miércoles, 22 de octubre de 2014
lunes, 20 de octubre de 2014
CAPÍTULO DIEZ — JUSTO EL TAMAÑO IDEAL - ULTIMA PARTE
Pedro llevó sus copas a la habitación y Pau levantó la colcha para que le resultara más fácil meterse en la cama a su lado.
- Sería una pena malgastarlo – se mostró de acuerdo con él.
- No lo malgastaríamos. Si no nos lo terminamos hoy, te acompañaré a casa mañana después del trabajo y nos lo terminamos entonces. Su cara debió reflejar su consternación, porque él le preguntó:
- ¿Algún problema?
Ella se amedrentó bajo su mirada de alarma. Demonios, será mejor que lo afronte ahora.
- Pedro, esto no debería haber pasado.
Él levantó una ceja, incrédulo.
- Voy a estar trabajando para ti durante todo el mes que viene. ¿Cómo vamos a poder hacer esto también?
- ¿Esto? – repuso él, rodeándola con el brazo, cogiéndole la cabeza y apoyándosela en el hombro.
Caramba, encajaba perfectamente ahí...
- Acostarnos – explicó ella -, tener sexo. Creo que deberías buscar a una nueva secretaria provisional para sustituirme.
- ¿Y entonces te sentirías mejor por acostarte conmigo?
Pau suspiró molesta.
- No. Sería mejor que no nos acostásemos y punto. Me marcharé de viaje tan pronto como pueda. Preferiría no empezar ninguna relación en la que no puedo comprometerme – dijo mirándolo -. Claro que el hecho de compartir una botella de vino en dos noches diferentes no quiere decir que tengamos una relación – se apresuró a añadir, avergonzada por la descripción que acababa de dar –, si acaso algo así como una aventura, y yo no hago esas cosas.
Él le dedicó una mirada indescifrable, no exactamente de incredulidad, pero tampoco de conformidad.
- ¿Y entonces qué es lo que estoy haciendo en tu cama, si lo único que esperaba era hablar? No fui yo quien sugirió esto.
El rubor empezó a trepar por su cuello, ardiente y embarazoso.
- Viniste a devolverme las sandalias y me ayudaste a limpiar todo el desbarajuste de la palmera. Te merecías un abrazo.
¿No te da vergüenza, Pau? Eso suena verdaderamente estúpido.
Después de eso, la incredulidad pudo definitivamente con él. Su boca se curvó en un rictus y cerró los ojos brevemente, y se dio cuenta de que su explicación le parecía absurda y ridícula.
- ¿Te llevas a la cama todos los hombres que te echan una mano para “darles un abrazo”, Pau?
Apretó los dientes, molesta.
- ¿Pero de verdad piensas que no vas a poder seguir trabajando para mí? No seas tan creída: Yo puedo evitar ponerte las manos encima si tú puedes evitar ponérmelas encima a mí.
Pau decidió no mencionar que precisamente en ese momento tenía una mano en su pecho izquierdo y no parecía tener la menor intención de retirarla.
- Bueno, dentro de una o dos semanas vas a tener que encontrar una nueva asistente personal permanente, así que, ¿por qué no empezar a buscarla desde ahora?
- Ya me lo pensaré – repuso él, en un tono que decía que no pensaba hacerlo. Levantó la copa y bebió, y luego volvió a ponerse en plan detective. - ¿Podríamos volver a tu huerta para ver si encontramos alguna pista que nos ayude a encontrar a mis verdaderos padres?
Pau afirmó con la cabeza. Había olvidado lo mal que debía sentirse todavía.
- No era mi huerta, era del abuelo, y la vendió hace seis años.
- Bueno, ¿y qué pintaba yo allí? Tiene que haber alguna conexión. ¿Conocía él a Brian? Creo que no es probable. El viejo Erik era bastante puritano y Brian era todo lo contrario – dijo Nick, dándole un pellizco furtivo en el pezón que la dejó sin aliento -. Siempre se refería a tus abuelos como “la tía Felicity y el tío Erik”, pero sé que no lo eran.
- ¿Qué dice en tu partida de nacimiento? – preguntó Pau, esperando que se desvanecieran las oleadas de sensaciones.
