CAPÍTULO OCHO — LA CASA DE LA PLAYA - ULTIMA PARTE
Pau le tendió la mano para estrechar la callosa mano del contratista y se encontró con que él retuvo la suya unos segundos de más. ¿Y había sido eso una caricia disimulada de uno de los dedos de él en la palma de la mano? ¡Dios, ese hombre se creía una especie de donjuán!
Retiró la mano y dijo “Encantada de conocerle, Evan”, desviando las ojos de la mirada demasiado descarada del hombre tan pronto como su buena educación se lo permitió. Pedro notó, o vio, su incomodidad.
- Pau siempre sabrá dónde encontrarme cuando esté fuera de la ciudad o fuera del país.
- En caso de que tenga usted alguna consulta urgente – añadió ella, haciendo hincapié en lo de “urgente”.
El contratista aparentaba estar relajado. Era un hombretón, tan alto como Pedro y tan fuerte como él, a juzgar por los poderosos músculos de sus largos brazos y piernas.
Y no se gusta ni nada a sí mismo que digamos. Pau se dio la vuelta al oír el eco del martilleo por encima de la música desde algún lugar que no veía. Oía el ruido del mar y olía el salitre.
- Parece que la otra mitad del equipo está trabajando – dijo Pedro, llevándola a la parte trasera de la casa y agachándose para bajar el volumen de una radio grande salpicada de pintura. Allí había un hombre mucho más joven que estaba trabajando en los encofrados de una enorme losa de hormigón.
- Brendan – le saludó Pedro mientras inspeccionaba los progresos con evidente aprobación -, esto va bien. Apoyó las manos en los hombros de Pau y la hizo girar para que admirara las vistas.
Pau miró a través de los matorrales que bordeaban el acantilado. Quince metros más abajo, las olas del mar subían por una media luna de arena vacía y volvían a retroceder para luego volver a avanzar. El agua azul sembrada de lentejuelas se extendía hasta el horizonte.
Unas millas mar adentro surgía la isla de Kapiti, que parecía un dragón verde dormido, recubierta de densos bosques, un santuario seguro para miles de aves nativas.
- Esto es maravilloso – concordó Pau, sintiendo que un estremecimiento de júbilo le recorría la espina dorsal -, ya entiendo por qué te enamoraste de este sitio.
En todo caso de las vistas... de la casa ya no estoy tan segura – dijo, volviendo la mirada dudosa hacia la ruina que estaba a sus espaldas. La vieja puerta trasera estaba abierta, crujiendo bajo la acción de la brisa -. ¿Es seguro entrar?
- Sí, pero tenga cuidado – le advirtió Evan Greerson -, hay un montón de cosas esparcidas por todos lados, montañas de cristales rotos, y yo no intentaría bailar un zapateado en la escalera.
- Vale, nada de bailar – accedió Pau.
Pedro volvió a cogerla de la mano.
- ¿Vas a llevarla en brazos para cruzar el umbral? – preguntó Brendan, equivocándose al suponer quién era ella.
- Puede que sí lo haga.
Pau chilló cuando Pedro la levantó en brazos, la apretó contra su pecho y se alejó de los dos hombres.
- ¡Suéltame! – Esto le parecía mucho más peligroso que cuando la agarró juguetón en el despacho, o cuando ella le abrazó para consolarle en el apartamento. Mientras andaba, una expresión de inquietante intensidad se apoderó del rostro del Pedro y ardía en sus chispeantes ojos negros y penetró directamente en los de ella.
Pau se estremeció pese al calor que emanaba su cuerpo.
¿Se estremeció o se echó a temblar? Pegada a él, saboreó el mágico movimiento de sus músculos al acomodar el peso de ella en sus brazos. Emocionante.
Peligrosamente emocionante. Y ella seguía aguantándole la mirada, pero al final la sensación de toda aquella carne masculina que la rodeaba fue demasiado para ella. Cerró los ojos y acurrucó la cara debajo de la barbilla de él, con la boca pegada a su cuello.
Error. Grave error. Ahora sabía exactamente lo tibia y suave que resultaba su piel bajo sus labios hipersensibles. Inhaló su fresco aroma salado y sintió la tentación de sacar un poquito la lengua y lamerle. ¿Se atrevería? Murmuró inquieta y se movió un poco... y fue a dar con el principio de la línea áspera de la barba incipiente de la tarde.
Su flagrante masculinidad casi le hizo perder el control. Pedro aflojó la presa y la dejó en el suelo de mala gana, aclarándose la garganta con un gruñido. ¿Pero qué demonios le había dado para agarrarla de esa forma... y llevarla en brazos al interior de su casa como si fuera una recién casada?
- Bueno, ahí – dijo, intentando acabar con la embarazosa situación -, el gran salón. Puertas y ventanas desde el suelo hasta el techo, con todas las vistas, y aquí, dormitorios, cuartos de baño y todo eso.
