martes, 14 de octubre de 2014

CAPÍTULO NUEVE — DEL COQUETEO A LA CAMA - ULTIMA PARTE

Así podía introducirle más adentro.

Así podía pasarle la lengua por su magnífica polla, estudiando todos sus relieves, sus texturas y sus misterios.

Así podía chupar y lamer y rodearle con una man para estrujarle y acariciarle, hasta que oyó que cambiaba su respiración y emitía otro gruñido.

- Pau – susurró con voz ronca -, la otra vez que me tocaste ahí me corrí en un instante - le indicó con otro susurro -. No voy a durar eternamente si sigues haciendo eso. ¡Demonios! – dio una sacudida contra su lengua.

Un profundo estremecimiento se apoderó de él cuando le cogió la cara entre sus manos y trató de soltarse.

- Preferiría correrme dentro de ti. Suéltame.

Ella se echó hacia atrás despacio, observando cómo pulsaba su polla y brillaba bajo la luz, cómo se flexionaba y se estremecía aparentemente sin control. Resultaba imposible apartar la mirada.

- No es necesario bajar toda la cremallera – dijo Pau, agarrando el dobladillo de la túnica, tirando de ella hacia arriba y agachándose luego para quitarse las botas. Se quitó los vaqueros mientras Pedro hacía lo propio con los suyos.

- ¿De verdad hice que te corrieras? – Aún se acordaba del pañuelo que se había metido en los pantalones tantos años atrás y de todas las palabrotas que había dicho. En esos momentos se había quedado desconcertada, pero con el paso de los años y a medida que había ido aprendiendo más cosas, siempre se lo había preguntado.

- Como un toro semental – respondió con una sonrisa irónica, sentado en el punto de la cama donde había estado ella antes, atrayéndola hacia él y acariciándola con los dedos por encima del sujetador de encaje. Ella se rió al oír su comentario y él la miró con ojos ardientes y oscuros.

- No te burles, fue algo memorable. Casi me desmayo. Y esta vez tengo la oportunidad de jugar contigo tal y como me hubiera gustado hacerlo entonces. 

Pau se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador. Las manos de Pedro se deslizaron bajo el encaje en un instante, sosteniéndola como si fuera un tesoro, apretando y moldeando sus pechos. Buscó sus pezones con los pulgares y no necesitó más que un mínimo toque para volver a ponerlos duros. Los acarició hasta que se convirtieron en tensos picos de sensaciones.

Su expresión se relajó y dio paso a una amodorrada satisfacción, con los ojos semicerrados y los labios entreabiertos que dejaban entrever el resplandor de sus dientes.

- Por favor, señorita, ¿me deja mirar?

Ella se deslizó el sujetador por los brazos, tan excitada que estaba dispuesta a darle lo que quisiera. ¿De verdad no hacía ni media hora que había llegado? Y ahora estaba sentado desnudo delante de ella, completamente excitado, iluminado por el foco en todos sus más mínimos y poderosos detalles viriles y aparentando sentirse muy cómodo con ello. 

Y allí estaba ella en braguitas y esperando quitárselas muy pronto. Como si hubiera oído sus pensamientos más íntimos, Pedro metió los pulgares debajo del elástico y empezó a quitárselas. Al cabo de unos momentos volvió a concentrarse en sus pechos, inclinándose hacia adelante desde donde estaba sentado en la cama y frotándose la cara contra ellos, inhalando su aroma y murmurando lo bonitos que eran.

- Por favor – le suplicó ella, intentando que él se los chupara tal y como había hecho años atrás.

- ¡Qué suave! – susurró, evitando sus pezones una vez más.

- Pedro... – gimió, girándose para alinearse con su hermosa boca.

- Pequeña Pau, has crecido muy bien...

- Chupa – insistió.

Una mano fue bajando suavemente por su vientre y encontró su clítoris con suma facilidad. Pau dio un respingo ante el contacto inesperado. Con qué suavidad se deslizaba la sabia yema de ese dedo por su piel. Dios, estaba tan excitada y mojada, y aquella sensación... era... fantástica...

- Muérdeme – le suplicó, y él lo hizo, pero no donde ella quería que lo hiciera. Pedro giró la cabeza y le mordió el brazo, y luego le dio un rápido lametón con la lengua a su palpitante pezón.

No es suficiente, no es suficiente. Luego se alejó y sopló un chorro de aire frío sobre él, que así se puso aún más duro, y le dolía, le dolía.

- Pedro...

Le oyó reírse quedamente, con la misma claridad con la que notó que deslizaba un dedo dentro de ella.

- No es justo - se quejó -. Sabes muy bien lo que quiero. Tú también solías querer hacerlo.

Él extrajo el dedo completamente mojado y reanudó sus exquisitas caricias. Pau apretó los muslos con más fuerza y hundió la cara en su pelo, acariciándole los hombros y los brazos con las manos. Necesitaba su boca, la deseaba tanto que cuando él por fin la besó dejó escapar un grito involuntario de dicha.

Qué maravilla... el calor, el dejarse llevar, su hábil lengua.

Sus labios suaves y la peligrosa y dura emoción de sus dientes pellizcando y mordisqueando.

El lento reguero de besos hasta el otro pecho, donde volvió a chupar profundamente. El olor almizclado de sus cuerpos que ascendía por el angosto espacio que les separaba. Una chispeante emoción recorrió todo su ser con intensidad creciente a medida que el dedo de él dibujaba círculos más rápidos e insistentes... hasta que losmúsculos internos de su seno se tensaron y estallaron en fuertes espasmos de liberación.

Pau se dejó caer encima del gran tatuaje que él tenía en el hombro y lo mordió para ahogar su grito. Pedro la estrechó más fuerte, envolviéndola en un abrazo por si las piernas le cedían; Sammie se estremecía y jadeaba como si hubiera estado corriendo para salvar la vida.

¡Menuda respuesta, nena! Jesús, eres maravillosa... Pedro depositó a Pau, aún temblorosa, en la cama, sonriendo ante su expresión de aturdida satisfacción. La luz de la mesita de noche se reflejaba en los paquetes metálicos de condones que él se había sacado antes del bolsillo, arrancándoles destellos brillantes.

Ya habrá tiempo para eso más tarde.

Localizó el interruptor de la luz principal y apagó las luces del techo para que no la deslumbraran. Luego se tumbó apoyado en un codo, contemplándola. El tráfico discurría abajo en la calle y una lluvia repentina salpicaba las ventanas. La habitación era cálida, tenuemente iluminada e infinitamente más acogedora. El mundo real podía irse al infierno durante un rato.

- Pedro – murmuró -, gracias, ha sido increíble.

- Aún no hemos terminado.

- No – asintió ella -, yo apenas he empezado contigo.

- Y yo no he terminado contigo, ni muchísimo menos.

Se inclinó y la besó en el hombro y luego en la clavícula. Su olor era dulce y fragante, como a miel y frambuesas en un tibio día de verano. Cerró los ojos y guiándose sólo por el tacto le tomó un pecho en un mano y la lamió y la besó un poco más.

- Nunca fue así en el almacén de la embaladora – dijo ella en un murmullo entrecortado. - El almacén de los aperos. ¿Te acuerdas de toda la maquinaria?

- Claro. Tuvimos suerte de que el abuelo nunca nos pescara.

Pedro estaba profundamente agradecido por eso.

- Supongo que entonces tu cuerpo aún no estaba lo suficientemente desarrollado – dijo, y deslizándose hacia abajo en la cama le acarició el vientre, le pasó un dedo alrededor del ombligo una y otra vez y luego siguió haciendo lo mismo con los labios.

- No eres rubia natural – susurró, jugueteando con el pequeño triángulo de vello que había unos centímetros más abajo.

- Ya sabes que no – protestó ella, estirándose como una gata satisfecha.

Pedro  se acomodó encima de ella, separándole las piernas hasta que pudo hundir la cara allí. ¡Dios, el olor de una mujer que se siente sexy! Lo aspiró, obligándola a abrir más las piernas con ambas manos cuando ella intentó cerrarlas por pudor.

- Ríndete a lo inevitable – bromeó, aguantándola donde quería que estuviera y acariciándole el clítoris con la lengua.

Las caderas de Pau dieron una sacudida como respuesta.

- Ahora ya puedo tratarte como a una chica mayor. Todas las cosas que no podía hacer entonces, todas las cosas de las que sólo había oído hablar, todo lo que quieras – susurró.

Volvió a darle un lametón, como si fuera un helado exquisito.

- Absolutamente todo lo que quieras. Otro lametón.

- ¿Qué te gustaría que hiciera, Pau?

- Sólo... esto... – respondió jadeante, con voz ahogada.

Pedro sonrió, disfrutando del efecto que tenía sobre ella, pasando la lengua lenta y deliberadamente por el jugoso y pequeño botón.

- ¿Esto no? – preguntó una docena de lametones más tarde, introduciendo un largo dedo en su cuerpo. El hecho de que ella inhalara una profunda bocanada de aire le dio a entender que aquello también le gustaba mucho.

- ¿Y si presionara aquí...?

- ¡Oh, Dios mío, Pedro, sí!

- He encontrado el punto mágico, ¿verdad? – Su respiración entrecortada y sus gemidos sexy eran respuesta más que suficiente. Relajó los muslos por completo, abriéndolos para lo que él quisiera. Ahora su excitado clítoris sobresalía como el más dulce de los caramelos. 

Pedro frunció los labios a su alrededor y lo chupó con un ritmo constante, masajeándolo por debajo con el dedo moviéndose profundamente dentro del cuerpo de ella.

Pronto sintió la primera de sus pequeñas contracciones y movimientos. Se había imaginado esto casi constantemente, Pau fuera de control... porque normalmente era una persona muy controlada. Su nueva secretaria, tan distante y capaz, con su perfecto traje de chaqueta y sus altísimos tacones, reducida a una gatita quejumbrosa, puro instinto animal, y todo por él. Ahora tenía la emoción adicional de conocer su verdadera identidad: su pícara compañera de juegos de la adolescencia, por fin madura y lista, al cabo de tantos años.

Pau exhaló un profundo suspiro y su cuerpo se tensó. Estaba al borde mismo del orgasmo y él la empujó un poco más lejos. Por fin soltó un grito salvaje y se deshizo en una trepidante tormenta de jadeos, tirándole del pelo con una mano y arañándole el cuello con las uñas de la otra.

Pedro sonrió haciendo caso omiso del dolor, y cuando ella hubo terminado cogió el primero de los preservativos.

chan el capitulo que esperaban no ? espero les guste y te cap esta dedicado  a loca linda de  te quiero loca aca esta tu cap , por lo menos dejame un comentario  :p

1 comentario: