – dijo Tyler sin comprender, medio dormida, horrorizada al ver la hora que era. Su expresión avergonzada les hizo reír a todos.

Ella y Pau fueron a buscar los bolsos a las taquillas del personal y bajaron con cuidado las escaleras.

Pau ya estaba más que harta de los Manolos y agradecía que Pedro la llevara a casa.

Tyler aún se mostraba ruborizada y avergonzada por haber dormido
tanto rato.

- ¡Oh, Dios mío! – exclamó, dándose cuenta por fin del cambio de imagen de Pau, que la dejó boquiabierta durante un buen rato.

- Sólo es por pura diversión. Pedro bromeó acerca de que quería a alguien que pareciera una verdadera secretaria para esta reunión, así que me presté al juego.

- Tengo que recuperar la figura para poder llevar ropa como ésta...

- No es mía, mi cuñada la compró en Nueva York.

Tyler puso los ojos en blanco.

- Yo no apunto tan alto, cualquier cosa que tenga cintura me vale.

Para cuando llegaron a la acera, Pedro había llevado el coche hasta la entrada principal. Allí estaba, rugiendo como una fiera inmovilizada y contrariada. Pau se deslizó en el asiento trasero y Pedro ayudó a Tyler a acomodarse en el asiento delantero. Pau captó los ojos de Pedro en el retrovisor y le sostuvo la mirada con audacia, envalentonada en su nuevo disfraz caro.

- Guapa- articuló con los labios, sin pronunciar la palabra, y un escalofrío de placer le recorrió la espalda.

Luego volvió a adoptar una actitud completamente profesional. – Bueno, Tyler, tú a Karori. ¿Y tú, Paula?

- A Wadestown, o sea que le queda de camino. Pedro se metió en el tráfico.

- ¿Mañana a las ocho y media? – le dijo por encima del hombro al dejarla en casa unos minutos más tarde – Quiero pasar revista a tus notas de la reunión para empezar.

A la mañana siguiente Pau se puso algo más mono que unos vaqueros y un polo. Dado que el tiempo era aún lo suficientemente templado, eligió una minifalda de lino blanco, una túnica de manga larga color canela de cuello redondo con una fila de botoncitos blancos delante y las alpargatas de cuña de cuerda trenzada atadas al tobillo, y se dijo a sí misma que desde luego no se estaba arreglando para Pedro.


Llegó unos minutos antes de la hora y él salía del estudio principal, llevando una vez más pantalón corto y camiseta sin mangas, sudoroso y tenebroso.

- Perdona, no tardaré más que un momento – dijo. - Tómese su tiempo, es usted el jefe.

Él levantó una ceja mostrando su aprobación al ver la longitud de su falda y se dirigió a las duchas.

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