CAPÍTULO SIETE — LLEVANDO A TYLER A CASA - ULTIMA PARTE
Desde luego, disponía de todo el equipo y el knowhow para esculpir su cuerpo perfectamente, pero aquella perfección era apabullante. Si no hubiera estado sosteniendo el café, tal vez no habría sido capaz de tener las manos quietas.
Pedro sacó una hoja de papel amarillenta y estropeada de debajo de las demás y ella se acercó más.
- Ésta es la fachada original – dijo, indicándole el porche minuciosamente detallado con sus postes y barandillas de madera torneada -. Todavía tiene esa misma puerta, pero ya hace mucho que la pintura ha desaparecido – añadió, pasando un dedo por los intrincados paneles -. Compré una ruina, Pau, pero era una ruina con un potencial real. Hasta hace un par de años el granjero al que pertenecía utilizaba la planta baja para almacenar balas de heno y piensos para el ganado.
Ella expresó su pesar y se inclinó más para examinar los dibujos. La casa era una villa de dos plantas y dos alas, en otros tiempos imponente. Las plantas habían sido diseñadas de forma tradicional, con un pasillo central y una escalera. La firma del arquitecto y la fecha, 1904, aparecían en barroca letra inglesa.
- ¿Balas de heno? ¡Qué escarnio!
Las comisuras de los ojos de Pedro se arrugaron al sonreír.
- No te lo vas a creer cuando la veas – dijo, desenrollando otra colección de planos mucho más nuevos encima de los dibujos antiguos -. Nos vamos a llevar éstos y así vas a poder compararlos con lo que hay ahora.
Así, si hay alguna duda estarás al corriente.
- Estás depositando mucha confianza en mí – dijo ella, dudosa.
- No, podrás con ello, tienes un buen cerebro. Lo único que necesito es que uses tu sentido común y desvíes algunas de las llamadas inútiles antes de que lleguen a mí.
Se puso de pie de un salto y los ojos de Pau calcularon la longitud y la fuerza de sus piernas. ¿Qué se sentiría al tener esas piernas desnudas pegadas a las suyas? Se le hizo un nudo en la garganta al pensarlo.
- Bébete el café, que nos vamos a ir antes de que nos coja la hora punta en la carretera principal de la costa. Pau sorbió el café.
- ¿Qué obras estás haciendo entonces?
- Una reforma enorme. Toda la casa original necesita un montón de obras, pero estoy construyendo en la parte trasera, que es la que tiene vistas. Esa parte se ha desperdiciado en habitaciones de servicio y dormitorios – le dijo esbozando una sonrisa - ¿Quién necesita vistas en un dormitorio? O estás durmiendo o estás demasiado ocupado pasándotelo bien para mirar por la ventana.
Pau se atragantó con el café, imaginándose la larga y bronceada espalda de Pedro moviéndose encima de las sábanas blancas haciéndole el amor a alguna afortunada mujer. Sus ojos se cruzaron con los pícaros ojos oscuros de él y vio brillar en ellos una sugerencia sexy. La estaba provocando deliberadamente.
- No hay nada malo en estar ocupado – dijo Pau, desviando la mirada.
- Me encantaría estar ocupado contigo en cualquier momento, Pau – repuso Pedro, y se quedó un par de segundos en silencio, pero luego aparentemente pensó que era mejor dejar de provocarla – Quiero las zonas de estar aquí – dijo, indicando una gran área cuadrada en los planos.
Pau carraspeó, bebió otro sorbo de café y asintió.
- Parece lógico.
- Se ve hasta la Isla del Sur e incluso hasta la isla Kapiti, o podrá verse, una vez que hayamos quitado de en medio algunos viejos árboles retorcidos.
Pau intentó concentrarse en la poda de árboles, pero aquella tentadora imagen de él emergiendo de las sábanas no la abandonaba. El movimiento lento y rítmico, la forma en que sus hombros se tensaban y relajaban, la ardiente sexualidad de un hombre apuesto en su mejor momento haciendo aquello para lo que había venido al mundo.
Sus músculos internos temblaban y se contraían como si él se estuviera deslizando dentro de ella, descansando su peso sobre ella, en aquella cama blanca y revuelta, haciendo que ella se arqueara contra él a cada largo y lánguido empujón.
Dejó la taza medio vacía encima del escritorio junto a un catálogo de baldosas, sin atreverse a mirarle. Demasiado real, demasiado explícito y vívido. Se sintió agradecida cuando sonó el móvil de él, interrumpiéndoles. Extendió la mano para cogerlo y miró el identificador de llamada.
- Evan... qué oportuno. ¿Qué tal van las cosas por allí?
Pau se relajó lo suficiente como para volver a coger la taza de café, escuchando la conversación a medias. ¿Debería irse? Pero agudizó la atención cuando le oyó decir:
- Precisamente estamos a punto de salir. ¿Vas a estar ahí una media hora más? Quiero que conozcas a mi nueva asistente personal, Pau.
Le dedicó una mirada divertida y paseó sus ojos negros por la blusa roja.
- No, es una chica, te lo garantizo personalmente.
Pau intentó no reaccionar y mantener una expresión neutra, reprimiendo una sonrisa.
- Sí, un cerebro además de un cuerpo.
El corazón le dio un vuelco. ¿Era eso lo que pensaba de ella?
- ¡Basta! – le dijo articulando con los labios, pero él se limitó a relajarse recostándose en el sillón, apoyando un pie encima de la otra rodilla, y dejó que su sonrisa se fuera ensanchando lentamente.
A Pau le resultaba fácil entender por qué las mujeres le encontraban irresistible, pero las palabras de Tyler acerca de que él nunca iba en serio resonaron en su cabeza como una advertencia. Lo había sabido desde el principio. Era un playboy, no una posibilidad seria. Eso estaba bien, porque ella no tenía tiempo para él, pero, ¿una aventura corta? ¿un ligue de unos cuantos días, sexo indudablemente increíble y luego un triste adiós antes de partir para sus viajes largo tiempo aplazados? Esa tentadora y arrogante sonrisa pedía a gritos un beso.
- Sí – le dijo Pedro al contratista, sin quitarle los ojos de encima -, sí que podemos – añadió, tocando el catálogo de baldosas –, te lo traigo.
Cogió un tubo gris portaplanos, lo empujó hacia ella y le indicó que enrollara los planos. Pau tragó saliva y apuró su taza de café.
- ¿Éste también? – preguntó, levantando el antiguo dibujo original.
Pedro asintió.
- Okey, mackey, nos vemos dentro de media hora – dijo, guardándose el teléfono en el bolsillo -. Sí, especialmente éste.
- Deberías hacer una copia y guardar el original en un lugar seguro, y enmarcarlo y colgarlo en casa cuando esté terminada.
Pedro le dedicó una mirada llena de aprecio y volvió a asentir.
- Repito: cerebro y cuerpo. ¿Podrías hacerme una copia antes de que nos vayamos?
Ella sonrió para sus adentros ante su reiterado cumplido, dejó los planos nuevos encima de la mesa y se llevó el antiguo a recepción. Para obtener la imagen completa tuvo que hacer la copia en dos veces. Hizo dos copias y luego recortó las partes que se superponían, las pegó y volvió al despacho de Pedro.
- ¿Dónde puedes guardar esto? - preguntó, tendiéndole el original antiguo – En algún sitio plano hasta que lo lleves a enmarcar. O podría llevarlo yo, si quieres.
Sus ojos oscuros la acariciaron cuando se giró, dejó una copia encima de los planos nuevos, los enrolló y los metió en el tubo portaplanos. Dos días antes esa sensación la habría puesto nerviosa, pero hoy la consideraba como parte de los preliminares.
- De momento déjalo ahí -. Su voz sonaba más ronca que antes.
Pau sintió que hasta los huesos le temblaban al notar el tono sexy en la voz de Pedro.
- Nadie entra aquí salvo las limpiadoras – siguió diciendo él – y nunca tocan lo que hay encima de mi escritorio. ¿Lista?
Más de lo que crees...
- Voy a buscar el bolso y la chaqueta – dijo, mirándose el reloj e intentando parecer tranquila -.
¿Hemos terminado por hoy? Pedro hizo una mueca.
- Tú sí, pero yo no.
- Qué pena me da el pobre y viejo jefe...
- Ya no es tan pobre, ni es tan viejo, gracias.
Pau se rió mientras él se dirigía a la puerta del despacho y la abría. Se apartó justo lo suficiente para dejarla pasar, pero tuvo que pasar bastante cerca de él, tanto que sus caderas casi chocaron con él y su blusa roja le rozó la camiseta blanca, tirando suavemente del fino género de punto. La invadió un escalofrío de anticipación. Dios mío, qué bien olía este hombre.
- ¿Quién se queda de guardia? – preguntó, girándose a un lado para poner un poco de distancia entre los dos.
- Les he dicho a Heidi y a otros dos que íbamos a salir juntos.
¿Y qué van a pensar de eso?
- Nos vemos abajo – dijo Pedro, mientras Pau se dirigía a su armario.
Muy buenos los 2 caps
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