- A mí me parece absolutamente normal. Lugar de nacimiento Hastings, Nueva Zelanda. Nombre, Nicholas David Alfonso. Fecha de nacimiento, padre y madre, que aparecen como Brian Joseph Alfonso y Gaynor Antonia Alfonso. No hay rastros de nada más. Pero tiene que estar falsificada. Papá... Brian... tenía toda clase de contactos chungos.
- A lo mejor eras el hijo secreto del abuelo.
- Sí, hombre, con la pinta de sueco que tengo.
La idea era tan absurda que los dos se echaron a reír.
- Bueno, lo que es seguro es que no eras el hijo secreto de la abuela. Ella sólo tuvo a mi madre, y todo el mundo decía que después de eso nunca volvió a estar del todo bien. Tengo un par de fotos por ahí – añadió -, al lado de la tele. ¿Quieres que las vaya a buscar?
Se levantó de la cama y fue a buscar las dos fotos enmarcadas que había puesto allí la noche antes y luego volvió a acurrucarse junto a él, pasando un dedo por encima de la primera foto.
- El abuelo, la abuela, mamá y papá, Ray y yo. Debió de ser justo antes de que Ray se marchara a Nueva York, o sea que yo debía tener unos diez años.
Pedro miró la foto y negó con la cabeza.
- Ahí no hay ninguna pista. Son los padres de tu madre, ¿verdad? ¿Qué hay de los de tu padre?
- Están en Inglaterra. Él se vino a Nueva Zelanda, conoció a mamá, se casó con ella y no volvió a su casa. Nunca se lo perdonaron y nunca nos visitaron. Quiero ponerme en contacto con ellos durante mi viaje... para ver si puedo arreglar las cosas.
Le enseñó la otra foto.
- Fue tomada durante el funeral de la abuela – dijo, con voz ligeramente temblorosa -. El abuelo y su hermano gemelo... la hermana de la abuela, Jessie, y su marido... Silvia, la asistenta de casa de los abuelos, y yo.
Tragó saliva e hizo un esfuerzo para seguir hablando. Para entonces, papá y mamá ya no estaban. Yo tenía dieciséis años.
- Vaya sombrero más chulo – dijo él, sonriendo al ver el esponjoso sombrerito morado con el ala levantada delante.
- Mi tía abuela Jessie decidió que todos teníamos que tener un aspecto digno por la abuela. Ella llevaba este negro tan serio – dijo Pau, señalándola -. Silvia cosió una cinta negra en torno a ese sombrero y se escondió detrás de sus gafas oscuras, como siempre, y no paró de llorar. Probablemente yo sorprendí a todo el mundo al ir de color púrpura, pero quería algo más brillante que lo que la abuela me había hecho llevar en el funeral por mamá y papá.
Eso fue horrible.
Pedro se quedó mirando la foto y luego la dejó.
- No he adelantado nada.
- ¿Qué te han dicho tus padres?
Él apretó los labios y desvió la mirada.
- No les he preguntado. Aún no puedo soportar la idea de hablar con ellos. De todos modos no estarán de vuelta en la ciudad hasta mañana.
- Quizá seas hijo de tu madre, pero no de tu padre.
Pedro negó con la cabeza.
- Entonces no hubiera tenido que adoptarme, y en la partida de nacimiento ambos figuran como mis padres naturales, aparentemente.
- Tarde o temprano vas a tener que hablar con ellos.
- Mejor tarde que temprano.
- Pero, Pedro, ¿por dónde puedes empezar si no? ¿Qué dijo el doctor?
- No gran cosa. Insistió en que hablara con Brian y Gaynor. Bryan Joseph y Gaynor Antonia, por cierto. Sus segundos nombres son Joseph y Antonia, y los de mis hermanos Joe y Tony. A mis supuestos hermanos les pusieron sus nombres porque eran hijos biológicos suyos, a mí no me correspondían.
Pau notó el dolor palpable en su voz y no pudo culparlo.
- ¿Entonces cómo lo supo el doctor?
Pedro exhaló un enorme y ruidoso suspiro.
- No estoy seguro de lo que dijo después de las primeras palabras. Todo lo que pude oír fue “adoptado, adoptado, adoptado”. Creo que me quedé algo así como en blanco al oír eso.
- A lo mejor ella le dijo que te habían adoptado para que no sospechara nada en caso de grupos sanguíneos raros y esas cosas. Los doctores normalmente no ven las partidas de nacimiento, ¿no?
- Ni idea.
Pau suspiró.
- Creo que deberías preguntárselo ahora que ya has asimilado el shock.
- Sí, quizá sí...
- Pero tus padres siguen siendo tu mejor baza.
Él apretó más el brazo alrededor de ella.
- Eres persistente, ¿eh? – dijo, dejando su copa vacía en la mesita de noche y extendiendo la mano para coger la de ella.
- No he terminado – dijo Pau, tomando otro sorbo.
Pedro cogió el segundo preservativo y se lo mostró, haciéndolo bambolear delante de ella. El sobrecito brillaba y centelleaba en la penumbra.
- Yo tampoco he terminado.
- Ni hablar – dijo ella, esperando que su voz resultara firme.
Él le cogió la mano que tenía libre y se la metió debajo de las sábanas.
- Ni hablar – volvió a repetir. Poco a poco la fue deslizando por sus abdominales. Dios, qué tibio que está, y qué firme. Más abajo, hacia otra cosa tibia, y firme, y larga, y dura. ¿Cómo podía resistirse?
- No... – volvió a intentarlo, pero se dio cuenta de que una sonrisa se iba abriendo paso en su rostro.
- Sabía que acabarías viendo las cosas a mi manera.
Pedro le dobló la mano alrededor de la polla y le dedicó una sonrisa de arrogante satisfacción masculina.
Pau suspiró profundamente, apuró su copa de vino y tragó hasta la última gota.
CAPÍTULO DIEZ — JUSTO EL TAMAÑO IDEAL - PARTE UNO
Pau yacía jadeante y apenas oyó a Pedro rasgar e brillante paquetito. La sangre rugía en sus oídos y los sentimientos de culpabilidad intentaban apoderarse de su conciencia.Esto estaba llevando “toda su nueva vida” a unosniveles que no tenía planeados.¿En la cama con Pedro? ¿Tan pronto? Hacía unmomento que estaba recogiendo trozos de maceta rota y unmomento después se encontró atrapada bajo su cuerpo,embriagada por sus besos.Y era ella quien le había invitado a su cama, más queinvitado... le había arrastrado hasta su cama.Se había convertido en una maníaca sexual, ésa erala única explicación.Se agitó cuando Pedro se movió y plantó una rodilla al otro lado de su cuerpo. El colchón cedió bajo su pesoal ponerse a horcajadas encima de sus caderas. Susgrandes testículos le rozaban el vientre y su impresionantepolla le apuntaba directamente a los pechos.
Le sostenía el rostro con las manos mientras la besaba larga y profundamente, una y otra vez, insaciable. Y ella sentía arder todo su ser, igual de anhelante y ávida por él. Le deseaba y no podía esperar más. ¿Por qué seguía besándola y basta?
Pau introdujo las manos entre sus cuerpos, impaciente, exigiendo más con manos ansiosas, deslizándole una debajo de los huevos y sopesándolos con un gruñido de aprobación, y agarrándole la polla con la otra e intentando empujarle más abajo, más abajo, para poder introducirla dentro de ella. Tenía pruritos que necesitaba paliar, pliegues y dobleces húmedos por la desesperación, un lugar caliente y mojado donde le gustaría tanto sentirle...
Oh, gracias a Dios, Pedro había empujado una pierna entre las suyas y ahora estaba más cerca de donde ella quería tenerle. Luchó por liberar su otra pierna para que así pudiera penetrarla.
- Pau - murmuró en tono evidentemente divertido
-, ¿a qué tantas prisas? – La mantenía inmovilizada e indefensa mientras ella intentaba liberarse, pero él era mucho más fuerte y ella no tenía ni la más mínima posibilidad de moverle, y era mucho más corpulento que ella, tanto que si no le hubiera conocido tan bien podría haberla asustado.
Le miró levantando la barbilla con ademán beligerante y estiró los labios hacia atrás dibujando un rictus malhumorado.
- Te quiero ahora.
Él le apretó las manos en las suyas, mucho más grandes, y las sujetó por encima de su cabeza, mirándola come se mira a una niña desobediente.
- Ahora – gemía ella -, ahora, Pedro.
No le quedaba orgullo, sólo rabioso deseo. Volvió a besarla, un beso profundo, penetrante, que le demostraba con su lengua lo que tenía intención de hacerle en un momento dado a su ansioso y más que bien dispuesto cuerpo.
Pa ardía. Las llamas lamían su cuerpo de arriba a abajo, en lo más profundo de su ser. Finalmente, Pedro levantó la otra pierna y ella abrió las suyas tanto como pudo e inclinó las caderas como la más lasciva de las rameras.
Él le aguantó ambas manos en una de las suyas, se cogió la polla con la otra y empezó a introducirla demasiado despacio en su carne crispada y ardiente. La penetraba poco a poco, empujando su miembro más adentro, más adentro, como una exquisita tortura.
- Pedro... – se retorcía ella.
- Estate quieta – le dijo, y no era precisamente una petición amable.
Prosiguió su lenta invasión, y lo intentara como lo intentara no lograba meterle prisa.
- Estate quieta, maldita sea. Quiero sentir cada centímetro de ti.
Ella se lo quedó mirando, pero la había excitado tanto que había perdido la vergüenza y el pudor, sólo sentía aquella furiosa avidez.
- Tú eres pequeña – dijo -, pero yo no, y no quiero hacerte daño.
Pau detuvo al instante sus tácticas para meterle prisas, abrumada por su solicitud. Sí, le había parecido grande, pero nunca antes había visto a un hombre a plena luz, visible en todos sus detalles, totalmente expuesto, sin asomo de pudor o vergüenza.
- Gracias – murmuró, avergonzándose de sí misma por hacer actuado como lo había hecho. Y él empujó hacia adentro, cuidadosamente, suavemente, extendiéndola hasta sus límites.
Pero ella ansiaba sentirle moverse. Quería que se deslizara y empujara dentro de ella y que volviera a encender todas sus terminaciones nerviosas con nuevas sensaciones. Verle encima de ella la excitaba enormemente, era una promesa de cosas buenas para el futuro, y necesitó toda su fuerza de voluntad y determinación para mantenerse quieta.
Pedro suspiró y cerró los ojos. Pau vio cómo las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba y supo que por fin se había hundido en su cuerpo hasta el final.
- Así que resulta que tengo el tamaño ideal para ti – bromeó.
Él le dedicó una sonrisa más ancha, sin duda con expresión de suficiencia, y con un gemido exultante de satisfacción empezó a empujar con movimientos lentos, seguros y profundos.
Ella le puso las piernas alrededor de la cintura siguiendo el ritmo que él marcaba, meciéndose contra él y saboreando la deliciosa invasión... la emoción de su completa posesión.
Soltando sus manos de las de él, le agarró los hombros para empujarle, arañándole el cuello con las uñas, pasándoselas por el pelo, atrayéndole hacia ella para besarle con avidez y desesperación. Pedro tejía una larga y lenta tormenta de pasión, más tórrida, más salvaje, cada vez más ensordecedora, hasta que Pau se retorció con un deseo tan intenso que él le pasó un brazo por la cintura para apretarla más a sí.
Sus senos se aplastaron contra su pecho y sus pezones rozaban su vello oscuro. Oleadas de sensaciones la embargaban una tras otra a medida que él empujaba y se retiraba, empujaba más a fondo, más rápido y finalmente la empujaba más allá del límite, hasta que se aferró a él sin aliento, jadeando su nombre, retorciéndose contra, él hasta que él también se estremeció y gimió incoherentemente.
Ambos se precipitaron juntos en un lugar tibio y oscuro, con las manos flojas, los labios uniéndose y separándose y los ojos soñolientos. Pau no hubiera querido irse jamás de ese lugar.
- ¿Pero qué...? – murmuró ella, soñolienta, mucho más tarde. Pedro se echó a reír, despertándola al hacerlo porque estaba tendida encima de él. Tenía sus grandes manos apoyadas en el trasero de ella, sosteniéndola.
Seguía oyéndose un extraño ruido.
- ¿Qué es esto? – susurró Pau, preocupada por si Kelly había regresado inesperadamente al apartamento.
- Es tu nuevo gato, que se está tomando un tentempié de medianoche. Está persiguiendo croquetas por el plato.
Ella resopló molesta y exclamó:
- ¿Medianoche?
- No exactamente, es un modo de hablar.
- ¿Me he quedado dormida?
- Dormilona. ¿Demasiado movimiento para una sola noche?
Le lanzó una mirada de reojo que no pareció surtir el menor efecto. Pedro era un colchón muy tibio y muy mullido. ¿O sería mejor decir muy bien dotado? ¡Bueno, de eso no cabía la menor duda!
- Todavía queda parte de una botella de buen vino por ahí – dijo él -. ¿La traigo?
- A menos que prefieras un café. Es probable que consiga que mis temblorosas piernas me lleven hasta la cocina.
- Voy a por el vino.
Pau notó el tono divertido y satisfecho en su voz. La besó en el pelo y se deslizó de debajo de ella. Le miró apartar las sábanas y levantarse, tensando y flexionando los brazos y los hombros y estirando la larga y fuerte espalda encima de un bonito trasero y unas piernas sensacionales y muy bronceadas.
Algo dentro de su pecho se encogió con nostalgia. Si sólo hubiera encontrado a Pedro en otras circunstancias y en otro momento... Ahora iba a resultar mucho más difícil trabajar con él, y ya había sido bastante difícil hacerlo antes. Cuando la corriente de atracción ardiera entre ellos en el gimnasio, le iba a costar el gusto y las ganas mantener la mente alejada de él y concentrarse en el trabajo.
Pero ahora que por fin era libre, tenía que huir de Nueva Zelanda. Verdaderamente, no quería volver a ceder a su poderoso atractivo. Si tenían una breve aventura, sabía que iba a enamorarse de él, y entonces dejarle le destrozaría el corazón.
Iban a tener que considerar lo de hoy como la aventura de una noche y basta. De alguna manera. ¿Pero a quién pretendo engañar? ¿Debería sugerirle que contratara a otra asistente provisional en su lugar? ¿O meterle prisa para que buscara a una sustituta permanente para Julie la desertora y la futura mamá Tyler? Les estuvo dando vueltas a ambas opciones, pero ninguna de ellas le gustaba demasiado.
martes, 14 de octubre de 2014
CAPÍTULO NUEVE — DEL COQUETEO A LA CAMA - ULTIMA PARTE
Así podía introducirle más adentro.
Así podía pasarle la lengua por su magnífica polla, estudiando todos sus relieves, sus texturas y sus misterios.
Así podía chupar y lamer y rodearle con una man para estrujarle y acariciarle, hasta que oyó que cambiaba su respiración y emitía otro gruñido.
- Pau – susurró con voz ronca -, la otra vez que me tocaste ahí me corrí en un instante - le indicó con otro susurro -. No voy a durar eternamente si sigues haciendo eso. ¡Demonios! – dio una sacudida contra su lengua.
Un profundo estremecimiento se apoderó de él cuando le cogió la cara entre sus manos y trató de soltarse.
- Preferiría correrme dentro de ti. Suéltame.
Ella se echó hacia atrás despacio, observando cómo pulsaba su polla y brillaba bajo la luz, cómo se flexionaba y se estremecía aparentemente sin control. Resultaba imposible apartar la mirada.
- No es necesario bajar toda la cremallera – dijo Pau, agarrando el dobladillo de la túnica, tirando de ella hacia arriba y agachándose luego para quitarse las botas. Se quitó los vaqueros mientras Pedro hacía lo propio con los suyos.
- ¿De verdad hice que te corrieras? – Aún se acordaba del pañuelo que se había metido en los pantalones tantos años atrás y de todas las palabrotas que había dicho. En esos momentos se había quedado desconcertada, pero con el paso de los años y a medida que había ido aprendiendo más cosas, siempre se lo había preguntado.
- Como un toro semental – respondió con una sonrisa irónica, sentado en el punto de la cama donde había estado ella antes, atrayéndola hacia él y acariciándola con los dedos por encima del sujetador de encaje. Ella se rió al oír su comentario y él la miró con ojos ardientes y oscuros.
- No te burles, fue algo memorable. Casi me desmayo. Y esta vez tengo la oportunidad de jugar contigo tal y como me hubiera gustado hacerlo entonces.
Pau se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador. Las manos de Pedro se deslizaron bajo el encaje en un instante, sosteniéndola como si fuera un tesoro, apretando y moldeando sus pechos. Buscó sus pezones con los pulgares y no necesitó más que un mínimo toque para volver a ponerlos duros. Los acarició hasta que se convirtieron en tensos picos de sensaciones.
