miércoles, 8 de octubre de 2014

CAPÍTULO CUATRO — EL APARTAMENTO - ULTIMA PARTE

Pau observó sus relajados andares atléticos. Sí, era fuerte y musculoso, pero el suyo era también un cuerpo esbelto y ágil. No era de extrañar que ayer le quedaran tan bien los pantalones de vestir. Tenía los hombros y el pecho anchos, los brazos y los muslos fuertes, pero tenía el tronco esbelto y las caderas estrechas. 

La camiseta mojada se pegaba a las líneas de los músculos a ambos lados de la columna vertebral. Sammie le devoró con los ojos hasta que desapareció.

El teléfono sonó justo a tiempo para impedir que se le cayera la baba al suelo.

- Body Work Fitness. Habla Paula. Era Tyler.

- ¿Puedes hablar un momento?

- Sí, no hay problema. Pedro acaba de irse a duchar.

- ¡Hummm! – suspiró Tyler teatralmente – Eso sí que lo voy a echar de menos. Bueno, yo me lo pierdo y tú sales ganando.

Pau soltó una risita sin compromiso.

- De todos modo, ha llamado Kelly. Esta noche va a dormir en casa de su novio para poder ir mañana temprano al aeropuerto juntos. ¿Quieres trasladarte hoy mismo?

Pau respiró hondo. Libertad. Su propio espacio, lejos de los continuos programas deportivos de televisión de Ray, de los cotilleos de Anita y de los ataques furtivos de sus hijos en la mesa a la hora de cenar.

- Sí, me va bien a cualquier hora. Esta noche sería maravilloso.

- Está bien, te veré a media mañana para darte la llave. ¿Vas a estar ocupada con Pedro durante un rato?

- Eso parece. ¿Todavía nada del bebé?

- No... pero empiezo a sentirme... rara.

- ¡Dios mío! – gritó Pau – No vengas, ya me las arreglaré. Tyler se echó a reír alegremente.

Pedro apareció al cabo de unos minutos, con sus largas piernas enfundadas en unos vaqueros negros y sus anchos hombros ceñidos en una camiseta blanca, sonriente, con un rastrojo de barba negra muy sexy. Pau intentó con todas sus fuerzas no mirarle. Blandió el cuaderno de notas.

- ¿Necesita unos minutos antes de empezar?

- No, ahora está bien.

- ¿Un café?

- Eso siempre.

Suspirando para sus adentros, le siguió por el pasillo. Visto por detrás era tan irresistible como por delante. Esa misma noche llevó sus maletas al ascensor, pulsó el botón de la quinta planta y entró en el apartamento. Inmediatamente, un esbelto gatito atigrado apareció por la gatera de la puerta del balcón y se la quedó mirando.

Pau se llenó los pulmones de aire aspirándolo como si fuera perfume francés. Se sentía en el paraíso. Por un tiempo iba a ser su propia casa. Ya no tenía que preocuparse del abuelo, ni tenía que adaptarse a Anita, a Ray y a los chicos. Paz y tranquilidad... y podía poner la música que quisiera. Un sinfín de posibilidades.

Descubrió un gran dormitorio con un lujoso cuarto de baño anexo, un estudio muy bien montado con un sofá cama, un espacioso salón con la cocina americana en un rincón y un pequeño cuarto de baño de invitados con lavandería, todo pintado de blanco. 

En el mostrador de la cocina había una hoja de papel con las instrucciones para el gato, la kentia, una violeta africana y dos begonias. Aún no había terminado de guardar su primera bolsa de ropa cuando llamaron a la puerta. ¿Sería Tyler? Abrió y se encontró con Pedro. Contuvo el aliento.

- ¿Cómo...?

- ¿... he sabido que estabas aquí? Ya te he dicho que Tyler es la mejor asistente personal que he tenido en mi vida. El archivo con las direcciones del personal estáperfectamente al día.

Pau intentó reprimir una sonrisa.

- ¿Y cómo ha logrado entrar en el edificio?

- He esperado hasta que ha llegado una persona y galantemente le he aguantado la puerta para que entrara.

- Vaya seguridad – gruñó Pedro.

Pedro esbozó una sonrisa y le tendió la botella de vino que había traído.

- Para la inauguración de la casa. Ella meneó la cabeza.

- Me estoy instalando, Pedro. Ni siquiera he conocido aún al gato – dijo empujando la puerta.

Un pie calzado con una bota la detuvo.

- Por favor – le rogó.

- Aparte el pie de ahí.

Se sintió sorprendida y aliviada cuando lo hizo, pero Pedro no hizo ademán alguno de marcharse y su rostro expresaba confusión.

- ¿Qué pasa? – le preguntó. 

- La verdad es que necesito hablar con alguien, y creo que es mejor que sea una mujer.

Ella le lanzó una mirada fulminante.

- Estoy segura de que debe tener docenas a su disposición.

- Pero no para hablar.Vale, yo me lo he buscado.

- ¿Y por qué yo? – le espetó, mirándole con los ojos entornados.

- Porque eres alguien sin equipaje, sin interés personal en el asunto, alguien neutral.

Pau sintió que una punzada de inquietud le recorría la espalda. Desde luego, Nick no parecía el de siempre. Abrió un poco más la puerta.

- ¿Qué pasa, Pedro? Volvió a tenderle la botella de vino.

- Sírveme antes una copa, ¿vale?

Parecía tan abatido que Pau casi le tendió una mano para ayudarle a entrar en casa.

En el tercer armario que abrió encontró las copas. Mientras, Pedro había visto al gato fuera, que seguía pareciendo agitado. Se acercó a abrirle la puerta y empezó a hablarle dulcemente al gatito atigrado, y en menos de nada le estaba haciendo cosquillas en el cuello.

- Se llama Zorro y es una gata.

- ¿Una gata?

- Sospecho que alguien se equivocó de sexo.

La lenta sonrisa que se iba dibujando en el rostro de Pedro la alertó acerca de lo que acababa de decir.

- Todos lo hacemos de vez en cuando – repuso él, asintiendo sagazmente.

- Hable por usted.

- ¿Nunca te has equivocado de sexo, Paula? Eres una mujer excepcional.


Pau dejó las copas encima del mostrador con más energía de la que hubiera querido. Pedro dejó a la gata y abrió la botella de vino.

- ¿Sobre qué necesita la opinión de una mujer? – preguntó intrigada, pese a haber decidido que iba a mantenerse lo más alejada posible de él.

- Se trata de un asunto familiar – dijo mientras servía el vino - y las mujeres son mejores en estos aspectos de la vida.

- Tal vez. Yo no tengo mucha familia, sólo un hermano y es mucho mayor que yo – Se negaba a pensar en la hermana que podría haber tenido, el bebé que había muerto dieciocho meses después de nacer Ray. ¿Sería por eso por lo que no hubo más niños? Hasta que llegó ella, el último error que aparentemente lo había liado todo -. Soy una mala elección – añadió.

- ¿Y tus padres?

Se quedó un momento pensativa antes de contestar, sin querer descubrir su identidad. Resultaría demasiado embarazoso trabajar para él si supiera que ella era la pequeña y tonta Pau de tantos años atrás.

- Ambos murieron.

- Maldita sea, siento habértelo preguntado, pero así son las cosas. Tus padres influyen en lo que eres, ¿no? Ellos establecen un patrón, te transmiten sus genes, sus puntos fuertes y sus puntos débiles.

Pau se sentó en el sofá de cuero y tubo cromado, con la esperanza de que él se sentara en el sillón a juego, pero para su contrariedad eligió sentarse a su lado, con las piernas separadas y la rodilla enfundada en la tela de sus vaqueros tocando su rodilla desnuda. 

Dejó la copa de vino encima de la mesa de cristal y se alejó un poco de él. Dios mío, estar tan cerca de él la había hecho vibrar como si fuera una especie de instrumento científico para medir la atracción sexual, y él estaba muy arriba en la escala, como mínimo en un once sobre diez.

1 comentario: