- “Via della Repubblica,” leyó Pau en el rótulo de la calle.
- Así que ya lo hemos encontrado – dijo Pedro, en un tono a medio camino entre la expectativa y el terror.
Había elegido un atuendo que esperaba le diera un aspecto impresionante pero informal, próspero pero despreocupado a la vez. Después de todo, esperaba encontrarse con la madre que antes no le había reconocido. Sólo tenía una oportunidad para causar una buena primera impresión, ¿no?
- Y también vamos a encontrarla a ella – le aseguró Pau -. Aunque hoy no esté en casa, alguno de los
vecinos sabrá algo de ella. O el párroco, o alguna otra persona.
- Número sesenta y tres – dijo Pedro, mirando a la empinada y bonita cuesta -, hacia el final.
Fueron subiendo los bajos peldaños cogidos de la mano, pasando por delante de casas centenarias, hasta que llegaron a la última. Estaba pegada a la calle: un edificio de piedra de dos plantas con un portal de color malva grisáceo. Macetas cubiertas de musgo repletas de pensamientos amarillos y púrpura y lobelia trepadora azul oscuro se agolpaban dándoles la bienvenida, y un arbusto podado de una forma caprichosa se alzaba ligeramente al margen del resto.
- Vamos allá – dijo Pedro apretando los labios y levantando la mano para llamar a la puerta con la aldaba de hierro. Pau le apretó los dedos con más fuerza todavía.
Dio dos golpes de aldaba y el eco resonó por toda la casa. Los latidos de su corazón sonaron casi igual de fuerte. Unos segundos más tarde se abrió la puerta y una mujer de pelo oscuro con un vestido gris claro y unos pendientes de perlas en forma de gota se les quedó mirando inquisitivamente. Luego su calma se vino abajo.
- ¿Pedro? - preguntó sin aliento, agarrándose el cuerpo del vestido y apretándolo contra su corazón.
- Y Pau – dijo Pedro, preguntándose qué debía hacer a continuación.
Los grandes ojos de Silvia se movían rápidamente de Pedro a Pau y de Pau a Pedro. Habían pasado al menos quince años desde la última vez que la había visto. La tranquila y monótona mujer a la que recordaba de su niñez había adquirido refinamiento y estilo. ¿De verdad era ella? Pau se acercó más.
- Te he traído a tu hijo para presentártelo.
- Niccolò – repitió Silvia, apoyándose en el marco de la puerta para no caerse -, nunca pensé... entrate, entrate, entrad.
Tenía un fuerte acento, pero hablaba bien el inglés, después de tantos años en la huerta. Extendió una agraciada mano de piel aceitunada con las uñas pintadas de rojo oscuro y la apoyó en el brazo de Pedro para acompañarle al interior de la casa.
- Nunca creí, ni esperé, que volvería a verte – dijo con las lágrimas rodándole por las mejillas – Hola, Pau... Me has traído a mi chico. Grazie, grazie.” Volvió a clavar los ojos en los de él.
- Qué guapo eres. Una madre puede decirlo, ¿verdad? - Y le cogió del brazo. Pedro se encogió de hombros y sonrió complacido, asustado, emocionado, perdido y encontrado.
- Y qué hermosa eres tú. ¿Un hijo puede decir esto a su vez?
- Pedro... – Silvia murmuró su nombre y tiró de él por un oscuro pasillo que conducía a una soleada estancia llena de libros y plantas.
Pedro tomó aire rápidamente y de golpe se quedó mudo. Había esperado que la tímida asistenta de la tía Felicity tuviera mucho más de sesenta años. No recordaba muchos detalles de ella, pese a las pocas fotos que
Pau le había dado. Ahora, en esta sala más iluminada, vio que era mucho más joven. Debió quedarse
embarazada de él cuando era casi una niña. Pau rompió el silencio.
- No sabíamos si íbamos a encontrarte hoy, pero había una postal con tu dirección en uno de los diarios de la abuela.
- Ella siempre escribir, escribir – asintió Silvia -. Sentar. ¿Os hago un café? Pero en cambio se dejó caer en el sofá conPedro, sin soltarle el brazo y comiéndoselo con sus grandes y dulces ojos.
- Supongo que te hemos sorprendido – dijo él al fin.
- Pero ha sido una buena sorpresa, una sorpresa agradable. Ah, Pedro, he esperado este día durante mucho tiempo. Nunca creí que llegaría.
- No supe que era adoptado hasta hace pocas semanas. Nadie me lo dijo. Nunca supe que tú eras mi madre hasta que Pau hizo de detective.
- Un secreto antiguo, muy antiguo – asintió ella – Deseo... quiero... decirte por qué. Quedarme el bebé non era possibile.
Más lágrimas rodaron por sus suaves mejillas y escondió la cara entre las manos. Sus hombros se
estremecían mientras sollozaba. Pau acudió en su ayuda, sacando del bolso un paquetito de pañuelos de papel y poniéndoselo a Silvia en el regazo.
- Todo eso es cosa del pasado – la tranquilizó – y tú debías ser muy joven entonces.
- Veintidós años – murmuró Silvia -. Studenti : Dante y yo.
Se secó los ojos y suspiró profundamente. Entonces se levantó y fue andando hacia una antigua librería en la que había una colección de fotos con marcos de plata. Las acarició con los dedos y se detuvo. Le trajo una de un hombre joven sentado a horcajadas en una moto, con la cabeza hacia atrás, riéndose.
- Éste es tu papá, Dante Pedro Giordano. Tú te llamas Pedro Dante en recuerdo suyo.
Pedro parpadeó varias veces para poder enfocar la imagen de aquel hombre que tanto se parecía a él.
Tragó saliva con fuerza. Pasaron unos segundos en silencio.
- ¿Recuerdo? – preguntó con voz ronca.
- Sí. Amaba esa máquina, pero un día esa máquina dejó de amarle a él – dijo, encogiéndose de hombros y acariciando el rostro de Pedro, secándole unas lágrimas que él ni siquiera se había dado cuenta de que estaban ahí
-. No estés triste, eso fue hace mucho tiempo. Nick cogió la foto de manos de su madre con dedos temblorosos y se quedó mirándola. Su mismo pelo ondulado. Sus mismas piernas largas aguantando la motocicleta.
Su misma sonrisa. Pau había vuelto a sentarse, y mientras él se perdía a sí mismo mirando la imagen del padre al que nunca conocería, oyó vagamente a Pau hablar quedamente con Silvia sobre un libro que había encima de la mesa baja de mármol, un precioso libro grande lleno de pinturas botánicas. Finalmente, Pedro levantó la vista de la foto de su padre.
Pau parecía saber que no era el momento de entrometerse.
- Mira, Pedro, tu madre es pintora. Aliviado, Pedro se inclinó para mirar su obra y vio el arte de la pequeña acuarela de la mariposa que Pau le había regalado, pero multiplicado por mil.
- ¿Son todas tuyas? – preguntó con voz ahogada.
- Sí, es a esto a lo que me dedico.
- ¿Así que tengo una madre famosa? Silvia le dedicó un sonrisa temblorosa e hizo un ademán con la mano como diciendo “puede que sí, puede que no”.
- Desde luego, es una madre muy inteligente – dijo Pau.
- Lo hago mejor ahora que cuando pintaba con tu abuela – reconoció -. Me diplomé para poder quedarme en Nueva Zelanda, ayudarla, aprender a pintar y ver a mi hijo.
En algún lugar en lo más profundo de su ser, Pedro sentía que los muros de acero empezaban a desmoronarse y que la desesperada coraza que había atenazado su corazón empezaba a relajarse. ¿O sea que realmente no le habían abandonado? Su madre había velado por él lo mejor que había podido, sin caer jamás en la indudablemente terrible tentación de revelarle quién era realmente y desbaratar su vida. ¿Cuánta fuerza debió necesitar para eso? Le pasó la foto con el marco de plata a Pau.
Ella la miró atentamente por espacio de unos instantes y le sonrió al volver a dejarla al lado del libro de su madre.
- Te pareces mucho a tu padre, Pedro. Éste podrías ser tú. Ahora, por una especie de milagro, has resuelto dos misterios... y has encontrado a tu padre y a tu madre: es más de lo que esperábamos.
Algo en el tono de Pau debió poner en marcha el radar maternal de Silvia, porque en sus ojos brilló una interrogante y sus labios esbozaron una sonrisa pícara. Había detectado algo más fuerte que la amistad entre él y su amiga de la infancia.
- ¿Tú y mi pequeña Pau? – bromeó, paseando la mirada del uno al otro.
- Pau y yo... y ahora tú, contra el mundo entero – asintió él, extendiendo los brazos por encima de la mesa para coger las manos de sus dos mujeres.
Fin
y termino la nove, :´) , GRACIAS a todas las personas que se tomaron un tiempo para leer cada vez que subia un cap muchas gracias en serio , en enero vuelvo con una nove nueva con una amiga , gracias otra vez, gracias a la genia de flor ( @florverriJS ) que me ayudo , y con ella hare la otra nove <3
domingo, 21 de diciembre de 2014
jueves, 18 de diciembre de 2014
CAPÍTULO VEINTIUNO — HERIDO Y LLENO DE RENCOR
Los engranajes rechinaban en su cabeza y por fin todo encajaba. Una triste sensación de resignación sustituyó a la indignación. No debería sorprenderme. Es un hombre guapísimo y nunca ha ocultado que tenía montones de mujeres.
¿Por qué iba yo a esperar otra cosa? Pensó de nuevo en la noche en que había aparecido en su apartamento con las sandalias que se había olvidad colgadas de la mano. Ella se había portado de una forma horrorosa, absolutamente fuera de lugar. Ahora se estremecía sólo de pensar en lo de prisa que se había quitado los vaqueros, en cómo le había chupado su hermosa polla como si fuera un caramelo.
Yo empecé. Prácticamente me le eché encima. Y no hacía más que repetirle que iba a marcharme, así que, ¿por qué iba a verme como algo más que un pasatiempo agradable? Pero dolía, y mucho. Mucho más de lo que había esperado. Era como si alguien le hubiera abierto las costillas y le hubiera arrancado el corazón con un enorme cuchillo despuntado.
Se quedó sentada un par de minutos más, mirando las llaves en su nidito sexy y llamándose a sí misma con todas las acepciones de la palabra idiota que conocía. No podía soportar la idea de tocar las bragas de otra mujer, así que enganchó el llavero con la punta de un bolígrafo y cerró el cajón.
Esto era exactamente lo que necesitaba para confirmarle que había tomado la decisión correcta al reservar ese billete. De hecho, intentaría adelantar el vuelo si podía. Pedro era agua pasada, y a la hora del almuerzo ya no formaría parte de su vida. Volvió a recepción llevando las llaves como si tuvieran la peste. Él la tomó de la mano y la arrastró escaleras abajo pese a sus protestas.
- Hace una mañana preciosa y te he echado de menos como un loco. Te voy a raptar durante una hora. Hay algo que quiero que veas.
Hay algo que acabo de ver, tenía ganas de contestarle gritando, pero de alguna manera se mordió la lengua y permaneció sentada como una estatua mientras él conducía su bonito coche por entre el tráfico de la hora punta y la bombardeaba con noticias sobre su fin de semana: los peces que habían pescado y los problemas que habían tenido para plantar las tiendas e hinchar los colchones. Una vez que hubieron dejado atrás la ciudad, extendió la mano y le estrechó la suya un momento.
- Estás muy callada. ¿Te encuentras bien? Buscando una excusa como una loca le dijo: - Estaba pensando en tu sobrinita y me preguntaba cómo estaría.
- Después de todo no es mi sobrina, pero de todos modos es una niña muy mona y vivaracha – dijo encogiéndose de hombros -. Aguanta el tipo. Parece que no es mala señal.
- Mejor que nada entonces – repuso, poniéndose una mano encima del vientre agitado -. Sí, no me encuentro demasiado bien.
- ¿Estás en esos días?
- Casi – concedió ella, contenta de que él pensara eso.
- Un poco de buena música entonces - . Muy ponto la magnífica voz de Andrea Bocelli inundó el coche mientras circulaban veloces bajo la luz del sol.
La casa de la playa, claro. La casa que algún día él compartiría con otra. Ella esperaba estar a un millón de años luz.
- Pedro... ¿Por qué me vas a volver a llevar allí, después de lo que pasó el jueves? No quiero ir ahí. Él alargó la mano y le acarició el muslo y ella casi no pudo evitar apartársela de un manotazo.
- No te preocupes, no pasa nada. Vine el viernes con un par de jardineros, por eso desaparecí hasta la hora de cenar. Evan está vivito y coleando y se disculpó, pero me hizo pasar un mal rato. Me tendió la mano para estrechármela y no pude negarme, y me dio un buen apretón. Era la mano con la que le pegué -. Puso una cara compungida y se rió.
- ¿Y por qué es tan divertido? – resopló ella enfurecida – ¿Te hizo daño y tú te ríes? ¡Menudo par de
trogloditas!
Pedro le lanzó una mirada indulgente antes de tomar el camino de la finca. La trepidante sensación de pánico de Pau aumentó y aumentó hasta que por fin tomó una decisión.
No le voy a decir que he visto las bragas. Tengo demasiado orgullo para eso. Voy a ordenar el
apartamento, empaquetaré mis otras cosas, le dejaré a Zorro montones de croquetas y agua y volveré a casa de Ray y Anita. Llamaré a Tyler para ponerme de acuerdo para devolverle la llave. Kelly vuelve pasado mañana.
Es la única forma de poder salir de ésta. El coche avanzó rezongando por el camino anteriormente cubierto de verde, escupiendo piedrecitas de debajo de los neumáticos. Los jardineros habían podado los árboles enredados, manteniendo las partes mejores y formando una avenida de entrada. Ahora la luz del sol se filtraba a través de los árboles y se reflejaba en el salpicadero.
Pedro apagó el motor y la música.
- ¿Queda mejor?
Pau asintió aturdida. Tenía cosas más importantes en la cabeza que los árboles.
- Espera a ver las vistas ahora – le espetó sonriendo mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad y trotaba alrededor del coche para ir a abrirle la puerta. Ella dio unos cuantos pasos, vacilantes primero y luego más de prisa, mirando al frente con fascinación enfermiza, en dirección a la casa que jamás volvería a visitar.
El ruido de una sierra circular llegaba desde el otro lado de la casa y luego se detuvo. Debajo, el océano hacía guiños y centelleaba, mucho más tranquilo que la última vez que había estado allí y mucho más visible. Habían desaparecido los matorrales que crecían desordenadamente al borde del
acantilado y ahora podía verse por entero la espectacular costa.
Pedro se acercó más a ella como si fuera a besarla y ella dio un paso atrás. Volvió a acercársele, sonriente y seguro de sí mismo. Ella retrocedió hasta que quedó atrapada entre la casa y el cuerpo de él, endurecido por las horas pasadas en el gimnasio, y entonces le empujó con gesto nada amable.
- No, no lo hagas. Por favor, no. Ya he tomado mi decisión, Pedro. Me marcho. He reservado el billete. Hemos terminado.
La expresión de él pasó en un instante de cariñosa y animada a confusa y gélida. Entornó los ojos y dio un paso atrás.
Entre ambos reinó un silencio absoluto durante un corto espacio de tiempo. Sammie apenas oía el balido ocasional de las ovejas en los pastos cercanos y el ladrido distante del perro de una granja.
- ¿Qué quieres decir con que hemos terminado?
Ella no podía apartar los ojos de su rostro acusador. Sencillamente estaba allí esperando que la castigara. Al final le preguntó:
- Pau... ¿por qué?
- Aléjate de mí, Pedro. Yo... he tenido todo el fin de semana para tomar una decisión, y ahora que ambos sabemos lo que queremos, hemos terminado. No hagas que resulte peor de lo que ya es.
Pau apretó los dientes para evitar tragarse sus propias palabras. Parecía como si alguien le hubiera dado una patada en las piernas y la hubiera golpeado con un mazo hasta dejarla sin sentido. Fuertes oleadas de dolor la embestían.
Pedro se alejó otro paso más y dio un furioso manotazo en el aire.
- ¿Lo que ambos queremos?
Ella le miró a los atormentados ojos. Ésta no era en absoluto la forma en que había pensado decírselo, ni tampoco el lugar.
- Queremos cosas diferentes. Tu objetivo es convertir Body Work en una cadena internacional, lo has dicho muchas veces, y yo te he dicho y repetido que éste para mí era un trabajo temporal antes de empezar a viajar.
Le miró mientras él lo asimilaba. Vio cómo se endurecía su expresión y empezaba a aceptar las cosas. ¿Qué he hecho, Dios mío? Pero tenía que hacerlo.
- No tardaré nada – le dijo él por encima del hombro, dándose la vuelta y alejándose. Lo dijo sin
emoción alguna, sin calor, sin rogarle que cambiara de opinión.
El ánimo de Pau se encogió aún más. Pedro salió a hablar con Evan y Brendan mientras ella miraba la casa con ojos angustiados. Aunque no se lo había dicho a Pedro, había visto este proyecto acabado con toda claridad en su imaginación, rehabilitado como la elegante casa que debía haber sido en otros tiempos, pero con cuartos de baño a la última y una cocina lujosamente equipada, con un generoso número de dormitorios para sus inevitables hijos e invitados y el enorme salón con sus increíbles vistas al océano.
¿Y quizá una gran terraza pavimentada que se extendiera hasta el borde del acantilado? ¿Y una nueva
rampa de escaleras que bajara hasta la playa privada? Un futuro paraíso, pero no para ella. La ruidosa sierra se puso en marcha de nuevo y Pedro reapareció. La acompañó de vuelta al coche, amable pero
glacial, para volver a la ciudad. La música podría haber colmado el estridente silencio que se había instaurado entre ellos, pero él la apagó en cuanto se puso en marcha y ninguno de los dos intentó volver a entablar conversación hasta que llegaron al puerto.
- ¿Al trabajo o a casa? – preguntó él.
- Al trabajo, gracias. He dejado allí el bolso y también el coche.
Cuando hubo aparcado el coche, Pedro dijo:
- Supongo que voy a tener que volver a llamar a la agencia de trabajo temporal, ¿no?
Pau sintió como si una puñalada le atravesara el corazón, una puñalada final y fatal.
- Sí, por favor. Puedo terminar la semana si quieres.
- No... si te vas ahora mismo está bien.
¿Así que ésta sería la última palabra que le diría? ¿”Bien”? Todo estaba muy lejos de estar bien, pero al menos esto lo habían arreglado.
Pedro se encerró en su despacho y no volvió a aparecer.
Pau cogió el bolso de su taquilla y utilizó rápidamente el ordenador para ver si podía cambiar su
vuelo para Sidney. Encontró una plaza para la mañana siguiente, pero no había más que una, y salió corriendo a buscar su coche para no tener que explicarle la situación a nadie del personal con los que había estado trabajando en estrecho contacto.
Cuando fue a buscar las llaves en el bolso, encontró el paquete que había preparado con tanto cariño y cuidado para Pedro. Maldita sea. No puedo volver a enfrentarme a él en este momento. Ya lo traeré antes de irme. Fue conduciendo temblorosa hasta el apartamento y llamó por teléfono a Tyler, la puso al corriente de los hechos con una versión modificada y se ofreció a pasar a devolverle la llave.
- ¿Por qué no te quedas otro par de noches?
Pau exhaló un largo y lento suspiro.
- No. Tengo que volver a casa de mi hermano y pasar un poco más de tiempo con todos ellos. Va a ser mi última oportunidad durante una eternidad. Podría pedirle que venda mi coche, a menos que quiera quedárselo para su hijo mayor dentro de un año o así. Bueno, para empezar me voy a Sidney el miércoles. Me encantó Sidney.
- Pobre Pedro, esperaba que quisieras el trabajo durante más tiempo.
Pau notó el tono de especulación en la voz de Tyler y se apresuró a corregirla.
- Yo siempre esperé trabajar allí hasta que llegara mi pasaporte. Me ofrecí a quedarme el resto de la semana, pero él rechazó de plano mi oferta.
- Hummm. Puedo pasarme por casa de tu hermano a recoger la llave de Kelly si quieres.
- No, yo pasaré por tu casa a dejártela, así tendré otra oportunidad de ver a tu preciosa hija.
Esto distrajo a Tyler lo suficiente como para hacerle abandonar el tema de Pedro, y así Pau trató de
relajarse y disfrutar de la charla durante unos minutos. Cayó en el embarazoso “sí”, “no” y “¿de veras?”, pero su atención seguía desviándose hacia el otro lado de la ciudad, hacia el hombre al que acababa de echar de su vida.
Nada de lo que hizo durante el resto del día pudo desterrar la profunda tristeza de aquella mañana.
Ordenó y limpió el apartamento, empaquetó su ropa, regó y replantó la kentia, la violeta africana y las dos begonias.
La visión de las burlonas bragas rojas en el escritorio de Pedro y las llaves brillando maliciosamente
encima de ellas seguía invadiendo su mente. Y lo que era peor, la frialdad en sus ojos cuando ella le había dicho que habían terminado. Apenas había reaccionado.
Simplemente había dicho “muy bien”. Le dio un abrazo superlargo a Zorro, repuso su suministro de croquetas y agua y salió del garaje por última vez para pasar sus dos últimas noches con Anita y Ray.
Y decidió que el martes, justo antes de la hora de cerrar, pasaría por Body Work y dejaría el regalo con la etiqueta con el nombre de Pedro en el mostrador de recepción.
Ella había terminado.
Pedro estaba furioso. ¿Cómo podía marcharse y abandonarle así, sin más, después de todo lo que habían compartido? Pau le había calado muy hondo. Había llegado hasta lo más hondo de su tierno y vulnerable corazón, hasta esa parte de sí mismo que siempre había ocultado a todo el mundo, ese núcleo tierno que custodiaba en lo más profundo de su ser con sus duras zarpas exteriores, ese lugar que nunca nadie había descubierto.
Excepto ella. Ahora sabía por qué no se había fiado nunca de ninguna mujer, por qué nunca había querido tener relaciones a largo plazo. Sammie se había insinuado de nuevo en su vida y la había hecho jirones. Le había escupido como un chicle viejo. Le había tirado al suelo como una colilla. Se paseaba por el embarcadero del puerto, sufriendo y echando humo.
Nunca más. Nada valía la pena de esto. Sabía exactamente cuándo tenía el vuelo para Sidney: no había necesitado presionar mucho a la fiel Tyler para sonsacarle esa información. Cada vez que veía ondear al viento una melena rubia, no era la de Pau. Cada vez que pasaba por su lado un coche como el suyo, no era ella quien lo conducía. Otra noche más de infierno y se habría marchado y él podría dejar de buscarla. Y dejaría de esperar. Dio una patada a los tablones del embarcadero y
sintió la brisa de la noche en la nuca, donde ella solía acariciarle.
¡Maldita sea! ¡Joder!
Tomó una profunda bocanada de aire marino y volvió a soltarla con un fuerte suspiro. Casi había terminado el último día de Pau allí. Necesitaba golpear algo. Con fuerza. Y aún más necesitaba una copa. En el camino de vuelta a Body Work compró una botella de whisky por si no tenía suficiente en el armario del despacho. Iba a necesitar mucho. Torció la última esquina y vio otro maldito coche como el de ella, pero no pudo ver quién lo conducía. Por supuesto, tampoco esta vez iba a ser ella.
Cogió su teléfono móvil, que se pasaba la vida sonando, mientras saludaba con la mano a Heidi, que estaba cerrando el gimnasio, subió las escaleras y cruzó la recepción. Era Bonnie, que preguntaba si iba a estar en casa a la hora de cenar.
- Lo siento, Bon, pero estoy liado con una cosa. Nos vemos mañana.
Entró en su despacho. Bebió un trago de whisky directamente de la botella antes de quitarse los vaqueros y dirigirse a los sacos de boxeo. Siguió bebiendo. Una hora más tarde estaba bastante borracho y totalmente agotado. Se dejó caer en el sofá de recepción sin sentirse mejor y dejó que el sueño se apoderara de él, golpeándole como un martillo.
A eso de las dos le despertó un dolor de cabeza atroz y se levantó para ir a buscar agua tambaleándose a la sala del personal. Buscó las luces a tientas y maldijo cuando el resplandor de las mismas le hirió los ojos. Se bebió la primera botella, rezando por una cura rápida y milagrosa, y se llevó otra a recepción para bebérsela más despacio. Sólo entonces notó el paquete cuidadosamente envuelto y etiquetado. Se acomodó en la silla de detrás del escritorio, cerró los ojos con fuerza y apuró la segunda botella mientras especulaba acerca de lo que podía ella haberle dejado que él pudiera querer.
Nada. Nada por lo que recordarla, eso seguro. Se quedó mirando el paquete, bebió un poco más de
agua y por fin cedió a la curiosidad. Aquí está, más que a tiempo para facturar – le aseguró el alegre taxista maorí, dándose impulso para salir de detrás del volante e ir a coger el equipaje de Pau - ¿Va a poder usted sola con esas dos?
- Las dos tienen ruedas – dijo con una ligereza que no sentía -, así que resultan agradables y fáciles de llevar. “Sola” lo estaba, desde luego, y lo odiaba. Anita se había ofrecido a acompañarla, pero Pau había rechazado su oferta – sin duda ofendiendo a su bien intencionada cuñada -, pero la constante amabilidad de Anita hacía que le entraran ganas de gritar, y sencillamente tenía que huir.
Era una hora intempestiva, y el amanecer estaba al acecho en algún lugar detrás de una espesa capa de nubes. No pudo evitar comparar su solitaria caminata a través de la terminal del aeropuerto con el feliz viaje que había hecho una semana antes. Entonces se había sentido llena de euforia y expectación con la perspectiva de pasar tiempo con Pedro.
Ahora estaba huyendo hacia algún sitio frío y sin esperanza. Esto en cuanto a su sueño de toda la vida de ver todo lo que el mundo tenía que ofrecer, el sueño que había intentado colmar porque había significado tanto para sus padres. Se había transformado en una escapatoria fútil de la mirada acusatoria de Pedro, porque ella no dejaba de ver su rostro, por mucho que intentara no verlo.
Su expresión de incredulidad, seguida rápidamente de aceptación. Ella había sido una cómoda diversión a corto plazo y nada más. Se paró en el mostrador e imprimió las etiquetas para sus maletas. La grande estaba tranquilamente por debajo del peso límite según la báscula del baño de Anita, y la más pequeña podía pasar como equipaje de mano.
En el aeropuerto había mucho movimiento pese a la hora temprana. Embargada por la tristeza, se arrastraba por entre la multitud pensando que su triunfante escapada debería dejarle una sensación mejor que la de una separación desgarradora del hombre que la había fascinado para siempre.
Había esperado tanto tiempo para ser libre... había cumplido con su deber para con el abuelo durante todos esos inesperados años... había dejado su vida en suspenso, a cambio del tiempo que él había cuidado de ella. ¿Y era ésta su recompensa? Puso la maleta grande en la cinta transportadora y miró cómo se dirigía inexorablemente hacia el punto en que desaparecería.
Pero antes de que eso sucediera, apareció un brazo fuerte y bronceado que agarró la maleta y la apartó a un lado. Allí estaba Pedro, de pie, con los ojos enrojecidos, la ropa arrugada, inmóvil, guapísimo. Agarraba su maleta como si fuera su propiedad personal. Sammie sintió que el
corazón le latía en la garganta y dio un bandazo en dirección hacia él, con su equipaje de mano golpeándole la rodilla y lastimándosela sin que ella se diera cuenta.
No podía ser que esto estuviera pasando. Ya había vivido este infierno una vez y no iba a poder soportarlo otra. La desesperación le dio valor.
- ¡Vuelve a ponerla en la cinta!
La expresión de Pedro se volvió dura como el granito.
- Esto no va a ir a ninguna parte, ni tú tampoco – dijo, con la determinación patente en los tensos tendones del cuello y en la expresión de la mandíbula.
- Por supuesto que sí – protestó ella -. Vuelve a dejarla en la cinta.
- Pau...- dijo su nombre con una mezcla de exasperación y ternura que hizo que se detuviera en seco – Si quieres viajar, viaja conmigo. No te vayas sola por ahí llorando desconsoladamente.
- Yo no estoy llorando – protestó ella, secándose furiosamente lo que innegablemente eran lágrimas -, no estoy llorando -. Pero tampoco la segunda vez sonó más convincente que la primera.
- Lo que has hecho por mí, lo que me has dado... es increíble.
El corazón de Pau empezó a revolotear de una forma muy rara, y una sonrisa trémula se empeñaba en
curvarle las comisuras de los labios pese a que ella intentaba evitarlo.
- Con todos esos detalles puedo contratar a un investigador privado para que la busque – siguió diciendo Pedro – y una vez que sepa que está viva y dónde está, iré y la sorprenderé, y veré si puedo arreglar las cosas entre nosotros. Ven a Italia conmigo, Pau.
Él alargó la mano para coger su equipaje de mano, y de alguna forma sus dedos perdieron fuerza y dejó que se lo llevara y lo dejara en el suelo.
- Empieza tu viaje conmigo. Amo todos y cada uno de los exasperantes huesos de tu precioso cuerpo y quiero que formes parte de mi futuro.
- Pedro, no puedo. No podemos. No después de lo del lunes. No después de que encontré esas bragas en tu escritorio.
Pedro se quedó momentáneamente perplejo y luego soltó una carcajada.
- ¡Ay, Jesús! ¡No me digas, Pau! ¿Así que se trata de eso?
Una enorme sonrisa le iluminó la cara y ella casi le da una bofetada.
- No, claro que no se trata de eso. Tú ya sabías que yo me iba a marchar. Ya había comprado el billete. Pero no bromees con eso, Pedro.
- Entonces no me mires de esa forma. Sólo eran de Julie. Peor aún. La asistente personal de antes que yo. ¿Es que se acuesta con todas nosotras?
Pau fue a coger su equipaje de mano, pero él la esquivó hábilmente. Simplemente le sostuvo la mirada y dijo:
- Fue la penúltima noche de póquer. Julie insistió en que quería participar, bebió demasiado, perdió el dinero y decidió convertirlo en un strip póquer.
Pau se quedó boquiabierta.
- Sí, no muy apropiado para una situación de trabajo, así que Rich la llevó a su casa y al día siguiente encontré las bragas detrás de una silla. Nunca volvimos a verla. ¿Qué se suponía que tenía que hacer con ellas?
- ¿Mandárselas por correo? – sugirió Pau, con la cabeza como un torbellino, intentando mantener la cara impasible y fracasando en el intento – No es así como Tyler me explicó las cosas.
- Cam estaba allí. Tyler no tenía por qué saber que su sustituta se había quitado las bragas delante de su marido
- Pedro extendió la mano y le cogió la cara, acariciándole suavemente los labios con el pulgar.
Pau no iba a dejar que se saliera con la suya tan fácilmente.
- Podrías haberlas tirado.
- Si hubiera sabido que iban a alterarte tanto lo hubiera hecho.
- Hummmm...
Pedro enarcó una oscura ceja.
- Bueno, volvamos a la realidad. ¿Vas a venir a Italia conmigo? De ninguna de las maneras quiero que esto termine. Estas últimas semanas han sido increíbles.
Ella se tragó las lágrimas haciendo un ruido que habría llenado de espanto a la abuela: medio riendo y medio resoplando.
- Sí, no estuvieron mal, ¿verdad?
- ¿Aunque creíste que esas estúpidas bragas eran...?
- ¡No es verdad!
- ¡Sí que lo creíste! – bromeó él.
- Bueno, ¿y tú qué habrías pensado? – Su sonrisa se ensanchó sin control y su corazón amenazaba con salírsele del pecho, de tan fuerte como latía. ¿Había dicho que amaba todos y cada uno de los huesos de su cuerpo? ¿Quería viajar con ella? Tal vez su sueño se había hecho realidad después de todo.
- Esta vez elijo Italia – añadió Pedro – y después de eso tú puedes elegir adónde iremos. Body Work puede esperar un tiempo.
Pau se hizo a un lado como para quitarse de en medio para que el resto de la gente pudiera depositar su equipaje, pero en realidad era para tener más intimidad. Sentía que su corazón estaba a punto de estallar y miraba a Pedro con ojos resplandecientes.
Pedro volvió a dejar las maletas en el suelo y abrió los brazos. Ella dio el último paso que la separaba de él y él la estrechó en un fuerte abrazo.
- Pau – suspiró -, no vuelvas a asustarme nunca más así. Siento mucho la forma en que fueron las cosas. Mi sobrina está desesperadamente enferma. Por ese motivo descubrí que me adoptaron. Tyler me dejó, Julie me dejó. Necesitaba lanzar lo de Auckland y Sidney estaba despegando a toda velocidad. Las cosas estaban tan mal y yo estaba tan ocupado que creo que perdí la cabeza y el juicio durante un tiempo.
Ella inclinó la cabeza, esperando un beso, y Pedro cumplió con tal minuciosidad que cualquiera podría haber robado el equipaje de Pau sin que ella se diera cuenta.
holaaa , aqui los 3 ultimos caps de esta nove, mañana subo el epilogo y termina esta nove :´) , buenas noches nos leemos mañana
CAPÍTULO VEINTE — UN REGALO PARA PEDRO
El hombretón se tambaleó contra la pared y cayó al suelo con un crujido como de huesos rotos. Pedro alargó la mano, que ya no le temblaba, y agarró a Sammie, tiró de ella, la hizo pasar al lado del pervertido, que estaba tirado en el suelo, gimiendo, y la sacó de la casa.
- ¿Qué coño estabas haciendo aquí? – le preguntó, arrastrándola con él afuera, al aire libre, y sin esperar a que le contestara, añadió: - ¿Te ha hecho daño? Ella negó con la cabeza, con los ojos abiertos de par en par y la cara blanca como el papel.
- ¿Puedes conducir?