Se alejó lo suficiente de ella para que la temperatura disminuyera ligeramente. Fragmentos de viejo cristal quebradizo crujían bajo sus pies y una misteriosa luz filtrada proyectaba sombras melancólicas, porque los albañiles habían tapado algunos de los huecos de las ventanas con paneles de madera contrachapada.
- En otros tiempos esto debió ser espectacular – dijo Pau, con una voz tan ahogada como la de él, al avanzar por el pasillo revestido de paneles de roble.
- Y volverá a serlo.
Sus miradas se cruzaron y ella desvió la suya rápidamente.
- ¿Y sin embargo acabó en este estado?
- Era la antigua casa solariega de la finca. Su propietario se divorció y volvió a casarse, y su segunda esposa se negó a vivir en la casa de la primera mujer.
- ¡Qué desperdicio!
- Sí. Ellos se lo pierden y yo salgo ganando. En los años setenta se construyeron una casa mucho más cerca de la carretera y utilizaron ésta durante un tiempo como alojamiento para los trabajadores, pero luego la abandonaron, Dios sabe por qué.
Pau empujó con el pie unas largas briznas de hierba seca que revoloteaban por el pavimento de madera sucio de barro. Se volvió de espaldas a él y dijo con voz firme:
- ¿Así que es verdad que guardaban aquí balas de heno?
- Todo tipo de cosas de la granja.
- ¿Y cómo supiste que estaba en venta?
- No lo estaba. La vi desde la playa un día que salí a pescar. Bueno, vi las chimeneas y subí parte del camino hasta el acantilado para ver si eran parte de una casa.
- ¿Y te enamoraste?
- Me quedé prendado. Tenía que ser mía. Convencí al granjero de que me vendiera la casa y dos hectáreas de terreno.
Ella se le quedó mirando más directamente.
- ¿Así que querías el buen retiro de un caballero?
Él notó el sarcasmo en sus palabras.
- No soy ningún caballero.
- ¿Entonces el buen retiro de un hombre rico?
Se sentía más cómodo con eso.
- En eso estamos. Llámalo mi capricho, mi proyecto, mi base para el futuro. De la forma en que me crié, nunca tuve una verdadera base.
La deliciosa boca dePau esbozó una pequeña sonrisa.
- Yo tampoco. La casa de mis padres, luego la huerta, un piso con amigas durante un tiempo, la pequeña casa del abuelo cuando enfermó, la casa de mi hermano, y ahora voy a cuidar del piso de Kelly durante quince días.
- ¿Y después qué?
La sonrisa desapareció.
- Ya sabes lo que va a pasar después. Me iré en cuanto llegue mi pasaporte. Le dio la espalda y echó a andar por el pasillo, y mientras lo hacía extendió la mano y arrancó una tirita de viejo papel de la pared encima del revestimiento de paneles de madera de roble. Tiras de papel pintado colgaban y flotaban por todos lados.
A Pedro se le hizo un nudo en las entrañas. Apretó la mandíbula y se preguntó que podría hacer para que se quedara.
Ella seguía andando, una silueta esbelta recortada contra la luz brillante que entraba por el cristal de la intrincada vidriera emplomada de la puerta delantera. Después de dar unos cuantos pasos, llegó a la altura del antiguo y grandioso salón y miró adentro.ç
- ¡Pedro! Esto podría ser una maravilla. ¿Así que quizá ella también había empezado a ver lo mismo que veía él? Le hizo ademán con la mano de que entrara.
- Pensé que podría convertirse en el dormitorio principal. Hay un montón de espacio para repartirlo en un vestidor y un cuarto de baño anexo.
Pau asintió mirando a su alrededor. Uno de los miradores dominaba la pared frontal de la larga habitación, con vistas a los campos y como telón de fondo las colinas cubiertas de oscuros bosques. Había restos de muebles descoloridos y deshilachados, pero le daban una leve sensación de haber sido habitada largo tiempo atrás.
Tres lámparas de cuentas colgaban de cadenas de latón deslustrado y Pau levantó la vista para mirarlas con los labios entreabiertos. Una urgente necesidad de besarle el cuello se apoderó de Pedro y le sacudió hasta la punta de los zapatos. Extendió la mano y le pasó un dedo por la piel sedosa y ella jadeó sorprendida.
- Quédate así, no te muevas – le dijo.
- ¿Por qué?
Él le respondió tomándole la cara entre las manos e inclinándose a besarla con la boca abierta exactamente allí donde latía el pulso, fuerte y rápido.
- Porque quiero.
Volvió a hacerlo, esta vez más arriba. Sammie emitió un ruidito ahogado que él interpretó como “más, por favor”. La radio del contratista, el martilleo, el ruido rítmico del mar, todo se desvaneció hasta desaparecer.
- No – gimió ella, intentando zafarse.
- ¿Por qué no? – preguntó él, con la boca pegada a la comisura de sus labios.
- Porque me voy a ir.
Él la besó de todos modos, cargado de frustración, mientras su polla, aparentemente inoportuna, crecía en contacto con ella.
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