El hombretón se tambaleó contra la pared y cayó al suelo con un crujido como de huesos rotos. Pedro alargó la mano, que ya no le temblaba, y agarró a Sammie, tiró de ella, la hizo pasar al lado del pervertido, que estaba tirado en el suelo, gimiendo, y la sacó de la casa.
- ¿Qué coño estabas haciendo aquí? – le preguntó, arrastrándola con él afuera, al aire libre, y sin esperar a que le contestara, añadió: - ¿Te ha hecho daño? Ella negó con la cabeza, con los ojos abiertos de par en par y la cara blanca como el papel.
- ¿Puedes conducir?
- ¡Sí! Fue tambaleándose a su lado hasta que llegaron a su coche. La ayudó a subir y esperó hasta que hubo arrancado el motor.
- Párate en el arcén de la carretera principal en cuanto estés al seguro – dijo, cerrándole la puerta de
golpe y corriendo a coger el Ferrari. Al cabo de unos minutos se desvió bruscamente y se detuvo detrás del pequeño utilitario de Pau. Saltó fuera del coche sin preocuparse por su seguridad, se deslizó al lado de ella y le cogió la cara con las manos.
Aún tenía las pupilas dilatadas y se había rodeado el cuerpo con los brazos con tanta fuerza como si se estuviera congelando.
- ¡Cabrón! – rugió Pedro, esperando que ella se relajara pronto y le rodeara a él con esos brazos tan tensos en lugar de a sí misma.
- Estoy bien.
Por las venas de Pedro corría la ira al rojo vivo.
- ¿Y si no hubiera llegado a tiempo?
- No creo... que hubiera hecho nada.
- Pero no estás segura.
- Sólo estaba intentando ligar, supongo. Pedro no se creía nada de eso. Le acariciaba las mejillas con los pulgares y gruñía: un profundo rugido lleno de rabia, furia y posesión.
- ¿Llevándote hasta una casa abandonada? ¿Asegurándose de que Brendan no iba a estar allí? ¿Acorralándote como un pajarillo en una jaula? Pau levantó un hombro. Se le escaparon dos lagrimones y le rodaron por las mejillas y él se las secó con los pulgares. Cerró con fuerza los ojos asustados.
- Gracias – musitó, alargando la mano hacia él. Él se la cogió y tiró de ella hacia sí.
- Necesitas que cuiden de ti.
- No, no es verdad.
¿Sigue mostrándose valiente, aún estando muerta de miedo?
- No me gusta la idea de que viajes sola – le dijo, besándole la punta de la nariz, y sintió que algo se le retorcía y crecía muy adentro en su pecho, justo donde debería estar su corazón, si es que lo tenía.
Pau abrió los ojos de golpe y buscó los suyos.
- He tenido que depender de mí misma durante años. No te preocupes, estaré bien. ¿Y qué pasa si no quiero que te vayas? Ocultó su preocupación tras una pregunta concisa.
- Bueno, ¿por qué diablos fuiste a la casa?
- No soy tonta, pedro. Evan llamó y dijo que algunos de los planos habían salido volando por el acantilado y que necesitaba unas copias. Y podría haber sido verdad. ¿Cómo podía saberlo a ciencia cierta? Tú estabas en el despacho del abogado y no contestabas al teléfono – se interrumpió de repente conteniendo el aliento y abrió los ojos de par en par - ¿Qué pasará si le has matado? Pedro la apretó más contra sí y le metió la cabeza debajo de su barbilla.
- Eso es imposible, seguía haciendo mucho ruido cuando nos fuimos -. Apartó la mano magullada del rostro de Pau e intentó doblarla. Unas brillantes gotas de sangre manaron de un par de pequeños cortes.
- ¡Pedro!
- Ya se curará.
No parecía nada convencida y le pasó los dedos suavemente por la mano.
- ¿Y la casa? ¿Qué pasa si la destroza?
- Ojalá no haya visto que era yo. Pau curvó las comisuras de los labios hacia abajo y le miró incrédula.
- ¿Y quién iba a ser si no?
Pedro se encogió de hombros y sonrió.
- Ya nos enfrentaremos a eso en su momento, ¿eh? Los contratos de obras no son demasiado fáciles de conseguir en una situación económica como la actual, y el mío es un contrato importante que conlleva una cantidad de dinero bastante razonable.
- Podría causar muchos daños.
- Esperemos que se dé cuenta de que se ha portado como un animal y a partir de ahora se dedique a hacer su trabajo – dijo, y decidió cambiar bruscamente de tema, esperando que ella diera por zanjada la cuestión -. ¿Entonces tenemos confirmada la cena de mañana en casa de Bonnie?
