jueves, 18 de diciembre de 2014

CAPÍTULO DIECINUEVE — SALVADA DE LAS GARRAS DE EVAN

Llegaron a casa el miércoles. Evan Greerson llamó dos veces esa tarde y una vez más el jueves por la mañana. Llamadas para perder el tiempo, porque cuando Pau le preguntó si quería hablar con Pedro, de repente no era urgente, no había que preocuparse y no era necesario molestarle.

Bueno, vale. Y de todos modos los planos del arquitecto contenían las respuestas que necesitabas.
Pero, para no agitar las aguas, Pau mantuvo la calma, contestó amablemente e intentó no permitir que aquella voz inoportuna la pusiera nerviosa.

- Sospecho que tienes razón en lo que respecta a tu contratista – le dijo a Pedro mientras le hacía un masaje en su apartamento el jueves a la hora del almuerzo -, se cree que es un don de Dios, ¿verdad?

- ¿Te ha molestado?

Le encantó la forma en que su voz se había endurecido y su expresión se había hecho más afilada,
como si se hubiera preparado al instante para salir en su defensa. Algo improbable dado que yacía tendido boca abajo encima de un par de toallas, untado en aceite y pareciendo más dispuesto a devorarla que a ahuyentar a cualquier competidor. ¡No tenía muchas esperanzas de volver a Body Work a la hora que le correspondía!

- No, no exactamente – dijo Pau, poniéndose en cuclillas entre sus rodillas y masajeando los largos y
fuertes músculos de sus muslos. Le deslizó los pulgares hacia arriba, hasta la ingle, y le rodeó los testículos, arrancándole un gruñido de frustrado placer.

- Calma, muchacho – dijo, disfrutando con su reacción -. Pero a veces Evan llama para preguntar cosas inútiles. Tal vez sólo sea una excusa para hablar con alguien que no sea Brendan.

- Tal vez sólo sea una excusa para hablar contigo.

- Bueno, es que yo soy más guapa que Brendan.

- Y tanto – dijo él, acariciándole los hombros y tirando de ella hacia abajo, hasta que tuvo sus pechos a la altura de los labios -, Brendan no tiene nada de esto. 

Pau suspiró cuando él le pasó la lengua por los pezones, chupándoselos enérgicamente y
mordisqueándoselos con ternura. ¿Cómo iba a poder dejarle? ¿Cómo iba a poder irse de viaje, ahora que había encontrado a alguien tan maravilloso? Y... ¿cómo podía abandonar el sueño de sus padres
por una aventura con un mujeriego adicto al trabajo? Había admitido que era motivado y ambicioso y que tenía planeado escalar la carrera de los negocios durante ocho años más por lo menos. “Trabajar como un demonio hasta los treinta ocho años o así”, eso era lo que le había dicho en Sidney. 

Esas palabras se le habían quedado grabadas en el cerebro desde entonces. Y en lo que a las mujeres se refería, en lo que a ella se refería, estaba ahí a corto plazo. Tyler la había avisado y ella se había dado cuenta por sí sola desde el primer día que le había visto.

Respiró hondo y se estremeció, disfrutando en parte del aceite de masaje con aroma a almendras, y en parte distraída por la decisión que pronto iba a tener que tomar.

- Vuelve conmigo – murmuró Pedro- ¿Cuál es el problema?

Ella le miró a aquellos ojos suyos tan negros.

- Tú, por supuesto.

- ¿Pero?

- Sí, un gran pero – le dijo, hundiendo los pulgares en su duro torso, deslizándolos a ambos lados de la línea de suave vello que le subía desde el ombligo hasta el pecho.

- ¿Y?

- Todavía no tengo una respuesta, aún me lo estoy pensando – contestó, abriendo los dedos y hundiéndoselos en los pectorales, masajeando profundamente, con fuerza, hasta que él cerró los párpados. Su exhalación contenida fue casi un ronroneo.

- Podrías dedicarte a esto cobrando. Esto bastó para que ella agarrara la parte de él que prefería y le diera un largo y grasiento apretón, desde la base del pene hasta la sensible punta.

Pedro tragó aire rápidamente, abrió los ojos de golpe y clavó su mirada en la de ella.

- Por si acaso te habías distraído – bromeó Pau, inclinándose a recorrer con la lengua ese mismo camino perfumado de almendras -. No quisiera que te quedaras dormido.

Al cabo de unos segundos él le dijo: - Quédate. ¿Así que había adivinado lo que estaba pensando ¿Pero qué le estaba ofreciendo en realidad? Pau tragó saliva, preguntándose si se atrevería a preguntárselo.

Aprovechó el tiempo para coger más aceite y untárselo en los hombros.

- ¿Por qué?

- Porque estamos bien. Estamos estupendamente.

- ¿Pero por cuánto tiempo?

Pedro se encogió de hombros. Sintió un leve temblor de esos mismos hermosos hombros bajos las palmas de sus manos.

- Sin garantías, ya lo sabes.

- Y menos aún contigo – dijo ella, desviando la mirada de la de él y reanudando el masaje.

La euforia de Pedro se fue desvaneciendo lentamente. Maldita sea, había estado a punto de suplicarle que se quedara. Casi había estado dispuesto a reconocer que ella había iluminado toda su vida. ¿Quién más estaba de su parte tan maravillosamente como Pau? Nunca se había sentido unido a Brian ni a Gaynor, y en las dos últimas semanas se había enterado del porqué.

Nunca se había sentido cómodo con su papel como hermano mayor de Hal y Tony, y por fin conocía también los motivos que había detrás. Tenía docenas de amigos, pero ninguno de sus viejos amigos eran mujeres, a menos que se tratara de la esposa de un compañero, y por tanto intocable.

Ninguna chica había compartido la cama con él durante más de unos cuantos días... o semanas como
mucho, porque entonces empezaban a ponerse pegajosas y a querer engatusarle, los juegos que desviaban sus energías de Body Work, y Body Work era su vida, su criatura, su sueño. Para un chico que había empezado con muy poco, había decidido llegar a ser un hombre con mucho y estaba
en camino de conseguirlo.

Pero Pau no quería quedarse y ser parte de sus planes, parte de su éxito. No confiaba en que él fuera a cuidar lo bastante bien de ella o durante el tiempo suficiente. A medida que sus manos seguían masajeando y deslizándose por sus carnes, se le empezaron a retorcer las entrañas en espirales de amargura y empezó a perder el humor cálido y relajado que su masaje le había procurado. ¿Cómo podría lograr que se quedara?

- Vente a cenar a casa mañana – le pidió -. Bonnie es una cocinera excelente, y así también podrás conocer a Mike como es debido.

Pau parecía comprensiblemente confusa por su repentina invitación.

- ¿Bonnie, tu casera?

- Hoy por hoy es más como mi tía. Me ha estado insinuando que le gustaría conocerte.

- ¿Por qué? 

Dios, ¿por qué tendrán que hacer tantas preguntas las mujeres? Intentó darle a su rostro una expresión inescrutable. Mejor no dejar entrever demasiado.

- A lo mejor le he hablado de ti en alguna ocasión. Pau lo miró con escepticismo, limitándose a levantar ligeramente una ceja.

- Si casi no has estado en su casa para hacer eso.

- Tal vez sea por eso por lo que siente curiosidad. Tú ven y basta, ¿vale?

- Pero yo creía que te ibas a ir de pesca con tus amigos el fin de semana. ¿Por qué le estaba poniendo reparos? ¿Es que intentaba evitarle? Eso no tenía sentido, teniendo como tenía aún las manos encima de él.

- No hasta el sábado al amanecer, Josh no puede marcharse hasta entonces. Pau volvió a pasarle los dedos por el pecho, luego por el vientre y después apoyó su peso encima de sus muslos.

- Por favor – le rogó, presionándola más de lo que tenía pensado hacer. De repente, le pareció importante que aceptara, que le considerara como parte de una “familia”, porque ella era un tipo de chica familiar, que había querido a sus padres, que tenía un hermano en cuya casa había estado viviendo y un abuelo al que había cuidado.

- ¿Estás seguro de que no le va a importar cocinar para una extraña?

- Tú no eres ninguna extraña, tú eres mi... amiga. Sus ojos verdes brillaron con una repentina expresión burlona.

Pedro sonrió.

- ¿Novia entonces?

- Trabajo para ti.

Una furia repentina se adueñó de él y reaccionó demasiado rápidamente.

- ¡Tú eres mucho más que eso, maldita sea! – la hostigó - ¿O es que aún no te has dado cuenta a estas
alturas? Eres una vieja amiga, Pau, una amante que me gustaría de verdad que se quedara conmigo. No me vengas con esto de que “trabajo para ti”.

- Pero es que es verdad, soy tu asistente personal... y sólo una sustituta provisional de tu asistente personal, para ser exactos.

- Entonces haz que sea algo permanente.

- ¿Qué? ¡No!

Cuando su burla se convirtió en un rechazo de plano, el anterior estado de ánimo relajado de Pedro se
desvaneció por completo.

- No es éste el final que yo me había imaginado para esta pequeña escena – musitó, mirando las manos de Pau que le acariciaban los muslos. Seguía teniendo una erección de mil demonios y tenía muchas ganas de desahogar su furia, y esos dedos inquietos no le ayudaban mucho.

- ¿Se va a aguantar en su sitio un preservativo con todo este aceite?

Pau se lo quedó mirando, pero le pasó rápidamente un par de veces la punta de una toalla por la
polla y le puso un preservativo. ¿O sea que ella también le seguía deseando?

- Será mejor que sí – le espetó, sentándose a horcajadas encima suyo -, porque el último de mis deseos es encontrarme embarazada en la otra punta del mundo. Se sentó encima de él, pero él la cogió por la cintura y le impidió moverse.

- ¿Quieres decir como la arpía de mi madre? Ella le miró fijamente a los ojos y su leve jadeo
reforzó el comentario que siguió.

- No, Nick... perdona... no debería haber dicho eso.

No estaba pensando en ella para nada. Intento apartarse de él, pero haciendo uso de su fuerza él la mantuvo inmóvil y empujó sus caderas hacia arriba, penetrando en sus melosas y cálidas entrañas, lo
bastante hondo como para establecer quién mandaba, pero nunca lo bastante como para hacerle daño.

Permanecieron inmóviles, un par de ojos verdes clavados en un par de ojos negros, hasta que él le permitió ir descendiendo lenta y deliciosamente.

- Nada que ver con ella en absoluto – susurró Pau una vez que él estuvo alojado en lo más hondo de
su ser.

- Entonces ven a cenar. Ven a conocer a Bonnie y a Mike. Él es uno de los chicos que van a venir a pescar – dijo, extendiendo la mano y tomándole la cara. Gimió al atraerla hacia sí para besarla profundamente.

¿Cómo podía ser que no se diera cuenta de que era especial para él? ¿Que él quería que se quedara? ¿Que quería que le dejara amarla?

- BodyWork Fitness, le habla Paula.

Pau cambió de postura en la silla, que antes le parecía tan cómoda, e hizo una mueca al sentir los dolores y punzadas fruto de su sensual actividad durante la hora del almuerzo antes de pasar la llamada.

La sesión de masaje se había convertido en una guerra en la que ninguno de los dos se había refrenado. Los intentos de Pedro de dominarla no habían hecho más que reforzar su fiera determinación de que antes iba a perder él el control que renunciar ella al suyo. Ahora él lucía unos largos y salvajes arañazos en la espalda y los hombros, y ella chupones en los pechos y rozaduras de barba por todo el vientre.

En su intensa y desesperada lucha, ella se había abierto a todas las emociones: se había estremecido ante la profundidad de la pasión que habían compartido, la confianza que se había atrevido a darle y la solicitud que él le había demostrado a cambio. Nunca jamás se había permitido a sí misma disfrutar
tan plenamente, y por la expresión de asombro en el rostro de Pedro, se preguntaba si no le estaría pasando lo mismo también a él.

Tenía que comprometerse a marcharse antes de que fuera demasiado tarde, antes de que quedara atrapada. Sus dedos volaban encima del teclado, buscando otra vez con Google tarifas de avión para dar la vuelta al mundo, y se mordió el labio inferior mientras pasaba revista a todas las opciones. ¿Debería confirmar todo el itinerario o quizá sólo el primer vuelo para salir de Nueva Zelanda? ¿Uno a Sidney otra vez, como punto de partida?

Le había gustado mucho Sidney. Quería pasar más tiempo allí que esos dos días precipitados junto a Nick. Si hacía esa primera reserva, su suerte estaría echada. Se quedaría una semana más con él y eso sería todo. Navegó por la web de Air New Zealand y, con el corazón en un puño, reservó una plaza para el sábado siguiente. El teléfono volvió a sonar.

- Body Work Fitness, le habla Pau.

- Precisamente la chica que buscaba - graznó la inoportuna voz de Evan Greerson.

Pau arrugó la nariz, asqueada. Se oía el estrépito de la música de fondo, ahogando el sonido del mar.

- Siento molestarte, cariño, pero el joven Brendan ha hecho una tontería. ¿Podrías traernos otra copia de los planos hoy mismo? Ese chico tan tonto ha dejado que el viento se llevara volando unos cuantos por encima del acantilado.

- ¿Y no pueden recuperarlos? – dijo, a sabiendas de que había adoptado un tono cortante, pero desde luego no tenía ganas de que esto le estropeara el día.

- Lo hemos intentado, pero al llegar al borde del acantilado ha soplado otra ráfaga de viento y los planos han acabado directamente en el agua. Pau suspiró sin ninguna gracia.

- Entonces voy a tener que fotocopiar los de Pedro.

- Sí, estoy a punto de comprar más madera y necesito volver a comprobar algunas medidas. No quiero hacerle gastar demasiado dinero a tu jefe.

¡Pau apostaba a que era eso lo que le preocupaba!

- ¿Unos cuarenta y cinco minutos más o menos entonces?

- Buena chica.

Y se cortó la comunicación. ¿Por qué ese hombre la irritaba siempre tanto? Era perfectamente posible que esas grandes hojas de papel hubieran salido volando por el acantilado, pero... Maldito Pedro por haber salido justamente en el peor momento, o hubiera podido llevarle él los planos y echarles otro vistazo a las obras. Intentó llamarle al móvil. Apagado. 

De todos modos le mandó un mensaje de texto, en caso de que lo cogiera dentro de pocos minutos,
y se fue a su despacho a buscar el tubo gris portaplanos. Pedro maldijo al mirar el teléfono nada más salir del despacho del abogado. IDO A OBRA CON PLANOS NUEVOS. ¿Por qué? ¿Cuándo? El mensaje era de hacía media hora por lo menos. Pulsó la tecla para devolverle la llamada a Pau. No contestó. ¿Estaría ya por el camino? Puso en marcha el coche refunfuñando y cruzó disparado la ciudad, vigilando por si había policía.

No encontró ni rastro de su pequeño utilitario por el camino. Intranquilo ante la idea de Sammie a solas con Evan Greerson, superó los límites de velocidad siempre que pudo y tomó el camino de la finca derrapando y levantando una nube de polvo. Aunque estaba desesperado por saber lo que estaba pasando, algo le hizo acercarse a la casa con sigilo. Tomó silenciosamente los recodos del áspero camino, moderando la marcha, a pesar de que hubiera preferido recorrerlo a toda velocidad.

Al final del túnel cubierto de maleza vislumbró el coche de ella y la furgoneta de Evan, pero ni rastro de la vieja camioneta de Brendan. Se le erizaron todos los pelos de la nuca y un torrente de ira se agolpó en todas y cada una de sus venas. Se detuvo justo delante de las barreras para el ganado, tiró del freno de mano, abrió la puerta del coche y echó a correr hacia la casa. ¿Qué estaba pasando allí?

La música resonaba por todas partes – un grupo musical de los ochenta a todo volumen -, pero no se oían ni martillazos, ni herramientas eléctricas, ni ningún otro tipo de ruidos de obras. Se le aceleró el pulso y le subió la adrenalina. Pau se aplastó contra la vieja puerta de entrada.

Fuera de la vista de los penetrantes ojos del contratista, sus dedos buscaban desesperadamente la manilla. Maldición, maldición, maldición, está cerrada. Dado que la casa había estado abandonada durante muchos años y la mitad de las ventanas estaban rotas, esto no se lo había esperado. Había pensado que simplemente podría deslizarse fuera de la casa y echar a correr hasta el coche.

Una oleada de náuseas se apoderó de su estómago, la inquietud le fue subiendo por la espina dorsal y le erizó el vello de la nuca. ¿Era así como se sentía un gato amenazado por un enorme perro babeante? Por supuesto, por supuesto, no lo haría en serio, ¿verdad? La música seguía machacando, tan fuerte que si gritaba pidiendo ayuda nadie la oiría. Se había cruzado con un par de trabajadores de la finca a más de un kilómetro de distancia, al dejar la carretera principal, así que de todas formas estaban fuera de su alcance.

Apretó los dientes y plantó los pies más firmemente encima de los tablones del suelo, dando gracias por haberse quitado los tacones y haberse puesto los viejos zapatos planos que llevaba siempre en el coche para conducir. Aunque había perdido la ventaja de la altura, ahora tenía el beneficio de la rapidez. Pero, por Dios, cómo le temblaban las rodillas.

Evan estaba de pie, con los pies calzados con unas viejas botas llenas de barro, los músculos de las piernas tensos y una sonrisa de satisfacción en la cara cubierta con una sombra de barba rojiza. La luz que se colaba por las ventanas sin cortinas mostraba exactamente lo alto que era y lo fuerte y grande que era su cuerpo, e iluminaba sus largos brazos, que le cortaban el paso.

- Gatita, gatita, gatita...

Se le acumuló la saliva debajo de la lengua y Pau tragó, sintiendo que la viscosa humedad le bajaba
por la garganta y se unía al pánico que se arremolinaba no mucho más abajo. Pedro se agachó y pasó corriendo por debajo de un par de ventanas hasta llegar a la vieja puerta trasera. Estaba abierta y una caja metálica de herramientas la sostenía.

Entró, intentando oír por encima de la música.

‘Baby you’re the best, the best...’

Sintió una aguda dentellada de terror. ¿Cómo la habría convencido Evan para que viniera aquí? ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Y por qué? Él la había avisado... ¿o es que sus consejos no contaban para nada?

‘Baby I’m a-leaving the rest...’

Avanzó por la sucia y vieja cocina, en la que ahora había un ridículo y maltrecho horno microondas enchufadoa un cable de obras que corría por el suelo. Cruzó el otrora grandioso comedor y llegó cautelosamente al pasillo principal.

‘Baby you’re my girl, mind is in a whirl...’

Con gran alivio, vio la silueta de Sammie recortada contra el elegante panel de vidrio emplomado de la puerta principal, con las manos aplastadas contra la madera. La luz danzaba y arrancaba destellos al cristal tallado.

‘Baby you’re the ever-lovin’ best...’

Evan Greerson estaba frente a ella, con los brazos extendidos a través del largo pasillo, driblando y
haciendo amagos como un jugador de baloncesto para cortarle la salida a la puerta trasera abierta. La furia recorrió como un reguero de pólvora todo el cuerpo de Pedro. La letra de la vieja y fútil canción pop se desvaneció. Sammie era lo único que ocupaba su cabeza.

Si el contratista le había puesto las manos encima era hombre muerto. No podría decir si ella se había dado cuenta o no de que él había llegado. Suponía que sí, porque estaba mirando en dirección a él, pero a contraluz ella no era más que una silueta, una pequeña y frágil silueta de mujer, que esperaba no alertara a Evan de que la ayuda se acercaba rápidamente.

Una ira impía se había apoderado de él y se lanzó por el viejo pavimento con la mente fría como el hielo y los pies haciendo muy poco ruido por encima de la música. Levantó el brazo y le asestó un puñetazo con todas sus fuerzas al contratista en la cabeza.

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