- ¡Sí! Fue tambaleándose a su lado hasta que llegaron a su coche. La ayudó a subir y esperó hasta que hubo arrancado el motor.
- Párate en el arcén de la carretera principal en cuanto estés al seguro – dijo, cerrándole la puerta de
golpe y corriendo a coger el Ferrari. Al cabo de unos minutos se desvió bruscamente y se detuvo detrás del pequeño utilitario de Pau. Saltó fuera del coche sin preocuparse por su seguridad, se deslizó al lado de ella y le cogió la cara con las manos.
Aún tenía las pupilas dilatadas y se había rodeado el cuerpo con los brazos con tanta fuerza como si se estuviera congelando.
- ¡Cabrón! – rugió Pedro, esperando que ella se relajara pronto y le rodeara a él con esos brazos tan tensos en lugar de a sí misma.
- Estoy bien.
Por las venas de Pedro corría la ira al rojo vivo.
- ¿Y si no hubiera llegado a tiempo?
- No creo... que hubiera hecho nada.
- Pero no estás segura.
- Sólo estaba intentando ligar, supongo. Pedro no se creía nada de eso. Le acariciaba las mejillas con los pulgares y gruñía: un profundo rugido lleno de rabia, furia y posesión.
- ¿Llevándote hasta una casa abandonada? ¿Asegurándose de que Brendan no iba a estar allí? ¿Acorralándote como un pajarillo en una jaula? Pau levantó un hombro. Se le escaparon dos lagrimones y le rodaron por las mejillas y él se las secó con los pulgares. Cerró con fuerza los ojos asustados.
- Gracias – musitó, alargando la mano hacia él. Él se la cogió y tiró de ella hacia sí.
- Necesitas que cuiden de ti.
- No, no es verdad.
¿Sigue mostrándose valiente, aún estando muerta de miedo?
- No me gusta la idea de que viajes sola – le dijo, besándole la punta de la nariz, y sintió que algo se le retorcía y crecía muy adentro en su pecho, justo donde debería estar su corazón, si es que lo tenía.
Pau abrió los ojos de golpe y buscó los suyos.
- He tenido que depender de mí misma durante años. No te preocupes, estaré bien. ¿Y qué pasa si no quiero que te vayas? Ocultó su preocupación tras una pregunta concisa.
- Bueno, ¿por qué diablos fuiste a la casa?
- No soy tonta, pedro. Evan llamó y dijo que algunos de los planos habían salido volando por el acantilado y que necesitaba unas copias. Y podría haber sido verdad. ¿Cómo podía saberlo a ciencia cierta? Tú estabas en el despacho del abogado y no contestabas al teléfono – se interrumpió de repente conteniendo el aliento y abrió los ojos de par en par - ¿Qué pasará si le has matado? Pedro la apretó más contra sí y le metió la cabeza debajo de su barbilla.
- Eso es imposible, seguía haciendo mucho ruido cuando nos fuimos -. Apartó la mano magullada del rostro de Pau e intentó doblarla. Unas brillantes gotas de sangre manaron de un par de pequeños cortes.
- ¡Pedro!
- Ya se curará.
No parecía nada convencida y le pasó los dedos suavemente por la mano.
- ¿Y la casa? ¿Qué pasa si la destroza?
- Ojalá no haya visto que era yo. Pau curvó las comisuras de los labios hacia abajo y le miró incrédula.
- ¿Y quién iba a ser si no?
Pedro se encogió de hombros y sonrió.
- Ya nos enfrentaremos a eso en su momento, ¿eh? Los contratos de obras no son demasiado fáciles de conseguir en una situación económica como la actual, y el mío es un contrato importante que conlleva una cantidad de dinero bastante razonable.
- Podría causar muchos daños.
- Esperemos que se dé cuenta de que se ha portado como un animal y a partir de ahora se dedique a hacer su trabajo – dijo, y decidió cambiar bruscamente de tema, esperando que ella diera por zanjada la cuestión -. ¿Entonces tenemos confirmada la cena de mañana en casa de Bonnie?
Se la quedó mirando mientras ella sopesaba su invitación. Curiosidad, placer e indecisión se sucedieron en su rostro, todavía pálido.
- Si de verdad quieres que vaya – dijo por fin.
- Bien. Te seguiré de vuelta a la ciudad.
- Entonces vas a tener que respetar el límite de velocidad –dijo Sammie sonriendo.
- Sí, sí, haré lo que sea por ti, señorita Respetuosa de la ley.
El viernes por la noche, Pau se quitó la ropa de trabajo y se puso un vestido corto de color verde
esmeralda, unas sandalias de tacón alto de color bronce y un collar muy antiguo y muy bonito de la abuela con un colgante de mariposa de esmaltes. Se puso colorete de color melocotón y se maquilló cuidadosamente los ojos, preguntándose si esta noche tendría valor para decirle a Pedro que había reservado el vuelo para marcharse.
Cuando pasó a recogerla, empezó a pasarle revista por las uñas de los pies, pintadas de color melocotón, fue subiendo por las piernas y se detuvo un rato en su coqueta falda. Su sonrisa se fue ensanchando lentamente al levantar la cabeza para admirar sus ojos ahumados y las mechas recién hechas en el pelo. Allí donde se detenía la mirada de él, arrancaba chispas en su piel, como si acabara de acariciarla una brisa templada. Era como si la devorara viva. Una y otra vez.
- Eres demasiado hermosa para compartirte con un hombre más joven que yo – le dijo - y decididamente demasiado hermosa para compartirte con su madre -. Cerró la puerta del apartamento tras ella y cogiendo su mano se la colgó del hueco de su brazo, como si necesitara ayuda para andar con sus altos tacones.
- Y tú te ves como un hombre tan apuesto que vale la pena hacer el esfuerzo por él – bromeó, inclinando la cara hacia arriba para darle un beso de bienvenida mientras esperaban el ascensor. Le puso las manos alrededor de las caderas y le dio un apretón en su precioso trasero.
- Te voy a echar de menos este fin de semana.
- ¿Pero vas a hacer cosas por tu cuenta?
- Visitaré a Anita y a Ray para que los chicos puedan enseñarme a su nuevo perrito, me pondré al día con los viejos diarios de mi abuela... iré a una velada de rebajas de ropa interior sexy... esperó un momento mientras él separaba el sexo de la cuestiones familiares.
- ¿Ah, sí? – No era tanto una pregunta como un gruñido de aprobación. Se abrieron las puertas del ascensor.
- Tal vez – dijo ella, sonriendo ante su esperanzada expresión, y entonces eligió cuidadosamente las palabras al ver que ya había dos personas más que se dirigían a la planta baja -. Es una cosa que ha organizado Heidi.
- ¿Mi Heidi? ¿La de los músculos? ¿La que se pasa la vida vestida con cosas de Lycra negra?
- La mismísima, ya ves tú, nunca se sabe...
El domingo por la mañana Pau y Zorro estaban acurrucadas en el sofá con otro de los diarios de la
abuela, pasando revista a viejas cenas parroquiales y a horas pasadas pintando flores del jardín para una exposición de acuarelas del lugar. Aunque la historia de la familia la tenía fascinada, la cabeza se le seguía yendo al martes, a Sidney. Pedro le había organizado una visita turística, tal y como le había prometido. Un minibús les había llevado por Sidney hasta el histórico barrio de The Rocks, les condujo hasta el muelle, donde embarcaron para realizar un pequeño crucero por el puerto, y les volvió a recoger a tiempo para hacer una vertiginosa visita a lo más alto de la torre Centrepoint y llevarles a almorzar.
Le encantó visitar un lugar nuevo y diferente, aunque estuviera lleno de turistas cargados con cámaras Pedro se había mostrado cálido y relajado, y muy complacido con un par de los edificios que habían visitado con Rod. ¿Sería éste el verdadero secreto de sus padres? ¿Que habían encontrado al compañero ideal con el que pasar el tiempo... mucho más que el hecho de viajar? Sí, habían sido felices juntos. Dos medias naranjas. Dos mitades que encajaban perfectamente. No era de extrañar que ella hubiera heredado sus sueños de viajar.
Y ahora tal vez hubiera encontrado a su media naranja en Pedro, pero él estaba demasiado ocupado y
concentrado en su carrera como para reconocerlo, y ella aún estaba por lo menos medio convencida de que tenía que marcharse de Nueva Zelanda y ver más mundo. Si se quedaba con él, lo suyo no iba a durar para siempre. Inclinó la cabeza y cerró los ojos, frotando la cara contra el suave flanco de Zorro. No tenía sentido esperar que sucediera lo imposible.
Las distintas opciones pugnaban por prevalecer en su cabeza, provocándole jaqueca y un nudo en el estómago. ¿Debería aplazar su viaje al extranjero e intentar disfrutar de unas cuantas semanas más de felicidad con Pedro, o bien marcharse antes de que él se cansara de ella y la dejara? De todas formas le iba a partir el corazón, pero marcharse antes al menos iba a dejarla con el orgullo intacto.
Sí, tomaría ese maldito vuelo... y se lo diría tan pronto como volviera de su excursión de pesca. Suspiró y volvió a fijar la vista en el diario.
"11 de enero de 1983. Esta mañana Silvia y yo hemos ido andando hasta el extremo más lejano de la huerta. Andar despacio y tomar aire fresco nos sienta bien a las dos. El caudal del río es tan escaso con esta sequía que incluso con su avanzado embarazo Silvia y yo hemos podido cruzarlo y coger flores silvestres en el solar abandonado del que Erik nunca se preocupa."
Pau se enderezó de golpe en su asiento, apartando a Zorro, que hizo patente su desagrado
resoplando. ¿Silvia embarazada? Siguió leyendo febrilmente. Sus pinturas botánicas son mucho más finas que las mías. He encontrado flores muy raras, que nunca antes había visto, y ella se ha burlado de mí porque no he reconocido el cannabis.
Erik estaría horrorizado, pero ella me ha hecho jurar que de momento guardaría el secreto, porque cree que puede usarlo para negociar con un hombre que encontramos allí regando las plantas a escondidas.
Pau se echó a temblar y la embargó una enorme oleada de excitación y temor. ¿Marihuana en un terreno abandonado de la huerta? ¿Quién era aquel hombre... y cuál era el trato?
"4 de abril de 1983. Silvia ha dado a luz sin problemas a un varón."
El corazón de Pau empezó a latir con más fuerza. La descripción que les había proporcionado Brian Alfonso de “una muchachita extranjera que había ido a recolectar fruta” no paraba de resonar en su cabeza. ¿Silvia? ¿La tímida asistenta de su abuela podría ser la madre de Pedro? Gateando, cogió la foto del funeral. Silvia aparecía casi oculta bajo el sombrero y las gafas oscuras, pero cuando Pau rebuscó en su memoria, recordó su pelo negro como el ébano, sus grandes y expresivos ojos oscuros y que siempre iba vestida de negro o de gris.
Empezó a pasar las páginas del diario furiosamente, en busca de más pistas.
"16 de abril de 1983. Silvia ya ha hecho el trato. El señor y la señora Alfonso no han podido tener hijos y se han ofrecido a adoptar a su hijo. Hemos utilizado la plantación de cannabis del señor Alfonso para presionarle y conseguir que nos diera permiso para ver al chico de vez en cuando. No veo que esto vaya a traer nada bueno. Silvia está destrozada, pero resignada, porque cree éste es el mejor acuerdo que puede conseguir para no perder del todo el contacto con él. Me ha asegurado que el cannabis va a desaparecer de nuestra propiedad dentro de una semana."
Pau se quedó sentada, aturdida. ¿El futuro de Pedro se había negociado a cambio de una cosecha de cannabis? ¿Y su abuela, tan respetuosa de la ley, lo sabía y había mantenido el secreto?
"1 de noviembre de 1989. La señora Alfosno tiene problemas para mantener a raya a sus dos hijos menores y nos ha preguntado si podríamos tener con nosotros a Pedro cada año durante las vacaciones escolares para darle un respiro. Naturalmente, Silvia está muy contenta. Se ha ido recuperando lentamente, aunque no del todo, de la terrible depresión en la que cayó después de perderle. Al final le he confesado toda esta historia tan triste a Erik. Aún desaprobándola, sabe que Silvia es muy buena amiga mía y está dispuesto a pasar por alto la indudablemente ilegal adopción, puesto que ya han transcurrido seis años sin incidentes. Se porta muy bien con Pedro, quizá vea en él al hijo que yo nunca pude darle."
- Oh, abuela... – gimió Pau – no te rebajes de esta forma.
Así que aquí estaba la respuesta que había permanecido enterrada durante treinta años. No veía la
hora de decírselo a Pedro. No veía la hora de contarle su verdadera historia. Desgraciadamente iba a tener que esperar. Su fin de semana sólo para hombres transcurría en una playa tan aislada y remota que no había cobertura de móviles. ¡No te fastidia!
Se puso a dar vueltas por la habitación, abrazando jubilosa su gran secreto y meciendo a Zorro simplemente para estar en contacto con otro ser vivo.
- Bueno, lo que vamos a hacer ahora, gatita, es buscar todas las páginas importantes de los diarios y
hacer copias para Nick en el escáner de Kelly. Y buscar en las cajas los álbumes de fotos y ver si encontramos fotos de Silvia para dárselas.
Se puso a bailar alegremente y dejó en el suelo a la gata, que empezaba a protestar. Luego se fue a la cocina a buscar un cuchillo para abrir las demás cajas, porque en una de ellas tenía que haber un pequeño regalo de cumpleaños guardado como un tesoro: una exquisita acuarela de menos de 39 cm2.
Silvia había pintado dos mariposas grises y amarillas revoloteando encima de unas ramitas de nomeolvides azules y se la había reglado a ella al cumplir diez años. A Pau siempre le había encantado aquella acuarela y odiaba la idea de renunciar a la misma, pero tendría mucho más valor para Pedro que para ella, porque era algo que su madre había creado con sus propias manos.
Se secó las lágrimas que pugnaban por brotarle de los ojos. ¿Seguro que eran lágrimas de alegría, o eran lágrimas de tristeza? A las dos de la tarde había terminado de hojear los últimos diarios, había fotocopiado las páginas apropiadas y varias fotos y encontrado la acuarela. Estaba firmada con letra pulcra y cuadrada: “Silvia Giordano”.
O sea que ahora tal vez tuviera también un apellido, Pedro Giordano. Pau lo repitió varias veces en voz baja. Le quedaba bien. Se secó un nuevo hilillo de lágrimas mientras se preparaba un café y un sandwich de queso caliente para un almuerzo tardío. Había sido duro leer las últimas páginas de los
diarios sobre Pedro.
La abuela había escrito que los Alfonso se habían mudado a Wellington y Silvia se había quedado muy triste al perder el contacto con su único y queridísimo hijo. El padre de Silvia, muy puritano, falleció al cabo de pocas semanas, y por fin ella pudo volver a Italia a visitar a su afligida madre. Al ver que ésta gozaba de peor salud aún que la abuela, se quedó para cumplir con su deber de hija.
Había una postal escondida entre las páginas para indicar el lugar. La misma letra obsesivamente pulcra. Y una pequeña dirección... de muchos años atrás, pero un lugar por el que Nick podría empezar a buscar. Los diarios de la abuela terminaban menos de un mes después.
Pau sorbió su café y miró el reloj. Pedro esperaba estar de regreso alrededor de medianoche, y había dicho que la vería el lunes. Para facilitar su salida del apartamento en un momento dado, decidió volver a empaquetar las cajas y almacenarlas en el garaje de Ray. Luego compró una tarjeta para darle las gracias a Kelly y papel de regalo y cinta para envolver su extraordinario regalo para Pedro.
Ahora se moría de ganas de volver a verle y ansiaba ver su reacción. Se lo encontró en recepción al llegar a la mañana siguiente, con el omnipresente teléfono móvil pegado a la oreja. La recibió con una amplia sonrisa y le mandó un beso. El timbre del teléfono reclamó su atención en el escritorio y le miró con ojos nuevos cuando él se fue andando hacia el estudio principal mientras ella atendía al cliente.
Hoy lucía unos chinos color piedra, una sudadera de un gris más oscuro y unas botas deportivas de ante. Prácticamente Pau podía ver la sangre italiana corriendo por sus venas mientras paseaba arriba y abajo detrás de la gran pared acristalada.
Pedro Giordano, no cabía la menor duda.
- Quiero enseñarte una cosa – le dijo en cuanto vio que ella estaba libre.
- Pues ya somos dos.
Su teléfono volvió a sonar de inmediato, miró la pantalla y contestó.
- ¿Puedes ir a buscar mis llaves? En el cajón de mi escritorio.
Si tenía planeado salir corriendo, ella tendría que dejar su sorpresa para un poco más tarde. Una cosa tan importante no debía hacerse con prisas, pero de todas formas estaba muy decepcionada. Se mordió el labio, molesta, guardó el bolso en su taquilla y se dirigió al despacho de Pedro.
¿En qué cajón? Abrió el de arriba: ni rastro de las llaves. Probó con el segundo. El reluciente manojo de llaves le lanzaba destellos desde encima de un diminuto par de bragas rojas. Retrocedió, tomó aire, agitada, tropezó con el gran sillón giratorio negro de Pedro y apenas logró evitar caer al suelo agarrándose a uno de los brazos del sillón y dejándose caer con fuerza en el mismo.
¿Yo y quién más?
Se tapó la boca con la mano, sintiéndose enferma ante la idea de compartirle con otras. Sí, probablemente eran de una novia anterior, pero no las había tirado, ni se las había devuelto. ¿Es que todavía sentía algo por quienquiera que fuera su propietaria? Pedro, creía que ahora mismo yo era la única. ¿Estaba equivocada?
CAPÍTULO DIECINUEVE — SALVADA DE LAS GARRAS DE EVAN
Llegaron a casa el miércoles. Evan Greerson llamó dos veces esa tarde y una vez más el jueves por la mañana. Llamadas para perder el tiempo, porque cuando Pau le preguntó si quería hablar con Pedro, de repente no era urgente, no había que preocuparse y no era necesario molestarle.
Bueno, vale. Y de todos modos los planos del arquitecto contenían las respuestas que necesitabas.
Pero, para no agitar las aguas, Pau mantuvo la calma, contestó amablemente e intentó no permitir que aquella voz inoportuna la pusiera nerviosa.
- Sospecho que tienes razón en lo que respecta a tu contratista – le dijo a Pedro mientras le hacía un masaje en su apartamento el jueves a la hora del almuerzo -, se cree que es un don de Dios, ¿verdad?
- ¿Te ha molestado?
Le encantó la forma en que su voz se había endurecido y su expresión se había hecho más afilada,
como si se hubiera preparado al instante para salir en su defensa. Algo improbable dado que yacía tendido boca abajo encima de un par de toallas, untado en aceite y pareciendo más dispuesto a devorarla que a ahuyentar a cualquier competidor. ¡No tenía muchas esperanzas de volver a Body Work a la hora que le correspondía!
- No, no exactamente – dijo Pau, poniéndose en cuclillas entre sus rodillas y masajeando los largos y
fuertes músculos de sus muslos. Le deslizó los pulgares hacia arriba, hasta la ingle, y le rodeó los testículos, arrancándole un gruñido de frustrado placer.
- Calma, muchacho – dijo, disfrutando con su reacción -. Pero a veces Evan llama para preguntar cosas inútiles. Tal vez sólo sea una excusa para hablar con alguien que no sea Brendan.
- Tal vez sólo sea una excusa para hablar contigo.
- Bueno, es que yo soy más guapa que Brendan.
- Y tanto – dijo él, acariciándole los hombros y tirando de ella hacia abajo, hasta que tuvo sus pechos a la altura de los labios -, Brendan no tiene nada de esto.
Pau suspiró cuando él le pasó la lengua por los pezones, chupándoselos enérgicamente y
mordisqueándoselos con ternura. ¿Cómo iba a poder dejarle? ¿Cómo iba a poder irse de viaje, ahora que había encontrado a alguien tan maravilloso? Y... ¿cómo podía abandonar el sueño de sus padres
por una aventura con un mujeriego adicto al trabajo? Había admitido que era motivado y ambicioso y que tenía planeado escalar la carrera de los negocios durante ocho años más por lo menos. “Trabajar como un demonio hasta los treinta ocho años o así”, eso era lo que le había dicho en Sidney.
Esas palabras se le habían quedado grabadas en el cerebro desde entonces. Y en lo que a las mujeres se refería, en lo que a ella se refería, estaba ahí a corto plazo. Tyler la había avisado y ella se había dado cuenta por sí sola desde el primer día que le había visto.
Respiró hondo y se estremeció, disfrutando en parte del aceite de masaje con aroma a almendras, y en parte distraída por la decisión que pronto iba a tener que tomar.
- Vuelve conmigo – murmuró Pedro- ¿Cuál es el problema?
Ella le miró a aquellos ojos suyos tan negros.
- Tú, por supuesto.
- ¿Pero?
- Sí, un gran pero – le dijo, hundiendo los pulgares en su duro torso, deslizándolos a ambos lados de la línea de suave vello que le subía desde el ombligo hasta el pecho.
- ¿Y?
- Todavía no tengo una respuesta, aún me lo estoy pensando – contestó, abriendo los dedos y hundiéndoselos en los pectorales, masajeando profundamente, con fuerza, hasta que él cerró los párpados. Su exhalación contenida fue casi un ronroneo.
- Podrías dedicarte a esto cobrando. Esto bastó para que ella agarrara la parte de él que prefería y le diera un largo y grasiento apretón, desde la base del pene hasta la sensible punta.
Pedro tragó aire rápidamente, abrió los ojos de golpe y clavó su mirada en la de ella.
- Por si acaso te habías distraído – bromeó Pau, inclinándose a recorrer con la lengua ese mismo camino perfumado de almendras -. No quisiera que te quedaras dormido.
Al cabo de unos segundos él le dijo: - Quédate. ¿Así que había adivinado lo que estaba pensando ¿Pero qué le estaba ofreciendo en realidad? Pau tragó saliva, preguntándose si se atrevería a preguntárselo.
Aprovechó el tiempo para coger más aceite y untárselo en los hombros.
- ¿Por qué?
- Porque estamos bien. Estamos estupendamente.
- ¿Pero por cuánto tiempo?
Pedro se encogió de hombros. Sintió un leve temblor de esos mismos hermosos hombros bajos las palmas de sus manos.
- Sin garantías, ya lo sabes.
- Y menos aún contigo – dijo ella, desviando la mirada de la de él y reanudando el masaje.
La euforia de Pedro se fue desvaneciendo lentamente. Maldita sea, había estado a punto de suplicarle que se quedara. Casi había estado dispuesto a reconocer que ella había iluminado toda su vida. ¿Quién más estaba de su parte tan maravillosamente como Pau? Nunca se había sentido unido a Brian ni a Gaynor, y en las dos últimas semanas se había enterado del porqué.
Nunca se había sentido cómodo con su papel como hermano mayor de Hal y Tony, y por fin conocía también los motivos que había detrás. Tenía docenas de amigos, pero ninguno de sus viejos amigos eran mujeres, a menos que se tratara de la esposa de un compañero, y por tanto intocable.
Ninguna chica había compartido la cama con él durante más de unos cuantos días... o semanas como
mucho, porque entonces empezaban a ponerse pegajosas y a querer engatusarle, los juegos que desviaban sus energías de Body Work, y Body Work era su vida, su criatura, su sueño. Para un chico que había empezado con muy poco, había decidido llegar a ser un hombre con mucho y estaba
en camino de conseguirlo.
Pero Pau no quería quedarse y ser parte de sus planes, parte de su éxito. No confiaba en que él fuera a cuidar lo bastante bien de ella o durante el tiempo suficiente. A medida que sus manos seguían masajeando y deslizándose por sus carnes, se le empezaron a retorcer las entrañas en espirales de amargura y empezó a perder el humor cálido y relajado que su masaje le había procurado. ¿Cómo podría lograr que se quedara?
- Vente a cenar a casa mañana – le pidió -. Bonnie es una cocinera excelente, y así también podrás conocer a Mike como es debido.
Pau parecía comprensiblemente confusa por su repentina invitación.
- ¿Bonnie, tu casera?
- Hoy por hoy es más como mi tía. Me ha estado insinuando que le gustaría conocerte.
- ¿Por qué?
Dios, ¿por qué tendrán que hacer tantas preguntas las mujeres? Intentó darle a su rostro una expresión inescrutable. Mejor no dejar entrever demasiado.
- A lo mejor le he hablado de ti en alguna ocasión. Pau lo miró con escepticismo, limitándose a levantar ligeramente una ceja.
- Si casi no has estado en su casa para hacer eso.
- Tal vez sea por eso por lo que siente curiosidad. Tú ven y basta, ¿vale?
- Pero yo creía que te ibas a ir de pesca con tus amigos el fin de semana. ¿Por qué le estaba poniendo reparos? ¿Es que intentaba evitarle? Eso no tenía sentido, teniendo como tenía aún las manos encima de él.
- No hasta el sábado al amanecer, Josh no puede marcharse hasta entonces. Pau volvió a pasarle los dedos por el pecho, luego por el vientre y después apoyó su peso encima de sus muslos.
- Por favor – le rogó, presionándola más de lo que tenía pensado hacer. De repente, le pareció importante que aceptara, que le considerara como parte de una “familia”, porque ella era un tipo de chica familiar, que había querido a sus padres, que tenía un hermano en cuya casa había estado viviendo y un abuelo al que había cuidado.
- ¿Estás seguro de que no le va a importar cocinar para una extraña?
- Tú no eres ninguna extraña, tú eres mi... amiga. Sus ojos verdes brillaron con una repentina expresión burlona.
Pedro sonrió.
- ¿Novia entonces?
- Trabajo para ti.
Una furia repentina se adueñó de él y reaccionó demasiado rápidamente.
- ¡Tú eres mucho más que eso, maldita sea! – la hostigó - ¿O es que aún no te has dado cuenta a estas
alturas? Eres una vieja amiga, Pau, una amante que me gustaría de verdad que se quedara conmigo. No me vengas con esto de que “trabajo para ti”.
- Pero es que es verdad, soy tu asistente personal... y sólo una sustituta provisional de tu asistente personal, para ser exactos.
- Entonces haz que sea algo permanente.
- ¿Qué? ¡No!
Cuando su burla se convirtió en un rechazo de plano, el anterior estado de ánimo relajado de Pedro se
desvaneció por completo.
- No es éste el final que yo me había imaginado para esta pequeña escena – musitó, mirando las manos de Pau que le acariciaban los muslos. Seguía teniendo una erección de mil demonios y tenía muchas ganas de desahogar su furia, y esos dedos inquietos no le ayudaban mucho.
- ¿Se va a aguantar en su sitio un preservativo con todo este aceite?
Pau se lo quedó mirando, pero le pasó rápidamente un par de veces la punta de una toalla por la
polla y le puso un preservativo. ¿O sea que ella también le seguía deseando?
- Será mejor que sí – le espetó, sentándose a horcajadas encima suyo -, porque el último de mis deseos es encontrarme embarazada en la otra punta del mundo. Se sentó encima de él, pero él la cogió por la cintura y le impidió moverse.
- ¿Quieres decir como la arpía de mi madre? Ella le miró fijamente a los ojos y su leve jadeo
reforzó el comentario que siguió.
- No, Nick... perdona... no debería haber dicho eso.
No estaba pensando en ella para nada. Intento apartarse de él, pero haciendo uso de su fuerza él la mantuvo inmóvil y empujó sus caderas hacia arriba, penetrando en sus melosas y cálidas entrañas, lo
bastante hondo como para establecer quién mandaba, pero nunca lo bastante como para hacerle daño.
Permanecieron inmóviles, un par de ojos verdes clavados en un par de ojos negros, hasta que él le permitió ir descendiendo lenta y deliciosamente.
- Nada que ver con ella en absoluto – susurró Pau una vez que él estuvo alojado en lo más hondo de
su ser.
- Entonces ven a cenar. Ven a conocer a Bonnie y a Mike. Él es uno de los chicos que van a venir a pescar – dijo, extendiendo la mano y tomándole la cara. Gimió al atraerla hacia sí para besarla profundamente.
¿Cómo podía ser que no se diera cuenta de que era especial para él? ¿Que él quería que se quedara? ¿Que quería que le dejara amarla?
- BodyWork Fitness, le habla Paula.
Pau cambió de postura en la silla, que antes le parecía tan cómoda, e hizo una mueca al sentir los dolores y punzadas fruto de su sensual actividad durante la hora del almuerzo antes de pasar la llamada.
La sesión de masaje se había convertido en una guerra en la que ninguno de los dos se había refrenado. Los intentos de Pedro de dominarla no habían hecho más que reforzar su fiera determinación de que antes iba a perder él el control que renunciar ella al suyo. Ahora él lucía unos largos y salvajes arañazos en la espalda y los hombros, y ella chupones en los pechos y rozaduras de barba por todo el vientre.
En su intensa y desesperada lucha, ella se había abierto a todas las emociones: se había estremecido ante la profundidad de la pasión que habían compartido, la confianza que se había atrevido a darle y la solicitud que él le había demostrado a cambio. Nunca jamás se había permitido a sí misma disfrutar
tan plenamente, y por la expresión de asombro en el rostro de Pedro, se preguntaba si no le estaría pasando lo mismo también a él.
Tenía que comprometerse a marcharse antes de que fuera demasiado tarde, antes de que quedara atrapada. Sus dedos volaban encima del teclado, buscando otra vez con Google tarifas de avión para dar la vuelta al mundo, y se mordió el labio inferior mientras pasaba revista a todas las opciones. ¿Debería confirmar todo el itinerario o quizá sólo el primer vuelo para salir de Nueva Zelanda? ¿Uno a Sidney otra vez, como punto de partida?
Le había gustado mucho Sidney. Quería pasar más tiempo allí que esos dos días precipitados junto a Nick. Si hacía esa primera reserva, su suerte estaría echada. Se quedaría una semana más con él y eso sería todo. Navegó por la web de Air New Zealand y, con el corazón en un puño, reservó una plaza para el sábado siguiente. El teléfono volvió a sonar.
- Body Work Fitness, le habla Pau.
- Precisamente la chica que buscaba - graznó la inoportuna voz de Evan Greerson.
Pau arrugó la nariz, asqueada. Se oía el estrépito de la música de fondo, ahogando el sonido del mar.
- Siento molestarte, cariño, pero el joven Brendan ha hecho una tontería. ¿Podrías traernos otra copia de los planos hoy mismo? Ese chico tan tonto ha dejado que el viento se llevara volando unos cuantos por encima del acantilado.
- ¿Y no pueden recuperarlos? – dijo, a sabiendas de que había adoptado un tono cortante, pero desde luego no tenía ganas de que esto le estropeara el día.
- Lo hemos intentado, pero al llegar al borde del acantilado ha soplado otra ráfaga de viento y los planos han acabado directamente en el agua. Pau suspiró sin ninguna gracia.
- Entonces voy a tener que fotocopiar los de Pedro.
- Sí, estoy a punto de comprar más madera y necesito volver a comprobar algunas medidas. No quiero hacerle gastar demasiado dinero a tu jefe.
¡Pau apostaba a que era eso lo que le preocupaba!
- ¿Unos cuarenta y cinco minutos más o menos entonces?
- Buena chica.
Y se cortó la comunicación. ¿Por qué ese hombre la irritaba siempre tanto? Era perfectamente posible que esas grandes hojas de papel hubieran salido volando por el acantilado, pero... Maldito Pedro por haber salido justamente en el peor momento, o hubiera podido llevarle él los planos y echarles otro vistazo a las obras. Intentó llamarle al móvil. Apagado.
De todos modos le mandó un mensaje de texto, en caso de que lo cogiera dentro de pocos minutos,
y se fue a su despacho a buscar el tubo gris portaplanos. Pedro maldijo al mirar el teléfono nada más salir del despacho del abogado. IDO A OBRA CON PLANOS NUEVOS. ¿Por qué? ¿Cuándo? El mensaje era de hacía media hora por lo menos. Pulsó la tecla para devolverle la llamada a Pau. No contestó. ¿Estaría ya por el camino? Puso en marcha el coche refunfuñando y cruzó disparado la ciudad, vigilando por si había policía.
No encontró ni rastro de su pequeño utilitario por el camino. Intranquilo ante la idea de Sammie a solas con Evan Greerson, superó los límites de velocidad siempre que pudo y tomó el camino de la finca derrapando y levantando una nube de polvo. Aunque estaba desesperado por saber lo que estaba pasando, algo le hizo acercarse a la casa con sigilo. Tomó silenciosamente los recodos del áspero camino, moderando la marcha, a pesar de que hubiera preferido recorrerlo a toda velocidad.
Al final del túnel cubierto de maleza vislumbró el coche de ella y la furgoneta de Evan, pero ni rastro de la vieja camioneta de Brendan. Se le erizaron todos los pelos de la nuca y un torrente de ira se agolpó en todas y cada una de sus venas. Se detuvo justo delante de las barreras para el ganado, tiró del freno de mano, abrió la puerta del coche y echó a correr hacia la casa. ¿Qué estaba pasando allí?
La música resonaba por todas partes – un grupo musical de los ochenta a todo volumen -, pero no se oían ni martillazos, ni herramientas eléctricas, ni ningún otro tipo de ruidos de obras. Se le aceleró el pulso y le subió la adrenalina. Pau se aplastó contra la vieja puerta de entrada.
Fuera de la vista de los penetrantes ojos del contratista, sus dedos buscaban desesperadamente la manilla. Maldición, maldición, maldición, está cerrada. Dado que la casa había estado abandonada durante muchos años y la mitad de las ventanas estaban rotas, esto no se lo había esperado. Había pensado que simplemente podría deslizarse fuera de la casa y echar a correr hasta el coche.
Una oleada de náuseas se apoderó de su estómago, la inquietud le fue subiendo por la espina dorsal y le erizó el vello de la nuca. ¿Era así como se sentía un gato amenazado por un enorme perro babeante? Por supuesto, por supuesto, no lo haría en serio, ¿verdad? La música seguía machacando, tan fuerte que si gritaba pidiendo ayuda nadie la oiría. Se había cruzado con un par de trabajadores de la finca a más de un kilómetro de distancia, al dejar la carretera principal, así que de todas formas estaban fuera de su alcance.
Apretó los dientes y plantó los pies más firmemente encima de los tablones del suelo, dando gracias por haberse quitado los tacones y haberse puesto los viejos zapatos planos que llevaba siempre en el coche para conducir. Aunque había perdido la ventaja de la altura, ahora tenía el beneficio de la rapidez. Pero, por Dios, cómo le temblaban las rodillas.
Evan estaba de pie, con los pies calzados con unas viejas botas llenas de barro, los músculos de las piernas tensos y una sonrisa de satisfacción en la cara cubierta con una sombra de barba rojiza. La luz que se colaba por las ventanas sin cortinas mostraba exactamente lo alto que era y lo fuerte y grande que era su cuerpo, e iluminaba sus largos brazos, que le cortaban el paso.
- Gatita, gatita, gatita...
Se le acumuló la saliva debajo de la lengua y Pau tragó, sintiendo que la viscosa humedad le bajaba
por la garganta y se unía al pánico que se arremolinaba no mucho más abajo. Pedro se agachó y pasó corriendo por debajo de un par de ventanas hasta llegar a la vieja puerta trasera. Estaba abierta y una caja metálica de herramientas la sostenía.
Entró, intentando oír por encima de la música.
‘Baby you’re the best, the best...’
Sintió una aguda dentellada de terror. ¿Cómo la habría convencido Evan para que viniera aquí? ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Y por qué? Él la había avisado... ¿o es que sus consejos no contaban para nada?
‘Baby I’m a-leaving the rest...’
Avanzó por la sucia y vieja cocina, en la que ahora había un ridículo y maltrecho horno microondas enchufadoa un cable de obras que corría por el suelo. Cruzó el otrora grandioso comedor y llegó cautelosamente al pasillo principal.
‘Baby you’re my girl, mind is in a whirl...’
Con gran alivio, vio la silueta de Sammie recortada contra el elegante panel de vidrio emplomado de la puerta principal, con las manos aplastadas contra la madera. La luz danzaba y arrancaba destellos al cristal tallado.
‘Baby you’re the ever-lovin’ best...’
Evan Greerson estaba frente a ella, con los brazos extendidos a través del largo pasillo, driblando y
haciendo amagos como un jugador de baloncesto para cortarle la salida a la puerta trasera abierta. La furia recorrió como un reguero de pólvora todo el cuerpo de Pedro. La letra de la vieja y fútil canción pop se desvaneció. Sammie era lo único que ocupaba su cabeza.
Si el contratista le había puesto las manos encima era hombre muerto. No podría decir si ella se había dado cuenta o no de que él había llegado. Suponía que sí, porque estaba mirando en dirección a él, pero a contraluz ella no era más que una silueta, una pequeña y frágil silueta de mujer, que esperaba no alertara a Evan de que la ayuda se acercaba rápidamente.
Una ira impía se había apoderado de él y se lanzó por el viejo pavimento con la mente fría como el hielo y los pies haciendo muy poco ruido por encima de la música. Levantó el brazo y le asestó un puñetazo con todas sus fuerzas al contratista en la cabeza.
lunes, 15 de diciembre de 2014
CAPÍTULO DIECIOCHO — EL BALCÓN DEL HOTEL
- Una cena informal entonces. Podemos buscar algo mientras paseamos, ver qué nos parece el ambiente de este sitio. No tardaron más que unos minutos en colgar sus prendas, guardar su ropa interior en los cajones y sus artículos de aseo en el tocador del baño.
Cruzaron la calle hasta el paseo marítimo y se pusieron a pasear por él. Pau saltaba y brincaba como una niña excitada, sabiendo que Australia era el sitio ideal para empezar sus viajes. Le había encantado tener a Pedro como guía en las operaciones de embarque y recogida de equipajes, pero en el futuro se las iba a arreglar perfectamente ella solita.
A su alrededor había muchas otras personas disfrutando del suave aire marino y de la hermosa noche.
Algunas se dirigían a los bares y cafés locales, otras a la playa. Le sonrió a Pedro, pensando en lo guapo que estaba cuando las últimas luces de la puesta de sol se desvanecían en el horizonte. Su piel parecía de bronce brillante y sus ojos y su pelo despedían reflejos de oro fundido.
- Gracias – le dijo.
- ¿Por hacerte trabajar duramente?
- A mí esto no me parece trabajar.
- No, pero mañana sí que te lo va a parecer. Rod es un gran vendedor, pero es tan escurridizo como una anguila. Quiero que tomes nota de todos los detalles para saber exactamente en qué me estoy metiendo. Y no le iría mal ver que lo estás haciendo, porque así sabrá que voy en serio y tal vez así sacará un par de conejos del sombrero de copa si quiero.
Pau asintió y miró hacia donde rompían las olas y se deslizaban hasta la arena.
- ¿Puedo meter los pies en el agua? Eso le sorprendió y le hizo sonreír.
- Sí, pero no esperes que te acompañe. No quiero llenarme los calcetines de arena.
Cruzaron por la franja de hierba y bajaron hacia el mar. Había mucha gente disfrutando de un paseo por la orilla. Pau se quitó los zapatos, se los colgó de una mano y metió los pies en el agua de la orilla. El agua fresca se arremolinaba alrededor de sus tobillos, haciéndola sentir viva y despierta.
"Sácale el máximo partido, disfruta de él mientras puedas. Tú no le vas a interesar eternamente, no a un hombre tan guapo y deseable como Pedro."
Después de una cena a base de marisco en un café de una de las callecitas secundarias, él volvió a llevarla hacia la calle principal.
- Esta zona parece buena, llena de vida y próspera, con edificios en buen estado, ¿verdad?
- Está demasiado oscuro para ver mucho – dijo ella, apretándole la mano -, pero no hay tiendas vacías, ni he visto pintadas.
- Lo que propone Rod tiene buena pinta sobre el papel, pero...
- ¡Pedro!
Al otro lado de la calle, un mostrador profusamente iluminado que contenía helados de múltiples sabores parecía llamarles irresistiblemente.
- ¿Podemos? – suplicó – Sería estupendo comernos uno de éstos mientras paseamos.
Pedro echó un vistazo a las variopintas bandejas y le tendió un billete de diez dólares.
- Para mí de chocolate.
- Señor Predecible – bromeó ella. Se mordió el labio inferior mientras miraba atentamente el surtido de sabores
–. Yo voy a tomar... ése verde brillante, lima y limón. Pau se colgó del brazo de Pedro mientras volvían paseando al hotel, comiéndose el helado y riéndose, hasta que él la sorprendió reprimiendo un bostezo.
- ¿Cansada? – preguntó, mirando el reloj.
- Sí que lo estoy, un poco, lo siento – repuso mirándole.
- Dúchate tú primero.
- ¿No tenías planeado portarte mal ahí? Sus labios esbozaron una leve sonrisa.
- No con una cama de ese tamaño.
- Cierto – coincidió ella, mordisqueando hasta el final su cucurucho de helado y pasándole el brazo por la cintura.
Pero cuando Pedro salió del baño un poco más tarde, encontró a Pau tumbada boca arriba, aparentemente dormida como un tronco, con un brazo encima de la almohada, acaso para protegerse los ojos de la luz de la lámpara de la mesita de noche. Como era una noche templada, había apartado todas las mantas excepto la sábana de algodón blanco. Un tierno pezón rosa asomaba y le hacía guiños, un tentador objetivo para un beso.
Se sentó en la cama con cuidado para no molestarla y se recostó apoyándose en un codo, contemplándola. Volvía a parecerse a aquella chiquilla de trece años, con la guardia bajada, la cara lavada y los vivos ojos verdes cerrados. La pequeña Pau, que le había fascinado hacía tantos años, seguía teniéndole hechizado. ¿Por qué estaba tan decidida a dejarle? Acababan de arrancarle a su supuesta familia de la manera más cruel. Al mirar a Pau supo con certeza que no quería
perderla a ella también, pero, ¿cómo podría hacer que se quedara?
Le apartó con cautela el alborotado pelo de la frente y se la besó con toda la suavidad del mundo. Pau
murmuró algo ininteligible.
- Chiiiisss ... – la calmó -, no te despiertes, sólo déjame...
Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad de la habitación le pareció que había
demasiada luz. Pau necesitaba que apagara aquella maldita lámpara para estar cómoda, pero él todavía no había terminado de mirarla. Puso un pie en el suelo, se levantó y cruzó la habitación en dirección al escritorio.
Buscó el interruptor de la lámpara y dirigió el haz de luz hacia la pared. Luego volvió adonde estaba ella y se la quedó mirando de nuevo. Incapaz de detenerse, empujó la sábana a un lado con los dedos cuidadosamente hasta dejarle al descubierto el pezón. Estaba tibia, suave y relajada. Pedro se pasó la lengua por la boca para humedecerla, se agachó y lamió brevemente el pequeño montículo.
Luego retrocedió unos pocos centímetros y sopló aire frío sobre él. Como por arte de magia, su carne
se arrugó y él sonrió ante la reacción automática. Era irresistible. Acercó los labios a su pecho, rodeó
con ellos el pezón y usó la punta de la lengua para acariciarlo durante unos segundos. Se dio la vuelta y apagó la luz de la mesita de noche. Pau resopló soñolienta, acaso agradecida.
al cabo de unos segundos sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra y vio brillar el pequeño
pico húmedo a la débil luz. Dios, ¿qué le pasaba a él con sus pechos? Podría pasarse la vida mirándolos, jugando con ellos sin parar y sin cansarse nunca de su hermosa forma, de su sedosa suavidad. Volvió a inclinarse sobre ella, lamiendo despacio el pezón erecto mientras la leve brisa del aire acondicionado flotaba encima de sus hombros.
Pau se movió y Pedro sintió una presión en la parte posterior del cuello: sus dedos le acariciaron el
pelo por espacio de unos segundos, pero luego su mano se apartó y volvió a descansar encima de la almohada. Le embargó una enorme ternura, de una fuerza impresionante. Aunque estuviera soñando, había extendido la mano para tocarle, le había acariciado, había querido tocarle ella también.
Con infinito cuidado, le bajó la sábana hasta la cintura. Ella no protestó, demasiado dormida aún como para que él siguiera con su juego. Ahora tenía a disposición sus dos pechos para jugar con ellos. Posó los labios en ambos, uno tras otro, depositando dulces besos y frotando suavemente su mejilla sobre la piel fragante, lamiendo y soplando en su otro pezón hasta que ambos estuvieron erectos, duros y brillantes. Pau se acercó a él, acurrucándose un poco a su lado y dándole mejor
acceso.
A Pedro le dio un vuelco el corazón. Allí estaba, absolutamente suya. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Si le chupaba los pezones se despertaría? Sólo había una manera de averiguarlo. Apretó los dedos suavemente en torno a un botoncito rosado, rodeó el otro con los labios y chupó y acarició en un delicado dúo. Pau le recompensó con un prolongado suspiro de placer.
¿O sea que incluso en sueños podía sentirlo? Los huevos de Pedro se apretaron y su polla presionó contra el borde de la cama, dura y tiesa. Quería más. Se sentó sobre los talones, apartó la
sábana por completo y la dejó caer encima de la moqueta a los pies de la cama. Pau era apenas lo bastante consciente de que algo pasaba como para agitarse ligeramente. Estiró las piernas y se dio media vuelta despacio hasta que volvió a estar completamente boca arriba.