Se la quedó mirando mientras ella sopesaba su invitación. Curiosidad, placer e indecisión se sucedieron en su rostro, todavía pálido.
- Si de verdad quieres que vaya – dijo por fin.
- Bien. Te seguiré de vuelta a la ciudad.
- Entonces vas a tener que respetar el límite de velocidad –dijo Sammie sonriendo.
- Sí, sí, haré lo que sea por ti, señorita Respetuosa de la ley.
El viernes por la noche, Pau se quitó la ropa de trabajo y se puso un vestido corto de color verde
esmeralda, unas sandalias de tacón alto de color bronce y un collar muy antiguo y muy bonito de la abuela con un colgante de mariposa de esmaltes. Se puso colorete de color melocotón y se maquilló cuidadosamente los ojos, preguntándose si esta noche tendría valor para decirle a Pedro que había reservado el vuelo para marcharse.
Cuando pasó a recogerla, empezó a pasarle revista por las uñas de los pies, pintadas de color melocotón, fue subiendo por las piernas y se detuvo un rato en su coqueta falda. Su sonrisa se fue ensanchando lentamente al levantar la cabeza para admirar sus ojos ahumados y las mechas recién hechas en el pelo. Allí donde se detenía la mirada de él, arrancaba chispas en su piel, como si acabara de acariciarla una brisa templada. Era como si la devorara viva. Una y otra vez.
- Eres demasiado hermosa para compartirte con un hombre más joven que yo – le dijo - y decididamente demasiado hermosa para compartirte con su madre -. Cerró la puerta del apartamento tras ella y cogiendo su mano se la colgó del hueco de su brazo, como si necesitara ayuda para andar con sus altos tacones.
- Y tú te ves como un hombre tan apuesto que vale la pena hacer el esfuerzo por él – bromeó, inclinando la cara hacia arriba para darle un beso de bienvenida mientras esperaban el ascensor. Le puso las manos alrededor de las caderas y le dio un apretón en su precioso trasero.
- Te voy a echar de menos este fin de semana.
- ¿Pero vas a hacer cosas por tu cuenta?
- Visitaré a Anita y a Ray para que los chicos puedan enseñarme a su nuevo perrito, me pondré al día con los viejos diarios de mi abuela... iré a una velada de rebajas de ropa interior sexy... esperó un momento mientras él separaba el sexo de la cuestiones familiares.
- ¿Ah, sí? – No era tanto una pregunta como un gruñido de aprobación. Se abrieron las puertas del ascensor.
- Tal vez – dijo ella, sonriendo ante su esperanzada expresión, y entonces eligió cuidadosamente las palabras al ver que ya había dos personas más que se dirigían a la planta baja -. Es una cosa que ha organizado Heidi.
- ¿Mi Heidi? ¿La de los músculos? ¿La que se pasa la vida vestida con cosas de Lycra negra?
- La mismísima, ya ves tú, nunca se sabe...
El domingo por la mañana Pau y Zorro estaban acurrucadas en el sofá con otro de los diarios de la
abuela, pasando revista a viejas cenas parroquiales y a horas pasadas pintando flores del jardín para una exposición de acuarelas del lugar. Aunque la historia de la familia la tenía fascinada, la cabeza se le seguía yendo al martes, a Sidney. Pedro le había organizado una visita turística, tal y como le había prometido. Un minibús les había llevado por Sidney hasta el histórico barrio de The Rocks, les condujo hasta el muelle, donde embarcaron para realizar un pequeño crucero por el puerto, y les volvió a recoger a tiempo para hacer una vertiginosa visita a lo más alto de la torre Centrepoint y llevarles a almorzar.
Le encantó visitar un lugar nuevo y diferente, aunque estuviera lleno de turistas cargados con cámaras Pedro se había mostrado cálido y relajado, y muy complacido con un par de los edificios que habían visitado con Rod. ¿Sería éste el verdadero secreto de sus padres? ¿Que habían encontrado al compañero ideal con el que pasar el tiempo... mucho más que el hecho de viajar? Sí, habían sido felices juntos. Dos medias naranjas. Dos mitades que encajaban perfectamente. No era de extrañar que ella hubiera heredado sus sueños de viajar.
Y ahora tal vez hubiera encontrado a su media naranja en Pedro, pero él estaba demasiado ocupado y
concentrado en su carrera como para reconocerlo, y ella aún estaba por lo menos medio convencida de que tenía que marcharse de Nueva Zelanda y ver más mundo. Si se quedaba con él, lo suyo no iba a durar para siempre. Inclinó la cabeza y cerró los ojos, frotando la cara contra el suave flanco de Zorro. No tenía sentido esperar que sucediera lo imposible.
Las distintas opciones pugnaban por prevalecer en su cabeza, provocándole jaqueca y un nudo en el estómago. ¿Debería aplazar su viaje al extranjero e intentar disfrutar de unas cuantas semanas más de felicidad con Pedro, o bien marcharse antes de que él se cansara de ella y la dejara? De todas formas le iba a partir el corazón, pero marcharse antes al menos iba a dejarla con el orgullo intacto.
Sí, tomaría ese maldito vuelo... y se lo diría tan pronto como volviera de su excursión de pesca. Suspiró y volvió a fijar la vista en el diario.
"11 de enero de 1983. Esta mañana Silvia y yo hemos ido andando hasta el extremo más lejano de la huerta. Andar despacio y tomar aire fresco nos sienta bien a las dos. El caudal del río es tan escaso con esta sequía que incluso con su avanzado embarazo Silvia y yo hemos podido cruzarlo y coger flores silvestres en el solar abandonado del que Erik nunca se preocupa."
Pau se enderezó de golpe en su asiento, apartando a Zorro, que hizo patente su desagrado
resoplando. ¿Silvia embarazada? Siguió leyendo febrilmente. Sus pinturas botánicas son mucho más finas que las mías. He encontrado flores muy raras, que nunca antes había visto, y ella se ha burlado de mí porque no he reconocido el cannabis.
Erik estaría horrorizado, pero ella me ha hecho jurar que de momento guardaría el secreto, porque cree que puede usarlo para negociar con un hombre que encontramos allí regando las plantas a escondidas.
Pau se echó a temblar y la embargó una enorme oleada de excitación y temor. ¿Marihuana en un terreno abandonado de la huerta? ¿Quién era aquel hombre... y cuál era el trato?
"4 de abril de 1983. Silvia ha dado a luz sin problemas a un varón."
El corazón de Pau empezó a latir con más fuerza. La descripción que les había proporcionado Brian Alfonso de “una muchachita extranjera que había ido a recolectar fruta” no paraba de resonar en su cabeza. ¿Silvia? ¿La tímida asistenta de su abuela podría ser la madre de Pedro? Gateando, cogió la foto del funeral. Silvia aparecía casi oculta bajo el sombrero y las gafas oscuras, pero cuando Pau rebuscó en su memoria, recordó su pelo negro como el ébano, sus grandes y expresivos ojos oscuros y que siempre iba vestida de negro o de gris.
Empezó a pasar las páginas del diario furiosamente, en busca de más pistas.
"16 de abril de 1983. Silvia ya ha hecho el trato. El señor y la señora Alfonso no han podido tener hijos y se han ofrecido a adoptar a su hijo. Hemos utilizado la plantación de cannabis del señor Alfonso para presionarle y conseguir que nos diera permiso para ver al chico de vez en cuando. No veo que esto vaya a traer nada bueno. Silvia está destrozada, pero resignada, porque cree éste es el mejor acuerdo que puede conseguir para no perder del todo el contacto con él. Me ha asegurado que el cannabis va a desaparecer de nuestra propiedad dentro de una semana."
Pau se quedó sentada, aturdida. ¿El futuro de Pedro se había negociado a cambio de una cosecha de cannabis? ¿Y su abuela, tan respetuosa de la ley, lo sabía y había mantenido el secreto?
"1 de noviembre de 1989. La señora Alfosno tiene problemas para mantener a raya a sus dos hijos menores y nos ha preguntado si podríamos tener con nosotros a Pedro cada año durante las vacaciones escolares para darle un respiro. Naturalmente, Silvia está muy contenta. Se ha ido recuperando lentamente, aunque no del todo, de la terrible depresión en la que cayó después de perderle. Al final le he confesado toda esta historia tan triste a Erik. Aún desaprobándola, sabe que Silvia es muy buena amiga mía y está dispuesto a pasar por alto la indudablemente ilegal adopción, puesto que ya han transcurrido seis años sin incidentes. Se porta muy bien con Pedro, quizá vea en él al hijo que yo nunca pude darle."
- Oh, abuela... – gimió Pau – no te rebajes de esta forma.
Así que aquí estaba la respuesta que había permanecido enterrada durante treinta años. No veía la
hora de decírselo a Pedro. No veía la hora de contarle su verdadera historia. Desgraciadamente iba a tener que esperar. Su fin de semana sólo para hombres transcurría en una playa tan aislada y remota que no había cobertura de móviles. ¡No te fastidia!
Se puso a dar vueltas por la habitación, abrazando jubilosa su gran secreto y meciendo a Zorro simplemente para estar en contacto con otro ser vivo.
- Bueno, lo que vamos a hacer ahora, gatita, es buscar todas las páginas importantes de los diarios y
hacer copias para Nick en el escáner de Kelly. Y buscar en las cajas los álbumes de fotos y ver si encontramos fotos de Silvia para dárselas.
