viernes, 12 de diciembre de 2014

CAPÍTULO CATORCE — UN AFEITADO APURADO

Sosteniendo el sujetador con dos dedos, lo hizo girar con un gesto sexy y lo lanzó a la moqueta del dormitorio.

- Métete en la bañera – repitió él, con una ronca nota de súplica en la voz.

- Pero si todavía llevo puestas la braguitas – bromeó, acercándose lo suficiente para que él se las bajara. Si no hubiera tenido la cara llena de espuma de afeitar, la hubiera hundido entre sus muslos nada más quitárselas. En cambio, se consoló cogiéndole la mano para que no pudiera volver a escapársele.

- Ven aquí conmigo inmediatamente – gruñó. Pau acabó de quitarse las bonitas braguitas y de
una patada las lanzó por la puerta, luego levantó el pie y lo metió en la bañera, entre los muslos de él. Sólo entonces, Pedro empezó e creer que por fin iba a suceder.

- Me pregunto si vamos a caber los dos – dijo Pau sonriendo y mirándole con fingida inocencia.

- Ya nos las arreglaremos – le respondió, tirando de su mano para animarla a dar el último paso.

Ella se sumergió en la espuma hasta que el agua le cubrió el pecho. Por fin la tenía donde quería que
estuviera, pero sólo para asegurarse, le rodeó la cintura con las piernas y la acercó más a sí, hasta que estuvieron cara a cara.

- ¿De verdad vas a hacerlo? – le preguntó. Pau afirmó con la cabeza y extendió la mano para coger la maquinilla de afeitar. Tras unos segundos de intensa concentración, le apoyó la mano en un lado de la
cabeza y se la inclinó hacia atrás.

- Quédate así. Le puso los dedos en el cuello para mantenerle la piel tensa. La maquinilla se deslizó alrededor del mentón y cortó suavemente la barba.

- Ja – murmuró -, no hay problema. No creías que pudiera hacerlo, ¿verdad? Se giró hacia un lado y metió la maquinilla en la palangana para limpiarla. Otro apretón firme. Otro movimiento experto hacia abajo. Estaban rodeados de vapor, y en el silencioso apartamento Pedro oía el leve
raspado que emitía su barba al capitular. La hoja se deslizaba ligera sobre su piel. Se preguntaba hasta cuándo aguantaría el filo. Estaba totalmente en manos de ella y la sensación era increíble.

Pau volvió a enjuagar la maquinilla y se acercó más a él para elegir el sitio de la siguiente pasada. Pedro cerró los ojos para intensificar la sensación. Ella volvió a tensarle la piel y volvió a pasarle la cuchilla en el sentido del pelo.

- Me parece que esta espuma de afeitar no es tan buena como el jabón de afeitar inglés que usaba el abuelo – dijo -, la cuchilla no se desliza tan bien. Te hubiera gustado más si hubiéramos tenido un poco de ése.

Pedro no lograba imaginarse disfrutar más de lo que estaba disfrutando con esto. La sensación de las manos de ella, la cuchilla al deslizarse, el suave ruidito cuando la enjuagaba, todo ello combinado en un ritual sensual tan excitante como relajante.

Después de unos cuantos largos y lentos movimientos más y de un par de movimientos cortos debajo de la nariz que le causaron un par de sustos, ella cogió la toalla mojada y le limpió la mitad de la cara.

- Ni una gota de sangre – bromeó, pasándole los dedos por encima de la piel. Cogió el espejo y se lo
sostuvo para que él pudiera contemplar su trabajo. - ¿Te parece bien?

Pedro movió la cabeza de un lado a otro. Tenía que admitir que lo había hecho bien, tan bien que se había olvidado de Brian y Gaynor y de su retorcida adopción durante un rato. Sin duda, Sammie era una buena distracción, pero ahora su pasado había vuelto a ocupar sus pensamientos para inquietarle y corroerle.

- ¿Cuánto hace que murió tu abuela? – La cara de ella mostró su sorpresa ante el repentino cambio de tema.

La cara de ella mostró su sorpresa ante el repentino cambio de tema.

- Algo así como once años. ¿Por qué?

- Simplemente me preguntaba qué clase de poder tendría sobre el cabrón para obligarle a hacerme volver durante las vacaciones y poder comprobar mis progresos. ¿Cuál demonios era su relación? Porque tiene que haber alguna.

Pau se encogió de hombros. Un bonito pecho subía y bajaba a cada lado del espejo que sostenía para
que él pudiera verse, y tenía la piel cubierta de espuma. El extendió las manos para tocarla, le cogió los pechos suavemente y no pudo evitar acariciarle los oscuros pezones con los pulgares.

Ella sonrió y cambió el espejo por la maquinilla de afeitar.

- ¿Listo para el resto? Como él no contestaba, metió la mano que tenía libre en el agua y le cogió la polla. Eso agudizó rápidamente su atención.

Poco antes de medianoche, Pau suspiró y se desperezó, consciente de que Pedro tenía que irse pronto. Le frotó la pantorrilla con el pie descalzo, disfrutando de la sensación del vello suave sobre el músculo firme. El apartamento estaba a oscuras y en silencio, tranquilo al fin, tras varias horas intensas y apasionadas.

Sonrió al escuchar su respiración acompasada. De vez en cuando se agitaba o resoplaba: un hombre en paz, por fin capaz de escapar al tormento y la conmoción de su reciente y desgarrador descubrimiento. Por lo menos había podido darle eso.

No debería haber ido con él a casa de sus padres. Lo de la adopción no era asunto suyo, y de todas formas no le había sido de ninguna ayuda. Era una relación demasiado personal con él, y había jurado que no se iba a enredar.

Y en cuanto a lo de bromear sobre afeitarle cuando estaban sentados en el coche después de salir de casa de sus padres... ¡mira adónde les había llevado! Pero resultaba embriagador eso de ser capaz de
hacer exactamente lo que quería cuando quería, sin tener que preocuparse por el abuelo, quejumbroso y preocupado, esperando a que volviera a casa. Y sin la angustia de que pudiera caerse y hacerse daño si ella salía. Le había querido entrañablemente, pero ahora ya había cumplido con su deber para con él.

Entonces, ahora que era libre, ¿por qué había empezado a cuidar de otro hombre? ¿Por qué había empezado a consolar a Pedro, corriendo el riesgo de enamorarse de él? No pudo evitar hacer una mueca ante su engañosa descripción de “consolar”. La noche antes le había propuesto sexo lujuriosamente y sin ambages. Se estaba engañando a sí misma fingiendo que aquello habían
sido ganas de consolar a un amigo. Ella había dado el primer paso y él le había ido detrás de muy buena gana. ¿Por qué había tomado aquella decisión tan terrible? ¡Era su jefe!

Era más que su jefe. También era su fascinante antiguo compañero de delitos, el chico que le había
robado el corazón tantos años atrás y que de alguna manera se había quedado con un pedacito de él. El primer chico que le había inspirado sentimientos peligrosos, emocionantes y secretos, y que ahora le inspiraba unos sentimientos demasiado profundos y especiales para admitirlos... incluso consigo misma.

Menos mal que mañana iba a estar fuera de la ciudad: eso le daría un día de tiempo para intentar
recuperar el equilibrio. Un día y una noche, porque ella le había reservado el vuelo de vuelta a Wellington lo más tarde posible, para que pudiera cenar con amigos.

Y tal vez ella debería hacer lo mismo. Decidió que vería si Anita y Ray estaban libres y les invitaría a cenar para darles las gracias por haberla dejado vivir en su casa. Sin embargo, tendría que comprar comida para llevar, porque sus hijos tenían colegio al día siguiente.

- ¿Estás intentando despertarme? – murmuró Pedro, en respuesta a su inquisitivo pie.

