miércoles, 8 de octubre de 2014

CAPÍTULO CINCO — UN ABRAZO PARA CONSOLARLE - PARTE UNO

Pau gimió para sus adentros y trató de concentrarse.

- Sí, claro, se hereda todo, la mitad de cada progenitor, a menos que uno tenga más caracteres dominantes. Por ejemplo, creo que dos personas con los ojos castaños no pueden tener un bebé con los ojos azules.

Cogió la copa y tomó desesperadamente un trago de vino, de un color rojo intenso, que se deslizó por su garganta como una bendición. ¿Por qué estaba hablando de bebés con él?

- Podría estar equivocada en esto de los ojos azules, pero...

- No, ya lo capto, y lo mismo pasa con el tipo de cuerpo. En el trabajo vemos gente a la que le cuesta verdaderamente muchísimo ganar masa muscular, hagamos lo que hagamos por ellos, y luego vemos que sus padres y hermanos tienen la misma complexión. Decimos que ganan despacio – dijo pasándose la mano por la barbilla 

Desde luego, podemos tonificarles y ponerles en forma hasta cierto punto, pero si son enjutos por naturaleza no pueden desarrollar músculos como sandías. Uno de mis hermanos... – se detuvo, bebió un sorbo de vino y siguió hablando -, bueno, alguien que hasta el viernes pasado yo pensaba que era mi hermano, es así – dijo, lanzándole una mirada directa y angustiada, con un vivo dolor reflejado en sus ojos oscuros.

- ¿Qué quiere decir con eso de que era su hermano hasta el viernes pasado? - ¿Habría muerto? En algún punto había perdido el hilo de la conversación, sentía que algo muy grande iba mal, pero no tenía ni idea de lo que era.

De repente el gran Pedro, tan seguro de sí mismo, volvía a parecer un chico de dieciséis años o incluso menos.

Su copa hizo un débil ruido cuando la posó en la mesa con mano temblorosa. Respiró hondo, temblando, evidentemente afectado por una intensa emoción, y pronunció las siguientes palabras mirando al suelo.

- Acabo de cumplir treinta años, Paula, me van bien los negocios, tengo un buen coche, no tengo problemas para conseguir dinero y mujeres.

- Me alegro mucho – le dijo ella con ironía. Él la miró, apretó los labios y curvó las comisuras de la boca hacia abajo.

- Ya... perdona. Tú ya me entiendes. Todo te va bien en la vida y de repente todo explota.

- ¿El viernes?

Pedro volvió a coger la copa y bebió otro sorbo de vino. Su nuez de Adán se agitó y volvió a su lugar al volver a dejar la copa en la mesa. Volvió a respirar profundamente, con decisión.

- El viernes me enteré de que mis padres no son mis padres, mis hermanos no son mis hermanos y mi nombre no es mi nombre.

Volvió a tragar saliva. Pau sospechaba que se había tragado las lágrimas.

- ¿Eres adoptado? – susurró.

- Soy adoptado y nunca me lo habían dicho. Jodidamente cruel, porque ¿en qué lugar me deja eso ahora? – dijo, hundiendo la cabeza entre las manos durante unos segundos, pasándose los dedos por el pelo hacia adelante y hacia atrás hasta que se hubo despeinado por completo. 

Pau dejó su copa de vino a un lado y se volvió hacia él. Le pasó un brazo por encima del hombro y se apretó contra él, abrazándole para consolarle. Él también la rodeó con sus brazos, presa de profundos temblores de desesperación, agarrándose a ella.

- ¿Quién diablos soy? – le dijo al oído con voz ronca

- ¿Cómo puedo descubrirlo al cabo de treinta años, cuando el rastro ya se ha enfriado?

- Chisss – murmuró ella, meciéndole como si fuera un niño. Se sentía aliviada al no tener que mirarle a aquellos ojos heridos, pero su dolor le hacía tanto daño que ahora las lágrimas pugnaban por brotar de sus ojos.

No iba a serle de ninguna ayuda si se derrumbaba y rompía a llorar. Acercó la cara un poco más, apretando la mejilla contra la franja de piel tibia que sobresalía del cuello de su camiseta. Pedro olía a sal, a tierra y a mar.

- No quería hacer esto – musitó -, sólo quería hablar de ello con alguien que pudiera ayudarme a mirarlo desde cierta distancia.

Pau sintió que se ponía tenso, casi como si fuera a apartarla de su lado.

- Chisss – volvió a decir, abrazándole con más fuerza.

- ¡Pero, mieeerdaaa! Me importa más de lo que creía que podía importarme. Ese hijo de puta de mi padre debe andar detrás de esto. Es pura escoria, más retorcido que un maldito sacacorchos.

Le besó el pelo. ¿Lo habría hecho sin darse cuenta? 

Le dejó que siguiera hablando para ver si encontraba algo a lo que pudiera responder para ayudarle.

- Es como si de repente no fuera nadie. Ahora van cobrando sentido unas cuantas cosas. Siempre han tratado a mis hermanos de forma muy diferente que a mí. Con más suavidad – Su fuerte pecho subía y bajaba contra ella al suspirar. 

- Mis supuestos hermanos. ¡Jesús!

Pau le pasaba la mano por el hombro tenso, deseando que se relajara y le permitiera consolarle.

- ¿Cómo lo has descubierto? ¿Estás realmente seguro?

- Directamente de boca del médico, el mismo que he tenido durante años.

La resolución de Pau de ocultar su verdadera identidad se desmoronó un poco. Esto lo cambiaba todo. No podía seguir fingiendo que era una extraña.

- Pedro...

- ¿Hum?

Pau respiró hondo. ¿Cómo se lo iba a tomar cuando se lo dijera?

- No quería hacer esto, de verdad – vaciló unos instantes –, pero pensé que sencillamente no diría nada y seguiría siendo tu asistente personal provisional y no importaría. No es más que un trabajo a corto plazo...

Una extraña y absoluta quietud embargó a Pedro.

- Suéltalo ya, sea lo que sea. No puede ser peor que lo que acabo de decirte yo.

- No, peor no, pero me temo que va a ser otra sorpresa. Soy Pau, Pau, la de la huerta, de hace tantos años.

Hubo unos segundos de silencio, mientras él digería lo que acababa de decirle. Ella siguió acariciándole el hombro, pero de golpe él la empujó hacia atrás para poder mirarla.

- ¿Por qué demonios no me lo has dicho?

Ahora ardían en sus ojos todo tipo de feroces acusaciones.

- Han pasado trece años, Pedro, la gente cambia. No tenía ni idea de que eras tú hasta ayer. Solías ser un chico malhumorado que parecía una rana, con una mata de pelo ocultándote media cara.

Él hizo una mueca al oír su nada halagadora descripción y ella se apresuró a intentar suavizar las cosas entre los dos.

- Ahora eres un hombre alto, de éxito, y te has convertido en el condenado príncipe. Todo en ti es completamente distinto. 

Su expresión se suavizó un poco y se encogió de hombros con gesto autocrítico antes de preguntar:

- Bueno, ¿y cómo te diste cuenta de que era yo?

Pau le tomó la mano y le pasó el pulgar por la cicatriz blanca que tenía en el dedo índice.

- Vi esto y me acordé de cuando te hice saltar y te cortaste. Siento que te dejara esta marca.

Pedro resopló divertido.

- No fuiste tú. Volví a cortarme hará cosa de un año, destripando un pescado, y se me infectó. Tuvieron muchos problemas para poder arreglármelo. La cicatriz original había desaparecido hacía mucho tiempo.

Ahora fue ella quien se encogió de hombros.

- ¿Osea que podría no haberme dado cuenta jamás de que eras tú? Yo sólo te conocía como Pedro, no estaba segura de que tu apellido fuera Alfonso.

- Trece años – dijo él asombrado, mirándola - ¿Dónde están tus largas coletas, Pau? ¿Dónde está aquella pequeña que era como mi sombra? Has crecido pero que muy bien – Le soltó la mano de entre las suyas y le pasó los dedos por la parte superior de los pechos, manteniendo la caricia apenas decente, pero encendiendo un fuego que le corrió por las venas –. Éstas también han crecido pero muy bien, no te creas que no me he dado cuenta.

Pau intentó zafarse de él.

- ¡No! – exclamó, retorciéndose incómoda – No hagas eso, Pedro, sólo éramos unos niños.

- Tú eras una niña, yo no. Yo jamás te hubiera hecho daño, pero no podía dejarte en paz.

- Has venido aquí para hablar – dijo ella, con voz ahogada. ¿Por qué no le habré apartado la mano de un manotazo en cuanto me ha tocado?

Pau le lanzó una larga mirada, observándola.

- Y a lo mejor me ha tocado el gordo por pura chiripa. ¿Qué sabías tú de mi familia, Sammie? ¿Por qué acababa pasando todas mis vacaciones escolares en la huerta?

Pau levantó la vista con recelo. Era Pedro, el encantador Pedro, que había formado parte de su vida hacía mucho tiempo, y que desde entonces siempre había protagonizado sus fantasías más profundas y oscuras. Aquí estaban contra todo pronóstico, otra vez juntos, y él estaba sufriendo y tal vez ella pudiera ayudarle.

1 comentario: