sábado, 6 de diciembre de 2014

CAPÍTULO DOCE — BRIAN Y GAYNOR

- ¡Lo habías planeado esta mañana antes de salir de casa!
- ¿Y qué? – preguntó, acercándose a ella e inclinándole la cara hacia arriba para besarla lentamente.

Pau intentó echarse atrás, pero se encontró atrapada entre el tibio cuerpo de Pedro y el duro borde de
la encimera de la cocina. Es más fácil besarle, y de todos modos no te quedan fuerzas para pelear.

Se relajó contra su cuerpo y disfrutó de su abrazo, aunque había jurado que no iba a volver a hacerlo. Las manos de Pedro le acariciaban el cuello y los hombros y le bajaban por los brazos. Entrelazó los dedos con los de ella y le cogió los brazos y se los puso alrededor de la cintura hasta que la tuvo pegada a su cuerpo hasta las rodillas. Y todo ese tiempo, sus labios la besaban, se separaban de ella, cambiaban de inclinación, adoptaban nuevos y más deliciosos ángulos... capturaban su labio inferior y lo mordisqueaban suavemente, le chupaban el labio superior hasta que gimió de placer.

Finalmente Pau se apartó y le apoyó la cabeza en el pecho. Tenía que encontrar la manera de resistírsele. Tenía que encontrarla, tenía que encontrarla. Parecía como si él sólo tuviera que chasquear los dedos para que ella se mostrara tan deseosa de jugar como un cachorro de seis semanas. ¿Por qué había permitido que esto volviera a pasar? ¿Por qué no estaba apartando las manos de su cintura en lugar de pasárselas arriba y abajo por esos duros músculos que tenía en la espalda? Demasiadas preguntas para tan pocas respuestas.

Lo de la última noche ya había estado lo suficientemente mal. O lo suficientemente bien, se corrigió
a sí misma, apretando sus sensibilizados labios para intentar desterrar el deleite de sus besos. Él cogía lo que quería y ella se lo daba. Pero la noche pasada había sido al revés. Ella había sido la que había querido algo y lo había tomado. Él había sido el que había dado. Había cedido a su rapidísima
invitación a la cama y le había dado un orgasmo tras otro. La vergüenza la embargó.

- Pedro – suspiró -, lo siento. Dije que no quería involucrarme. Me iré de viaje en cuanto acabe de trabajar para ti. No necesito la complicación de otro hombre en mi vida.

- ¿Así que soy plato de segunda mesa? – preguntó, y su voz profunda retumbó a través de la pared de su pecho y penetró en su oído.

- Sólo después del abuelo.
Pedro se echó a reír, y su cálida risa le provocó un estremecimiento de profundo deseo, hizo que sintiera un cosquilleo en los pezones y que el calor y el deseo frustrado le invadieran la pelvis.

- Vente de viaje conmigo – le dijo mimoso -, dentro de unos días me voy a Sidney a visitar unas propiedades.

Al menos tenía municiones para luchar contra eso.

- Aún no tengo pasaporte, Pedro. Pasará un tiempo antes de que pueda ir a ninguna parte... No lo solicité hasta después de la muerte del abuelo. Y de todas formas tengo que darle de comer a la gata.

La tapa del puchero de sopa empezó a bailar al romper el hervor. Pedro la soltó y se dio la vuelta para bajar el fuego.

- Ayúdame con esto – sugirió, indicándole una tabla para cortar el pan, un cuchillo y una bolsa de panadería en la que encontró una barra de crujiente pan integral. Pedro abrió el congelador y sacó un paquete de colas de langostino congeladas, echó dos generosos puñados en la sopa y volvió a tapar el puchero para volver a llevarla a ebullición.

Pau empezó a cortar pan. Como había estado viviendo en casa del abuelo durante los últimos once
años, nunca había podido invitar a hombres a ayudarla en la cocina antes de una cenita sexy o para un desayuno a la mañana siguiente.

Le parecía maravillosamente íntimo compartir las tareas domésticas con Pedro, curiosamente agradable. Se mordió el labio inferior e intentó hacer caso omiso del silencioso zumbido de felicidad que sentía. Pero iba a marcharse y probablemente nunca volvería a verle después de este mes, y él tampoco estaría interesado en ella a largo plazo, así que estaba bien así.

- No te sobresaltes – le dijo él al oído, pero tan sobreexcitada como estaba, Pau lo hizo. Pedro le puso
las manos en los hombros y sus labios le rozaron la nuca. – No quisiera que te asustaras y te cortaras como hice yo.

