jueves, 18 de diciembre de 2014

CAPÍTULO VEINTIUNO — HERIDO Y LLENO DE RENCOR

Los engranajes rechinaban en su cabeza y por fin todo encajaba. Una triste sensación de resignación sustituyó a la indignación. No debería sorprenderme. Es un hombre guapísimo y nunca ha ocultado que tenía montones de mujeres.

¿Por qué iba yo a esperar otra cosa? Pensó de nuevo en la noche en que había aparecido en su apartamento con las sandalias que se había olvidad colgadas de la mano. Ella se había portado de una forma horrorosa, absolutamente fuera de lugar. Ahora se estremecía sólo de pensar en lo de prisa que se había quitado los vaqueros, en cómo le había chupado su hermosa polla como si fuera un caramelo.

Yo empecé. Prácticamente me le eché encima. Y no hacía más que repetirle que iba a marcharme, así que, ¿por qué iba a verme como algo más que un pasatiempo agradable? Pero dolía, y mucho. Mucho más de lo que había esperado. Era como si alguien le hubiera abierto las costillas y le hubiera arrancado el corazón con un enorme cuchillo despuntado.

Se quedó sentada un par de minutos más, mirando las llaves en su nidito sexy y llamándose a sí misma con todas las acepciones de la palabra idiota que conocía. No podía soportar la idea de tocar las bragas de otra mujer, así que enganchó el llavero con la punta de un bolígrafo y cerró el cajón.

Esto era exactamente lo que necesitaba para confirmarle que había tomado la decisión correcta al reservar ese billete. De hecho, intentaría adelantar el vuelo si podía. Pedro era agua pasada, y a la hora del almuerzo ya no formaría parte de su vida. Volvió a recepción llevando las llaves como si tuvieran la peste. Él la tomó de la mano y la arrastró escaleras abajo pese a sus protestas.

- Hace una mañana preciosa y te he echado de menos como un loco. Te voy a raptar durante una hora. Hay algo que quiero que veas.

Hay algo que acabo de ver, tenía ganas de contestarle gritando, pero de alguna manera se mordió la lengua y permaneció sentada como una estatua mientras él conducía su bonito coche por entre el tráfico de la hora punta y la bombardeaba con noticias sobre su fin de semana: los peces que habían pescado y los problemas que habían tenido para plantar las tiendas e hinchar los colchones. Una vez que hubieron dejado atrás la ciudad, extendió la mano y le estrechó la suya un momento.

- Estás muy callada. ¿Te encuentras bien? Buscando una excusa como una loca le dijo: - Estaba pensando en tu sobrinita y me preguntaba cómo estaría.

- Después de todo no es mi sobrina, pero de todos modos es una niña muy mona y vivaracha – dijo encogiéndose de hombros -. Aguanta el tipo. Parece que no es mala señal.

- Mejor que nada entonces – repuso, poniéndose una mano encima del vientre agitado -. Sí, no me encuentro demasiado bien.

- ¿Estás en esos días?

- Casi – concedió ella, contenta de que él pensara eso.

- Un poco de buena música entonces - . Muy ponto la magnífica voz de Andrea Bocelli inundó el coche mientras circulaban veloces bajo la luz del sol.

La casa de la playa, claro. La casa que algún día él compartiría con otra. Ella esperaba estar a un millón de años luz.

- Pedro... ¿Por qué me vas a volver a llevar allí, después de lo que pasó el jueves? No quiero ir ahí. Él alargó la mano y le acarició el muslo y ella casi no pudo evitar apartársela de un manotazo.

- No te preocupes, no pasa nada. Vine el viernes con un par de jardineros, por eso desaparecí hasta la hora de cenar. Evan está vivito y coleando y se disculpó, pero me hizo pasar un mal rato. Me tendió la mano para estrechármela y no pude negarme, y me dio un buen apretón. Era la mano con la que le pegué -. Puso una cara compungida y se rió.

- ¿Y por qué es tan divertido? – resopló ella enfurecida – ¿Te hizo daño y tú te ríes? ¡Menudo par de
trogloditas!

Pedro le lanzó una mirada indulgente antes de tomar el camino de la finca. La trepidante sensación de pánico de Pau aumentó y aumentó hasta que por fin tomó una decisión.

No le voy a decir que he visto las bragas. Tengo demasiado orgullo para eso. Voy a ordenar el
apartamento, empaquetaré mis otras cosas, le dejaré a Zorro montones de croquetas y agua y volveré a casa de Ray y Anita. Llamaré a Tyler para ponerme de acuerdo para devolverle la llave. Kelly vuelve pasado mañana.

Es la única forma de poder salir de ésta. El coche avanzó rezongando por el camino anteriormente cubierto de verde, escupiendo piedrecitas de debajo de los neumáticos. Los jardineros habían podado los árboles enredados, manteniendo las partes mejores y formando una avenida de entrada. Ahora la luz del sol se filtraba a través de los árboles y se reflejaba en el salpicadero.

Pedro apagó el motor y la música.

- ¿Queda mejor?

Pau asintió aturdida. Tenía cosas más importantes en la cabeza que los árboles.

- Espera a ver las vistas ahora – le espetó sonriendo mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad y trotaba alrededor del coche para ir a abrirle la puerta. Ella dio unos cuantos pasos, vacilantes primero y luego más de prisa, mirando al frente con fascinación enfermiza, en dirección a la casa que jamás volvería a visitar.

El ruido de una sierra circular llegaba desde el otro lado de la casa y luego se detuvo. Debajo, el océano hacía guiños y centelleaba, mucho más tranquilo que la última vez que había estado allí y mucho más visible. Habían desaparecido los matorrales que crecían desordenadamente al borde del 
acantilado y ahora podía verse por entero la espectacular costa.

Pedro se acercó más a ella como si fuera a besarla y ella dio un paso atrás. Volvió a acercársele, sonriente y seguro de sí mismo. Ella retrocedió hasta que quedó atrapada entre la casa y el cuerpo de él, endurecido por las horas pasadas en el gimnasio, y entonces le empujó con gesto nada amable.

- No, no lo hagas. Por favor, no. Ya he tomado mi decisión, Pedro. Me marcho. He reservado el billete. Hemos terminado.

La expresión de él pasó en un instante de cariñosa y animada a confusa y gélida. Entornó los ojos y dio un paso atrás.

Entre ambos reinó un silencio absoluto durante un corto espacio de tiempo. Sammie apenas oía el balido ocasional de las ovejas en los pastos cercanos y el ladrido distante del perro de una granja.

- ¿Qué quieres decir con que hemos terminado?

Ella no podía apartar los ojos de su rostro acusador. Sencillamente estaba allí esperando que la castigara. Al final le preguntó:

- Pau... ¿por qué?

- Aléjate de mí, Pedro. Yo... he tenido todo el fin de semana para tomar una decisión, y ahora que ambos sabemos lo que queremos, hemos terminado. No hagas que resulte peor de lo que ya es.

Pau apretó los dientes para evitar tragarse sus propias palabras. Parecía como si alguien le hubiera dado una patada en las piernas y la hubiera golpeado con un mazo hasta dejarla sin sentido. Fuertes oleadas de dolor la embestían.

Pedro se alejó otro paso más y dio un furioso manotazo en el aire.

- ¿Lo que ambos queremos?

Ella le miró a los atormentados ojos. Ésta no era en absoluto la forma en que había pensado decírselo, ni tampoco el lugar.

- Queremos cosas diferentes. Tu objetivo es convertir Body Work en una cadena internacional, lo has dicho muchas veces, y yo te he dicho y repetido que éste para mí era un trabajo temporal antes de empezar a viajar.

Le miró mientras él lo asimilaba. Vio cómo se endurecía su expresión y empezaba a aceptar las cosas. ¿Qué he hecho, Dios mío? Pero tenía que hacerlo.

- No tardaré nada – le dijo él por encima del hombro, dándose la vuelta y alejándose. Lo dijo sin
emoción alguna, sin calor, sin rogarle que cambiara de opinión.

El ánimo de Pau se encogió aún más. Pedro salió a hablar con Evan y Brendan mientras ella miraba la casa con ojos angustiados. Aunque no se lo había dicho a Pedro, había visto este proyecto acabado con toda claridad en su imaginación, rehabilitado como la elegante casa que debía haber sido en otros tiempos, pero con cuartos de baño a la última y una cocina lujosamente equipada, con un generoso número de dormitorios para sus inevitables hijos e invitados y el enorme salón con sus increíbles vistas al océano.

¿Y quizá una gran terraza pavimentada que se extendiera hasta el borde del acantilado? ¿Y una nueva
rampa de escaleras que bajara hasta la playa privada? Un futuro paraíso, pero no para ella. La ruidosa sierra se puso en marcha de nuevo y Pedro reapareció. La acompañó de vuelta al coche, amable pero
glacial, para volver a la ciudad. La música podría haber colmado el estridente silencio que se había instaurado entre ellos, pero él la apagó en cuanto se puso en marcha y ninguno de los dos intentó volver a entablar conversación hasta que llegaron al puerto.

- ¿Al trabajo o a casa? – preguntó él.

- Al trabajo, gracias. He dejado allí el bolso y también el coche.

Cuando hubo aparcado el coche, Pedro dijo:

- Supongo que voy a tener que volver a llamar a la agencia de trabajo temporal, ¿no?

Pau sintió como si una puñalada le atravesara el corazón, una puñalada final y fatal.

- Sí, por favor. Puedo terminar la semana si quieres.

- No... si te vas ahora mismo está bien.

¿Así que ésta sería la última palabra que le diría? ¿”Bien”? Todo estaba muy lejos de estar bien, pero al menos esto lo habían arreglado.

Pedro se encerró en su despacho y no volvió a aparecer.

Pau cogió el bolso de su taquilla y utilizó rápidamente el ordenador para ver si podía cambiar su
vuelo para Sidney. Encontró una plaza para la mañana siguiente, pero no había más que una, y salió corriendo a buscar su coche para no tener que explicarle la situación a nadie del personal con los que había estado trabajando en estrecho contacto.

Cuando fue a buscar las llaves en el bolso, encontró el paquete que había preparado con tanto cariño y cuidado para Pedro. Maldita sea. No puedo volver a enfrentarme a él en este momento. Ya lo traeré antes de irme. Fue conduciendo temblorosa hasta el apartamento y llamó por teléfono a Tyler, la puso al corriente de los hechos con una versión modificada y se ofreció a pasar a devolverle la llave.

- ¿Por qué no te quedas otro par de noches?

Pau exhaló un largo y lento suspiro.

- No. Tengo que volver a casa de mi hermano y pasar un poco más de tiempo con todos ellos. Va a ser mi última oportunidad durante una eternidad. Podría pedirle que venda mi coche, a menos que quiera quedárselo para su hijo mayor dentro de un año o así. Bueno, para empezar me voy a Sidney el miércoles. Me encantó Sidney.

- Pobre Pedro, esperaba que quisieras el trabajo durante más tiempo.

Pau notó el tono de especulación en la voz de Tyler y se apresuró a corregirla.

- Yo siempre esperé trabajar allí hasta que llegara mi pasaporte. Me ofrecí a quedarme el resto de la semana, pero él rechazó de plano mi oferta.

- Hummm. Puedo pasarme por casa de tu hermano a recoger la llave de Kelly si quieres.

- No, yo pasaré por tu casa a dejártela, así tendré otra oportunidad de ver a tu preciosa hija.

Esto distrajo a Tyler lo suficiente como para hacerle abandonar el tema de Pedro, y así Pau trató de
relajarse y disfrutar de la charla durante unos minutos. Cayó en el embarazoso “sí”, “no” y “¿de veras?”, pero su atención seguía desviándose hacia el otro lado de la ciudad, hacia el hombre al que acababa de echar de su vida.

Nada de lo que hizo durante el resto del día pudo desterrar la profunda tristeza de aquella mañana.
Ordenó y limpió el apartamento, empaquetó su ropa, regó y replantó la kentia, la violeta africana y las dos begonias.

La visión de las burlonas bragas rojas en el escritorio de Pedro y las llaves brillando maliciosamente
encima de ellas seguía invadiendo su mente. Y lo que era peor, la frialdad en sus ojos cuando ella le había dicho que habían terminado. Apenas había reaccionado.

Simplemente había dicho “muy bien”. Le dio un abrazo superlargo a Zorro, repuso su suministro de croquetas y agua y salió del garaje por última vez para pasar sus dos últimas noches con Anita y Ray.

Y decidió que el martes, justo antes de la hora de cerrar, pasaría por Body Work y dejaría el regalo con la etiqueta con el nombre de Pedro en el mostrador de recepción.

Ella había terminado.

Pedro estaba furioso. ¿Cómo podía marcharse y abandonarle así, sin más, después de todo lo que habían compartido? Pau le había calado muy hondo. Había llegado hasta lo más hondo de su tierno y vulnerable corazón, hasta esa parte de sí mismo que siempre había ocultado a todo el mundo, ese núcleo tierno que custodiaba en lo más profundo de su ser con sus duras zarpas exteriores, ese lugar que nunca nadie había descubierto. 

Excepto ella. Ahora sabía por qué no se había fiado nunca de ninguna mujer, por qué nunca había querido tener relaciones a largo plazo. Sammie se había insinuado de nuevo en su vida y la había hecho jirones. Le había escupido como un chicle viejo. Le había tirado al suelo como una colilla. Se paseaba por el embarcadero del puerto, sufriendo y echando humo.

Nunca más. Nada valía la pena de esto. Sabía exactamente cuándo tenía el vuelo para Sidney: no había necesitado presionar mucho a la fiel Tyler para sonsacarle esa información. Cada vez que veía ondear al viento una melena rubia, no era la de Pau. Cada vez que pasaba por su lado un coche como el suyo, no era ella quien lo conducía. Otra noche más de infierno y se habría marchado y él podría dejar de buscarla. Y dejaría de esperar. Dio una patada a los tablones del embarcadero y
sintió la brisa de la noche en la nuca, donde ella solía acariciarle.

¡Maldita sea! ¡Joder!

Tomó una profunda bocanada de aire marino y volvió a soltarla con un fuerte suspiro. Casi había terminado el último día de Pau allí. Necesitaba golpear algo. Con fuerza. Y aún más necesitaba una copa. En el camino de vuelta a Body Work compró una botella de whisky por si no tenía suficiente en el armario del despacho. Iba a necesitar mucho. Torció la última esquina y vio otro maldito coche como el de ella, pero no pudo ver quién lo conducía. Por supuesto, tampoco esta vez iba a ser ella. 

Cogió su teléfono móvil, que se pasaba la vida sonando, mientras saludaba con la mano a Heidi, que estaba cerrando el gimnasio, subió las escaleras y cruzó la recepción. Era Bonnie, que preguntaba si iba a estar en casa a la hora de cenar.

- Lo siento, Bon, pero estoy liado con una cosa. Nos vemos mañana.

Entró en su despacho. Bebió un trago de whisky directamente de la botella antes de quitarse los vaqueros y dirigirse a los sacos de boxeo. Siguió bebiendo. Una hora más tarde estaba bastante borracho y totalmente agotado. Se dejó caer en el sofá de recepción sin sentirse mejor y dejó que el sueño se apoderara de él, golpeándole como un martillo.

A eso de las dos le despertó un dolor de cabeza atroz y se levantó para ir a buscar agua tambaleándose a la sala del personal. Buscó las luces a tientas y maldijo cuando el resplandor de las mismas le hirió los ojos. Se bebió la primera botella, rezando por una cura rápida y milagrosa, y se llevó otra a recepción para bebérsela más despacio. Sólo entonces notó el paquete cuidadosamente envuelto y etiquetado. Se acomodó en la silla de detrás del escritorio, cerró los ojos con fuerza y apuró la segunda botella mientras especulaba acerca de lo que podía ella haberle dejado que él pudiera querer.

Nada. Nada por lo que recordarla, eso seguro. Se quedó mirando el paquete, bebió un poco más de
agua y por fin cedió a la curiosidad. Aquí está, más que a tiempo para facturar – le aseguró el alegre taxista maorí, dándose impulso para salir de detrás del volante e ir a coger el equipaje de Pau - ¿Va a poder usted sola con esas dos?

- Las dos tienen ruedas – dijo con una ligereza que no sentía -, así que resultan agradables y fáciles de llevar. “Sola” lo estaba, desde luego, y lo odiaba. Anita se había ofrecido a acompañarla, pero Pau había rechazado su oferta – sin duda ofendiendo a su bien intencionada cuñada -, pero la constante amabilidad de Anita hacía que le entraran ganas de gritar, y sencillamente tenía que huir.

Era una hora intempestiva, y el amanecer estaba al acecho en algún lugar detrás de una espesa capa de nubes. No pudo evitar comparar su solitaria caminata a través de la terminal del aeropuerto con el feliz viaje que había hecho una semana antes. Entonces se había sentido llena de euforia y expectación con la perspectiva de pasar tiempo con Pedro.

Ahora estaba huyendo hacia algún sitio frío y sin esperanza. Esto en cuanto a su sueño de toda la vida de ver todo lo que el mundo tenía que ofrecer, el sueño que había intentado colmar porque había significado tanto para sus padres. Se había transformado en una escapatoria fútil de la mirada acusatoria de Pedro, porque ella no dejaba de ver su rostro, por mucho que intentara no verlo.

Su expresión de incredulidad, seguida rápidamente de aceptación. Ella había sido una cómoda diversión a corto plazo y nada más. Se paró en el mostrador e imprimió las etiquetas para sus maletas. La grande estaba tranquilamente por debajo del peso límite según la báscula del baño de Anita, y la más pequeña podía pasar como equipaje de mano.

En el aeropuerto había mucho movimiento pese a la hora temprana. Embargada por la tristeza, se arrastraba por entre la multitud pensando que su triunfante escapada debería dejarle una sensación mejor que la de una separación desgarradora del hombre que la había fascinado para siempre.

Había esperado tanto tiempo para ser libre... había cumplido con su deber para con el abuelo durante todos esos inesperados años... había dejado su vida en suspenso, a cambio del tiempo que él había cuidado de ella. ¿Y era ésta su recompensa? Puso la maleta grande en la cinta transportadora y miró cómo se dirigía inexorablemente hacia el punto en que desaparecería.

Pero antes de que eso sucediera, apareció un brazo fuerte y bronceado que agarró la maleta y la apartó a un lado. Allí estaba Pedro, de pie, con los ojos enrojecidos, la ropa arrugada, inmóvil, guapísimo. Agarraba su maleta como si fuera su propiedad personal. Sammie sintió que el
corazón le latía en la garganta y dio un bandazo en dirección hacia él, con su equipaje de mano golpeándole la rodilla y lastimándosela sin que ella se diera cuenta.

No podía ser que esto estuviera pasando. Ya había vivido este infierno una vez y no iba a poder soportarlo otra. La desesperación le dio valor.

- ¡Vuelve a ponerla en la cinta!

La expresión de Pedro se volvió dura como el granito.

- Esto no va a ir a ninguna parte, ni tú tampoco – dijo, con la determinación patente en los tensos tendones del cuello y en la expresión de la mandíbula.

- Por supuesto que sí – protestó ella -. Vuelve a dejarla en la cinta.

- Pau...- dijo su nombre con una mezcla de exasperación y ternura que hizo que se detuviera en seco – Si quieres viajar, viaja conmigo. No te vayas sola por ahí llorando desconsoladamente.

- Yo no estoy llorando – protestó ella, secándose furiosamente lo que innegablemente eran lágrimas -, no estoy llorando -. Pero tampoco la segunda vez sonó más convincente que la primera.

- Lo que has hecho por mí, lo que me has dado... es increíble.

El corazón de Pau empezó a revolotear de una forma muy rara, y una sonrisa trémula se empeñaba en
curvarle las comisuras de los labios pese a que ella intentaba evitarlo.

- Con todos esos detalles puedo contratar a un investigador privado para que la busque – siguió diciendo Pedro – y una vez que sepa que está viva y dónde está, iré y la sorprenderé, y veré si puedo arreglar las cosas entre nosotros. Ven a Italia conmigo, Pau.

Él alargó la mano para coger su equipaje de mano, y de alguna forma sus dedos perdieron fuerza y dejó que se lo llevara y lo dejara en el suelo.

- Empieza tu viaje conmigo. Amo todos y cada uno de los exasperantes huesos de tu precioso cuerpo y quiero que formes parte de mi futuro.

- Pedro, no puedo. No podemos. No después de lo del lunes. No después de que encontré esas bragas en tu escritorio.

Pedro se quedó momentáneamente perplejo y luego soltó una carcajada.

- ¡Ay, Jesús! ¡No me digas, Pau! ¿Así que se trata de eso?

Una enorme sonrisa le iluminó la cara y ella casi le da una bofetada.

- No, claro que no se trata de eso. Tú ya sabías que yo me iba a marchar. Ya había comprado el billete. Pero no bromees con eso, Pedro.

- Entonces no me mires de esa forma. Sólo eran de Julie. Peor aún. La asistente personal de antes que yo. ¿Es que se acuesta con todas nosotras?

Pau fue a coger su equipaje de mano, pero él la esquivó hábilmente. Simplemente le sostuvo la mirada y dijo:

- Fue la penúltima noche de póquer. Julie insistió en que quería participar, bebió demasiado, perdió el dinero y decidió convertirlo en un strip póquer.

Pau se quedó boquiabierta.

- Sí, no muy apropiado para una situación de trabajo, así que Rich la llevó a su casa y al día siguiente encontré las bragas detrás de una silla. Nunca volvimos a verla. ¿Qué se suponía que tenía que hacer con ellas?

- ¿Mandárselas por correo? – sugirió Pau, con la cabeza como un torbellino, intentando mantener la cara impasible y fracasando en el intento – No es así como Tyler me explicó las cosas.

- Cam estaba allí. Tyler no tenía por qué saber que su sustituta se había quitado las bragas delante de su marido

- Pedro extendió la mano y le cogió la cara, acariciándole suavemente los labios con el pulgar.

Pau no iba a dejar que se saliera con la suya tan fácilmente.

- Podrías haberlas tirado.

- Si hubiera sabido que iban a alterarte tanto lo hubiera hecho.

- Hummmm...

Pedro enarcó una oscura ceja.

- Bueno, volvamos a la realidad. ¿Vas a venir a Italia conmigo? De ninguna de las maneras quiero que esto termine. Estas últimas semanas han sido increíbles.

Ella se tragó las lágrimas haciendo un ruido que habría llenado de espanto a la abuela: medio riendo y medio resoplando.

- Sí, no estuvieron mal, ¿verdad?

- ¿Aunque creíste que esas estúpidas bragas eran...?

- ¡No es verdad!

- ¡Sí que lo creíste! – bromeó él.

- Bueno, ¿y tú qué habrías pensado? – Su sonrisa se ensanchó sin control y su corazón amenazaba con salírsele del pecho, de tan fuerte como latía. ¿Había dicho que amaba todos y cada uno de los huesos de su cuerpo? ¿Quería viajar con ella? Tal vez su sueño se había hecho realidad después de todo.

- Esta vez elijo Italia – añadió Pedro – y después de eso tú puedes elegir adónde iremos. Body Work puede esperar un tiempo.

Pau se hizo a un lado como para quitarse de en medio para que el resto de la gente pudiera depositar su equipaje, pero en realidad era para tener más intimidad. Sentía que su corazón estaba a punto de estallar y miraba a Pedro con ojos resplandecientes. 

Pedro volvió a dejar las maletas en el suelo y abrió los brazos. Ella dio el último paso que la separaba de él y él la estrechó en un fuerte abrazo.

- Pau – suspiró -, no vuelvas a asustarme nunca más así. Siento mucho la forma en que fueron las cosas. Mi sobrina está desesperadamente enferma. Por ese motivo descubrí que me adoptaron. Tyler me dejó, Julie me dejó. Necesitaba lanzar lo de Auckland y Sidney estaba despegando a toda velocidad. Las cosas estaban tan mal y yo estaba tan ocupado que creo que perdí la cabeza y el juicio durante un tiempo.

Ella inclinó la cabeza, esperando un beso, y Pedro cumplió con tal minuciosidad que cualquiera podría haber robado el equipaje de Pau sin que ella se diera cuenta.

holaaa , aqui los 3 ultimos caps de esta nove, mañana subo el epilogo y  termina esta nove :´) , buenas noches nos leemos mañana 

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