Su expresión se relajó y dio paso a una amodorrada satisfacción, con los ojos semicerrados y los labios entreabiertos que dejaban entrever el resplandor de sus dientes.
- Por favor, señorita, ¿me deja mirar?
Ella se deslizó el sujetador por los brazos, tan excitada que estaba dispuesta a darle lo que quisiera. ¿De verdad no hacía ni media hora que había llegado? Y ahora estaba sentado desnudo delante de ella, completamente excitado, iluminado por el foco en todos sus más mínimos y poderosos detalles viriles y aparentando sentirse muy cómodo con ello.
Y allí estaba ella en braguitas y esperando quitárselas muy pronto. Como si hubiera oído sus pensamientos más íntimos, Pedro metió los pulgares debajo del elástico y empezó a quitárselas. Al cabo de unos momentos volvió a concentrarse en sus pechos, inclinándose hacia adelante desde donde estaba sentado en la cama y frotándose la cara contra ellos, inhalando su aroma y murmurando lo bonitos que eran.
- Por favor – le suplicó ella, intentando que él se los chupara tal y como había hecho años atrás.
- ¡Qué suave! – susurró, evitando sus pezones una vez más.
- Pedro... – gimió, girándose para alinearse con su hermosa boca.
- Pequeña Pau, has crecido muy bien...
- Chupa – insistió.
Una mano fue bajando suavemente por su vientre y encontró su clítoris con suma facilidad. Pau dio un respingo ante el contacto inesperado. Con qué suavidad se deslizaba la sabia yema de ese dedo por su piel. Dios, estaba tan excitada y mojada, y aquella sensación... era... fantástica...
- Muérdeme – le suplicó, y él lo hizo, pero no donde ella quería que lo hiciera. Pedro giró la cabeza y le mordió el brazo, y luego le dio un rápido lametón con la lengua a su palpitante pezón.
No es suficiente, no es suficiente. Luego se alejó y sopló un chorro de aire frío sobre él, que así se puso aún más duro, y le dolía, le dolía.
- Pedro...
Le oyó reírse quedamente, con la misma claridad con la que notó que deslizaba un dedo dentro de ella.
- No es justo - se quejó -. Sabes muy bien lo que quiero. Tú también solías querer hacerlo.
Él extrajo el dedo completamente mojado y reanudó sus exquisitas caricias. Pau apretó los muslos con más fuerza y hundió la cara en su pelo, acariciándole los hombros y los brazos con las manos. Necesitaba su boca, la deseaba tanto que cuando él por fin la besó dejó escapar un grito involuntario de dicha.
Qué maravilla... el calor, el dejarse llevar, su hábil lengua.
Sus labios suaves y la peligrosa y dura emoción de sus dientes pellizcando y mordisqueando.
El lento reguero de besos hasta el otro pecho, donde volvió a chupar profundamente. El olor almizclado de sus cuerpos que ascendía por el angosto espacio que les separaba. Una chispeante emoción recorrió todo su ser con intensidad creciente a medida que el dedo de él dibujaba círculos más rápidos e insistentes... hasta que losmúsculos internos de su seno se tensaron y estallaron en fuertes espasmos de liberación.
Pau se dejó caer encima del gran tatuaje que él tenía en el hombro y lo mordió para ahogar su grito. Pedro la estrechó más fuerte, envolviéndola en un abrazo por si las piernas le cedían; Sammie se estremecía y jadeaba como si hubiera estado corriendo para salvar la vida.
¡Menuda respuesta, nena! Jesús, eres maravillosa... Pedro depositó a Pau, aún temblorosa, en la cama, sonriendo ante su expresión de aturdida satisfacción. La luz de la mesita de noche se reflejaba en los paquetes metálicos de condones que él se había sacado antes del bolsillo, arrancándoles destellos brillantes.
Ya habrá tiempo para eso más tarde.
Localizó el interruptor de la luz principal y apagó las luces del techo para que no la deslumbraran. Luego se tumbó apoyado en un codo, contemplándola. El tráfico discurría abajo en la calle y una lluvia repentina salpicaba las ventanas. La habitación era cálida, tenuemente iluminada e infinitamente más acogedora. El mundo real podía irse al infierno durante un rato.
- Pedro – murmuró -, gracias, ha sido increíble.
- Aún no hemos terminado.
- No – asintió ella -, yo apenas he empezado contigo.
- Y yo no he terminado contigo, ni muchísimo menos.
Se inclinó y la besó en el hombro y luego en la clavícula. Su olor era dulce y fragante, como a miel y frambuesas en un tibio día de verano. Cerró los ojos y guiándose sólo por el tacto le tomó un pecho en un mano y la lamió y la besó un poco más.
- Nunca fue así en el almacén de la embaladora – dijo ella en un murmullo entrecortado. - El almacén de los aperos. ¿Te acuerdas de toda la maquinaria?
- Claro. Tuvimos suerte de que el abuelo nunca nos pescara.
Pedro estaba profundamente agradecido por eso.
- Supongo que entonces tu cuerpo aún no estaba lo suficientemente desarrollado – dijo, y deslizándose hacia abajo en la cama le acarició el vientre, le pasó un dedo alrededor del ombligo una y otra vez y luego siguió haciendo lo mismo con los labios.
- No eres rubia natural – susurró, jugueteando con el pequeño triángulo de vello que había unos centímetros más abajo.
- Ya sabes que no – protestó ella, estirándose como una gata satisfecha.
Pedro se acomodó encima de ella, separándole las piernas hasta que pudo hundir la cara allí. ¡Dios, el olor de una mujer que se siente sexy! Lo aspiró, obligándola a abrir más las piernas con ambas manos cuando ella intentó cerrarlas por pudor.
- Ríndete a lo inevitable – bromeó, aguantándola donde quería que estuviera y acariciándole el clítoris con la lengua.
Las caderas de Pau dieron una sacudida como respuesta.
- Ahora ya puedo tratarte como a una chica mayor. Todas las cosas que no podía hacer entonces, todas las cosas de las que sólo había oído hablar, todo lo que quieras – susurró.
Volvió a darle un lametón, como si fuera un helado exquisito.
- Absolutamente todo lo que quieras. Otro lametón.
- ¿Qué te gustaría que hiciera, Pau?
- Sólo... esto... – respondió jadeante, con voz ahogada.
Pedro sonrió, disfrutando del efecto que tenía sobre ella, pasando la lengua lenta y deliberadamente por el jugoso y pequeño botón.
- ¿Esto no? – preguntó una docena de lametones más tarde, introduciendo un largo dedo en su cuerpo. El hecho de que ella inhalara una profunda bocanada de aire le dio a entender que aquello también le gustaba mucho.
- ¿Y si presionara aquí...?
- ¡Oh, Dios mío, Pedro, sí!
- He encontrado el punto mágico, ¿verdad? – Su respiración entrecortada y sus gemidos sexy eran respuesta más que suficiente. Relajó los muslos por completo, abriéndolos para lo que él quisiera. Ahora su excitado clítoris sobresalía como el más dulce de los caramelos.
Pedro frunció los labios a su alrededor y lo chupó con un ritmo constante, masajeándolo por debajo con el dedo moviéndose profundamente dentro del cuerpo de ella.
Pronto sintió la primera de sus pequeñas contracciones y movimientos. Se había imaginado esto casi constantemente, Pau fuera de control... porque normalmente era una persona muy controlada. Su nueva secretaria, tan distante y capaz, con su perfecto traje de chaqueta y sus altísimos tacones, reducida a una gatita quejumbrosa, puro instinto animal, y todo por él. Ahora tenía la emoción adicional de conocer su verdadera identidad: su pícara compañera de juegos de la adolescencia, por fin madura y lista, al cabo de tantos años.
Pau exhaló un profundo suspiro y su cuerpo se tensó. Estaba al borde mismo del orgasmo y él la empujó un poco más lejos. Por fin soltó un grito salvaje y se deshizo en una trepidante tormenta de jadeos, tirándole del pelo con una mano y arañándole el cuello con las uñas de la otra.
Pedro sonrió haciendo caso omiso del dolor, y cuando ella hubo terminado cogió el primero de los preservativos.
chan el capitulo que esperaban no ? espero les guste y te cap esta dedicado a loca linda de @Soloosoiimica te quiero loca aca esta tu cap , por lo menos dejame un comentario :p
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