viernes, 12 de diciembre de 2014

CAPÍTULO TRECE — CENA TAILANDESA

Cenaron deprisa, ambos con muchas más ganas de devorarse el uno al otro que de comerse la excelente comida tailandesa para llevar que habían comprado por el camino de vuelta a casa de ella.

- ¿Podrías ayudarme antes con una cosa? – preguntó Pau, dejando el tenedor – Tengo unas cajas en el
asiento trasero del coche, y si las traemos entre los dos probablemente no tengamos que hacer más que un viaje. Quería hacerlo ayer por la noche, pero...

- ¿Pero estuviste muy ocupada con el sexo?

- Humm. Eran lo último que tenía en la cabeza.

- Bueno es saberlo – le dijo sonriente, agachándose a rascarle la cabeza peluda a Zorro mientras la gatita se frotaba contra sus piernas con la esperanza de que le diera algo más para cenar -. Vamos a ver si puedo distraerte igual de bien esta noche.

Pau ya estaba completamente distraída. Ver aPedro al otro lado de la mesa e imaginarse lo que muy
pronto iban a hacer había hecho que le subiera la temperatura de forma muy agradable, y sabía que en
cuanto él la tocara, bastarían unos segundos para que le ardiera todo el cuerpo.

- Esas cajas contienen todo lo que poseo en el mundo – bromeó, mientras servía vino de una botella recién abierta en las copas de ambos -. Vendí o regalé los muebles del abuelo y otras cosas. No tenía sentido quedármelos, puesto que voy a dejar el país. Esto son sólo cosas personales y libros. Recuerdos. Ray puede guardarme las cajas en su gran garaje mientras yo no esté. Debería haberlas dejado allí antes de irme.

Pau tomó un sorbo de vino, nerviosa. La noche pasada se habían incendiado espontáneamente y habían acabado en la cama en cuestión de minutos. Hoy era premeditado. Había estado deseando hacer el amor desde que habían salido de casa de Brian y Gaynor.

Sé honrada, Pau: desde que has salido de trabajar. ¿O desde que has almorzado con él?
Y habían hablado de ello camino de casa, excitándose deliberadamente el uno al otro. No tenía ni
idea de cómo habían logrado cenar civilizadamente sin arrancarse la ropa mutuamente.

Pedro ya se había quitado la chaqueta de cuero, pero ella estaba impaciente por quitarle el suéter de lana merina negra para poder acariciarle y besarle el pecho y los hombros, y por abrirle la cremallera de los vaqueros y bajárselos por las largas piernas...

- ¿Cuál es tu itinerario?Ella volvió a concentrarse en su reciente tema de conversación.

- Aún no tengo hecha ninguna reserva porque estoy esperando el pasaporte, pero puedes conseguir billetes para dar la vuelta al mundo que te permiten hacer escalas en muchos sitios. Tenía pensado Hawai para empezar, algún lugar donde se hable inglés, pero muy diferente de esto, y luego Hong Kong, y una escapada a China, aunque sólo sean unos días.

- ¿Y Mongolia Exterior? Pau no tenía ni idea de si le estaba tomando el pelo o hablaba en serio.

- Quizá – contestó – ¡Hay tantos sitios que me gustaría ver!

- ¿Y vas a ir sola?

- Pareces el abuelo. Pero conoceré a gente y haré amistades, y aceptaré trabajos temporales de vez en
cuando. No voy a estar sola. Pedro meneó la cabeza pero no hizo ningún comentario más sobre lo de viajar.

- ¿Y las llaves? – sugirió.

Ella tardó un momento en acordarse. Las llaves del coche. Las cajas.

- Ah, sí.

Buscó el bolso y sacó las llaves, y luego cogieron el ascensor y bajaron al aparcamiento.

- Yo llevaré dos y tú una – dijo Pedro, sopesando la primera caja y dejándola en el suelo de hormigón.

- Pero aún queda otra.

- Volveré a por ella mientras tú quitas la mesa. Pero cuando entraron en casa vieron que Zorro se
estaba encargando de eso con gran eficiencia. Había lamido los restos de salsa de sus boles y una pata peluda había arrastrado los últimos fideos Pad Thai fuera del envase. Sus ojos dorados les suplicaban que le permitieran disfrutar de la deliciosa salsa de pescado y de la gamba restante fuera de la mesa.

- ¡Fuera! – exclamó Pau, dejando en el suelo la pesada caja que llevaba.

- Déjala – dijo Pedro, dejando a su vez las suyas -, deja que disfrute de su recompensa. Nosotros vamos a disfrutar pronto de la nuestra.

La atrajo hacia sí y la abrazó, apretando el bulto de su entrepierna contra el hueco de sus muslos y
levantándola los brazos para ponérselos alrededor del cuello, poniéndole las manos en los pechos y finalmente besándola en los labios.

Pau sintió que caía y caía cada vez más profundamente en el peligro de un amor no deseado.
Por fin se separaron, sin aliento. Pedro notó que Zorro había terminado su tentempié y había huido al balcón para evitar represalias.

- Vete – dijo Pau, empujándole en dirección a la puerta -, corre. ¿Creía que necesitaba que le animara? De ninguna de las maneras: se había lanzado a esta aventura con ella de todo corazón. Ella se había convertido en la distracción ideal después de la decepción de la explicación de Brian sobre su madre desaparecida.

¿Una estudiante extranjera hacía treinta años? Imposible de rastrear, imposible de encontrar. Y para ser completamente honrado consigo mismo, Pau había captado una parte de su atención más
consistente de la que él hubiera esperado. Justo cuando no andaba buscando ninguna mujer, se había materializado alguien refrescante y nada exigente, alguien con quien le gustaría pasar más tiempo. Diablos, ya había compartido con ella el proyecto de su casa y no se había reído de él...
bueno, no demasiado. Tenía cerebro, además de un buen cuerpo, era pura dinamita en la cama y estaba decidida a dejarle.Eso ya se vería.

Pedro disfrutaba con los retos. ¿Cómo si no había pasado de ser un chico sin nada a convertirse en
propietario de un imperio de gimnasios de éxito en constante expansión, más que gracias a la ambición y a la determinación? Pau no tenía ni la más mínima oportunidad. Dándose una palmadita en el bolsillo para comprobar que las llaves de ella seguían allí, salió del ascensor a grandes zancadas, silbando.

Cuando regresó, Pau había apilado las otras cajas al lado del sofá, había empezado a llenar la bañera y había quitado y limpiado la mesa. La puerta del baño estaba abierta y salía vapor por ella.

Las burbujas amenazaban con derramarse por el suelo. Pedro dejó la última caja al lado de las demás.

- ¿Me vas a dar un baño de espuma? Pau salió trotando del dormitorio llevando dos
gruesas velas blancas. No sabía si sentirse ofendido o encantado.

- ¿Y me vas a afeitar a la luz de las velas? – esto mejoraba por momentos – Voy a acabar lleno de arañazos y sangrando. Necesitamos un espejo y espuma de afeitar o no vamos a poder hacerlo.

- Ya lo sé – dijo ella tranquilamente -, solía ayudar al abuelo a afeitarse cuando le temblaban las manos. No es ingeniería espacial.

Pedro sintió redoblar su expectación. De repente no veía la hora de estar los dos desnudos y dejar que ella le tocara. Y no sólo la cara.

- ¿Cierro el grifo?

- Ya lo hago yo – repuso ella, sonriendo y adelantándose. Puso las velas sin encender encima del
tocador y tocó un bote de espuma de afeitar que había en el estante de cristal de encima del mismo.

- Ésta debe ser del novio de Kelly. Estoy segura de que no notará que la hemos usado una vez.
Se movía por el apartamento bajando persianas, cerrando cortinas y bajando luces. Todo fue cobrando un aire privado y sensual. Incluso el blanco y brillante cuarto de baño parecía cálido e invitante con las luces del techo apagadas y el suave resplandor procedente del dormitorio.

- Gracias por subirme las cajas. Pedro extendió una mano y le apoyó un dedo en los labios, suaves y gruesos y ya sin brillo de labios, porque se lo había quitado antes con sus besos.

- Gracias por acompañarme a casa de mis horribles padres.

Ella le mordisqueó la mano.

- Intenta no sentirte amargado. Tú has salido muy bien.

- ¿Me estás provocando, señorita Chaves?

- No lo sé. ¿Lo estoy haciendo?

Le encantaba la expresión de inocencia fingida en sucrostro descarado.

- ¿A ti qué te parece esto? Empujó contra ella, haciéndole saber lo excitado que estaba, anhelando
agarrarla y atraerla hacia sí, pero disfrutando perversamente del hecho de que quisiera ser ella quien
marcara el ritmo de la noche y tener la última palabra.

Pau ladeó la cabeza.

- Pues que has salido muy bien y que estás excitado – dijo, poniéndole una mano en la entrepierna.
Pedro dio las gracias en silencio. Su bragueta estaba a escasa distancia, y esta vez ella le bajó la cremallera tan despacio que pronto estuvo dispuesto a suplicar.

Fue a quitarse el jersey.

- No, no, eso es cosa mía.

Volvió a dejar caer las manos a los lados y esperó que ella se diera un poco más de prisa. Pau se olvidó de sus vaqueros y se dedicó ahora al borde del jersey. Esto no iba bien. Ahora hubiera
deseado que hubiera seguido con los vaqueros. Pedro se estremeció mientras ella empujaba el suave
género de punto estómago arriba, haciéndole cosquillas y siguiéndolo con un reguero de besos. El rastro que dejaban sus labios sobre su piel en seguida hizo que cada centímetro de él se incendiara con el fuego de la anticipación. Cerró los ojos y disfrutó, y cuando el jersey le llegó a la altura del pecho levantó los brazos.

 - Nunca vas a llegar – dijo, tirando del jersey hacia arriba para quitárselo por la cabeza y los brazos, y luego lo lanzó en dirección a la habitación. Pau dio medio paso hacia atrás y se lo quedó
mirando. Pedro sabía que estaba en forma - diablos, dada su profesión tenía que estarlo -, pero verdaderamente esperaba que a ella le gustara lo que veía.

Vio como ella le miraba desde la cara hasta el pecho y luego desviaba la vista hacia los lados para mirarle los hombros, y después iba bajando por el tronco hasta los vaqueros. Menos mal que le había bajado la cremallera, porque de lo contrario a estas horas estaría condenadamente incómodo.

Ni alabanzas ni cumplidos, sólo una silenciosa afirmación con la cabeza. ¿O le había parecido ver un
brillo malicioso en sus ojos verdes? Con cierto esfuerzo, Pau logró desabrocharle los vaqueros y se los fue bajando lentamente hasta las rodillas, arrastrando al mismo tiempo los calzoncillos con
los pulgares. Todo eso sin hacer ningún comentario todavía.

- Los zapatos – dijo al fin. ¿Así que por fin le estaba permitido ayudar? Acabó de desnudarse mucho más de prisa. Pau extendió las manos para pedirle el resto de la ropa y se la llevó al dormitorio.

En cuanto regresó, él hizo ademán de cogerla.

- A la bañera – le indicó ella, mandona como una maestra de escuela.

- No pensé que se tratara de un acuerdo unidireccional.

- Y no va a serlo. Métete en la bañera.

Resultaba difícil no sonreírle. ¿Se creía que podía mandonearle, siendo la mitad de él? Metió un pie en la bañera llena de fragante espuma para probar el agua, le pareció bien y se acabó de meter. Luego se sumergió, se puso las manos detrás de la cabeza y esperó. Pau se fue, pero no por mucho tiempo.

Al cabo de diez segundos volvió con una de sus pesadas cajas. La dejó caer pesadamente en el suelo al lado de la bañera, le puso encima una toalla y fue a buscar una palangana a la cocina y un espejito que había visto apoyado en el mueble de cajones del dormitorio. Se dio la vuelta para llenar la palangana de agua caliente y dejó ambas cosas al alcance de la mano encima de la caja.

Luego dejó correr un poco de agua humeante en el lavabo y empapó y escurrió una toallita.

- Siéntate – le ordenó, y se arrodilló y empezó a lavarle la cara como si fuera un niño de seis años.

- Eh... – protestó él, intentando apartarse de la toalla caliente.

- No, es bueno para la piel. Abre los poros y hace que el vello se relaje. Estate quieto – le ordenó,
volviendo a empapar la toalla y poniéndosela encima de la cara -, vuelve a recostarte un minuto y déjala actuar.

- ¿Así que de verdad sabía lo que se hacía? Eso no se lo había esperado. Se sentía absurdo, como un
terrorista, con toda la cara tapada menos los ojos, pero estaba dispuesto a seguirle la corriente por si tenía razón. Una vez que la toalla se hubo enfriado un poco se la quitó y cogió el spray de espuma de afeitar. Se puso un puñado en la mano y se lo extendió cuidadosamente por la mandíbula, el mentón y el bigote.