Sintió su aliento cálido contra su piel al hablar y luego le siguió la sensación celestial de su boca abierta: caliente, mojada, incendiaria, bajando desde su pelo hasta el escote de su blusa color crema. Se echó a temblar al encenderse todos sus nervios como pequeñas chispas levantándose de una hoguera. Dejó caer el cuchillo encima del mostrador.

- Tienes ahí los pelitos dorados más sexy del mundo que reflejan la luz. Parece como si hubiera que lamerlos para aplanarlos – susurró con su voz ronca, que la dejó paralizada, esperando, incapaz de respirar, mientras él se disponía a hacer exactamente lo que había dicho.

La sensación de su lengua en la nuca era casi tan emocionante como lo había sido en su clítoris la noche antes. De alguna manera, a la dura luz del mediodía, en medio de un día laborable, sin verle, con él a sus espaldas, la intensidad había subido hasta niveles intolerables.

Si podía hacerle esto estando completamente vestido en una cocina, había perdido la esperanza de
resistírsele si decidía en serio seducirla de nuevo en algún lugar poco iluminado y romántico Con sumo alivio por su parte, la tapa del puchero empezó a hacer ruido de nuevo.

Pedro maldijo, compungido, y la soltó para apartar la sopa del fuego. Pau cogió el cuchillo con manos temblorosas y cortó otra rebanada de pan que olía a levadura. Pedro repartió la sabrosa sopa con un cucharón. Se sentaron y Pedro empezó a hablar.

- He llamado al doctor Latimer y me ha dicho que, por lo que él sabe, Gaynor adoptó a un niño y luego tuvo suerte y tuvo un par de hijos propios, algo que al parecer no es nada raro. No había pensado en ello hasta el viernes pasado.

- ¿No cree que tus hermanos también sean adoptados?
Pedro negó con la cabeza.

- Son la viva imagen de papá... de Brian... y casi tan condenadamente retorcidos como él. No, ellos son hijos suyos.

- No hemos adelantado nada entonces – murmuró Pau, maniobrando con una jugosa cola de langostino en su cucharada de sopa.

- Me estaba agarrando a un clavo ardiendo. Él no siempre ha sido nuestro médico de familia. Vivimos en Hastings hasta que cumplí dieciséis años y luego nos mudamos a Wellington.

- Y no volví a verte nunca más después de que... –  Pau sabía que debía parecer torpe – quiero decir que... pensé que... a lo mejor alguien había descubierto lo que habíamos estado haciendo ese último verano.

Él le lanzó una mirada tórrida desde el otro lado de la mesa.

- Yo me preocupaba mucho más por ti que todo eso. Pau tragó otra cucharada de sopa y su cuerpo
reaccionó al calor que vio en sus ojos. Sí, él siempre la había protegido. Nunca había sido brutal ni insistente.

Ella había participado en sus juegos porque había  querido, porque quería saber más, porque quería
descubrir cosas con él.

- Bueno, tengo que pedirte un favor – siguió diciendo

-. ¿Vendrías conmigo a ver a mis padres? Quiero usarte como munición.

- ¿Cómo? – Pau se mostró sinceramente sorprendida - ¿De qué podría servirte? Ésas son cosas
privadas de familia, Pedro, no creo que quieras a una extraña como yo ahí.

- Pero de eso se trata precisamente: tú no eres ninguna extraña. Pau meneó la cabeza, confusa. Nunca en su vida les había visto.

- Quiero presentarte como la nieta de Erik y ver si eso les pone nerviosos. A lo mejor piensan que sabemos más de lo que en realidad sabemos.

Pau permaneció un rato en silencio sopesando la idea.

- No tenemos por qué decir que ha muerto – añadió Pedro -, no es probable que se hayan enterado. Por favor.

- ¿De verdad sería terrible si nunca llegaras a averiguarlo?

Pedro se detuvo con la cucharada de sopa a mitad de camino de la boca.

- ¿Tú cómo te sentirías – preguntó – si no supieras cuál es tu pasado, o quiénes eran tus padres? ¿si hubieras descubierto que te habían mentido durante toda la vida?

- ¿De veras es tan grave?

- En estos momentos sí. Puede que me sienta mejor dentro de unas semanas, pero ahora mismo no sé cuál es mi lugar, y estoy tan condenadamente furioso que sencillamente necesito seguir adelante con esto.

- Está bien – dijo ella, cogiendo una rebanada de pan -, ¿cuándo quieres que vayamos?

Pau vio que Pedro parecía aliviado.

- ¿Esta noche?

- ¿Esta noche? – repitió, volviendo a dejar la rebanada de pan - ¿Estás seguro de que van a estar en casa?

- Seguro no, pero la sorpresa es un arma muy poderosa. Si les cogemos desprevenidos podrían revelar
cosas que de otro modo se callarían.

- Había planeado ir a ver a Tyler esta noche.

- Podemos hacer ambas cosas. Primero vamos a ver a Brian y Gaynor, por si luego salen, y luego seguimos y vamos a ver al bebé. Y luego terminamos yendo a tu apartamento para acabarnos el resto del vino y cenar algo de comida tailandesa o india, ¿qué te parece?

- ¿Y eso es todo lo que tenías pensado? – preguntó ella, volviendo a coger el pan y dándole un mordisco.

- Por supuesto que no: quiero el programa completo otra vez. Pau tragó aire en el momento equivocado y se atragantó con las migas.

- Eso no va a pasar – farfulló, mientras él sonreía ante su reacción. Pero de alguna manera sí pasó. Sus padres no estaban. Pau casi se sintió aliviada por ello. Su casa la sorprendió: era una agradable casa colonial que parecía bien cuidada y más lujosa de lo que esperaba.

Tampoco es que supiera el tipo de casa que un delincuente elegiría o podría permitirse. Dalias de color rosa y albaricoque inclinaban sus pesadas corolas bajo la lluvia y tuvo que apartarlas a un
lado al subir los peldaños.

- Muy bonita – le dijo a Pedro en voz baja,  y se quedaron de pie esperando en el porche delantero después de llamar al timbre.

- A Gaynor le gusta todo lo que es “bonito”, replicó él lacónicamente -, le gusta pensar que engaña a todo el mundo haciéndoles creer que es una respetable matrona de los suburbios. Como si esta casa no se hubiera comprado gracias a las drogas, al engaño y a Dios sabe qué.

Pau permaneció callada un momento, intentando digerir sus palabras.

- No hay nadie en casa – dijo al cabo de unos segundos.

- Entonces no estamos de suerte. Maldita sea. Pedro la tomó de la mano, la llevó de regreso al coche
y se quedó de pie mirando hacia la casa con amargura, abrió las puertas del coche con el mando a distancia y esperó a que ella se sentara.

- ¿Drogas? – no pudo evitar preguntar.

- De todo tipo, está metido en eso... aunque él no sabe que lo sé.

Pau sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. ¿Y si Nick estaba mintiendo y él
también estaba implicado en esto? ¿De verdad había ganado su propio dinero con los gimnasios?

- Bueno, ¿cómo te enteraste de lo de las drogas? – le preguntó.

Él le cerró la puerta, rodeó el coche, abrió la puerta de su lado y se sentó en silencio durante un rato. Ella no se atrevió a preguntarle nada más.

- Por mis hermanos – dijo en un momento dado, cerrando la puerta de golpe -, los dos son tipos difíciles y no mucho mejores que él -. Tras otra dolorosa pausa añadió: No les veo mucho, pero últimamente he tenido un poco que ver con uno de ellos. Me considera uno de la familia, y los de la familia no se delatan los unos a los otros, por lo que salieron a relucir unas cuantas cosas.

Puso en marcha el motor y dio un fuerte acelerón. Se quedó ahí sentado con una expresión hermética en el rostro hasta que por fin respiró hondo y añadió:

- Salvo que ahora ya no soy uno de la familia. De repente hay muchas cosas que cobran sentido.
Se abrochó el cinturón de seguridad y encendió los faros porque empezaba a anochecer.

- Está en el hospital principal, ¿verdad? Tyler parecía cansada pero triunfante y se incorporó para
besar a Pedro en la mejilla para darle las gracias por las rosas amarillas. Su nueva hija se movía y resoplaba, casi completamente oculta bajo una manta rosa. Cameron, un hombre de pelo castaño y ojos soñolientos, estaba sentado al lado de la cuna, jugando con los diminutos deditos
apenas visibles por encima del dobladillo de la manta.

- Está perdidamente enamorado – dijo Tyler sonriendo -, ya es una niña de papá.

Pau tomó del brazo a Pedro mientras caminaban por el pasillo, después de salir de la sofocante habitación. Odiaba ver aquella atormentada expresión en su rostro. Una sombra de barba le oscurecía ahora la mandíbula, y en aquella tenue luz tenía un aspecto salvaje y agresivo.

- Podríamos volver a pasar por casa de tus padres – le propuso, aunque en realidad no tenía muchas ganas.

- No – repuso él -, que les den por culo. Vamos a comprar algo para cenar y nos lo llevamos a tu casa.
Maldita sea. Necesita de verdad que ellos le den una respuesta. No va a solucionar nada hasta que la tenga. Deberíamos intentarlo por lo menos una vez más.

- No tendríamos que desviarnos demasiado – insistió -, no tardaríamos más de diez minutos y si hablaras con ellos quizá podrías quedarte tranquilo, ¿no?

Pedro le lanzó una mirada mitad divertida, mitad resignada.

- Persistente – confirmó -, ayer te dije que eras persistente, y ya estamos otra vez.
Sacó el teléfono y seleccionó un número de entre los favoritos.

Pau sonrió para sí. Por mucho que él insistiera en que no le tenía apego a su familia, en realidad no
estaban más que a un paso.

- Sí, soy Nick. ¿Estáis en casa? – Breve silencio – Antes no estabais. Ajá. Vale. Sólo necesito pasar unos minutos. Hasta luego -. Y colgó antes de que pudieran decirle que no.

Ya no llovía, pero las calles todavía estaban resbaladizas. Nick volvió por el mismo camino por el que habían llegado y frenó demasiado en seco delante de la casa. Los grandes neumáticos derraparon en el camino de grava y las piedrecitas salieron despedidas por todos lados.

- Esto le dará algo que hacer a ese viejo cabrón – dijo satisfecho -, así mañana podrá rastrillar los surcos.

Pau se mordió el labio inferior e intentó no sonreír ante su estado de ánimo. Ahí había un atisbo del
adolescente arisco al que había conocido en la huerta, aquel chico que incluso entonces debía sentirse
desplazado dentro de su familia. Esta vez había luces encendidas dentro de la casa y se encendió una luz de seguridad cegadora al acercarse al oscuro porche. Una mujer rubia de mediana edad que
llevaba unos leggings negros y una túnica con estampado de cebra abrió la puerta principal sosteniendo una bebida en una mano con las uñas largas.

- Pedro – dijo -, cuánto tiempo sin verte.

- Gaynor – dijo él, sin besarla ni abrazarla -, Paula.

Pau se preguntó si debía darle la mano, pero la madre de Pedro se limitó a hacerle una inclinación con la cabeza y se dirigió al interior de la casa, dejando que Pedro cerrara la puerta tras ellos.

Les condujo a una amplia estancia lujosamente amueblada en tonos neutros. En un televisor gigantesco estaban dando las noticias.

- Apágalo, Brian – pidió Gaynor. Un murmullo de disgusto surgió de las profundidades de un sillón reclinable inclinado.

- Ya casi van a dar el tiempo – dijo una voz ronca. Una mano pecosa agarró el mando, el sillón crujió y se colocó en posición vertical y Pau vio por primera vez al padre de Pedro. Desde luego, Nick no era hijo suyo.

Unos ojos pequeños y enrojecidos la observaron desde un rostro endurecido por la vida surcado por una espesa red de arrugas y líneas de expresión. Una mata de pelo otrora rojizo se había descolorido hasta convertirse en un color dorado cobrizo abundantemente surcado por hebras plateadas. Tenía unas grandes orejas, unas patillas absurdamente largas y una sonrisa que no dejaba ver sus dientes.

Pau no pudo evitar preguntarse si las patillas no serían una estratagema para intentar disimular las
orejas.

- ¿A qué debemos esta visita de estado? – preguntó, indicándoles con un gesto que se sentaran en el sofá.

- ¿Queréis beber algo? – sugirió Gaynor, repentinamente hospitalaria - ¿Una cerveza, Pedro? ¿Té,
café?

Pau negó con la cabeza.

- Ahora no, gracias – dijo Pedro.

- Bueno, vamos – dijo Brian, y volvió a subir el volumen del televisor cuando empezaron a dar las noticias del tiempo. Parecía como si esperara que las miraran. Pau captó la mirada de Pedro y trató de reprimir una risita. La situación era absurda. Pedro se inclinó hacia adelante y apoyó las manos en
las rodillas.

- ¡Papá! – dijo, tan alto que su padre se vio obligado a quitar el volumen y a prestarle un poco de atención - Puedes ver las malditas noticias del tiempo más tarde. Esto es importante. El viernes descubrí que soy adoptado y quiero saber quiénes son mis padres biológicos.

- Pedro...- protestó Gaynor, desviando de golpe la vista de sus uñas color carmín - ¡Sales con cada cosa! Y además delante de una extraña – añadió, mirando de reojo a Pau, pero parecía no ser capaz de volver a mirar a Pedro.

Hubo un momento de absoluto silencio.

- Está bien, sí, te adoptamos – gruñó Brian -. Tu madre tenía problemas para tener un bebé y tuvimos la oportunidad de darte un hogar.

- ¿Y?

- Y nada más. Eso fue hace mucho tiempo.

- ¿Y? - volvió a preguntar Pedro. El tono agresivo de su voz le erizó a Pau el vello de la nuca. Pedro apenas lograba mantener a raya su genio, sus ojos oscuros centelleaban con una intensa emoción y su voz vibraba con furia.

- Eso fue hace treinta años, hijo. No tiene sentido llorar sobre la leche derramada.

- Vete a la mierda, Brian. No soy hijo tuyo, quiero saber de quién soy hijo y cómo lo manipulaste todo.

- Yo no manipulé nada – gruñó Brian irritado, girándose a mirar a Pedro de frente por primera vez.
Pau no pudo evitar compararles a los dos. Brian, con su cara pastosa y libertina y su pelo descolorido y Pedro, con sus rasgos apasionadamente llenos de vida y sus vivos colores.

Gaynor tomó un sorbo de su bebida y volvió a mirarse las uñas. Se raspó una esquina del brillante
esmalte, obviamente el borde.

- ¿Nací en Hastings? – preguntó Pedro.

- Tal vez.

- ¿Nací en Hastings?

- No lo sé, caray, probablemente sí.

- ¿Y por qué me mandabais a la huerta de Svenson cada vez que tenía vacaciones en la escuela?

- Eso no tiene nada que ver con nada – bramó Brian.

- Creo que te equivocas. Paula es la nieta de Erik Svenson y también cree que te equivocas. Brian y Gaynor fijaron de inmediato su mirada acusadora en ella.

- Bueno, bueno, bueno, el viejo Erik – musitó Brian -

. Solían gustarte tus vacaciones con tío Erik y tía... ¿cómo se llamaba?

- Felicity – intervino Sammie.

- No eran mi tío y mi tía – le espetó Pedro – y Pau puede corroborarlo.

- Tal vez no fueran tus tíos de verdad, pero como si lo fueran.

- Entonces, ¿quiénes eran mis padres?

Ahora parecía como si la paciencia de Brian se hubiera agotado. Respiró exageradamente hondo antes de seguir hablando.

- Una estudiante que había ido a recolectar fruta – dijo, gruñendo -, eso es todo lo que puedo decirte, ¿vale?

- ¿De la huerta de mi abuelo?¿Una de las temporeras? – preguntó Pau, mirando angustiada a
Pedro. Aquello sonaba como un horrible callejón sin salida. – ¿Entonces, ¿por qué venía Pedro a pasar las vacaciones con nosotros?

- Eso vas a tener que preguntárselo a tu abuela – dijo Gaynor con repentina amargura -, era ella quien insistía, para asegurarse de que cuidáramos del chico como era debido. Como si no fuéramos a hacerlo – añadió, apurando el último sorbo de su bebida -. Bueno, ya he tenido bastante, esto es muy molesto. No deberías soltarle así las cosas a la gente, Pedro. Me voy a la cama.

- Si no son ni las ocho – protestó Brian.

- ¿Y qué? – repuso ella, y tiró el vaso de golpe y de una patada lo alejó por la elegante moqueta beige.

- ¿Soltarle así las cosas a la gente? – bramó Pedro. - ¿Cómo demonios te crees que me sentí cuando me lo “soltaron” a mí?

- ¿Quién te lo dijo? –

Los ojos de Brian brillaban intensos y vengativos. Pau no pudo reprimir un escalofrío de inquietud. No cabía duda de que aquel hombre era una buena pieza.

- Tú eres el que lo sabe todo, papá. Adivínalo. En cualquier caso, ¿cómo falsificaste los papeles?

- Adivínalo – musitó Brian a guisa de respuesta.

Un breve silencio les rodeó.

- Era una chica menuda, extranjera – añadió Brian, aparentemente sintiendo una pizca de remordimiento -, con el pelo oscuro como tú. ¿No puedes sentirte simplemente agradecido porque te dimos un buen hogar y dejar las cosas así?

Volvió a centrar su atención en el televisor y subió el volumen otra vez.

Pau deslizó la mano en la de Pedro y sintió su rabia en el profundo temblor que le sacudía. Se puso de
pie y tiró de él para que se levantara. Echaron a andar hacia la puerta sin decir ni una palabra y se fueron. El fuerte olor a hojas de dalia aplastadas flotaba en el aire húmedo del porche, y ella se alegró cuando volvieron a estar dentro del coche, lejos de aquel olor.

- ¡Vaya “buen hogar” que me dieron! – exclamó él, apoyando la cabeza en el reposacabezas, sin intentar siquiera poner en marcha el motor. La fuerte luz de seguridad de Gaynor y Brian iluminaba los duros rastrojos de barba que le cubrían la barbilla y los hacía brillar como un bosque de diminutos troncos de árbol talados.

- Nick, siento terriblemente decírtelo, pero si realmente era una estudiante extranjera que vino a
recolectar fruta...

- Sí... un callejón sin salida instantáneo, ya lo sé. Podría estar en cualquier parte. Odiaba verle tan derrotado y amargado. ¿Dónde estaba aquel chico tan optimista y enérgico? Tampoco podía culparle.

Si al menos Brian hubiera dicho que la madre de Pedro era una chica de Hastings, tendrían un lugar por donde empezar y quizá podrían hacer que el periódico local se interesara y llevara a cabo una investigación para escribir una historia que condujera a la reunión de unos padres con su hijo, o a falta de ello, podría publicar una foto de Pedro y ver si alguien recordaba a algún hombre
joven que se le pareciera. Lo mejor de todo sería que la respuesta podría llegar de la propia muchacha, en un intento de ponerse en contacto con el hijo al que había renunciado.

¿Pero una estudiante extranjera de paso para unas cuantas semanas de trabajo temporal? No era de extrañar que hubiera perdido la esperanza. La luz de seguridad se apagó, dejándoles de repente
inmersos en la oscuridad.

- ¿Tailandés o indio? – preguntó ella – A mí me da igual.

- Prefiero tailandés – repuso él, poniendo el coche en marcha -, tengo el vuelo para Auckland mañana por la mañana temprano.

- Entonces será mejor que te lleve a la cama lo antes posible – dijo ella, maldiciéndose a sí misma por
ofrecerse, pero con tantas ganas de consolarle que estaba segura de que sólo una vez más no importaría, ¿no?

- Yo... creía que eso no estaba en el menú.

- Después de recibir noticias como éstas creo que necesitas mimos – dijo, alargando la mano y tocándole la barbilla -, pero podría intentar afeitarte antes, o voy a acabar con la piel irritada por la barba.

Sus dientes brillaron brevemente.

- Por todas partes.

Sólo la idea hizo que Pau sintiera un cosquilleo increíble en todo el cuerpo.

- Hummm -, consiguió decir, imaginándose dónde.

- ¿Y cómo vas a afeitarme, Pau?

Su voz la provocaba en la oscuridad. Las luces de seguridad volvieron a encenderse cuando empezaba a recorrer el camino de entrada marcha atrás.

- Con la maquinilla que uso para las axilas.

- ¿Apuesto a que es una cosita rosa para chicas?

Puede que vaya bien para tu suave pelusa femenina, pero no para mi barba. Yo necesito una afeitadora eléctrica de triple cabezal de gama alta.

Pedro esperaba que se equivocara.

- Podríamos hacerlo en la bañera – dijo -. Si necesitas más de una pasada, puedo enjuagarte y volver a
intentarlo.

Pedro gimió – un largo y profundo gemido de frustrada anticipación – mientras encendía los faros y aceleraba al enfilar la calle.


holaaa tanto tiempo me extrañaron ?, perdon por no subir es que estoy a full con el cole es mi ultimo año y se me complica mucho, se que no subi durante un mes y tambien se que esperaban mas de un cap pero por ahora este cap es el que puedo subir ahora me voy a hacer un ensayo que tengo para el lunes y es bastante largo , espero que me entiendan y dejen comentarios, buenas noches  

3 comentarios:

  1. Q bueno q volviste a subir! Q hdp los padres pobre pp! mimiroxb

    ResponderEliminar
  2. Qué bueno que volviste y hacés bien enfocarte en tu último año. Buenísimo este cap!!!!

    ResponderEliminar