CAPÍTULO SIETE — LLEVANDO A TYLER A CASA - PARTE UNO
Mientras acompañaba a Tyler a su casa, empezaron a abrirse claros y el sol se iba abriendo paso entre las nubes. Quizá Pedro la llevaría a ver su casa después de todo.
Con el tráfico más fluido en los suburbios, dejó que el Ferrari se desahogara un poco más. Su rugido gutural resonaba profundamente en sus entrañas y no pudoreprimir una sonrisa. No cabía duda de que a él también le procuraba una emoción visceral, dibujaba una sonrisa en su hermoso rostro y hacía que la sangre circulara más deprisa por su increíble cuerpo.
El caprichoso coche se le volvió a calar al pararse en un cruce.Maldición, estoy pensando en él en vez de concentrarme.
- ¿Por qué debe querer un coche que es tan difícil de conducir? – preguntó. Tyler sonrió.
- Porque es un hombre. Cam daría los colmillos por él. Creo que es bastante antiguo, y por lo que sé no hicieron casi ninguno de cuatro plazas.
- ¿O sea que es un clásico de colección? Es absurdo que se lo deje conducir a cualquier otra persona.
- ¿No eres afortunada entonces?
Pau hizo una mueca y volvió a centrar su atención allí donde la necesitaba.
- La próxima a la izquierda.
Siguió el resto de las instrucciones de Tyler y se detuvo en el camino de entrada de una casita de madera de los años 20 pintada de blanco.
- ¡Qué bonita! ¿Cuánto tiempo hace que vives aquí?
- La compramos nada más quedarme embarazada.
Hay muchas cosas que nos gustaría reformar en el interior, incluida la cocina, pero está quedando bien. Pau abrió la puerta del conductor, corrió a abrir la del pasajero y le ofreció el brazo a Tyler para que se apoyara en él.
- Gracias por tu ayuda, Tyler. Te llamaré si tengo alguna pregunta.
- Espero que lo hagas.
- Sí, mamá. Esperaré hasta que hayas entrado en casa sana y salva.
- ¡Uf! – bromeó Tyler - ¿Crees que necesito que me ayuden como si fuera una vieja?
- Creo que necesitas que te ayuden como si fueras una señora bastante gorda. Si te cayeras, jamás podría levantarte.
Tyler puso los ojos en blanco al oírla y tomó la mano de Pau para levantarse del asiento, que estaba muy abajo.
- Sí, esta gorda ya está harta de esto. A ver si nace ya.
Pau miró al cielo.
- ¿Qué sabes de la casa de Pedro, la casa de la playa? Me ha dicho que si despejaba me iba a llevar allí para que pudiera hacerle de enlace con el contratista.
Eso llamó la atención de Tyler.
- Qué suerte tienes. Es una casa bastante antigua, creo que la construyeron alrededor de 1900. Vi los planos, pero no he visto la casa.
- ¿Qué obras está haciendo?
- Un montón de cosas, prácticamente le está dando la vuelta como un guante. Me dijo que los salones no tenían vistas al mar.
- Bueno, antiguamente se construían mirando a la calle.
- Tengo la sensación de que no hay una calle propiamente dicha – dijo Tyler, sacó las llaves, abrió la puerta y le dedicó a Pau una sonrisa pesarosa -. Cuida de mi encantador jefe por mí.
- No necesita muchos cuidados, pese a que probablemente la mitad de las mujeres de la ciudad estarían dispuestas a intentarlo.
- Es un tipo a corto plazo, nunca va en serio. Pequeños temblores terriblemente parecidos a los celos se apoderaron del corazón de Pau, pese a que se había prometido a sí misma mantenerse alejada de él.
- ¿Por qué será que no me sorprende? – preguntó, tratando de imprimirle a su voz un tono desinteresado e informal.
- Está demasiado ocupado para ir en serio – dijo Tyler, entrando en una soleada sala de estar y dejando el bolso encima de una mesita de roble -, está construyendo un imperio. Nunca había visto a un hombre tan motivado.
No es que te esté advirtiendo que te mantengas alejada – añadió, dejándose caer en un sillón y suspirando aliviada.
- Tampoco necesito la advertencia – respondió Pau, intentando sacudirse la sensación de estar dejando pasar algo bueno - ¿Quieres que te traiga algo antes de irme? ¿Un té? ¿Un café? ¿Un zumo?
- No, gracias, estoy bien, pero voy a volver a ir al cuarto de baño – dijo, volviendo a poner en blanco sus grandes ojos de forma teatral – y luego mi barriga y yo nos vamos a acostar un rato. Que disfrutes de tu excursión a la playa.
- Lamentablemente, sin cubo ni pala. Cuídate mucho, o mejor aún, que te cuide Cam – dijo, inclinándose y dándole un rápido abrazo a Tyler. Agitó los dedos en señal de despedida y cerró la puerta de la casa al salir.
Odiaba admitirlo, pero Pedro la atraía ferozmente, la había fascinado de niña y había alimentado una intensa atracción cuando era una adolescente. Cuando desapareció dejó un vacío enorme en su vida. Sin despedirse y sin insinuar que ella fuera nada más que una estúpida niña con quien jugar.
