viernes, 12 de diciembre de 2014

CAPÍTULO QUINCE — LOS DIARIOS


Así que era por eso por lo que casi llega tarde y por lo que ella sentía de vez en cuando alguna punzada en su bientrabajado cuerpo, para ser honrada. Y también era por esto por lo que tenía que librarse de este trabajo lo antes posible. Tenía que alejarse de Pedro o iba a dar al traste con todos sus planes.
Había esperado mucho para ser libre y ahora se debatía en las arenas movedizas. Si él le sugería que se quedara, sabía que estaría más que dispuesta a hacerlo, y todas sus esperanzas y sueños largamente acariciados quedaríanreducidos a nada, aparcados. Claro que él no lo haría. No el Señor Endiabladamente Sexy Te tendré Cuando Me Dé La Gana Pedro Alfonso .
Suspiró mientras dejaba el bolso en la taquilla. Suvulnerable corazón se quedaría hecho trizas cuando ledejara. Y cuanto más tiempo se quedara, más desgarrada y destrozada iba a sentirse. Pero tienes que irte, Paula. Te está utilizando como diversión en nombre de los viejos tiempos, o para apartar su mente de este desagradable asunto de la adopción. Huye de esto.
La mañana fue pasando, aunque había mucho que hacer.Había creído que el hecho de que Pedro no estuviera, llamándola para que acudiera a su despacho o apareciendo a sus espaldas y masajeándole los hombros oinvitándola a almorzar fuera, haría que le resultara más fácil concentrarse. Se equivocaba. Se pasó la mañana esperando verle, deseando verle, con la ridícula esperanza de que cambiara su vuelo para regresar antes. No, Paula, tienes que alejarte de él y necesitas una distracción para dejar de pensar así. Evan, el contratista, llamó por teléfono una vez, con una larga y confusa consulta acerca de las encimeras degranito de la cocina y una pregunta bastante intencionada sobre cuándo iba a volver a visitar la obra. Paula lerecomendó que se pusiera en contacto con el diseñador de cocinas en cuanto pudiera, y tuvo la clara impresión deque le había estado haciendo perder el tiempo y que no necesitaba hablar con nadie en absoluto. Aún faltabansemanas para que montaran la cocina. Llamó a Anita.
- Hola, ¿qué tal tu resfriado?- Mucho mejor, querida. Fue desagradable, pero almenos fue rápido.- Bueno, ¿te gustaría traer a Ray y a los niños a cenar a mi apartamento? Va a ser una cosa informal.- Mientras sea pizza comerán cualquier cosa.- Yo estaba pensando en comida tailandesa...- Estupendo para nosotros los mayores, pero Josh y Charlie arrugarían sus traviesas narices.- No pasa nada, también puedo comprar pizza.- ¿Cuándo pensabas hacerlo?- Cuando os vaya bien.- Mañana no. Ray estará fuera, en Christchurch, hasta bastante tarde.Paula se imaginaba a Anita pasando su cuidado dedo por el calendario de gastronomía francesa de lapared de la cocina.
- El sábado tampoco. Vamos a cenar con unos amigos en El Delfín. Y el lunes tampoco, porque hay una velada de padres en el colegio de Charlie...- ¿Y esta noche? – la interrumpió Paula, sin demasiadas esperanzas de que estuvieran libres.- ¿Esta noche? Sí, esta noche nos va pero mañana hay cole, así que no tiene que ser demasiado tarde.- No, a mí también me iría bien acostarme temprano. Después de haber dormido tan poco estas dos últimas noches.- ¿A las seis en punto? Si quieres traemos nosotros la pizza.- Se supone que os invito yo – protestó Paula – para agradeceros vuestra hospitalidad.- Puedes agradecérnoslo con la comida tailandesa. Si los chicos eligen la pizza no habrá jaleos por culpa deingredientes equivocados, y también traeremos vino para celebrar tu nuevo trabajo.
Paula cerró los ojos.- A este paso va a ser más una invitación vuestra que mía. Y no es más que un trabajo temporal. De hecho, podría ser más temporal de lo que había pensado.- Paula, ¿pasa algo malo?Paula sonrió al notar el tono maternal en la voz de Anita. ¡Cuánto tiempo hacía que no escuchaba ese tono depreocupación en una figura maternal! Su madre había muerto hacía casi doce años, y al poco tiempo murió suabuela de tristeza. Silvia, la asistenta y amiga de su abuela, también desapareció entonces de su vida, ydespués de eso el abuelo y ella se quedaron solos y ella había sido la madre en los últimos años de esa relación.Exhaló un suspiro de exasperación.
- No, no exactamente. Quizá algo incómodo. Resulta que conocí al jefe años atrás.- ¿Tuvisteis una aventura? – preguntó Anita, propensa al cotilleo.- ¡Anita! Yo tenía trece años. No, claro que no.- ¿No era ese chico delicioso de pelo oscuro queestaba tan pegado a ti?- Seguro que lo estaba. Le advertí que no lo hiciera.- Pues lo estaba. Se separó cuando Heidi y yo volvimos de dar una vuelta por el gimnasio, pero le vi a través del cristal.- Ya no es precisamente un chico.- ¿Así que es él?Ahora desearía no haberlo mencionado nunca.- Sí, es él, y preferiría que no lo fuera, así que creo que voy a ponerme en contacto con la agencia de empleotemporal para que encuentren a otra persona y así todo se va a arreglar perfectamente.
- ¿Y es por él por quien te arreglaste? – insistió Anita.- Sí, pero eso era psicología de los negocios. Queríamos parecer muy profesionales e intentar cambiar las cosas en un trato en Australia.- Hummmmmm.Había tanta especulación en su voz que Paula se apresuró a zanjar la cuestión.- Me tengo que ir. Nos vemos alrededor de las seis – y colgó el teléfono.Después de almorzar, respiró hondo y se puso en marcha. Rebuscó en los archivos hasta encontrar los currículums de las personas que habían presentado solicitudes para el puesto de Tyler. No se sorprendió al ver que Julie había sido la mejor candidata: sus habilidades eclipsaban las de los otros cuatro de la restringida lista, pero Julie se había ido y había dejado a Pedro en la estacada. Decidió no leer todos los expedientes de cabo a rabo e intentó imaginarse a cada uno de los candidatos haciendo el trabajo. Una chica llamada Clare tenía todas las habilidades necesarias, pero la foto de ella sonriente grapada en la esquina mostraba un cara ancha, una papada y unos hombros rechonchos, y por muy injusto que pudiera parecer, Body Work necesitaba a una persona en contacto con el público que diera una imagen del negocio. Perdona, Clare. ¿Tal vez Tyler podría ayudarla? En un impulso llamó al hospital.- Hola. ¿Qué tal va la maternidad, ahora que ya llevas un día más como madre?- ¡Paula, es maravilloso! Es tan mona que no puedo creer que sea mía. ¿Y a ti cómo te va todo?- Todo bajo control, sobre todo porque hoy Pedro está En Auckland.Vaciló sólo una fracción de segundo más de lo necesario y la perceptiva Tyler preguntó:- ¿Pero?- Sí... hay un pero y es un gran pero. No puedo quedarme aquí, necesito encontrar a alguien que me sustituya.- Yo creía que habías encajado muy bien.Paula se preguntó cuánto debía contarle. Justo lo necesario, esperaba.
- No es por el trabajo, es por Pedro.- ¿Es que no os entendéis? Se le escapó una risita triste.
- Sí, sí que nos entendemos, pero es que resulta que le conocí cuando éramos adolescentes y eso está haciendolas cosas resulten difíciles. Tuvimos una pequeña aventura y eso lo complica todo. No quiero volver a resucitarlo.
- ¿Y él sí?Dejó escapar un gran suspiro.- Tal vez para divertirse un poco y para quitarse dela cabeza a su horrible familia, pero no en serio, eso no. Y yo no estoy para eso, porque tengo que irme y ver todos esos sitios que soñaron papá y mamá y nunca lograron visitar.
- ¿Tú y Pedro? – preguntó con cautela.- Hace años, y nunca fue gran cosa, quiero decir que nunca fue nada de nada, pero pudo haberlo sido si yo hubiera sido mayor.Maldita sea, esto no era lo que yo quería decir.- Ni siquiera le había reconocido el lunes – añadió -. Ha cambiado un montón.
- Apuesto a que siempre ha sido guapísimo.- ¿A los dieciséis años? No era ni mucho menos tan alto ni tan fuerte como ahora, ni tenía esos modales, pero tenía una especie de encanto melancólico y agriado.
- Y todavía lo tiene.- Tal vez sí – admitió, y cogiendo un bolígrafo del escritorio siguió hablando rápidamente -, pero no puedo quedarme en Body Work o esto me va a estallar en las narices. He estado buscando en el archivador de los currículums donde estaba también el de Julie. ¿Había algún otro que pudiera servir?
- ¡Ni lo pienses! – chilló alarmada Tyler -. No, no lo había. Pedro y yo les entrevistamos a los cinco. Los dos siguientes que parecían mejores lo parecían sobre el papel, pero carecían de personalidad. Se necesita un poco de vitalidad para liderar este sitio.
- ¿Así que es mejor que busque a otro sustituto?- Me temo que sí.Paula decidió que había llegado el momento de cambiar de tema.
- ¿Ya le habéis encontrado un nombre a tu preciosa hija?
- No, parece que no vamos a llegar a ninguna parte – dijo Tyler, riéndose feliz -. A mí me gusta Georgia, a Cam le gusta Sophie y mamá quiere que se llame Charlotte.
Se oyó otra voz de fondo.- ¿Tienes visitas?- Sólo mamá, que acaba de llegar.- Entonces te volveré a llamar – dijo, ala excusa para terminar la conversación.Su móvil emitió un sonido desde el cajón de arriba del escritorio.
- TE ECHO DE MENOS.Hundió la cara entre las manos, porque no quería que él la echara de menos, ni que le mandara mensajes de texto, ni que hiciera que las cosas resultaran más difíciles de lo que ya lo eran. Se le había acelerado el pulso sólo con este mínimo contacto. Estúpido pulso. La cena fue bien y los chicos se inventaron juegos para Zorro con cuerdas, acechando y persiguiendo trozos de croquetas.
- ¿No podríamos tener un gato, mamá? – suplicó Charlie.
- Yo quiero un perro – intentó engatusarla Josh.- Bueno, quizá podríamos pensar en un pequeño caniche mono, ahora que no estamos en Nueva York.
- ¡Mamáaa! – gritaron a coro los chicos, indignados. Ray sonrió ante su reacción.
- ¿Y un labrador negro bien grande?- ¡Yupi, papá!- De verdad, Ray...Paula les miraba, les escuchaba y se reía. Como Ray era diez años mayor, nunca había tenido hermanos ni hermanas con los que interactuar de esta forma. Nunca había sido parte de un grupo familiar normal. Parecía como si hubiera encontrado uno precisamente cuando planeaba dejarles atrás.- Mañana empiezo el Pilates – le confió Anita -. A las once en punto. Heidi me ha dicho que sólo necesito una camiseta larga y unos leggings. ¿Es eso lo que lleva todo el mundo? ¿No llevan chándal? Paula se acordó del chándal color crema evidentemente nuevo que Anita se había comprado.
- Puedes llevar chándal para ir y volver del gimnasio, pero no lo vas a llevar durante la clase. Algunos parece como si los acabaran de sacar de la percha -. Se dio cuenta de la cara de decepción que ponía Anita y añadió: - Sólo necesitas estar cómoda. Unos leggings de lycra y una camiseta grande hasta que estés en forma y luego ya podrás dejarles a todos con la boca abierta con un pequeño sujetador deportivo.
- Bueno, bueno, no sé – dijo Anita, sonrojándose y pensando en la imagen final. Ray carraspeó, probablemente pensando en lo mismo.Una vez que sus visitas se hubieron marchado, Paula arrancó la descolorida cinta de una de las cajas que había traído del coche, la que llevaba la etiqueta que decía “diarios”. Llevaban años guardados, desde los tiempos de la huerta. La abuela había documentado su vida con regularidad, pero hasta ahora Paula no se había sentido libre de leer los resultados. Esta noche tenía tiempo y ansiaba saber más acerca de las cosas de la familia. Suponía que el abuelo los había empaquetado hacía años. Como todo lo que hacía, todos estaban ordenados.
Los más antiguos estaban encima de todo, esperándola. Se quitó los zapatos y se acomodó en el sofá. Abrió la tapa de piel roja y sonrió al ver la cuidada letra redondeada de la abuela, la misma letra que adornaba todas las felicitaciones de cumpleaños de sus primeros dieciséis años de vida.9 de diciembre de 1950. Ayer me casé con mi querido Erik. Estaba muy guapo con su traje de novio. Alto, rubio e inequivocablemente sueco. Nos dirigimos a la Bahía de las Islas para pasar la luna de miel. Esta noche estamos en el Gran Hotel de Auckland. Estoy sentada en la cama escribiendo y sin duda aplastando la colcha de chenilla de color verde oliva.Resultaba fácil imaginarse la habitación pasada de moda, probablemente con muebles de Formica brillante, que por aquel entonces eran el último grito. Pau se arregló los almohadones para hacerse un nido más cómodo y se hundió alegremente en el pasado. 14 de enero de 1953. Tras varias decepciones, por fin voy a ser madre. Erik espera que sea un chico, por supuesto, pero vamos a tener que esperar y ver lo que Dios nos manda. Siguió leyendo acerca de los controles prenatales y de otras amigas que también estaban embarazadas, y delos tiernos cuidados que le dispensaba el abuelo. 5 de septiembre de 1953. Penelope Jane ha llegado un poco antes de lo previsto, pero está sana. Los médicos parecen preocupados por toda la sangre que he perdido, pero nada puede disminuir la alegría que siento ahora que tengo a mi bebé en brazos. Paula sonrió al pensar en su felicidad y se preguntó si no sería ése el origen de la frágil salud de la abuela. Pero por fin podía enterarse de algo más acerca de su madre. Las cosas que le hubiera gustado preguntar y que le habían sido arrebatadas a lo mejor podría encontrarlas aquí.
19 de marzo de 1965. Penny ha entrado a formar parte de la Asociación de Guías. Se está convirtiendo en un marimacho y espero que la compañía femenina la ayude. No, no funcionó. Su madre siempre había trabajado codo con codo con su padre. Prácticamente parecían siameses. Si había que talar árboles o pintar tablones – o construir barcos -, ahí estaba también mamá para hacerlo.Sus padres habían sido los mejores amigos del mundo, además de marido y mujer, y Paula sabía que ella nunca había formado parte de su alianza dorada.Bostezó y miró el reloj. ¡Las once pasadas! Había estado tan fascinada leyendo acerca de los primeros quince años de matrimonio de sus abuelos y de los primeros años de vida de su madre que había perdido la noción del tiempo. Miró dentro de la caja. Aún quedaban un montón de diarios. “Gracias, abuela”, susurró al levantarse, y fue a desnudarse para ir a acostarse. Su móvil emitió un sonido.
¿PUEDO PASAR? ¿Así que había aterrizado y tenía ganas de jugar? Ignoró el mensaje durante unos minutos, pero luego le entró el pánico al pensar que simplemente podría aparecer en su puerta. NO, le contestó con un mensaje de texto, con el corazón en un puño, odiándole por obligarla a actuar de forma tan despiadada y odiándose a sí misma por rechazarle.A la mañana siguiente llegó a trabajar a las ocho y media, acorazada con unos pantalones vaqueros y el polo que llevaba el primer día, decidida a abordar el tema de su reemplazo. La primera clase de step jadeaba y golpeaba detrás del cristal, con las brillantes camisetas manchadas de sudor. Cruzó corriendo la sala del personal, guardó el bolso y la chaqueta y puso en marcha la máquina del café. La puerta de Pedro estaba cerrada. ¿Una llamada confidencial? ¿O aún no había llegado? Nada más sentarse a su mesa, oyó el sonido que indicaba la llegada de un correo electrónico.“Paula”.Así que estaba allí. “Estoy haciendo el café” le contestó con otro correo. No tardó mucho en contestarle. “Te necesito ahora”. Pau expulsó el aire y se frotó el cuello al levantarse. Esto no iba a resultar fácil. La manilla giró bajo la palma de su mano húmeda, la puerta se abrió y las bisagras emitieron un chirrido largo y lento. Pedro no parecía estar a la vista. Dio dos pasos inciertos en el despacho.- ¿Pedro?

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