lunes, 20 de octubre de 2014

CAPÍTULO DIEZ — JUSTO EL TAMAÑO IDEAL - ULTIMA PARTE

Pedro llevó sus copas a la habitación y Pau levantó la colcha para que le resultara más fácil meterse en la cama a su lado.

- Sería una pena malgastarlo – se mostró de acuerdo con él.

- No lo malgastaríamos. Si no nos lo terminamos hoy, te acompañaré a casa mañana después del trabajo y nos lo terminamos entonces. Su cara debió reflejar su consternación, porque él le preguntó:

- ¿Algún problema?

Ella se amedrentó bajo su mirada de alarma. Demonios, será mejor que lo afronte ahora.

- Pedro, esto no debería haber pasado.

Él levantó una ceja, incrédulo.

- Voy a estar trabajando para ti durante todo el mes que viene. ¿Cómo vamos a poder hacer esto también?

- ¿Esto? – repuso él, rodeándola con el brazo, cogiéndole la cabeza y apoyándosela en el hombro.

Caramba, encajaba perfectamente ahí...

- Acostarnos – explicó ella -, tener sexo. Creo que deberías buscar a una nueva secretaria provisional para sustituirme.

- ¿Y entonces te sentirías mejor por acostarte conmigo?

Pau suspiró molesta.

- No. Sería mejor que no nos acostásemos y punto. Me marcharé de viaje tan pronto como pueda. Preferiría no empezar ninguna relación en la que no puedo comprometerme – dijo mirándolo -. Claro que el hecho de compartir una botella de vino en dos noches diferentes no quiere decir que tengamos una relación – se apresuró a añadir, avergonzada por la descripción que acababa de dar –, si acaso algo así como una aventura, y yo no hago esas cosas.

Él le dedicó una mirada indescifrable, no exactamente de incredulidad, pero tampoco de conformidad.

- ¿Y entonces qué es lo que estoy haciendo en tu cama, si lo único que esperaba era hablar? No fui yo quien sugirió esto.

El rubor empezó a trepar por su cuello, ardiente y embarazoso.

- Viniste a devolverme las sandalias y me ayudaste a limpiar todo el desbarajuste de la palmera. Te merecías un abrazo.

¿No te da vergüenza, Pau? Eso suena verdaderamente estúpido.

Después de eso, la incredulidad pudo definitivamente con él. Su boca se curvó en un rictus y cerró los ojos brevemente, y se dio cuenta de que su explicación le parecía absurda y ridícula.

- ¿Te llevas a la cama todos los hombres que te echan una mano para “darles un abrazo”, Pau?

Apretó los dientes, molesta.

- ¿Pero de verdad piensas que no vas a poder seguir trabajando para mí? No seas tan creída: Yo puedo evitar ponerte las manos encima si tú puedes evitar ponérmelas encima a mí.

Pau decidió no mencionar que precisamente en ese momento tenía una mano en su pecho izquierdo y no parecía tener la menor intención de retirarla.

- Bueno, dentro de una o dos semanas vas a tener que encontrar una nueva asistente personal permanente, así que, ¿por qué no empezar a buscarla desde ahora?

- Ya me lo pensaré – repuso él, en un tono que decía que no pensaba hacerlo. Levantó la copa y bebió, y luego volvió a ponerse en plan detective. - ¿Podríamos volver a tu huerta para ver si encontramos alguna pista que nos ayude a encontrar a mis verdaderos padres?

Pau afirmó con la cabeza. Había olvidado lo mal que debía sentirse todavía.

- No era mi huerta, era del abuelo, y la vendió hace seis años.

- Bueno, ¿y qué pintaba yo allí? Tiene que haber alguna conexión. ¿Conocía él a Brian? Creo que no es probable. El viejo Erik era bastante puritano y Brian era todo lo contrario – dijo Nick, dándole un pellizco furtivo en el pezón que la dejó sin aliento -. Siempre se refería a tus abuelos como “la tía Felicity y el tío Erik”, pero sé que no lo eran.

- ¿Qué dice en tu partida de nacimiento? – preguntó Pau, esperando que se desvanecieran las oleadas de sensaciones.

- A mí me parece absolutamente normal. Lugar de nacimiento Hastings, Nueva Zelanda. Nombre, Nicholas David Alfonso. Fecha de nacimiento, padre y madre, que aparecen como Brian Joseph Alfonso y Gaynor Antonia Alfonso. No hay rastros de nada más. Pero tiene que estar falsificada. Papá... Brian... tenía toda clase de contactos chungos.

- A lo mejor eras el hijo secreto del abuelo.

- Sí, hombre, con la pinta de sueco que tengo.

La idea era tan absurda que los dos se echaron a reír.

- Bueno, lo que es seguro es que no eras el hijo secreto de la abuela. Ella sólo tuvo a mi madre, y todo el mundo decía que después de eso nunca volvió a estar del todo bien. Tengo un par de fotos por ahí – añadió -, al lado de la tele. ¿Quieres que las vaya a buscar?

Se levantó de la cama y fue a buscar las dos fotos enmarcadas que había puesto allí la noche antes y luego volvió a acurrucarse junto a él, pasando un dedo por encima de la primera foto.

- El abuelo, la abuela, mamá y papá, Ray y yo. Debió de ser justo antes de que Ray se marchara a Nueva York, o sea que yo debía tener unos diez años.

Pedro miró la foto y negó con la cabeza.

- Ahí no hay ninguna pista. Son los padres de tu madre, ¿verdad? ¿Qué hay de los de tu padre?

- Están en Inglaterra. Él se vino a Nueva Zelanda, conoció a mamá, se casó con ella y no volvió a su casa. Nunca se lo perdonaron y nunca nos visitaron. Quiero ponerme en contacto con ellos durante mi viaje... para ver si puedo arreglar las cosas.

Le enseñó la otra foto.

- Fue tomada durante el funeral de la abuela – dijo, con voz ligeramente temblorosa -. El abuelo y su hermano gemelo... la hermana de la abuela, Jessie, y su marido... Silvia, la asistenta de casa de los abuelos, y yo. 

Tragó saliva e hizo un esfuerzo para seguir hablando. Para entonces, papá y mamá ya no estaban. Yo tenía dieciséis años.

- Vaya sombrero más chulo – dijo él, sonriendo al ver el esponjoso sombrerito morado con el ala levantada delante.

- Mi tía abuela Jessie decidió que todos teníamos que tener un aspecto digno por la abuela. Ella llevaba este negro tan serio – dijo Pau, señalándola -. Silvia cosió una cinta negra en torno a ese sombrero y se escondió detrás de sus gafas oscuras, como siempre, y no paró de llorar. Probablemente yo sorprendí a todo el mundo al ir de color púrpura, pero quería algo más brillante que lo que la abuela me había hecho llevar en el funeral por mamá y papá. 

Eso fue horrible.

Pedro se quedó mirando la foto y luego la dejó. 

- No he adelantado nada.

- ¿Qué te han dicho tus padres?

Él apretó los labios y desvió la mirada.

- No les he preguntado. Aún no puedo soportar la idea de hablar con ellos. De todos modos no estarán de vuelta en la ciudad hasta mañana.

- Quizá seas hijo de tu madre, pero no de tu padre.

Pedro negó con la cabeza.

- Entonces no hubiera tenido que adoptarme, y en la partida de nacimiento ambos figuran como mis padres naturales, aparentemente.

- Tarde o temprano vas a tener que hablar con ellos.

- Mejor tarde que temprano.

- Pero, Pedro, ¿por dónde puedes empezar si no? ¿Qué dijo el doctor?

- No gran cosa. Insistió en que hablara con Brian y Gaynor. Bryan Joseph y Gaynor Antonia, por cierto. Sus segundos nombres son Joseph y Antonia, y los de mis hermanos Joe y Tony. A mis supuestos hermanos les pusieron sus nombres porque eran hijos biológicos suyos, a mí no me correspondían.

Pau notó el dolor palpable en su voz y no pudo culparlo.

- ¿Entonces cómo lo supo el doctor?

Pedro exhaló un enorme y ruidoso suspiro.

- No estoy seguro de lo que dijo después de las primeras palabras. Todo lo que pude oír fue “adoptado, adoptado, adoptado”. Creo que me quedé algo así como en blanco al oír eso.

- A lo mejor ella le dijo que te habían adoptado para que no sospechara nada en caso de grupos sanguíneos raros y esas cosas. Los doctores normalmente no ven las partidas de nacimiento, ¿no?

- Ni idea.

Pau suspiró.

- Creo que deberías preguntárselo ahora que ya has asimilado el shock.

- Sí, quizá sí...

- Pero tus padres siguen siendo tu mejor baza.

Él apretó más el brazo alrededor de ella.

- Eres persistente, ¿eh? – dijo, dejando su copa vacía en la mesita de noche y extendiendo la mano para coger la de ella.

- No he terminado – dijo Pau, tomando otro sorbo.

Pedro cogió el segundo preservativo y se lo mostró, haciéndolo bambolear delante de ella. El sobrecito brillaba y centelleaba en la penumbra. 

- Yo tampoco he terminado.

- Ni hablar – dijo ella, esperando que su voz resultara firme.

Él le cogió la mano que tenía libre y se la metió debajo de las sábanas.

- Ni hablar – volvió a repetir. Poco a poco la fue deslizando por sus abdominales. Dios, qué tibio que está, y qué firme. Más abajo, hacia otra cosa tibia, y firme, y larga, y dura. ¿Cómo podía resistirse?

- No... – volvió a intentarlo, pero se dio cuenta de que una sonrisa se iba abriendo paso en su rostro.

- Sabía que acabarías viendo las cosas a mi manera.

Pedro le dobló la mano alrededor de la polla y le dedicó una sonrisa de arrogante satisfacción masculina.

Pau suspiró profundamente, apuró su copa de vino y tragó hasta la última gota.

2 comentarios:

  1. Geniales los 2 caps!!!!!!!!!!! Me tiene re intrigada de quién es hijo Pedro. No me vengas con que es pariente de ella x favor

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  2. Yo pense lo mismo que silvina...espero que no sean parientes! mimiroxb

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