- Pau.
Pedro salió de detrás de la puerta, la cerró y la abrazó. La inmovilizó contra la puerta, necesitaba volver a sentirla cerca. No había podido dejar de pensar en ella desde que se había marchado, como un grano de arena que le picaba y le rascaba y no paraba de recordarle que se había abierto una brecha en sus defensas.
Dios, qué dulce era. ¡Y trataba de zafarse de su abrazo! Le agarró los brazos, sujetándola para poder
besarla, pero ella giró la cabeza a un lado y sus labios resbalaron por su cuello y acabó hundiéndole la nariz en la clavícula, aspirando el dulce aroma de su piel suave.
- Espera, Pedro. ¿Qué demonios había ido mal? ¿La había dejado desnuda y ronroneando y ahora se había convertido en la princesa de hielo? La sospecha empezó a anidar en su cerebro.
- ¿Dónde estabas ayer por la noche? – preguntó, echándose atrás lo suficiente para mirarla a los ojos.
- En casa.
Una furia repentina se incendió a partir de la chispa inicial. Había supuesto que habría alquilado una película o habría ido a ver a amigos. Podía aceptar cualquiera de las dos cosas, pero no que le rechazara de plano.
- ¿Por qué no quisiste verme?
- Porque tenemos que parar esto.
Ni hablar, pensó él, excitado ya, deseándola ya tanto que le dolía.
- ¿Por qué? – preguntó.
- Te lo he dicho una y otra vez – repuso ella, respirando hondo, y sus senos empujaron contra su pecho, aumentando su deseo -. No voy a quedarme mucho tiempo aquí, voy a irme de viaje y no quiero involucrarme.
Él le lanzó una mirada mordaz.
- Ya te has “involucrado”. Ella desvió la mirada y se mordió el labio inferior. Te has traicionado por completo, Pau, eres un libro abierto para mí.
- Y yo también estoy “involucrado” – dijo, arrastrando las palabras -. ¿O es que esto no significa
nada para ti? – Le soltó uno de los brazos y le inclinó la cabeza hacia arriba, aguantándosela contra la puerta con una mano en el cuello para que pudiera volver a mirarle a sus expresivos ojos.
Ella le miró con los ojos abiertos de par en par, probablemente aterrada por su reacción extrema.
Apartó la mano, maldiciendo y musitando una disculpa. No tenía intención de asustarla, pero necesitaba resolver esto, la quería con él.
- ¿Crees que va a ser más difícil separarnos dentro de dos semanas, Pau? No podemos estar mucho más atados de lo que ya lo estamos ahora – le dijo, acariciándole la mejilla con la mano, incapaz de dejar de tocarla -. Ahora mismo quiero estar contigo y creo que tú sientes lo mismo por mí.
Pau cerró los ojos y le apartó. Pese a lo enfurecedor que era, Pedro se consoló al sentirla temblar. Decididamente estaba involucrada y reaccionaba a él con tanta fuerza como él reaccionaba a ella. ¿Era eso lo que necesitaba? ¿Reconocer que estaban en esto juntos?
- Ven conmigo a Sidney – la exhortó -. Te quiero allí un par de días mientras voy a visitar propiedades. Empieza tu viaje en un sitio fácil y con un amigo. Vio como levantaba las pestañas y fijaba sus ojos verdes en los suyos
- Te necesito allí con tu cuaderno de secretaria y tus zapatos sexy – intentó decirle.
Eso le arrancó a Pau una sonrisa reticente y al final se relajó un poco.
- No voy a andar kilómetros por Sidney detrás tuyo con zapatos de tacón. De todos modos no estás de suerte, porque aún no tengo el pasaporte y podría tardar una eternidad.
Pedro expulsó el aire lentamente. Vale, situación desactivada. Sin embargo, aún tenía que trabajar en ello.
- ¿Así que más me vale no cerrar la puerta y tumbarte encima del escritorio hoy?
- Exactamente – concedió ella, poniéndose de puntillas -, esto es todo lo que vas a conseguir – dijo, rozándole los labios con los suyos y dándose la vuelta para salir.
La dulzura de su repentina capitulación casi le derriba.
- Eh – murmuró, con la guardia bajada y muy aliviado -, un solo día lejos de ti y ya te estoy suplicando. Esto no es bueno. – Tiró de ella y ella apretó la cara contra su pecho, evitando cualquier otro contacto con sus labios.
Su olor flotaba alrededor de él como la luz del sol. Pedro la acercó más y más a sí, hasta que no sintió nada más que un ardiente deseo y la desesperación de necesitar mucho más de lo que ella parecía estar dispuesta a dar.
Finalmente, su móvil les separó. Gruñendo, lo cogió y miró la pantalla antes de contestar.
- Glen – dijo, acariciándole un pecho a Pau antes de que ella se apartara. - ¿Cómo se perfila lo de Sidney?
¿Alguna otra noticia de Rod?
Pau se deshizo del abrazo de Pedro y abrió la puerta del despacho. La mañana no estaba yendo según lo planeado, pero ahora se sentía efervescente como si estuviera llena de champán de la cabeza a la punta de las zapatillas.
(Me desea tanto como yo a él. El sexy Pedro aún no puede quitarme las manos de encima. Quizá podría tenerle tres semanas más si quisiera.)
Saberlo la llenó de deliciosa confusión. Se apresuró a llegar a la sala del personal, agradeciendo el momento de tranquilidad para ponerse una capa de brillo de labio glarse el pelo. Sirvió un café para Pedro y otro para ella y dejó el suyo camino de su escritorio. Él recorrió su cuerpo con la mirada al acercarse, le cogió la mano y le mordisqueó la cara interna de la muñeca una vez que hubo dejado el café.
Intentó soltarse. No debería haberle besado si quería que pareciera que hablaba en serio al decir que no quería seguir con su aventura, pero no había sido nada, sólo un piquito rápido y suave. Eso era todo lo que ella había querido. Los ávidos ojos de él y su firme apretón le demostraban que él se lo
había tomado como algo mucho más serio.
- Sí, exacto – le dijo a Glen.
Sus dientes le daban una sensación increíble en la piel, y ahora su lengua había empezado a darle lametones y a deslizarse por encima del punto donde las venas discurrían cerca de la superficie. Sentía latir el pulso de él y no necesitó mucha imaginación para desplazar esa caricia húmeda mucho más abajo. Pau apretó los muslos, pero la sensación no hizo más que aumentar.
- Hummm. Hummm – le dijo él a Glen, con la voz amortiguada contra la carne de ella y los ojos clavados en los suyos, intensos e inquietantes.
- Te lo diré en cuanto lo sepa -. La soltó y Pau huyó rápidamente de su despacho, con la sensación de que le salía vapor a presión por todos los poros.
A través de la gran pared de cristal, el grupo de aeróbica de Heidi saltaba y se balanceaba. Pau bebía sorbos de café y golpeaba el escritorio con la otra mano siguiendo el ritmo carnal de la música. Intentó pensar en cosas que la tranquilizaran, pero fracasó estrepitosamente.
Él la deseaba. Lo había dicho. Ella era algo más que una conquista rápida para él, más que un curioso escarceo en su pasado en común. Su corazón se hinchó al pensar en las próximas semanas. Sin pasaporte, no iba a poder ir a Sidney, y probablemente eso estaba bien. Pensar en el futuro, en el momento en que tendría que dejarle, era algo que ahora no estaba lista para afrontar. Pero saber que él la deseaba... la hacía sentir muy bien.
Dejó el tazón de café vacío y se concentró en crear un nuevo folleto para Body Work. No bromeaba cuando le había dicho a Pedro que la taquigrafía era parte de su formación como periodista. El repentino derrame cerebral que había sufrido el abuelo la había obligado a volver a casa y a trabajar con horarios fijos, así que tuvo que conformarse a regañadientes con utilizar sus habilidades organizativas para convertirse en una asistente personal de primera categoría.
