lunes, 15 de diciembre de 2014

CAPÍTULO DIECISIETE — NOCHE DE PÓQUER EN SIDNEY

"9 de octubre de 1969. Si hubiéramos vivido en una calle normal, la fiesta del 16 cumpleaños de Penny habría mantenido despiertos a todos los vecinos de la calle. Por mucho que eche de menos vivir cerca de las tiendas y los amigos, la casa de la huerta significa que uno no molesta a nadie si sube el volumen de la música. Naturalmente, había puesto música de los Beatles y esa canción que a mí me gusta, “Whiter Shade of Pale”. La Tijuana Brass Band fue declarada absolutamente nada guai, pero había que ver cómo bailaba todo el mundo con su música. Pusimos guirnaldas rosas y negras y tapamos las lámparas con pañuelos de gasa rojos para dar un resplandor rosado, y hubo que convencer a algunos de los invitados más jóvenes de que se marcharan pasada la medianoche. Todo el mundo se lo pasó verdaderamente.

Pau cerró los ojos y le pareció ver la habitación que tan bien recordaba. Su madre nunca había hablado de la fiesta. Quizá lo habría hecho si hubieran planeado juntas el dieciséis cumpleaños de la propia Pau, pero Pennie no había vivido lo suficiente. Tomó otro sorbo de chocolate caliente y pasó la página, preguntándose cómo debía estar yendo la noche de póquer. ¿Tendría Rich la suerte que esperaba tener? ¿Se estaría divirtiendo Pedro? ¿Estaría Cam disfrutando al máximo de su noche libre? Tyler iba a volver a casa con Georgia al día siguiente y podría ser que entonces su tiempo libre le pareciera demasiado preciado como para dedicarlo al juego.

"5 de enero de 1973. Penny ha conocido a un chico encantador. Mike es alto, deportista y muy simpático. Acaba de terminar el aprendizaje de carpintero y se ha ofrecido para ayudar a Erik a construir una valla de madera que nos separe un poco de la embaladora. 30 de marzo de 1974. Esta noche Penny nos ha confesado que está embarazada, así que ella y Michael se van a casar lo antes posible. Estoy muy decepcionada porque no haya sido capaz de esperar."

Pau resopló con fuerza, sorprendida. Eso eraalgo que nunca había sospechado. ¿Así que la concepciónde Ray había precipitado la boda de sus padres? Y de golpe Mike se había convertido en Michael. ¿Ahora ya no era tan aceptable?

14 de junio de 1979. Tengo programada una cirugía exploratoria para mañana, para ver si los médicos pueden resolver mis continuos problemas de salud.

Pau dejó a un lado el diario, se tomó el últimon sorbo de chocolate y se miró el reloj por la millonésima vez. Las diez y media. Nick había quedado con ella a las once. Era hora de ducharse. Acababa de desnudarse cuando sonó el timbre. Se envolvió en una toalla y se dirigió andando descalza al interfono para abrirle el portal del edificio. Al cabo de un par de minutos llamó a la puerta.

- Llegas temprano – le dijo.

- Y tú estás desnuda.

- No del todo. Creía que ibas a llegar más tarde. Iba a darme una ducha antes de que llegaras.

- Una idea excelente – dijo, cogiéndola en brazos y echándosela al hombro.

- ¡Pedro!

- Cuidado con la cabeza – dijo imperturbable al pasar por la puerta del cuarto de baño -. Le he pedido a Cam que le diera de comer a la gata un par de noches, así que eso ya está arreglado.

Pau sonrió sin que él la viera ante el intempestivo cambio de tema.

- Y yo se lo he pedido a Anita, así que lo hemos arreglado por partida doble. ¿Cuántas cervezas te has tomado?

Él la dejó en el suelo.

- Menos de las que creía Rich.

- ¿Así que no os ha dejado tan limpios como esperaba?

La sonrisa de Pedro lo decía todo. Le desató la toalla a Pau, se la quitó y la abrazó.

- Yo juego para ganar – le susurró rozándole los labios.

Pau se puso de puntillas para acercarse más a él. El algodón de su camiseta le rozaba los pechos y la tela de sus vaqueros empujaba contra sus muslos. Pedro le agarrró el trasero con las manos y la atrajo hacia sí para que notara su impresionante erección.

- Yo también – dijo Pau, retorciéndose contra él -, y sé exactamente cuál es el premio que quiero.

La boca de Pedro descendió caliente y ávida, y ella le hundió las manos en el pelo, se las deslizó por el cuello y le clavó las uñas en los hombros como si pudiera atraerle dentro de su piel. La atraía a todos los niveles. Sexualmente, desde luego. Con un cuerpo y una cara como los suyos, ¿cómo
podría ser de otra manera? También le encontraba maliciosamente divertido, un flirteador consumado, exasperantemente seguro de que iba a salirse con la suya y movido por una energía y una ambición imparables.

Una atractiva vulnerabilidad templaba su enervante confianza en sí mismo. Había visto cómo le corroía vivo el ansia por conocer sus verdaderos orígenes. En este sentido, aquel
hombre de éxito seguía siendo un niño inocente, y ella ansiaba ayudarle a encontrar algún tipo de respuesta al doloroso misterio de su pasado.

Al menos por ahora podía disfrutar de él hasta cegarse ambos de placer y hasta que él olvidara lo que le estaba destrozando. Pensando en esto, acarició su lengua con la suya y le devolvió beso por beso mientras sus dedos iban bajando por su pecho y su estómago hasta llegar al dobladillo de su camiseta. Pedro tenía un sabor dulce, cálido e impregnado de necesidad. Pau ya no podía esperar a volver a sentirle dentro de ella... ese oscuro invasor que la reducía a una tormenta jadeante de terminaciones nerviosas palpitantes mientras ella hacía lo mismo con él.

Hundió las manos debajo de su camiseta y escarbó en su piel caliente y en su suave vello al quitársela, desesperada por que la poseyera y le diera placer. Al ir a desabrocharle los vaqueros se dio cuenta de que él se le había adelantado: ya se los había bajado hasta medio muslo.

- Abre el agua – le pidió él con voz ronca. Pau oyó y vio lo mucho que la deseaba. Su polla, oscura y enrojecida, pulsaba y palpitaba, tensándose para hundirse profundamente. El cuerpo de ella respondía con calientes y melosas secreciones para darle la bienvenida, y los músculos de su bajo vientre ondeaban y se retorcían de deseo, esperándole. Para cuando el agua alcanzó la temperatura ideal, Pedro, desnudo, le acariciaba la nuca con la nariz y la boca.

Temblores de lujuria la estremecieron cuando él le pasó las manos por detrás para cogerle los pechos y acariciarle los pezones. En lo más profundo de su ser había un volcán lleno de lava fundida que estaba a un nanosegundo de entrar en erupción.

- Es hora de mojarse – murmuró Pedro, empujándola a la ducha y situándoles a ambos debajo del chorro.

- Dios, cómo odié tener que irme la otra mañana. Qué ganas tenía de hacer esto – dijo, levantándola sin esfuerzo, y Pau le puso las piernas en torno a la cintura.

- ¡Pedro, no cabemos! – gritó al golpearse la rodilla con el grifo, lo que hizo que el agua caliente de golpe saliera helada.

Maldiciendo y riéndose, él se hizo a un lado para evitar el chorro helado y miró la cabina de ducha
compacta con desprecio.

- Puede que tengas razón – concedió, dejándola de nuevo en el suelo, y apartándole el pelo húmedo la besó en la frente -, pero voy a lavarte mucho mejor que la última vez – añadió mirándola con una sonrisa intencionada y lasciva -, todos tus rinconcitos y hendiduras van a recibir una atención muy personalizada.

Pau extendió la mano y reguló la temperatura del agua, imaginándose cuáles eran sus planes, e
imaginándose también lo que ella le iba a hacer a él a cambio. Rápidamente le rodeó posesivamente con los dedos el prominente pene, aprovechando la ventaja que le daba el factor sorpresa.

- Mira esta cosa tan grande, que ocupa tanto espacio en este sitio tan pequeño – murmuró, arrodillándose frente a él. Le apoyó una mano en la cadera para sostenerse y le sintió estremecerse al pasarle la lengua alrededor del pene. Le deslizó la mano por la cálida piel del costado hasta acunarle los huevos y presionó con un dedo la piel de detrás de los mismos, masajeándola y mimándola.

Pedro tragó aire ruidosamente y dio medio paso a un lado para que el chorro de la ducha le diera a él en los hombros y no en la cara de Pau. Ella iba haciendo en silencio, introduciendo su miembro muy adentro en su boca, chupando y lamiendo, y luego soltándolo para pasarle la lengua alrededor de la punta, suave como el terciopelo, una y otra vez.

- Pau... ¿Era la súplica de un hombre desesperado?

Volvió a metérselo hasta la garganta, rodeándole la base con la mano y moviéndola más enérgicamente, apretando más con el dedo, y le oyó tomar aire, le sintió ponerse tenso, cada vez más tenso... y entonces disparó como una ametralladora, palpitando y bombeando, y soltando un largo y ronco gemido y una retahíla de jadeantes maldiciones.

Se aferró a su largo pelo e intentó apartarla, pero Pau se apretó aún más contra él, chupándole hasta que hubo terminado. Apoyó la mejilla contra su vientre, disfrutando de su respiración entrecortada y de sus débiles protestas pidiéndole que lo soltara. Despacio, muy despacio, sintió que su pene se ablandaba ligeramente, y sólo entonces se apartó.

Pedro tiró de ella, la hizo ponerse de pie y la meció en sus brazos. El agua caía sobre ellos en un torrente cegador mientras la besaba. El hermoso Pedro había sido completamente suyo durante esos pocos minutos. Cuando le dejara, cuando se fuera, siempre le quedaría aquello como recuerdo.

Pedro cogió sus maletas del maletero del taxi y pagó al taxista. En la ajetreada acera otros coches dejaban a pasajeros, descargaban maletas y otras personas se despedían. El fuerte olor a combustible de aviación flotaba en el aire. Pedro miraba a Pau y disfrutaba con su excitación. Ella tiraba del asa de su trolley para arrastrarlo hacia la terminal.

- ¿Cuántos asientos hay en cada fila? – preguntó cuando echaron a andar – Yo sólo he volado en aviones pequeños.

- Creo que seis. No despegan jumbos del aeropuerto de Wellington, la pista es demasiado corta. Tuvieron que excavar algunas colinas y echar la tierra al mar para poder construir la que tenemos – dijo sonriendo al ver su mirada de incredulidad -. Es verdad – le aseguró, metiendo la mano en el bolsillo lateral de su maleta al llegar a uno de los mostradores de facturación electrónica.

– Aquí tienes, practica un poco. Pau cogió los billetes electrónicos y los miró entornando los ojos.

- ¿Entonces el código de barras hay que pasarlo por aquí debajo? – dijo empujando la hoja debajo del escáner y sonriendo al ver que se iluminaba. Tras pulsar las teclas necesarias, salió su tarjeta de embarque y la etiqueta de su equipaje. – Qué divertido. ¿Puedo sacar las tuyas también?

- La novedad dejará de serlo si das la vuelta al mundo.

- Cuando dé la vuelta al mundo.

- ¿Sigues queriendo ir?

Maldita sea, no parezcas tan desesperado, hombre. Ella levantó las cejas.

- Por supuesto que voy a ir. Llevo años soñando con hacerlo, sólo esperaba que llegara mi pasaporte.

- Entonces también podrías seguir viaje ya desde Sidney.

Pedro odiaba la nota de resentimiento que había teñido su voz. Odiaba que pudiera dejarle tan fácilmente después de lo que habían compartido durante la semana que habían pasado juntos, pero al parecer nada podía frenar su buen humor.

- Sólo he traído ropa para tres días y nada de ropa para dormir – susurró con expresión coqueta. Esa idea mejoró ligeramente su estado de ánimo, pero aún así, en algún rincón de su mente, su inminente deserción le pesaba como el plomo. La condujo al punto donde había que dejar el equipaje y luego al vestíbulo principal. Unos grandes ventanales ofrecían unas soberbias vistas de las pistas de aterrizaje y rodaje. Sammie le cogió la mano cuando un enorme avión blanco apuntó el morro hacia el cristal.

- ¿Podemos sentarnos aquí? – preguntó.

- O arriba, en el Koru Lounge, si quieres. Es más elegante que aquí y tiene mejores vistas – dijo, indicando las tiendas con un gesto -. ¿Necesitas algún libro para leer?

- Quedémonos aquí –rogó ella, tirando de él para acercarle a los ventanales. – ¿Podemos tomar un café y limitarnos a mirar? Pedro, quiero verlo todo. 

Aterrizaron en Sidney al atardecer, tras un vuelo tranquilo de tres horas por cielos despejados. Nick había insistido en que Pau se quedara con el asiento del lado de la ventanilla, y una vez que la tripulación se hubo asegurado de que las mesitas plegables estaban cerradas, los respaldos de los asientos en posición vertical y todo estaba dispuesto para el aterrizaje, Pau se puso tan inquieta como un cachorro y le fue pasando un continuo informe de cómo progresaban las operaciones.

- Pedro, mira todas las playas. Ésa tiene unos acantilados realmente grandes, como tu vieja casa.

- …¿Eso de ahí es el puente del puerto?

- …¿Ésas son las velas blancas de la cubierta del Teatro de la Ópera?

- …Pedro, mira los barcos... hay cientos y cientos.

- …Eh, estamos volando mucho más allá de la ciudad. Yo quería ver más.

- …Nick, las casas no se acaban nunca. ¿Todo esto sigue siendo Sidney? ¡Es enorme! Una vez que el avión empezó la aproximación final, fue: - ¡Oh, Dios mío, ya casi estamos, Nick! ¡Mira cuántos aviones!- Le cogió la mano y se la mantuvo apretada hasta que tocaron tierra y enmudeció el rugido del inversor de impulso de los motores del avión.

Después de superar los controles de aduanas e inmigración, arrastraron sus trolleys hasta salir de la
terminal y respiraron el aire tropical. Pau respiró hondo, muy hondo, y Pedro vio cómo sus pechos se levantaban bajo la camiseta de color turquesa claro.

- Creía que iba a poder sentir el olor de los eucaliptus – dijo ella mientras se dirigían a la parada de taxis.

- Voy a ver si puedo encontrarte alguno.

- La huerta siempre olía a manzanas. Bueno, la embaladora olía a manzanas una vez que empezaba la
cosecha. A manzanas y a la madera barata de que estaban hechos los pallets. Pedro asintió con la cabeza, sonriendo levemente al recordarlo.

- Sí, todas aquellas pilas de pallets listos para recibir las cajas de manzanas una vez llenas. Y todas las
bandejas moldeadas que separaban las capas de manzanas dentro de la cajas.

- Bandejas apilables.

- Miles de ellas. ¿Sigue siendo igual? Pau se encogió de hombros.

- Lo era mientras la huerta fue del abuelo.

- El viejo Erik fue bueno conmigo, mejor de lo que Brian lo fue nunca. Creo que se daba cuenta de que en casa no me animaban para nada. Me hacía trabajar, pero me pagaba por ello. Me enseñó a valorar mis esfuerzos.

- Desde luego eso era típico del abuelo. Llegaron a la altura del primer taxi de la fila.

- Coogee Beach – le dijo Pedro al taxista cuando el hombre hubo metido su equipaje en el maletero.
Pau miraba de un lado a otro mientras el coche avanzaba veloz.

- ¿No son diferentes las casas? Un montón de ladril

los y menos madera. Y mira las palmeras, en Wellington no hace bastante calor para ellas. Pedro veía aquella ciudad que tan bien conocía con
ojos nuevos mientras ella no paraba de hacer comentarios y preguntas, hasta que el taxista se detuvo al lado de la entrada del hotel.

Entraron en el amplio vestíbulo con los trolleys deslizándose suavemente por el reluciente suelo de mármol de color arena.

- ¡Pedro! – exclamó Pau, admirando la espectacular vista que se dominaba desde la pared del fondo - ¡Oh, es fantástico! Gracias.

- Vé a echar un vistazo a Coogee Beach desde más cerca mientras yo me ocupo de esto – le dijo él, mirándola correr hacia los ventanales.

- Sr. Sharpe y Srta. Sherbourne, una habitación con vistas al mar – confirmó el recepcionista, sonriendo ante la reacción de Pau.

Unos minutos después cogieron el ascensor que les llevaría a su planta y él le entregó una tarjeta magnética.

- ¿No te importa que no estemos en el centro de Sidney? Mañana vamos a ver más cosas de la ciudad,
pero ésta es una de las zonas que quiero inspeccionar.

- Lo que te vaya bien a ti, Pedro. Esto es precioso – dijo, deslizando la tarjeta en la ranura y empujando la puerta para abrirla -. ¡Oh, qué bonito!

La enorme cama dominaba el espacio, pero tras echarle una mirada apreciativa, Pau dejó su maleta y se dirigió a la pared del fondo. Echó a un lado las vaporosas cortinas y abrió las grandes puertas cristaleras que daban a la terraza. A la luz dorada del atardecer, las olas trepaban por la ancha media luna de arena que había varias plantas más abajo. La calle que bordeaba el mar, con una ancha acera pavimentada y una franja de hierba bordeada por una hilera de altos pinos Norfolk, eran todo
lo que les separaba del océano.

Pedro salió a la terraza para reunirse con ella y ambos se apoyaron en la barandilla y permanecieron en silencio, mirando a la piscina que había debajo y más allá, a la playa. En la terraza de al lado, detrás de un panel de robusta celosía, un hombre con un fuerte acento australiano se quejaba de su suerte en las carreras el día antes.

Pedro se volvió hacia ella.

- ¿Quieres cenar en el hotel o probar uno de los restaurantes locales?

- Vamos a dar un paseo por ahí, nos hemos pasado horas sentados.

Él se miró el reloj.

- ¿Deshacemos antes el equipaje? ¿Y probamos esa estupenda cama tan grande?

- Deshacemos el equipaje, cenamos y luego nos acostamos – dijo ella con firmeza -. Ha sido un día largo y atareado.

Pedro hizo una mueca al oírla. Pau tenía razón, y ninguno de los dos había dormido mucho la noche antes...

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