domingo, 5 de octubre de 2014

CAPITULO UNO - UN CUERPO DE INFARTO - ULTIMA PARTE

- ¿A qué hora llegan sus invitados? ¿Quiere servir
algo de beber entonces o directamente la comida?

- Cerca de la una. Directamente la comida está bien,gracias - ahora había una verdadera sonrisa de gángster en su cara, llena de licenciosas intenciones –. Dile a Tyler que te dé algo de dinero antes de salir.

- ¿Eso es todo? – No veía la hora de huir de su inquietante presencia.

- Por ahora sí.

¡Oh, lo que daría por unos tacones altos para salir de allí airada! Sencillamente, con las deportivas no era lo mismo. Al darse la vuelta para salir, se imaginó sin dificultad que su trasero estaba siendo sometido a la misma atenta inspección que habían recibido antes sus pechos.

- Invitados a almorzar – dijo al volver a recepción.

- ¿Dijo de quién se trataba? – preguntó Tyler – Está intentando cerrar un gran trato en Sidney, debe tratarse de ellos. 

Probablemente vas a tener que ir a Australia con él la semana que viene o así.

De alguna parte brotó una risita que fue creciendo
hasta que Paula acabó riéndose con verdaderas ganas.

- Eso es poco probable, no tengo pasaporte. Lo solicité hace una semana, así que va a tardar una eternidad.

Tyler sonrió.

- Depende, a veces te lo hacen muy rápidamente. Mi hermana Kelly tuvo que renovarse el suyo para viajar a Hawai y se lo hicieron rapido. 

Las imágenes de las palmeras y el mar azul inundaron la cabeza de Paula.

- Hawai – dijo con nostalgia -, decididamente está en mi lista de deseos.

- Kelly se marcha dentro de un par de días.

- Menuda suerte. A mis padres les encantaba viajar.

En casa tenían páginas del National Geographic colgadas por todas partes. Siempre decían que preferían viajar a tener una casa lujosa.

Se interrumpió bruscamente cuando volvió a embargarla el dolor que le provocaba su pérdida.

- ¿Has ido a muchos sitios?

Paula cerró los ojos por espacio de uno o dos
segundos, con la imagen de su padre, alto y bronceado, y
su madre, mucho más bajita, muy excitados y con lágrimas de felicidad la última vez que les había visto, impresa en las pupilas.

- Yo tenía que quedarme en casa para ir al colegio – dijo, intentando que sonara como si no le hubiera importado demasiado -, pero ellos estuvieron en muchos sitios. En Australia, naturalmente, Brisbane, Darwin, y en el otro lado, en Perth. En Broome, donde las perlas, y en varios sitios de Asia.


Nunca la habían llevado con ellos, siempre habían puesto como excusa su educación. Ni una sola vez habían elegido viajar durante las vacaciones escolares. Le había encantado pasarlas con los abuelos, pero aún ahora le dolía la ausencia de sus padres. ¿No podrían haberla incluido aunque sólo fuera una vez?

- Hong Kong y Tailandia – siguió diciendo -, y tenían muchas ganas de visitar Vietnam una vez que se abrió al turismo. Papá empezó a construir un yate oceánico en el jardín de casa cuando yo tenía trece años.

- Asombroso.

- Sí, supongo que sí. Por aquel entonces mi hermano mayor, Ray, ya estaba trabajando en Nueva York.

- ¡Guau! 

Paula vaciló un momento. Qué demonios, es una persona agradable, lo entenderá. Respiró hondo.

- Cuando tenía quince años zarparon para un viaje de prueba a Fidji. Una vez que terminara la escuela, todos íbamos a dar la vuelta al mundo en barco juntos y a visitar a mi hermano por el camino.


Apretó los labios, como si eso de alguna manera fuera a paliar el dolor.

- Eso debió ser increíble.

Paula negó con la cabeza.

- La verdad es que no. Nunca llegaron a Fidji, sencillamente desaparecieron. Por la noche les golpeó una ballena, o un contenedor flotante, o algo así. No había tormentas en la zona ni se encontraron señales de su baliza de emergencia – dijo mirando a Tyler, y vio afecto en su firme mirada -, así que... – terminó, encogiéndose de hombros.

- Oh, querida, eso es terrible, y a los quince años. Horrible.

- Sí.

- ¿Y tu hermano volvió a casa después de eso?

- No, yo me fui a vivir a la huerta de mis abuelos. Luego mi abuela murió. El abuelo dijo que se había ido consumiendo después de perder a mamá, pero siempre había estado un poco delicada. Desde que tengo uso de memoria, siempre tuvieron a una asistenta en casa.

- ¿Qué tipo de huerta era?

- Cultivaban manzanas en Hawkes Bay.

- Es un sitio encantador. Cam y yo estuvimos allí durante nuestra luna de miel.

Paula echó los hombros hacia atrás, sacudiéndose el abatimiento que los había encorvado.

- A menudo había pasado las vacaciones escolares con ellos porque mamá trabajaba a tiempo completo para ayudar a pagar el barco y los viajes, supongo. Al cabo de unos años, el abuelo sufrió un grave ataque y hubo que vender la huerta, y yo acabé viviendo con él hasta su muerte. Necesitaba tener a alguien en casa por las noches.

