lunes, 15 de diciembre de 2014

CAPÍTULO DIECIOCHO — EL BALCÓN DEL HOTEL

- Una cena informal entonces. Podemos buscar algo mientras paseamos, ver qué nos parece el ambiente de este sitio. No tardaron más que unos minutos en colgar sus prendas, guardar su ropa interior en los cajones y sus artículos de aseo en el tocador del baño.

Cruzaron la calle hasta el paseo marítimo y se pusieron a pasear por él. Pau saltaba y brincaba como una niña excitada, sabiendo que Australia era el sitio ideal para empezar sus viajes. Le había encantado tener a Pedro como guía en las operaciones de embarque y recogida de equipajes, pero en el futuro se las iba a arreglar perfectamente ella solita. 

A su alrededor había muchas otras personas disfrutando del suave aire marino y de la hermosa noche.
Algunas se dirigían a los bares y cafés locales, otras a la playa. Le sonrió a Pedro, pensando en lo guapo que estaba cuando las últimas luces de la puesta de sol se desvanecían en el horizonte. Su piel parecía de bronce brillante y sus ojos y su pelo despedían reflejos de oro fundido.

- Gracias – le dijo.

- ¿Por hacerte trabajar duramente?

- A mí esto no me parece trabajar.

- No, pero mañana sí que te lo va a parecer. Rod es un gran vendedor, pero es tan escurridizo como una anguila. Quiero que tomes nota de todos los detalles para saber exactamente en qué me estoy metiendo. Y no le iría mal ver que lo estás haciendo, porque así sabrá que voy en serio y tal vez así sacará un par de conejos del sombrero de copa si quiero.

Pau asintió y miró hacia donde rompían las olas y se deslizaban hasta la arena.

- ¿Puedo meter los pies en el agua? Eso le sorprendió y le hizo sonreír.

- Sí, pero no esperes que te acompañe. No quiero llenarme los calcetines de arena.

Cruzaron por la franja de hierba y bajaron hacia el mar. Había mucha gente disfrutando de un paseo por la orilla. Pau se quitó los zapatos, se los colgó de una mano y metió los pies en el agua de la orilla. El agua fresca se arremolinaba alrededor de sus tobillos, haciéndola sentir viva y despierta.

"Sácale el máximo partido, disfruta de él mientras puedas. Tú no le vas a interesar eternamente, no a un hombre tan guapo y deseable como Pedro."

Después de una cena a base de marisco en un café de una de las callecitas secundarias, él volvió a llevarla hacia la calle principal.

- Esta zona parece buena, llena de vida y próspera, con edificios en buen estado, ¿verdad?

- Está demasiado oscuro para ver mucho – dijo ella, apretándole la mano -, pero no hay tiendas vacías, ni he visto pintadas.

- Lo que propone Rod tiene buena pinta sobre el papel, pero...

- ¡Pedro!

Al otro lado de la calle, un mostrador profusamente iluminado que contenía helados de múltiples sabores parecía llamarles irresistiblemente.

- ¿Podemos? – suplicó – Sería estupendo comernos uno de éstos mientras paseamos.

Pedro echó un vistazo a las variopintas bandejas y le tendió un billete de diez dólares.

- Para mí de chocolate.

- Señor Predecible – bromeó ella. Se mordió el labio inferior mientras miraba atentamente el surtido de sabores

–. Yo voy a tomar... ése verde brillante, lima y limón. Pau se colgó del brazo de Pedro mientras volvían paseando al hotel, comiéndose el helado y riéndose, hasta que él la sorprendió reprimiendo un bostezo.

- ¿Cansada? – preguntó, mirando el reloj.

- Sí que lo estoy, un poco, lo siento – repuso mirándole.

- Dúchate tú primero.

- ¿No tenías planeado portarte mal ahí? Sus labios esbozaron una leve sonrisa.

- No con una cama de ese tamaño.

- Cierto – coincidió ella, mordisqueando hasta el final su cucurucho de helado y pasándole el brazo por la cintura.