Ahora tenía la oportunidad de aplicar su talento como escritora y diseñadora a algo a la vez útil y
agradable. Contestó a llamadas, saludó a clientes, se distrajo demasiado a menudo pensando en Nick y fue distribuyendo las piezas de su proyecto.
- ¿Trabajando duramente? – preguntó Anita, avanzando hacia el escritorio en su chándal color crema,
envuelta en una nube de Ysatis. Pau levantó la vista sorprendida y miró la hora en la esquina de la pantalla. Eran casi las once. Había estado tan absorta que casi dos horas habían pasado volando.
- Ven a ver – invitó a Anita, haciéndole señas de que pasara al otro lado de la mesa para ver la pantalla. – Me pregunto si debería poner la prueba de “Zumba” gratis aquí como servicio o aquí, en la barra lateral. ¿Y quizá cambiar de sitio la mención de la facilidad de aparcamiento y ponerla más abajo? ¿O crees que es lo bastante importante como para dejarla arriba de todo?
- Hablando de lo que es importante – dijo Anita, hurgando en su mullido bolso de cuero y sacando un brillante paquetito de plástico –, un mensajero ha entregado esto cuando estaba a punto de salir de casa, creo que debe ser tu pasaporte – tocó los bordes para comprobar el tamaño del contenido antes de entregárselo -. Sí, definitivamente es tu pasaporte.
- Es precisamente lo que estaba esperando – murmuró Pedro detrás de ellas.
- No puedo ir – insistió Pau por encima del hombro.
- Sí, ahora sí que puedes.
- ¿Qué es lo que puedes o no puedes hacer? – preguntó Anita, mirándoles a ambos, con el radar en alerta máxima.
- Venir conmigo a Sidney un par de días – dijo mirando con sus oscuros ojos y su sonrisa más sexy a la susceptible Anita.
- ¡Qué suerte tienes, chica!
- No puedo ir. Tengo que darle de comer a Zorro.
- ¿La gata? Yo podría ir a darle de comer, ahora que ya he estado en el apartamento y ya la conozco.
Pau gruñó molesta.
- ¿Cuándo os vais? – insistió Anita.
Pedro sonrió.
- En cuanto mi asistente personal pueda hacer las reservas. Por favor, Paula, ocúpate de ello. Preferentemente, el primer vuelo directo de Air New Zealand del lunes o el martes. – Levantó una mano a guisa de despedida y bajó corriendo las escaleras con una sonrisa triunfante en su hermoso rostro.
- ¡Mira lo que has hecho ahora! – exclamó Pau, fulminando a Anita con una mirada feroz. Anita abrió los ojos de par en par. Evidentemente, la mirada no estaba surtiendo efecto.
- ¡Pero si es un chico maravilloso! Yo en tu lugar le sacaría todo el partido que pudiera.
- ¿Y una vez que esto haya acabado vas a ser tú quien le ponga parches a mi corazón partido? – preguntó Pau en voz lo suficientemente baja como para que nadie más la oyera –Sí, está muy bueno, pero todas las mujeres de la ciudad piensan lo mismo. No me interesa la competencia.
Anita parecía parcialmente compungida y evitó la ira de Pau diciendo: - ¡Oh, cielos, si ya debería estar lista! - y se fue corriendo a cambiarse, sin duda para ponerse los leggings más caros que había podido encontrar y una camiseta nueva de marca.
Pedro iba silbando al andar. No tardó más que unos minutos en llegar al puerto y a los muelles. Caminaba a grandes zancadas aspirando el aire fresco, intentando poner en orden sus ideas dispersas. Éste era su lugar favorito para pensar. Aquí o en el gran Bowflex, haciendo trabajar su cuerpo y haciéndolo sudar. Pero allí le interrumpían a menudo, era algo normal en ese lugar, así que el puerto era mejor, y esperaba que la brisa salina disipara la maraña de telarañas de su cerebro.