Desde entonces siempre la había acechado en su memoria como alguien oscuro, deseable y puramente masculino, arruinando la posibilidad de que cualquier otro chico le causara una gran impresión y elevando sus expectativas en cuanto a atracción sexual hasta unos niveles inalcanzables.
El rugiente motor del coche vibraba debajo de ella, casi tan poderosamente sugerente como el propio pedro. ¿Quizá debería llevarse también a su propietario a dar una vuelta de prueba, dejando de lado todos sus buenos propósitos y disfrutando de él durante el breve e inesperado tiempo que le había sido concedido? Condujo de vuelta a Body Work diciéndose a sí misma que tenía que ser prudente... y contradiciendo todas las objeciones que ella misma se inventaba. Él era un juguetón y había dicho que quería jugar. ¿Por qué no podía jugar ella también con él durante las dos semanas siguientes? Porque no soy esa clase de chica.
¿Pero podrías serlo? Quizá no sea lo bastante valiente para intentarlo. Nunca lo sabrás a menos que lo intentes. Probablemente le voy a decepcionar. Lo único que busca es sexo: tú puedes hacerlo. ¿Y trabajar para él al mismo tiempo? Es un trabajo temporal. Puedes dejarlo si quieres.
Podría enamorarme aún más de él y entonces no podría olvidarle nunca. Para esto último no había ninguna garantía.
Para cuando llegó al gimnasio, el cielo estaba despejado en un noventa por ciento. Subió corriendo las escaleras llena de energía, con el pulso acelerado, al ritmo de la música fuerte, esperando que la excursión a la casa de la playa siguiera en pie. Más tiempo en compañía de Pedro pondría a prueba su determinación, y si perdía la batalla tendría que sufrir el inevitable desconsuelo y esperar a que fuera menguando hasta un nivel soportable.
Entonces le apartaría de su mente viajando a lugares maravillosos y conociendo a gente nueva e interesante. La evasión no era nada nuevo para ella. ¿Acaso no había tenido que evadirse tras la muerte de sus padres y de su abuela? Y luego había tenido que buscar evasiones durante los largos años en que tuvo que cuidar de su abuelo.
Una aventura fugaz con un chico guapo debería ser pan comido, especialmente si no dejaba que se convirtiera en algo serio. Guardó la chaqueta y el bolso en la taquilla. ¿Debería llamar a la puerta de Pedro, que estaba cerrada? Tal vez no. Quizá tuviera una visita importante o estuviera atendiendo la llamada internacional que había mencionado.
Sonriendo, volvió a recepción, abrió el programa de correo y escribió “La futura madre ha sido entregada sana y salva. El coche también”. Él replicó casi al instante “trae 2 cafés”. Pau arrugó la nariz. Ya volvía a mostrarse despótico.
“¿Para ti y quién más?” escribió.
“Para ti y para mí”.
Así que no había visitas importantes ni llamadas internacionales. Volvió a la sala del personal y se miró al espejo que había al lado de las taquillas mientras la cafetera preparaba los cafés y no pudo evitar difuminar un poco más la sombra de ojos, rociar una nube de perfume en el aire y dejar que cayera sobre ella y bajarse la cremallera del top rojo unos cuantos centímetros para enseñar un poco de piel.
Es sólo porque ahora hace un poquito más de calor. Se giró de nuevo hacia la máquina. Al cabo de unos segundos sintió que se le erizaba el cabello, señal de que había llegado Pedro. Ahora estaba tan en sintonía con él, que bastaban sus casi silenciosas pisadas en la moqueta y el ligero movimiento del aire en la habitación. Estaba mirando a la máquina del café cuando sintió el tibio peso de sus manos en sus caderas.
- No me hagas derramar esto – le advirtió.
- Jamás se me ocurriría.
Sintió que una mano la acariciaba subiéndole por la espalda, firme y segura, hasta el hombro. Cada centímetro que él acariciaba se encendía con puntitos de placer y se echó hacia atrás apretándose contra él como un gato en busca de caricias. Él le dio un apretón en la nuca, un gesto pequeño pero posesivo, y ella se dio la vuelta. Estaba demasiado cerca, demasiado, y él deslizó una mano para acariciarle con la palma la mejilla. Le pasó el pulgar de izquierda a derecha por el labio inferior en una lánguida caricia y Pedro cerró los ojos.
- No lo hagas – susurró.
La besó en la frente y la soltó.
- Ven a ver mi casa entonces. El tiempo se está portando bien.
- Mientras tú también lo hagas...
- No puedo prometer nada. Le tendió un café y él sonrió al cogerlo.
- ¿Estás intentando mantener mis manos ocupadas, Pau?
- Algo por el estilo – musitó, cogiendo la otra taza y arrastrándole de nuevo a su despacho.
Ahora la mesita baja estaba cubierta de grandes planos de arquitectura. Pedro se puso en cuclillas delante de ellos y posó su taza de café. Pau se quedó un paso atrás, observando el modo en que los vaqueros le ceñían el trasero y la camiseta blanca se tensaba sobre los largos músculos de su espalda.
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