- Supongo que debes tener que irte a casa y hacer el equipaje para Auckland – dijo ella, acurrucándose un poco más cerca de él, odiando la idea de que tuviera que irse.

- Equipaje de mano, sólo mi maletín. Era una sensación mágica la de estar acurrucada contra él, protegida y caliente gracias a su cuerpo, tan grande. En sus veintiséis años, nunca había dormido una
noche entera con un hombre.

- ¿Quieres quedarte? – se sorprendió al surgerirle – Puedo poner el despertador temprano. Pau, tú estás loca. No hagas las cosas más difíciles de lo que ya lo son.

- Ya me despertaré. Soy madrugador. Hubiera apostado a que lo era...

- Hummm...- musitó soñolienta, embargada por una deliciosa languidez ante la idea de pasar unas horas acurrucada contra él – Buenas noches entonces.

Pedro debió llegar al mostrador de facturación casi al último momento. Pau subió sonriendo las escaleras de Body Work, recordando por qué había acabado corriendo como un loco una hora antes.

Culpa suya. Absolutamente culpa suya. Si no se hubiera empeñado en que se ducharan juntos, hubiera salido de su apartamento mucho antes, hubiera estado vestido con la ropa de trabajo mucho antes y sentado en el asiento del avión mucho antes. En cambio, estaba dentro de ella, y ella tenía que hacer algo al respecto, de verdad. Al despertarse y sentir el peso de un brazo musculoso alrededor de la cintura y descubrir que estaba acurrucada contra un hombre muy excitado que olía a pecado y a sexo, había pasado unos momentos ligeramente aterrada, preguntándose si habría muerto y estaba en el cielo.

No, no era preciso morir. Tenía el cielo a disposición en grandes y ardientes porciones.

- Ven y ayúdame a lavarme – le sugirió él, empujando las sábanas hacia abajo y levantándose rampante en la penumbra del amanecer.

Pau encendió la lámpara de la mesita de noche. ¡Oh, Dios mío!

- Tú empieza a lavarte y yo pondré a hacer el café – repuso, sabiendo lo mucho que le gustaba a él una dosis de cafeína nada más llegar a Body Work. Había encontrado la cafetera de Kelly escondida en uno de los armarios bajos de la cocina.

- Vale, pero no tardes.

Pedro se fue al cuarto de baño mientras ella corría a la cocina. Usó el cuarto de baño de invitados mientras se hacía el café y en seguida volvió con dos tazones blancos de los que emanaba un profundo aroma a café negro.

- ¿Ahí dentro o fuera?

- Dentro.

Llevó los tazones al baño y los dejó encima del tocador. Pedro estaba de pie debajo de los chorros de la ducha, enjabonándose.

- Te las estás arreglando perfectamente bien sin mí – dijo ella, parándose un momento a admirar la vista a través de la mampara de cristal de la ducha. Un largo brazo salió disparado y le agarró la
muñeca.

- Necesito que me enjabones la espalda. Y también podría necesitar que me enjabones por delante.

Pau se quitó la bata rápidamente. Pedro la arrastró debajo de la ducha y la atrajo hacia sí. Medio
cegada por el chorro de agua, cerró los ojos y sintió los labios de él deslizándose por el lado de su cara hasta la comisura de los labios y sus manos enjabonadas rodeándole los pechos, apretándoselos suavemente, masajeándole los pezones hasta endurecérselos y convertirlos en apretados botones. Al final la besó larga y profundamente, ávida y ardientemente.

- Dame el jabón entonces – accedió cuando la soltó. Todos sus sentidos habían cobrado vida y sentía la piel super consciente. El olor de Pedro flotaba en al aire cálido y húmedo. El jabón añadía otro estrato de fragancia. El torrente de agua, sus sugerencias musitadas de “tócame, tócame” se hundían en sus oídos. Sammie se hizo ligeramente a un lado para apartar el rostro del chorro de agua.

A través de la pestañas mojadas vio a Pedro darle la espalda y apoyarse en la pared de la ducha con las piernas abiertas. ¿Cómo podía resistírsele? Sencillamente era imposible. Cerró el agua y le pasó el jabón por los hombros, masajeándole la piel resbaladiza con la otra mano, haciéndole gemir de placer.

Poco a poco le fue recorriendo la espalda hacia abajo, empujando las líneas de músculos definidos a ambos lados de la espina dorsal, por encima de su lindo trasero, ahora apretado y tenso, y más abajo, alrededor de los muslos y las pantorrillas, duros, cubiertos de vello y viriles.

- Date la vuelta, Pedro.

Y visto de frente era aún mejor. Le enjabonó el pecho, subiendo con las manos hasta el cuello y los
hombros y volviendo a bajar a través del oscuro vello que le cubría los pectorales. Y luego hacia abajo, por el largo y definido torso hasta la siempre esperanzada polla y los pesados huevos.

Pau vio cómo cerraba los párpados y dejó el jabón a un lado. Ahora amasaba y masajeaba con las dos
manos, más suavemente allí donde era necesario. Pedro gemía mientras ella le excitaba, y su polla daba sacudidas en sus manos al acariciarla con movimientos ascendentes y descendentes.

- Quiero metértela – dijo en un gemido, abriendo los ojos y clavándolos en los de ella.


- No hay tiempo, Pedro. Ni siquiera te vas a poder tomar el café, vas a perder el avión.

- Puedo coger otro.

- No, tienes citas a las que no puedes faltar.

- Tengo una erección de mil demonios y necesito correrme.

Ella se mordió el labio ante su descripción tan franca y sus músculos internos se estremecieron con deliciosas contracciones sólo de pensarlo.

- Enjabóname y luego nos enjuagaremos juntos – le dijo, tendiéndole el jabón.

- Podríamos hacerlo aquí mismo.

- Ni lo sueñes. Resbalamos demasiado, no llevas condón y sigues sin tener tiempo.

- Eso ya lo veremos – gruñó, asaltándola rápidamente, enjabonándola y acariciándola por todo el
cuerpo mientras ella se pegaba a él riéndose y chillando. Pedro volvió a dar el agua, sacó el teléfono de la ducha de su soporte y la enjuagó y luego apuntó a su pecho. Pau se escapó, agarró una toalla e hizo todo lo posible para secarse. Nick salió del cuarto de baño al cabo de unos segundos, haciendo sólo un mínimo esfuerzo con la toalla antes de ponerse el preservativo.

Pau se echó en la cama riendo, intentando escaparse. En un instante él la agarró por la cintura y la
atrajo hacia sí de espaldas. Notó que le deslizaba la polla entre los muslos, frotándose con sus resbaladizas secreciones. ¡Dios mío, qué excitada estaba! Él se apartó, ajustó la inclinación y la penetró, con profundidad y seguridad.

Pau se inclinó hacia adelante y apoyó la frente en la cama, absorbiendo la sensación de la postura diferente. Entonces él bajó la mano y le buscó el clítoris.

- Quiero que te corras tú primero – le susurró, acariciándola mientras empujaba lenta y dulcemente -,
quiero sentir cómo me agarran tus músculos. Todo el cuerpo de Sammie temblaba, todas sus terminaciones nerviosas respondían a aquel ritmo insistente.

- No puedo... hacerlo por encargo – protestó.

- Sí que puedes. Sólo un polvete rápido. Córrete ahora.

Empujó más de prisa, acariciándola con dedos hábiles. Pau cerró los ojos con fuerza y sintió
acercarse la cálida marea del orgasmo. Unos segundos más tarde, tragó una enorme bocanada de aire y todo se tensó y se tensó y al final se relajó en profundos y crecientes espasmos. Pedro alcanzó el clímax un momento después que ella, soltando el aire sibilante entre los dientes y soltando después un largo gemido de satisfacción.


No hay comentarios:

Publicar un comentario