Pero cuando Pedro salió del baño un poco más tarde, encontró a Pau tumbada boca arriba, aparentemente dormida como un tronco, con un brazo encima de la almohada, acaso para protegerse los ojos de la luz de la lámpara de la mesita de noche. Como era una noche templada, había apartado todas las mantas excepto la sábana de algodón blanco. Un tierno pezón rosa asomaba y le hacía guiños, un tentador objetivo para un beso. 

Se sentó en la cama con cuidado para no molestarla y se recostó apoyándose en un codo, contemplándola. Volvía a parecerse a aquella chiquilla de trece años, con la guardia bajada, la cara lavada y los vivos ojos verdes cerrados. La pequeña Pau, que le había fascinado hacía tantos años, seguía teniéndole hechizado. ¿Por qué estaba tan decidida a dejarle? Acababan de arrancarle a su supuesta familia de la manera más cruel. Al mirar a Pau supo con certeza que no quería
perderla a ella también, pero, ¿cómo podría hacer que se quedara?

Le apartó con cautela el alborotado pelo de la frente y se la besó con toda la suavidad del mundo. Pau
murmuró algo ininteligible.

- Chiiiisss ... – la calmó -, no te despiertes, sólo déjame...

Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad de la habitación le pareció que había
demasiada luz. Pau necesitaba que apagara aquella maldita lámpara para estar cómoda, pero él todavía no había terminado de mirarla. Puso un pie en el suelo, se levantó y cruzó la habitación en dirección al escritorio.

Buscó el interruptor de la lámpara y dirigió el haz de luz hacia la pared. Luego volvió adonde estaba ella y se la quedó mirando de nuevo. Incapaz de detenerse, empujó la sábana a un lado con los dedos cuidadosamente hasta dejarle al descubierto el pezón. Estaba tibia, suave y relajada. Pedro se pasó la lengua por la boca para humedecerla, se agachó y lamió brevemente el pequeño montículo. 

Luego retrocedió unos pocos centímetros y sopló aire frío sobre él. Como por arte de magia, su carne
se arrugó y él sonrió ante la reacción automática. Era irresistible. Acercó los labios a su pecho, rodeó
con ellos el pezón y usó la punta de la lengua para acariciarlo durante unos segundos. Se dio la vuelta y apagó la luz de la mesita de noche. Pau resopló soñolienta, acaso agradecida.

al cabo de unos segundos sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra y vio brillar el pequeño
pico húmedo a la débil luz. Dios, ¿qué le pasaba a él con sus pechos? Podría pasarse la vida mirándolos, jugando con ellos sin parar y sin cansarse nunca de su hermosa forma, de su sedosa suavidad. Volvió a inclinarse sobre ella, lamiendo despacio el pezón erecto mientras la leve brisa del aire acondicionado flotaba encima de sus hombros.

Pau se movió y Pedro sintió una presión en la parte posterior del cuello: sus dedos le acariciaron el
pelo por espacio de unos segundos, pero luego su mano se apartó y volvió a descansar encima de la almohada. Le embargó una enorme ternura, de una fuerza impresionante. Aunque estuviera soñando, había extendido la mano para tocarle, le había acariciado, había querido tocarle ella también.

Con infinito cuidado, le bajó la sábana hasta la cintura. Ella no protestó, demasiado dormida aún como para que él siguiera con su juego. Ahora tenía a disposición sus dos pechos para jugar con ellos. Posó los labios en ambos, uno tras otro, depositando dulces besos y frotando suavemente su mejilla sobre la piel fragante, lamiendo y soplando en su otro pezón hasta que ambos estuvieron erectos, duros y brillantes. Pau se acercó a él, acurrucándose un poco a su lado y dándole mejor
acceso.

A Pedro le dio un vuelco el corazón. Allí estaba, absolutamente suya. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Si le chupaba los pezones se despertaría? Sólo había una manera de averiguarlo. Apretó los dedos suavemente en torno a un botoncito rosado, rodeó el otro con los labios y chupó y acarició en un delicado dúo. Pau le recompensó con un prolongado suspiro de placer.

¿O sea que incluso en sueños podía sentirlo? Los huevos de Pedro se apretaron y su polla presionó contra el borde de la cama, dura y tiesa. Quería más. Se sentó sobre los talones, apartó la
sábana por completo y la dejó caer encima de la moqueta a los pies de la cama. Pau era apenas lo bastante consciente de que algo pasaba como para agitarse ligeramente. Estiró las piernas y se dio media vuelta despacio hasta que volvió a estar completamente boca arriba. 

Los ojos de Pedro se pasearon por su costado en un viaje sensual, deteniéndose en la cavidad de su cintura, en la curva de su cadera y bajando por su tibio muslo. Su aroma llegaba hasta él, fresco, femenino, tentador. Se inclinó más sobre ella. Ella era su droga de elección, su adicción. Quería probarla, darle placer, hacer que se corriera mientras dormía. ¿Sería posible? Moviéndose lentamente, se colocó encima de ella y le hizo abrir las piernas con una ligera presión. 

Pau se tensó, suspiró y volvió a relajarse. En la cálida oscuridad, Pedro sintió que el pulso se le aceleraba, lo sentía en todo su cuerpo: en el pecho, en sus entrañas, incluso en la punta de la polla, dura como una roca.

Le acarició la cara interna de los muslos y ella reaccionó separando las piernas al sentir cosquillas, lo
suficiente para que él pudiera acercar la cara y rozarle la ingle con la mejilla. Se quedó así hasta que estuvo seguro de que no se había despertado. El aire acondicionado emitía un zumbido. Las olas rompían cada pocos segundos en la playa cercana.

Le pasó la lengua por el clítoris lenta, suavemente, una y otra vez, siguiendo el ritmo de las olas del océano. Pau musitó algo, inclinó las caderas buscando el placer y volvió a calmarse. Luego le deslizó la mano por detrás del cuello y le apretó con los dedos siguiendo el mismo ritmo lento, jugando con su pelo y arañándole el cuero cabelludo con las uñas. Pedro sintió que las sacudidas de anticipación le recorrían la espina dorsal de arriba a abajo.

Ella sentía el toque de su lengua y quería tocarle a su vez. Pedro respiró hondo y empujó un dedo dentro de su sedosa y húmeda vagina. Y volvió a lamer. Sintió que su mano le acariciaba la parte posterior de la cabeza y esperó a que la siguiente ola rompiera en la orilla.

Y volvió a lamer. 

Empujó el dedo más adentro y sintió que las piernas de ella temblaban contra su cara y esperó a que la siguiente ola rompiera.

Y volvió a lamer.

La oyó inhalar bruscamente, sintió que levantaba las caderas y tensaba los músculos.

Y volvió a lamer.

Y soltó el aliento de golpe cuando ella levantó el trasero jadeando incoherentemente, y sintió el calor tenso apretando su dedo una y otra vez. Sammie le agarró del pelo, frenética, delirante, exigente.

- Ahora – gimió -, ahora, Pedro -. Y tiró con una fuerza increíble hasta que él se deslizó, sin preservativo, en lo más hondo de su cuerpo todavía palpitante. Ah, caramba, esa cálida ranura, ese maravilloso y suave lugar húmedo, esa increíble sensación... Una docena de largos y desesperados empujones, con ella estremeciéndose en torno a él, y él también perdió el control. 

El calor infernal que se había reunido y concentrado en lo más hondo de su ser estallaba ahora en
intensas ráfagas, inundando su conciencia con un placer oscuro y aterciopelado.
Permaneció tendido, aturdido, durante varios minutos antes de separarse de ella, respirando aún con dificultad y luchando por recobrar la lucidez.

- ¿Cuánto tiempo llevabas despierta? - preguntó con voz ronca, casi incapaz de articular las palabras por la emoción que le atenazaba la garganta.

Pau paseaba los dedos por el gran tatuaje arremolinado que llevaba en el hombro, acariciándole y masajeándole en una danza sensual.

- Algún tiempo – dijo soñadora -, tal vez no mucho. De repente estaba teniendo un orgasmo muy intenso y te quería dentro de mí.

- Un buen sitio para estar – susurró él, rozándole los labios con los suyos hasta que la caricia se convirtió en un largo y apasionado beso.

Al día siguiente tuvieron una frenética serie de citas. Rod llegó para mostrarles los edificios que había señalado como interesantes. Pau, con una falda negra ceñida y una recatada blusa blanca, desempeñó su papel con los ojos pegados al bloc de taquigrafía, pero de vez en cuando le lanzaba una pícara mirada a Pedro.

Pedro permaneció con el rostro inescrutable y los ojos ocultos tras unas gafas oscuras mientras hablaba con Rod, pero de vez en cuando le lanzaba sonrisas lascivas y cada
vez ella sentía revolotear mariposas en su interior al recordar su tórrida noche de amor y las promesas que él le había hecho para la noche de hoy. Ella sabía que estaba medio decidido por un almacén
recientemente desocupado que habían visto después del almuerzo.

- Al menos con éste no tenemos restricciones de ruido - le había dicho a Rod -. Nuestra música y docenas de pies golpeando el suelo pueden causar un gran estrépito a veces. El aparcamiento está bien y tiene buenos accesos en ambas direcciones. ¿Ve usted algún problema para un negocio como el mío?

- Ninguno, amigo. Se mire como se mire, cumple todos los requisitos.

Pau vio un montón de cosas de Sidney mientras Rod les llevaba a visitar propiedades. Cada vez que
aparecía en el horizonte el emblemático puente de la Bahía de Sidney, le recordaba que se encontraba en tierra extranjera. Ricos y desconocidos aromas emanaban de los restaurantes. Le encantaban las antiguas casas adosadas muy juntas, con sus atractivas vallas de hierro forjado y las barandillas de las terrazas, y desde todos los rincones se vislumbraban retazos del centelleante puerto.

Rod insistió en invitarles a cenar y Pedro sugirió que trajera a su esposa al hotel, porque a Sammie y a él les esperaba otro intenso día de trabajo. Esa noche, ya demasiado tarde, se despidieron de excelente humor. 

Por fin volvían a estar solos.

- El baño es todo tuyo – dijo Pedro, abriendo su ordenador portátil para ponerse al día con el correo
electrónico -, le voy a decir a Rich cómo nos ha ido hoy. Detrás de él, Pau se desnudó y sólo se dejó puesto el sujetador de encaje y las braguitas. Fue andando hasta el escritorio donde estaba él y le rodeó el cuello con los brazos.

- Gracias – le dijo, inclinándose a besarle el lado de la cara -. Trabajas muy duro.

Él se giró hacia ella y levantó una mano para acercarla más a sí.

- Yo todo lo hago duro. Te voy a follar duro dentro de poco. No te duermas esta noche, ¿de acuerdo? – dijo acariciándole con una mano el trasero, casi desnudo – Vista previa furtiva – añadió, estirándose para besarla en los labios.

Pau se acercó más a la silla para hundirse profundamente en la cálida lujuria del beso. Le pasó una
pierna por encima de la de él y se acomodó en su regazo, consumida por las sensaciones de su lengua y sus labios en los de ella. Sus dedos se deslizaron por su espalda y le desabrocharon el sujetador, sus manos le cogieron los pechos y sus pulgares se movían sin descanso por su piel.

Por fin ella se apartó y quedaron sentados frente a frente.

- Sí, yo lo hago todo duro – repitió -. Mi plan consiste en trabajar como un demonio hasta los treinta y
ocho años aproximadamente y luego aflojar y disfrutar de lo que he creado.

Se inclinó por encima del pequeño espacio que les separaba y le mordió con gran decisión los dos pezones.

- Venga – le dijo, empujándola con el pene erecto para demostrarle que hablaba en serio -, o le voy a dar el susto de su vida a ese maldito cuarto de baño.

Pau se fue y volvió duchada, perfumada y lista para jugar. Como no estaba dispuesta a darles un
espectáculo a los huéspedes del ala más alejada del hotel, se envolvió en una toalla al ver que Nick había abierto las cristaleras para que entrara el aire de la noche.

Avanzó hacia las cortinas y tiró de ellas hasta casi cerrarlas. Ahora se oía más el ruido de las olas, que golpeaban y rompían con más fuerza en la arena. ¿Quizá esta noche hubiera mar más gruesa? Se movió por entre las suaves capas de tela y salió afuera, y justo pudo distinguir la cresta curvada de blanca espuma bajo la tenue luna nueva. El aire olía a sal y hasta ella llegaba la fragancia de las flores de los jardines del hotel.

Las farolas iluminaban la calle principal y algunas luces de seguridad brillaban en los jardines del hotel. Se veían luces en las esquinas de unas cuantas ventanas de las habitaciones del lado más alejado de la gran piscina, pero nadie tenía encendida la luz de la terraza. Tenía todo el sitio para ella sola.

La puerta del baño se cerró y su expectación aumentó A juzgar por sus anteriores comentarios, Pedro no tenía intención de estar mucho rato en la ducha, y todavía no había visto la batita tan sexy que se había comprado. Volvió a entrar en la habitación y apagó las luces, dejando encendida únicamente la lámpara que arrojaba una pequeña mancha de luz sobre el escritorio. Se quitó la toalla y se puso la bata. La sedosa tela acariciaba su piel, excitándola y despertando sensaciones en ella. Decidió
esperar a Pedro fuera, en la terraza, escuchando el ruido del océano mientras se preparaba.

Pedro abrió la puerta del baño. Sus ojos otearon lahabitación en la penumbra y tiró al suelo la ropa que llevaba bajo el brazo en cuanto vio la separación de las cortinas y vislumbró a la criatura fantasmal que había fuera. 

La visión de Pau apoyada en la barandilla de la terraza, con su curvilíneo trasero casi visible debajo de un trocito de tela casi intangible hizo que se le pusiera dura al instante. Cruzó la habitación descalzo y cogió un preservativo del cajón de la mesita de noche, recordando el intenso placer de la noche anterior, cuando le había hecho el amor piel a piel. Dejó escapar un suspiro de frustración. 

Pese a que sabía que tomaba la píldora, un hombre no era nunca demasiado precavido. Lo sacó tranquilamente del sobrecito, se lo puso y se dirigió a la terraza, cerrando la cortina tras de sí para
garantizar la oscuridad.Pau empezó a darse la vuelta, pero él se puso detrás de ella y la agarró por los hombros, sosteniéndola en su lugar para poder inclinarse y mordisquearle el cuello.

- Creía que habías dicho que no habías traído nada para ponerte en la cama – murmuró, dejando vagar una mano para sentir la textura de la tela y palpar el cuerpo que cubría.

- Esto se quita antes de ir a la cama – dijo, relajándose contra la barandilla mientras él seguía
palpando.

Le rodeó el trasero con las manos, le hundió los dedos por debajo del dobladillo y los fue subiendo por la piel desnuda. Pau contuvo la respiración, pero no emitió ningún otro sonido. Pedro pensó que probablemente los latidos de su propio corazón hacían más ruido que las olas rompientes.

Le deslizó una mano entre los muslos hasta encontrarle el clítoris y empezó a acariciárselo en
círculos con la yema del índice. Ella gimió quedamente y separó las piernas. Nick se preguntaba si se habría dado cuenta ya de que estaba desnudo. Había evitado tocarla con nada más que las manos y los labios, y había seguido jugando con ella y besándole el lado del cuello hasta que sintió la humedad de su invitación.

- Pedro... – susurró, intentando darse la vuelta hacia él.

- No, quédate así – dijo él, empujando hacia adelante hasta que su polla se deslizó en parte dentro de ella.

Pau y entonces los dos oyeron el sonido inconfundible de alguien encendiendo un cigarrillo en la terraza de al lado. Permanecieron inmóviles por espacio de largos segundos. El humo llegó flotando hasta ellos, arrastrado por la ligera brisa. No cabía posibilidad de error: realmente había alguien a escasos metros de ellos.

- Déjame entrar – le musitó Pedro al oído.

- No puedo... ahora no.

Él empujó y ganó un poco de terreno.

- Sí que puedes.

- Pedro... – Una desesperada súplica en voz baja.

Le pasó un brazo por la cintura y le acarició el vientre con los dedos hasta que volvió a encontrar su
humedad. Pese a sus jadeantes protestas, sólo necesitó unos momentos de sus expertas caricias para poder penetrarla más a fondo.

- He pensado que el segundo almacén era la mejor de las propiedades que hemos visto hoy – dijo en tono coloquial.

La sintió reírse, deliciosas pequeñas oleadas tirando de su polla medio hundida en su cuerpo.

- Ésa sería también mi elección – se las arregló para decir ella en un momento dado, abriendo un poco más las piernas y agitando el trasero contra él. Una cortina se deslizó por un carril y brilló un
destello de luz de la habitación de al lado. Volvieron a
ponerse tensos.
- ¿Vas a entrar, Eddie? – preguntó una voz de mujer.

- Sólo un par de caladas más.

Pau se tapó la boca con la mano para ahogar la risa antes de que la cortina volviera a ocultar la luz.

- ¿Vas a entrar, Pedro? – susurró al cabo de unos segundos, en voz tan baja que él casi no la oyó.

- Voy a tener que apretarles con el precio – sugirió él, apretando algo completamente diferente.

- Me parece que vas a tener que apretar con todas tus fuerzas.

Extrajo un poco el pene e hizo lo que ella le había sugerido hasta que estuvo profundamente hundido.

- Estos clientes resbaladizos... – musitó, mordiéndole la nuca.

- Muy resbaladizos – coincidió ella, agarrándose a la barandilla para que él pudiera empujar con más vigor.

Pedro miró hacia el lado. Había sólidas vallas para proteger la intimidad entre las terrazas. La celosía que había notado antes sólo estaba en el borde delantero. Uno tendría que ser muy sospechoso y asomarse mucho al exterior antes de poder verles. 

Y la inclinación de la luna iluminaba lo suficiente las terrazas del ala más alejada como para estar seguro de que no había nadie allí escondido. Extrajo el pene casi por completo y volvió a
penetrarla otra vez hasta el fondo. Dios, era como la seda por dentro. Suave, cálidamente adaptable e infinitamente acogedora.

- ¿Entonces cuándo crees que va a ser el gran acontecimiento? – su pregunta sonó temblorosa - ¿Falta mucho?

- No mucho si las cosas siguen progresando como hasta ahora – contestó él, empujando con más fuerza y sintiendo que los músculos de ella empezaban a contraerse de esa forma que ya le era familiar.

Pau emitió un jadeo muy gratificante.

- ¿Vas a ser capaz de mantener las cosas en silencio cuando eso suceda?

- Voy a tener que hacerlo, dadas las circunstancias.

- No me imagino que sea posible.

- Inténtalo – jadeó él, empujando dentro de ella. La inclinación proporcionaba unas sensaciones increíbles, que la posibilidad de tener público aumentaba, y él estaba a punto de correrse, era cuestión de segundos. Se prometió a sí mismo que se lo compensaría a Pau más tarde en caso de no poder aguantar, pero en ese instante ella inhaló una gran cantidad de aire, emitió una breve exclamación y se convirtió en un líquido palpitante en torno a él. 

Sus testículos convulsionaron y se corrió con más intensidad que nunca, cerrando los ojos con fuerza y apretando los dientes, expulsando el aire a través de ellos como el chorro de un jet a punto de despegar.

Pau se dejó caer con un ataque de risa, sometiéndole a otra tortura más, y luego le dijo quedamente:

- Hemos despegado, comandante. Listos para una nueva misión.

holaaaa , aca dejando 2 caps , faltan 3 caps y termina esta nove :´) , la otra nove que tenia no se si seguirla , que opinan ? dejen sus comentarios por favor aqui o en mi tw @natupaulitervnz , gracias por leer 

1 comentario:

  1. Muy buenos caps!! Descubrira algo pau en el diario de su abuela? mimiroxb

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