Fin de la historia.

Levantó la barbilla y le dedicó a Tyler el tipo de mirada que la desafiaba a ofrecerle cualquier otra muestra de compasión.

Ella captó la indirecta.

- ¿Así que acabas de mudarte a Wellington?

- Hum... la semana pasada. Antes tuve que vaciar la casa.

Tyler meneó la cabeza ligeramente.

- No me sorprende que quieras marcharte. ¿Dónde estás viviendo ahora?

- Con mi hermano, que por fin está de vuelta con una de las grandes empresas de brokers de Nueva Zelanda, y mi cuñada. Tienen dos niños que se pelean como locos. No es lo ideal, pero es por poco tiempo.

- ¿Te apetecería...? – Tyler se interrumpió a mitad de la frase – Déjame que haga una llamada.

Se oyó el “ding” de otro correo entrante.“Paula”. Pau puso los ojos en blanco.

- ¿Qué demonios querrá ahora? – preguntó, levantándose y dirigiéndose al despacho de Pedro.

- ¿Sí? – dijo escuetamente. 

Pedro levantó la vista de un montón de papeles. Una vez más, curvó ligeramente la comisura de los labios y Paula tuvo que hacer un gran esfuerzo para evitar sonreírle a su vez.

- Me preguntaste si necesitábamos algo para beber. Me parece que sí. ¿Unas cervezas frías?

Cogió un juego de llaves de encima de la mesa y se las tendió, sacudiéndolas de manera que sonaran como un señuelo para atraerla más cerca.

- Coge mi coche y vé a comprar un paquete de 12 cervezas heladas a Super Liquor. Pesa demasiado para que vayas a pie.

Paula se acercó a coger las llaves y sintió que una oleada de malestar le atenazaba la garganta. Conducir en Wellington no era como conducir en casa. Había llegado hasta casa de Ray y Anita en su pequeño coche, pero aún no había intentado conducir por el centro de la ciudad, y estaba segura de que el coche de Nick debía ser un modelo caro y de los que sufrían daños con facilidad.

- ¿Está seguro de que no prefiere que conduzca Tyler?

- No cabría detrás del volante. Ahora su sonrisa se ensanchó. ¿Así que había decidido utilizar sus encantos para ver si lograba que dejara de mostrarse tan fría? ¡Pero qué obvio era!

- ¿Qué marca de cerveza quiere? - preguntó,sintiéndose más atraída de lo que hubiera querido.

- ¿Stellas? 

- ¿Y dónde tiene aparcado el coche?

- Detrás del edificio, en el callejón de la izquierda.

Alargó la mano para coger las llaves, que él tenía colgadas del pulgar, y al hacerlas tintinear impacientemente la anilla se había deslizado más abajo del nudillo, de manera que no había forma de que Paula pudiera limitarse a cogerlas. Tras un par de intentos inútiles, le agarró la mano para mantenerla inmóvil y empezó a empujar el llavero hacia arriba con gesto decidido.

- Tiene unas manos realmente grandes – dijo, para romper el violento silencio. La piel de él ardía en contacto con la de ella y no hacía ningún esfuerzo para ayudar. Cogerle la mano al jefe el primer día de trabajo no era en absoluto lo que había planeado, y especialmente con este jefe supermusculoso, desbordado e ingrato 

– y grandes pulgares – añadió imprudentemente.

- Y ya sabes lo que dicen de los hombres que los tienen – repuso él, mirándola a los ojos con una expresión deliberadamente inocente. 

- Pues no, no lo sé. 

Los hombres que tienen la polla grande no necesitan alardear de ello.

Pero de alguna manera ella sabía que debía ser sencillamente impresionante. Sabía que en cuanto él no la mirara le haría una radiografía en los pantalones. Ya sentía aumentar la temperatura sólo de pensar lo que debía haber allí.

Entonces vio la cicatriz y sintió un hormigueo en todo el cuerpo.

Era Pedro, definitivamente, no cabía la menor duda de ello. Se acordaba de cómo se había hecho aquella cicatriz. Recordaba que había sido culpa suya, que casi se había cortado el dedo índice porque ella le había sorprendido mientras estaba cortando láminas de polietileno para el abuelo.

¡Pedro! Los estremecimientos de los viejos recuerdos le recorrían la espina dorsal.

Después, durante días, le indicaba el vendaje cada vez que la veía y se lo apartó para enseñarle los puntos el día que iban a quitárselos. A sus trece años, los había mirado horrorizada y fascinada a la vez, con ganas de ver qué aspecto tenían y con más ganas aún de saber que su dedo iba a volver a estar bien y entero otra vez. Se sentía culpable y emocionada por recibir sus atenciones y había mirado sin pestañear, y luego se había avergonzado al besarle el dorso de la mano para pedirle perdón y desearle buena suerte y como tímida señal de la fascinación que sentía por él, antes de salir corriendo.  

Al parecer, las cosas no habían cambiado mucho

CHAANNN , SE CONOCIAN DESDE PEQUEÑOs :O , AHORA QUE PASARA? , DEJEN SUS COMENTARIOS NOS LEEMOS MAÑANA BESOOO

Se casaron 😭😍❤

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