Volver a tener a Pau en sus brazos le había asustado estúpidamente y al mismo tiempo había calmado
su furiosa incertidumbre. ¿Qué tenía esta mujer que la hacía tan diferente a las demás, hasta el punto de que estaba dispuesto a renunciar a su principio atávico según el cual siempre eran las mujeres las que tenían que perseguirle?
Por mucho que intentara convencerse de que era ella quien había dado el primer paso con su traje provocador y sus zapatos sexy, sabía que el hecho de haberse presentado en su apartamento con la botella de vino había sido el verdadero punto de partida. Él había hecho saltar la chispa de la atracción inicial hasta que prendió la llama. Ella era especial, incluso desde mucho antes de enterarse de quién era.
Respiró hondo y volvió a expulsar el aire, escuchando cómo rompían las olas en los pilares, la
sirena de un remolcador lejano, el ronco repiqueteo del motor de un barco al alejarse de un muelle cercano. ¿La necesitaba en Sidney? Para ser honrado, podía arreglárselas sin ella. ¿Pero la quería allí con él? Ésa era otra cuestión, una cuestión completamente diferente.
La idea de ser él quien le enseñara el primero de los países que tantas ganas tenía de visitar le placía
inmensamente, y la perspectiva de su compañía – durante un par de días seguidos – le parecía aún mejor. Enterarse de que ya tenía pasaporte le había alegrado la mañana. Pero... todavía estaba el gran problema de su propia identidad. Apartó la mirada del animado puerto, suspiró profundamente y se miró las puntas de las botas mientras andaba por el paseo. Aún no tenía ni idea de cómo le habían “adoptado” Brian y Gaynor y esto le corroía y le consumía sin cesar. Peor aún, no tenía ni idea de cómo avanzar en la solución del problema. ¿Por dónde empezar al cabo de treinta años?
Aceptaba que era hijo de una chica extranjera que había ido a recoger fruta. Brian no tenía ningún motivo para mentir a este respecto si la chica estaba de paso por allí y no era probable que volviera a aparecer. Su anterior “padre” podía haber sido el mayor bocazas de la ciudad, pero Pedro le conocía desde hacía el tiempo suficiente como para saber cuándo estaba diciendo algo parecido a la verdad.
Entonces, ¿quién era su padre biológico? ¿Otro recolector de fruta que estaba de paso? ¿El hijo del
propietario de una huerta? ¿O su madre, embarazada, había huido de su país de procedencia para ocultar el hecho de que ya estaba esperando un bebé? ¿Esperaba darlo en adopción y poder así seguir con su vida impunemente?
¡Jesús! Se golpeó repetidamente la palma de la mano con el puño de la otra mientras seguía andando. Ya llevaba una semana pensando en esto, una semana que le había dado la vuelta a su vida como a un guante. Lo único bueno que le había pasado esta semana era Pau, y parecía decidida a marcharse.
El móvil interrumpió sus cavilaciones. Se sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta y ahí estaba ella.
- Pedro, he estado mirando vuelos para ti.
- Para nosotros.
Se quedó un momento en silencio y luego siguió hablando.
- No puedo conseguirte plaza en ese vuelo directo de la mañana temprano hasta el jueves. Hay uno con escala en Auckland, pero tarda más horas.
- ¿El jueves? Maldita sea, no. Hacer escala en Auckland es una lata.
- Hay un vuelo el domingo a última hora de la tarde, pero quizá sea demasiado pronto, ¿no?
Se quedó pensándolo unos segundos.
- ¿Tú podrías viajar el domingo si tu cuñada se encarga de la gata?
- Tendría que preguntarle a Tyler si le parece bien, pero... sí, supongo que sí.
Lo dijo de mala gana, pero al menos había accedido. Le embargó una sensación de triunfo.
- Entonces confírmanos las reservas para el domingo y yo reservaré el hotel en cuanto vuelva, dentro de media hora.
- Puedo hacerlo yo.
- No – Pedro sabía adónde quería llevarla –, déjamelo a mí, tú piénsate lo que quieres llevarte de
equipaje. Va a hacer más calor que aquí. Ropa de trabajo para las reuniones en la ciudad, algo informal para hacer turismo y algo para dejarme boquiabierto a la hora de cenar. Voy a llamar a Rod para ver si está libre el lunes – se quedó callado, dio unos cuantos pasos más y luego añadió: - De hecho, espérate para lo de los billetes. Vuelvo en seguida. Deja que hable antes con Rod y luego reservamos el paquete.
Colgó el teléfono y se quedó mirando al mar, intentando no sonreír como un niño en Navidad.
Sidney y Pau. Sol, mar y sexo... y con suerte la primera de sus propiedades en Australia también.
Pau se escabulló para almorzar un poco tarde y dio vueltas por las tiendas en busca de una bata nueva.
Se imaginaba que no iba a llevar ropa para dormir en Sidney, pero ya hacía tiempo que tenía intención de comprarse una bata mucho más fina que su vieja y cómoda bata de invierno, algo que no ocupara espacio en la maleta, pero que la tapara convenientemente. Cuando encontró aquella cosita de seda de color canela con volantitos de puntilla por encima de la rodilla y bordeando el generoso escote, de alguna manera lo de “tapar convenientemente” ya no le pareció tan importante. Se llevó la brillante bolsa de lencería derechita al coche para evitar las preguntas de las chicas de Body Work.
Se pasó el resto del día medio emocionada y medio horrorizada. Al menos iba a viajar. Y con Nick. No podía negar que iba a estar bien eso de tener compañía, y que sería fantástico ir en su compañía. Pero eso sólo haría que se enamorara aún más de él, y ya estaba peligrosamente coladita. Hacía menos de una semana que le conocía... bueno, más de una década, dependiendo de cómo se mirara.
Pero claro, un amor adolescente no contaba, ¿no? No contaban aquellas cosas pícaras que casi había hecho pero no del todo en el almacén de los aperos, ¿verdad? Ahora que conocía mejor a Pedro y le veía con ojos de adulta, estaba claro que tenía un lado sensual muy bien desarrollado. Diablos, lo tenía todo muy bien desarrollado. El chico que quería tocar y explorar se había convertido en un hombre que daba y tomaba placer de una forma tan natural como respiraba.
Había despertado unos apetitos tan insospechados y atrevidos en ella, que estaban latentes, listos para florecer en ardiente pasión con el estímulo adecuado. Cerró los ojos un momento, imaginando la noche que iba a seguir. Ninguno de los dos iba a refrenarse. Salió de su ensueño al oír a Rick gritar “¡Noche de póquer!” subiendo a la carrera las escaleras cargado de cervezas y aperitivos.
- ¿Y quién va a jugar? – preguntó Pau, levantándose de su asiento para recoger un par de paquetes que se le habían caído al suelo.
- Pedro, el marido de Tyler, otro compañero y yo – dijo sonriendo confiado –, y esta noche les voy a dejar limpios.
- ¿Aquí?
- En el despacho de Pedro.
Y así de rápido, sus fantasías se desvanecieron como el humo.
holaaaaa volvi 4 cap que espero que les gusten y comenten , sus comentarios son importantes , quiero agradecerle a la genia de @florverriJS que me ayudo con estos caps mientras se me complicaba con el cole , quiero decirles que faltan 5 capitulos, mas el epilogo y tratare de terminarla la semana que viene, luego empezare algo nuevo con @florverriJS que despues les cuento gracias por leer, buenas noches <3
Muy buenos caps! Espero que ella x fin deje sus dudas de lado ...mimiroxb
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