Se puso a bailar alegremente y dejó en el suelo a la gata, que empezaba a protestar. Luego se fue a la cocina a buscar un cuchillo para abrir las demás cajas, porque en una de ellas tenía que haber un pequeño regalo de cumpleaños guardado como un tesoro: una exquisita acuarela de menos de 39 cm2.
Silvia había pintado dos mariposas grises y amarillas revoloteando encima de unas ramitas de nomeolvides azules y se la había reglado a ella al cumplir diez años. A Pau siempre le había encantado aquella acuarela y odiaba la idea de renunciar a la misma, pero tendría mucho más valor para Pedro que para ella, porque era algo que su madre había creado con sus propias manos.
Se secó las lágrimas que pugnaban por brotarle de los ojos. ¿Seguro que eran lágrimas de alegría, o eran lágrimas de tristeza? A las dos de la tarde había terminado de hojear los últimos diarios, había fotocopiado las páginas apropiadas y varias fotos y encontrado la acuarela. Estaba firmada con letra pulcra y cuadrada: “Silvia Giordano”.
O sea que ahora tal vez tuviera también un apellido, Pedro Giordano. Pau lo repitió varias veces en voz baja. Le quedaba bien. Se secó un nuevo hilillo de lágrimas mientras se preparaba un café y un sandwich de queso caliente para un almuerzo tardío. Había sido duro leer las últimas páginas de los
diarios sobre Pedro.
La abuela había escrito que los Alfonso se habían mudado a Wellington y Silvia se había quedado muy triste al perder el contacto con su único y queridísimo hijo. El padre de Silvia, muy puritano, falleció al cabo de pocas semanas, y por fin ella pudo volver a Italia a visitar a su afligida madre. Al ver que ésta gozaba de peor salud aún que la abuela, se quedó para cumplir con su deber de hija.
Había una postal escondida entre las páginas para indicar el lugar. La misma letra obsesivamente pulcra. Y una pequeña dirección... de muchos años atrás, pero un lugar por el que Nick podría empezar a buscar. Los diarios de la abuela terminaban menos de un mes después.
Pau sorbió su café y miró el reloj. Pedro esperaba estar de regreso alrededor de medianoche, y había dicho que la vería el lunes. Para facilitar su salida del apartamento en un momento dado, decidió volver a empaquetar las cajas y almacenarlas en el garaje de Ray. Luego compró una tarjeta para darle las gracias a Kelly y papel de regalo y cinta para envolver su extraordinario regalo para Pedro.
Ahora se moría de ganas de volver a verle y ansiaba ver su reacción. Se lo encontró en recepción al llegar a la mañana siguiente, con el omnipresente teléfono móvil pegado a la oreja. La recibió con una amplia sonrisa y le mandó un beso. El timbre del teléfono reclamó su atención en el escritorio y le miró con ojos nuevos cuando él se fue andando hacia el estudio principal mientras ella atendía al cliente.
Hoy lucía unos chinos color piedra, una sudadera de un gris más oscuro y unas botas deportivas de ante. Prácticamente Pau podía ver la sangre italiana corriendo por sus venas mientras paseaba arriba y abajo detrás de la gran pared acristalada.
Pedro Giordano, no cabía la menor duda.
- Quiero enseñarte una cosa – le dijo en cuanto vio que ella estaba libre.
- Pues ya somos dos.
Su teléfono volvió a sonar de inmediato, miró la pantalla y contestó.
- ¿Puedes ir a buscar mis llaves? En el cajón de mi escritorio.
Si tenía planeado salir corriendo, ella tendría que dejar su sorpresa para un poco más tarde. Una cosa tan importante no debía hacerse con prisas, pero de todas formas estaba muy decepcionada. Se mordió el labio, molesta, guardó el bolso en su taquilla y se dirigió al despacho de Pedro.
¿En qué cajón? Abrió el de arriba: ni rastro de las llaves. Probó con el segundo. El reluciente manojo de llaves le lanzaba destellos desde encima de un diminuto par de bragas rojas. Retrocedió, tomó aire, agitada, tropezó con el gran sillón giratorio negro de Pedro y apenas logró evitar caer al suelo agarrándose a uno de los brazos del sillón y dejándose caer con fuerza en el mismo.
¿Yo y quién más?
Se tapó la boca con la mano, sintiéndose enferma ante la idea de compartirle con otras. Sí, probablemente eran de una novia anterior, pero no las había tirado, ni se las había devuelto. ¿Es que todavía sentía algo por quienquiera que fuera su propietaria? Pedro, creía que ahora mismo yo era la única. ¿Estaba equivocada?
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