CAPÍTULO SEIS — COQUETEOS - PRIMERA PARTE
Al día siguiente llovía a cántaros y el viento del norte hacía que las hojas de los árboles revolotearan por todas partes y el aire fresco empujaba la cortina de agua, que llegaba inclinada y se estrellaba de lado.
Pau le dio de comer a Zorro en la tenebrosa luz de la mañana y permaneció de pie unos momentos en el pequeño balcón, al abrigo de las inclemencias del tiempo. Había comprado un par de barritas energéticas, pero en la despensa de Kelly había un montón de cereales y media barra de pan, así que no tuvo dificultades para prepararse el desayuno.
Tenía intención de coger el coche para evitar la posible “copa con Pedro después del trabajo”, pero cuando llegó al garaje privado subterráneo se encontró con que todavía quedaban varias cajas de objetos personales en el asiento trasero que tenía pensado subir a casa la noche anterior, antes de que se lo impidiera la llegada de su inesperada visita. Como ahora no tenía tiempo de hacerlo y no quería que el coche se quedara en la calle con las tentadoras cajas a la vista atrayendo a posibles ladrones, decidió ir a pie. El apartamento distaba sólo unas manzanas de Body Work y las marquesinas de las tiendas la protegerían en gran medida de la lluvia.
Pero eso dejaba abierta la posibilidad de que Pedro insistiera en llevarla a casa esa noche para compartir el resto del vino. La perspectiva la había tentado desde el momento en que él se había marchado. Pau no quería enredos románticos, necesitaba estar libre para viajar.
Ése había sido el sueño de sus padres y le habían contagiado su pasión por los viajes. Pese a que siempre que se iban la habían dejado a ella atrás, había compartido su expectación cuando planificaban los viajes y se había maravillado con las cosas que traían al volver, los recuerdos variopintos, los regalos inusitados y las fotos de lugares extraños y exóticos.
Ni el abuelo ni la abuela habían sido viajeros. La huerta y la delicada salud de la abuela les habían hecho quedarse cerca de casa, y pese a que Pau había disfrutado de algunas breves vacaciones con amigos, había vuelto a quedar atrapada al tener que cuidar del abuelo después del derrame cerebral.
Pero por fin, por fin, le había llegado la hora de experimentar todo aquello, y ningún ligue tórrido y guapo iba a robarle su sueño. Especialmente porque había vuelto a irrumpir en su vida precisamente en el momento equivocado.
Apretó la caja más pequeña contra sí y se dirigió de vuelta al apartamento. Debido al tiempo y al recelo que le inspiraba Pedro, hoy se había puesto unos vaqueros, unas botas y su top favorito, rojo, con cremallera y una franja de perlas y lentejuelas alrededor del recatado escote y los puños. Se había subido la cremallera hasta que no se veía ni una pizca de piel que pudiera tentar a Pedro, ni un atisbo de un pecho, ni rastro de un tobillo, ni de la cintura, ni de un brazo.
De alguna forma tenía que mantenerse fuerte. Se puso la chaqueta de cuero para protegerse de la lluvia, cogió el bolso y echó a andar a buen paso. En el futuro iba a trabajar de ocho y media a cinco. Pedro levantó la cabeza cuando Pau pasó por delante de la puerta de su despacho, que estaba abierta. Le llegó una débil oleada de su perfume y se levantó para seguirla hasta la sala del personal con paso silencioso, observándola mientras se quitaba la cazadora de cuero negro sexy y la colgaba en su taquilla.
- ¿Así que hoy te has vuelto a poner vaqueros?
Ella se estremeció y se dio la vuelta para mirarle con sus claros ojos verdes.
- Es que hace más frío.
- No más que ayer.
- ¿Y?
- Me gustaba la falda que llevabas ayer.
- Entonces me la volveré a poner algún otro día. Estaba distinta. No era sólo la ropa, sino su actitud.
Definitivamente más fría, después de la amistosa preocupación de la noche anterior.
- ¿Café? – preguntó, antes de que él tuviera tiempo de hacer más comentarios.
- Gracias.
Pau se dio la vuelta y le ignoró mientras manipulaba la cafetera, lo que situó su culito respingón enfundado en los ajustados vaqueros justo donde él podía admirarlo mejor. ¿Qué demonios tenía aquella chica que tanto le afectaba? No llevaba ni ropa de marca ni peinados elegantes, ni tampoco tenía mucho pecho.
Vamos, que no era para nada el tipo de mujer que solía gustarle, y sin embargo la atracción que sentía por ella era tan fuerte ahora como lo había sido allí en la huerta, tantos años atrás.
Más, mucho más. Entonces era demasiado joven y no tenía sentido que hiciera el tonto con ella, aunque yo mismo no era más que un crío curioso. Allí estaba él, muriéndose de ganas de meterle mano a aquel trasero en forma de melocotón, anhelando dejar caer una lluvia de besos en aquella tierna nuca, y a punto de estallar de repentino deseo. Al darse la vuelta para volver a su despacho, ella le preguntó:
- ¿Cuándo van a volver tus padres?
- No son mis padres. Brian y Gaynor. Mañana creo, a menos que Brian haya cambiado de idea... o que le hayan vuelto a arrestar.
- Tienes que hablar con ellos, Pedro.
- Sí, sí...
- Lo digo en serio. No es bueno intentar hacer cualquier otra cosa hasta que hayas hablado directamente con ellos, podrían tener una respuesta instantánea a tus preguntas.
Él se cruzó de brazos y le lanzó una mirada asesina. En lo más profundo de su corazón sabía que tenía razón, y no hacer nada, no llegar a ninguna parte, lo estaba matando, pero no tenía intención de coger el teléfono y limitarse a llamarles y preguntárselo. Su supuesto padre podría mentirle si le daba la gana – a menudo lo había hecho - y Pedro quería contar con el elemento sorpresa para aumentar al máximo sus posibilidades de conseguir una respuesta sincera.
Ver a Pau poniendo aquella cara tan fría y preocupada – la cara de quien se preocupa pero permanece distante – le estaba matando. La noche anterior habían conectado de verdad. Le había encantado que ella le envolviera en sus brazos, que intentara abrazarle, en lugar de mantenerle cuidadosamente a distancia.
Gruñó para sus adentros mientras volvía a su despacho. ¡Mujeres! ¿Cómo podía uno fiarse de ellas? Su propia madre le había abandonado. Gaynor le había encomendado al cuidado de otros cada vez que tenía vacaciones escolares, mientras que tenía consigo a sus hijos biológicos. Pau se había mostrado cariñosa con él anoche, pero ahora volvía a mostrarse completamente fría.
Limítate a las aventuras de una sola noche o de una semana. Haz que lo pasen bien y luego deja que se vayan por donde han venido. Al cabo de unos minutos, Sammie apareció en su despacho trayéndole el café, hizo toda una comedia buscando un espacio en su escritorio donde dejar la taza para no mirarle a él y se dio la vuelta para marcharse.
- ¿Pau?
Por fin sus sinceros ojos verdes se clavaron en los suyos.
- Esta tarde, si despeja, quiero llevarte a la costa, a unos kilómetros de aquí, para enseñarte una cosa.
Ella levantó las cejas y se irguió, y al hacerlo sus pechos empujaron la suave tela roja de su camisa. Pedro sintió un hormigueo en las palmas de las manos y una agitación en la ingle.
¿Por qué ella? ¿Por qué demonios la deseo tanto?
- Se trata de una propiedad – siguió diciendo -, tienes que verla, porque vas a encargarte de las consultas y mensajes mientras yo no esté aquí.
- ¿Es una propiedad tuya? De acuerdo.
- Estoy haciendo reformas y el contratista necesita una persona de contacto in situ.
Se formó una arruguita en el entrecejo de Sammie y cambió de postura, de manera que el peso quedó repartido entre ambas piernas. Pedro concentró la mirada en la separación entre sus muslos.
- No hay nada de qué preocuparse – se apresuró a añadir, volviendo a desviar la atención a su rostro -, no será nada demasiado difícil, pero sabrás cómo ponerte en contacto conmigo si es verdaderamente necesario.
Preferiría que el contratista no me interrumpiera durante las reuniones de Auckland. Pau miró más allá de donde estaba él, en dirección a la ventana, y él volvió a observarla detenidamente: sus largas piernas enfundadas en los vaqueros azules, la camisa roja cubriéndole graciosamente desde el cuello hasta las caderas, dejando adivinar la suave calidez de sus pechos y la curva de su cintura, la larga melena rubia despeinada, como si él ya le hubiera pasado los dedos por ella. El rostro de un ángel travieso.
¡Y vaya si su polla no estaba volviendo a reaccionar a su presencia! Acercó más la silla al escritorio para que ella no pudiera ver el efecto que le provocaba.
- Sigue lloviendo a cántaros – murmuró Pau, mientras la lluvia salpicaba las ventanas.
- Sí, bueno, ya veremos qué tal tiempo hace más tarde. Gracias por el café.
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