El pulso de Pedro se aceleró al imaginarse a Pau como su propia esclava personal. Le habían hecho cientos de cortes de pelo y docenas de masajes, pero nadie le había afeitado jamás. Contuvo el aliento cuando ella se le acercó más, concentrándose en ponerle espuma allí donde la necesitaba.

- Levanta más la barbilla. Sus dedos le acariciaban el cuello y le hacían sentir como un gato recibiendo mimos. El peligro flotaba en el aire. La idea de ella empuñando una pequeña hoja afilada
apuntando a su garganta hizo que se le tensaran los huevos y que la polla le diera sacudidas.

Siempre había pensado que el riesgo intensificaba la emoción del sexo. ¿Acaso eso le devolvía a la huerta y a los juegos ilícitos a los que se había dedicado con ella a los dieciséis años?

El descubrimiento y el riesgo habían sido una amenaza constante entonces, aumentando su excitación e incrementando el deseo hasta unos niveles casi intolerables. Esta noche se sentía doblemente excitado, estimulado por la atmósfera mágica y por la provocadora dominación de Pau. Fuera lo que fuera lo que pasara después, él se apuntaba. Y tanto que se apuntaba.

Por fin ella se apartó, se enjuagó las manos y sonrió. Se inclinó y se bajó la cremallera de las botas.
Y justo cuando parecía que tenía intención de desnudarse, dijo “Ah, las velas”, y desapareció.

Pedro suspiró profundamente, volvió a recostarse en la bañera y se puso las manos detrás de la cabeza otra vez. Cerró los ojos y aspiró una profunda bocanada de aire tibio y perfumado. El fuerte ruido de una cerilla al encenderse le hizo abrirlos de golpe unos segundos más tarde.

Pau se concentró en las velas que había puesto encima del tocador hasta que las llamas ardieron de forma estable. Luego las acercó más a la bañera para que su cálido parpadeo y el perfume de vainilla contribuyeran a añadirle sensualidad al ambiente.

Por fin, por fin, respondió a los sueños de Pedro y empezó a desnudarse. Primero, la blusa de manga larga color crema que le había vuelto loco durante todo el día. La cremallera de la de ayer le había tentado más allá de lo razonable, pero hoy, con esta cosita de color crema flotando y revoloteando, le había parecido incluso más deseable.

Pau cogió el dobladillo, lo levantó mostrando su curvilínea cintura y se subió la blusa por encima del
sujetador. Pedro siguió sus manos con la mirada, tomando nota de todas las curvas y huecos. Se quitó las manos de detrás de la cabeza, listo para recibirla dentro del agua. Pau se quitó la blusa y se dio la vuelta para poder dejarla caer en el suelo del dormitorio. La luz de las velas trazaba sombras a lo largo de su columna vertebral y en la curva de sus caderas. Pedro tragó saliva, tan dispuesto a poner las manos en su encantador cuerpo que temía que su polla no iba a tardar en asomar a través de la espuma.

Ella se desabrochó los vaqueros y empezó a deslizárselas por las sedosas piernas. Él gimió anhelante
y ella le dedicó una ancha sonrisa enmarcada por sus hoyuelos. Unos segundos después no llevaba puestos más que un sujetador transparente y unas diminutas braguitas adornados con unas brillantes cintas cruzadas amarillo limón, albaricoque y blancas.

- Ay, la maquinilla de afeitar – murmuró, abriendo las puertas del armario del tocador y buscando en su interior. Pedro se inclinó y le apoyó una mano en la curva del trasero, se lo acarició a través de la fina tela y fue bajando por el muslo, ansioso por tocarla y atraerla más cerca.

- Me estás matando – gruñó -. Métete en la bañera. ¿Eso había sonado a desesperación? Mucho se temía que sí. Pero a él no le desesperaban las mujeres. Pau dejó la maquinilla encima de la caja al lado de la palangana y él meneó la cabeza ante su optimismo.

Sí, era un juguete rosa de chicas. ¿Cómo se le ocurría que fuera a poder con su barba masculina? Pero su atención volvió a desviarse al instante hacia Pau en cuanto se desabrochó el sujetador. La finísima gasa se separó de su piel cremosa y se bajó los tirantes por los brazos. El pulso de Pedro se fue acelerando a medida que sus pezones, medio ocultos, iban asomando para darle la bienvenida. Dios, era una mujer maravillosa. Hermosa, provocadora, juguetona. Y muy pronto iba a volver a ser suya.

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