lunes, 13 de octubre de 2014

CAPÍTULO OCHO — LA CASA DE LA PLAYA - PARTE UNO

Esta vez él la estaba esperando al lado del elegante coche negro con la puerta abierta, listo para jugar el papel del acompañante atento. La mujer independiente que había en ella quería mofarse, pero en algún lugar del primitivo lado sensual de su cabeza le encantaba que la tratara con tanta cortesía. El abuelo siempre lo había hecho. Por un momento sintió el dolor de su reciente pérdida, pero enseguida se obligó a volver al presente. Esto no era una excursión dominical con el abuelo. Pedro le tocó el brazo al sentarse, y sintió que el calor de sus dedos la quemaba a través de la tela roja de la manga.
- ¿Quieres que te los guarde?
Ella le dio el bolso y el tubo con los planos y él se inclinó y los arrojó al asiento trasero. Su olor llenó el pequeño espacio que les separaba y ella ladeó la cabeza ligeramente de manera que la suave curva de su bíceps le rozó la mejilla al retirar el brazo. Pedro la miró bruscamente, como para asegurarse deque no le había hecho daño, y Pau le miró a los ojos y dijo:
- ¡Uy!
- ¿Vas buscando problemas, Pau? – le preguntó antes de cerrar la puerta con un golpe seco. ¿Los iba buscando? Se recostó en el asiento, sin saber realmente qué era lo que iba buscando, pero disfrutando de la vista desde allí abajo mientras él pasaba por delante del coche. Le daba el sol en el pecho y en los hombros, tan bien definidos. Los músculos esculpidos debajo de la camiseta elástica blanca se veían magníficos y Pau dio un pequeño suspiro de aprecio antes de que él abriera la puerta del coche.
¿Problemas? Sí, él le iba a traer problemas, no le cabía la menor duda. Problemas ardientes y peligrosos que podrían reducir su alma a cenizas. Pedro se sentó y la miró con el rostro serio y los ojos llenos de sombras color chocolate. De repente se parecía mucho más al Pedro de los viejos tiempos, a aquel chico de la ardiente expresión que decía “yo quiero” y que tan emocionada e incómoda la había hecho sentir de jovencita.
Pau se encogió de hombros.
- No voy a quedarme aquí el tiempo suficiente como para tener muchos problemas – dijo, mordiéndose el labio y maldiciendo su lengua fugitiva. Él le dedicó un gruñido indescifrable y una ligera elevación de ceja.
- Eso ya lo veremos – le dijo, y la dejó nerviosa y llena de dudas -. ¿Lista para un poco de diversión?Aceleró el motor y el coche aulló de alegría y vibró con una energía apenas contenida.Para su sorpresa, Pedro conducía con prudencia, moviéndose con facilidad en el tráfico de última hora de la tarde y circulando por las calles a veces estrechas de Wellington como un ciudadano modelo. Y eso que ella se había esperado toda una demostración de fuerza y agresividad machistas.
Pero en el momento en que llegaron a la autopista, pisó el acelerador a fondo y el Ferrari rugió y dejó atrás a todos los demás vehículos, saliendo despedido como una bala. El rugido gutural del motor y el fuerte acelerón le hicieron ahogar un grito involuntario y Pedro se rió, evidentemente regocijado.
- Pensé que te gustaría ver lo que era capaz de hacer este coche. Apuesto a que no tuviste ocasión cuando acompañaste a Tyler a casa.
- ¡Ni se me ocurrió! – respondió, con el corazón desbocado debido al subidón de adrenalina.Él levantó el pie del acelerador y el coche ralentizó, acercándose ahora a algo parecido al límite de velocidad.
- Bueno, ¿y esos problemas para los que no te vas a quedar el tiempo suficiente? Oh, así que no va a dejar de lado la cuestión.
- Lo siento, ha sido un comentario estúpido.
- Ha salido de lo más profundo de tu oscuro subconsciente, Pau, de donde están al acecho lascosas que realmente quieres, esperando para salir a la superficie.
Ella le miró desconcertada y vio que una de las comisuras de sus labios volvía a levantarse, esbozando otra vez esa maliciosa sonrisa. Él le sostuvo la mirada brevemente antes de volver a fijar la atención en la carretera.
- Si me quieres, Pau, puedes tenerme. Hubiera infringido la ley para tenerte allí en la huerta. De hecho, quizá la infringiera. En todo caso, anduve muy cerca. ¿Habría sido clasificado como “relaciones sexuales ilícitas” si nos hubieran descubierto?
- ¡No! – gritó ella, sofocada – De ninguna de las maneras, cintura no vas a tener que cuidar de ti misma. Ya va por la tercera esposa, y según dice mi cuñada, su actual matrimonio también estáen crisis. Es un buen contratista, pero un hijo de puta con las mujeres.
Pau se acomodó en su asiento y cerró los ojos, disfrutando del calor del sol. A su lado, Pedro permanecía en silencio como si hubiera dado por zanjada la cuestión. Los neumáticos chirriaban sobre el asfalto, el motor rugía y zumbaba y su concentración flotaba. Al cabo de poco él  le apretó la mano y le dijo:
- Ya casi hemos llegado.
Miró por la ventanilla y vio discurrir los campos por su lado.
- Creía que tu casa estaba en la playa. Pedro miró por los retrovisores y puso el intermitente.
- Espera y verás.
Dejó la carretera principal con un chirriar de neumáticos y luego frenó de inmediato. Pau rebotó contra el cinturón de seguridad al enfilar un camino rural de superficie desigual pavimentado con gravilla.
- Perdona, debería haberte avisado – le dijo, pese a que no parecía sentirlo en lo más mínimo. Conducía con cuidado por la superficie llena de baches y aminoró la marcha hasta detenerse cuando apareció el océano a lo lejos., nadie hubiera podido acusarnos de eso.
- Acusarme a mí – repuso despacio, mirando a lo lejos en el tráfico -, tú me tenías como hechizado. ¿Así que era mutuo? O no era más que un adolescente cachondo dispuesto a experimentar concualquier hembra bien dispuesta?
- ¿Acaso huí de ti? – le preguntó - ¿Protestaba por lo que hacías? ¿por lo que hacíamos? Tragó saliva,sintiéndose incómoda al hablar de aquello, pero al mismo tiempo contenta de decirlo claramente. – Estaba fascinada, Pedro, cautivada. Simplemente despertando a las posibilidades del sexo, oyendo hablar a la gente, pero sin poder saber lo que era cierto.
- Y sin poder preguntarles a tus abuelos. Esto la hizo reír.
- ¡Ja! Exactamente. La huerta no era lo que se dice un foco de depravación.
- No sé, no sé...
Ella le lanzó una mirada sospechosa. Nick tenía los labios apretados, como si ocultara secretos.
- ¿Qué? ¿Qué?
- Algunos de los recolectores echaban polvos a veces a orillas del río.
- ¿Y tú mirabas?
- Tenía dieciséis años, cariño, e intentaba desesperadamente depurar mi técnica.
- ¿De verdad tenías una técnica?
Pedro se dio un golpecito en el lado de la nariz.
- Un caballero nunca habla. - Y así de rápido su actitud burlona se desvaneció. – Tengo que ponerte en guardia en lo que se refiere al contratista, Evan. No te fíes de él. Voy a dejar muy claro que eres mía, y eso debería mantenerle a raya.
- Pero no lo soy, y puedo cuidar de mí misma, gracias.
Pedro aceleró al máximo y adelantó, luego aminoró la marcha y volvió a ponerse en fila. Miró a Pau, desafiándola a que le desaprobara.
- Pero si yo te paso un brazo por la cintura no vas a tener que cuidar de ti misma. Ya va por la tercera esposa, y según dice mi cuñada, su actual matrimonio también está en crisis. Es un buen contratista, pero un hijo de puta con las mujeres.
Pau se acomodó en su asiento y cerró los ojos, disfrutando del calor del sol. A su lado, Pedro permanecía en silencio como si hubiera dado por zanjada la cuestión. Los neumáticos chirriaban sobre el asfalto, el motor rugía y zumbaba y su concentración flotaba. Al cabo de poco él le apretó la mano y le dijo:
- Ya casi hemos llegado.
Miró por la ventanilla y vio discurrir los campos por su lado.
- Creía que tu casa estaba en la playa. Pedro miró por los retrovisores y puso el intermitente.
- Espera y verás.
Dejó la carretera principal con un chirriar de neumáticos y luego frenó de inmediato. Pau rebotó contra el cinturón de seguridad al enfilar un camino rural de superficie desigual pavimentado con gravilla.
- Perdona, debería haberte avisado – le dijo, pese a que no parecía sentirlo en lo más mínimo. Conducía con cuidado por la superficie llena de baches y aminoró la marcha hasta detenerse cuando apareció el océano a lo lejos.

- Pero... ¿cómo...? – balbuceó Pau, mirando el panorama que inesperadamente apareció ante ella y luego a Pedro. Un rebaño de ovejas pastaba a lo lejos, en el campo adyacente. Se les quedaron mirando fijamente unos momentos, y al darse cuenta de que no suponían ningún peligro, volvieron a mordisquear la hierba de un verde brillante.

- Tiene magia, ¿verdad? – dijo él.

- Es increíble. ¿Y dónde está tu casa?

Dos minutos de precavido camino cuesta abajo les condujeron a una zona en la que había grandes árboles y unas altas chimeneas de ladrillo que sobresalían por encima de los mismos. Pedro abrió unas barreras para evitar la salida del ganado y enfiló un camino donde la vegetación formaba una especie de túnel verde abovedado por encima de sus cabezas. En la explosión de luz solar que había al final del mismo había una furgoneta blanca y una camioneta roja aparcadas.

Al llegar al claro que les daba la bienvenida, SPau se quedó mirando, asombrada. Los tablones despintados, al envejecer, habían adquirido un tono gris plateado. El tejado era un mar de óxido. Muchas de las ventanas estaban rotas. La otrora orgullosa terraza colgaba como unas sugestivas cejas encima de los miradores gemelos.

Pau inhaló una profunda bocanada de aire.

- ¿Cuánto te ha costado esta ruina?

- Probablemente demasiado cara, pero una vez que esté rehabilitada no va a tener precio. Ven y verás.

Un hombre alto y pelirrojo apareció por la otra punta de la casa y levantó la mano a modo de saludo.

- Evan Greerson – dijo Pedro, apagando el motor -, él va a ser tu contacto. Ten cuidado con él. Bajó del coche, se dirigió hacia el lado de Pau mientras ella se peleaba con el cinturón de seguridad, con el que no estaba familiarizada, y le abrió la puerta.

- Dame la mano.

Una vez fuera del coche casi perdió el equilibrio en el suelo desigual, la excusa perfecta para que él le pasara el brazo por la cintura y la estrechara contra él. Ahora el olor de su cuerpo se arremolinaba a su alrededor, una poderosa mezcla de algodón recién lavado, piel tibia y un rastro de agua de colonia, aún más tentador que cuando se había inclinado para tirar el bolso y los planos en el asiento trasero del coche. Pau cerró los ojos y disfrutó de él por espacio de un momento, sabiendo que no iba a caerse gracias a su brazo protector.

- Estas botas no están hechas para visitar obras – le dijo, con una mirada cariñosa y admonitoria a la vez.

- Cuando nos hemos vestido esta mañana no sabía que ibas a traerme aquí – repuso ella, representando la comedia que él el había dicho de “somos pareja” al acercarse el contratista lo suficiente como para oírles.

- Pau, te presento a Evan Greerson. Evan, Paula.


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