Los ojos de Pedro se pasearon por su costado en un viaje sensual, deteniéndose en la cavidad de su cintura, en la curva de su cadera y bajando por su tibio muslo. Su aroma llegaba hasta él, fresco, femenino, tentador. Se inclinó más sobre ella. Ella era su droga de elección, su adicción. Quería probarla, darle placer, hacer que se corriera mientras dormía. ¿Sería posible? Moviéndose lentamente, se colocó encima de ella y le hizo abrir las piernas con una ligera presión.
Pau se tensó, suspiró y volvió a relajarse. En la cálida oscuridad, Pedro sintió que el pulso se le aceleraba, lo sentía en todo su cuerpo: en el pecho, en sus entrañas, incluso en la punta de la polla, dura como una roca.
Le acarició la cara interna de los muslos y ella reaccionó separando las piernas al sentir cosquillas, lo
suficiente para que él pudiera acercar la cara y rozarle la ingle con la mejilla. Se quedó así hasta que estuvo seguro de que no se había despertado. El aire acondicionado emitía un zumbido. Las olas rompían cada pocos segundos en la playa cercana.
Le pasó la lengua por el clítoris lenta, suavemente, una y otra vez, siguiendo el ritmo de las olas del océano. Pau musitó algo, inclinó las caderas buscando el placer y volvió a calmarse. Luego le deslizó la mano por detrás del cuello y le apretó con los dedos siguiendo el mismo ritmo lento, jugando con su pelo y arañándole el cuero cabelludo con las uñas. Pedro sintió que las sacudidas de anticipación le recorrían la espina dorsal de arriba a abajo.
Ella sentía el toque de su lengua y quería tocarle a su vez. Pedro respiró hondo y empujó un dedo dentro de su sedosa y húmeda vagina. Y volvió a lamer. Sintió que su mano le acariciaba la parte posterior de la cabeza y esperó a que la siguiente ola rompiera en la orilla.
Y volvió a lamer.
Empujó el dedo más adentro y sintió que las piernas de ella temblaban contra su cara y esperó a que la siguiente ola rompiera.
Y volvió a lamer.
La oyó inhalar bruscamente, sintió que levantaba las caderas y tensaba los músculos.
Y volvió a lamer.
Y soltó el aliento de golpe cuando ella levantó el trasero jadeando incoherentemente, y sintió el calor tenso apretando su dedo una y otra vez. Sammie le agarró del pelo, frenética, delirante, exigente.
- Ahora – gimió -, ahora, Pedro -. Y tiró con una fuerza increíble hasta que él se deslizó, sin preservativo, en lo más hondo de su cuerpo todavía palpitante. Ah, caramba, esa cálida ranura, ese maravilloso y suave lugar húmedo, esa increíble sensación... Una docena de largos y desesperados empujones, con ella estremeciéndose en torno a él, y él también perdió el control.
El calor infernal que se había reunido y concentrado en lo más hondo de su ser estallaba ahora en
intensas ráfagas, inundando su conciencia con un placer oscuro y aterciopelado.
Permaneció tendido, aturdido, durante varios minutos antes de separarse de ella, respirando aún con dificultad y luchando por recobrar la lucidez.
- ¿Cuánto tiempo llevabas despierta? - preguntó con voz ronca, casi incapaz de articular las palabras por la emoción que le atenazaba la garganta.
Pau paseaba los dedos por el gran tatuaje arremolinado que llevaba en el hombro, acariciándole y masajeándole en una danza sensual.
- Algún tiempo – dijo soñadora -, tal vez no mucho. De repente estaba teniendo un orgasmo muy intenso y te quería dentro de mí.
- Un buen sitio para estar – susurró él, rozándole los labios con los suyos hasta que la caricia se convirtió en un largo y apasionado beso.
Al día siguiente tuvieron una frenética serie de citas. Rod llegó para mostrarles los edificios que había señalado como interesantes. Pau, con una falda negra ceñida y una recatada blusa blanca, desempeñó su papel con los ojos pegados al bloc de taquigrafía, pero de vez en cuando le lanzaba una pícara mirada a Pedro.
Pedro permaneció con el rostro inescrutable y los ojos ocultos tras unas gafas oscuras mientras hablaba con Rod, pero de vez en cuando le lanzaba sonrisas lascivas y cada
vez ella sentía revolotear mariposas en su interior al recordar su tórrida noche de amor y las promesas que él le había hecho para la noche de hoy. Ella sabía que estaba medio decidido por un almacén
recientemente desocupado que habían visto después del almuerzo.
- Al menos con éste no tenemos restricciones de ruido - le había dicho a Rod -. Nuestra música y docenas de pies golpeando el suelo pueden causar un gran estrépito a veces. El aparcamiento está bien y tiene buenos accesos en ambas direcciones. ¿Ve usted algún problema para un negocio como el mío?
- Ninguno, amigo. Se mire como se mire, cumple todos los requisitos.
Pau vio un montón de cosas de Sidney mientras Rod les llevaba a visitar propiedades. Cada vez que
aparecía en el horizonte el emblemático puente de la Bahía de Sidney, le recordaba que se encontraba en tierra extranjera. Ricos y desconocidos aromas emanaban de los restaurantes. Le encantaban las antiguas casas adosadas muy juntas, con sus atractivas vallas de hierro forjado y las barandillas de las terrazas, y desde todos los rincones se vislumbraban retazos del centelleante puerto.
Rod insistió en invitarles a cenar y Pedro sugirió que trajera a su esposa al hotel, porque a Sammie y a él les esperaba otro intenso día de trabajo. Esa noche, ya demasiado tarde, se despidieron de excelente humor.
Por fin volvían a estar solos.
- El baño es todo tuyo – dijo Pedro, abriendo su ordenador portátil para ponerse al día con el correo
electrónico -, le voy a decir a Rich cómo nos ha ido hoy. Detrás de él, Pau se desnudó y sólo se dejó puesto el sujetador de encaje y las braguitas. Fue andando hasta el escritorio donde estaba él y le rodeó el cuello con los brazos.
- Gracias – le dijo, inclinándose a besarle el lado de la cara -. Trabajas muy duro.
Él se giró hacia ella y levantó una mano para acercarla más a sí.
- Yo todo lo hago duro. Te voy a follar duro dentro de poco. No te duermas esta noche, ¿de acuerdo? – dijo acariciándole con una mano el trasero, casi desnudo – Vista previa furtiva – añadió, estirándose para besarla en los labios.
Pau se acercó más a la silla para hundirse profundamente en la cálida lujuria del beso. Le pasó una
pierna por encima de la de él y se acomodó en su regazo, consumida por las sensaciones de su lengua y sus labios en los de ella. Sus dedos se deslizaron por su espalda y le desabrocharon el sujetador, sus manos le cogieron los pechos y sus pulgares se movían sin descanso por su piel.
Por fin ella se apartó y quedaron sentados frente a frente.
- Sí, yo lo hago todo duro – repitió -. Mi plan consiste en trabajar como un demonio hasta los treinta y
ocho años aproximadamente y luego aflojar y disfrutar de lo que he creado.
Se inclinó por encima del pequeño espacio que les separaba y le mordió con gran decisión los dos pezones.
- Venga – le dijo, empujándola con el pene erecto para demostrarle que hablaba en serio -, o le voy a dar el susto de su vida a ese maldito cuarto de baño.
Pau se fue y volvió duchada, perfumada y lista para jugar. Como no estaba dispuesta a darles un
espectáculo a los huéspedes del ala más alejada del hotel, se envolvió en una toalla al ver que Nick había abierto las cristaleras para que entrara el aire de la noche.
Avanzó hacia las cortinas y tiró de ellas hasta casi cerrarlas. Ahora se oía más el ruido de las olas, que golpeaban y rompían con más fuerza en la arena. ¿Quizá esta noche hubiera mar más gruesa? Se movió por entre las suaves capas de tela y salió afuera, y justo pudo distinguir la cresta curvada de blanca espuma bajo la tenue luna nueva. El aire olía a sal y hasta ella llegaba la fragancia de las flores de los jardines del hotel.
Las farolas iluminaban la calle principal y algunas luces de seguridad brillaban en los jardines del hotel. Se veían luces en las esquinas de unas cuantas ventanas de las habitaciones del lado más alejado de la gran piscina, pero nadie tenía encendida la luz de la terraza. Tenía todo el sitio para ella sola.
La puerta del baño se cerró y su expectación aumentó A juzgar por sus anteriores comentarios, Pedro no tenía intención de estar mucho rato en la ducha, y todavía no había visto la batita tan sexy que se había comprado. Volvió a entrar en la habitación y apagó las luces, dejando encendida únicamente la lámpara que arrojaba una pequeña mancha de luz sobre el escritorio. Se quitó la toalla y se puso la bata. La sedosa tela acariciaba su piel, excitándola y despertando sensaciones en ella. Decidió
esperar a Pedro fuera, en la terraza, escuchando el ruido del océano mientras se preparaba.
Pedro abrió la puerta del baño. Sus ojos otearon lahabitación en la penumbra y tiró al suelo la ropa que llevaba bajo el brazo en cuanto vio la separación de las cortinas y vislumbró a la criatura fantasmal que había fuera.
La visión de Pau apoyada en la barandilla de la terraza, con su curvilíneo trasero casi visible debajo de un trocito de tela casi intangible hizo que se le pusiera dura al instante. Cruzó la habitación descalzo y cogió un preservativo del cajón de la mesita de noche, recordando el intenso placer de la noche anterior, cuando le había hecho el amor piel a piel. Dejó escapar un suspiro de frustración.
Pese a que sabía que tomaba la píldora, un hombre no era nunca demasiado precavido. Lo sacó tranquilamente del sobrecito, se lo puso y se dirigió a la terraza, cerrando la cortina tras de sí para
garantizar la oscuridad.Pau empezó a darse la vuelta, pero él se puso detrás de ella y la agarró por los hombros, sosteniéndola en su lugar para poder inclinarse y mordisquearle el cuello.
- Creía que habías dicho que no habías traído nada para ponerte en la cama – murmuró, dejando vagar una mano para sentir la textura de la tela y palpar el cuerpo que cubría.
- Esto se quita antes de ir a la cama – dijo, relajándose contra la barandilla mientras él seguía
palpando.
Le rodeó el trasero con las manos, le hundió los dedos por debajo del dobladillo y los fue subiendo por la piel desnuda. Pau contuvo la respiración, pero no emitió ningún otro sonido. Pedro pensó que probablemente los latidos de su propio corazón hacían más ruido que las olas rompientes.
Le deslizó una mano entre los muslos hasta encontrarle el clítoris y empezó a acariciárselo en
círculos con la yema del índice. Ella gimió quedamente y separó las piernas. Nick se preguntaba si se habría dado cuenta ya de que estaba desnudo. Había evitado tocarla con nada más que las manos y los labios, y había seguido jugando con ella y besándole el lado del cuello hasta que sintió la humedad de su invitación.
- Pedro... – susurró, intentando darse la vuelta hacia él.
- No, quédate así – dijo él, empujando hacia adelante hasta que su polla se deslizó en parte dentro de ella.
Pau y entonces los dos oyeron el sonido inconfundible de alguien encendiendo un cigarrillo en la terraza de al lado. Permanecieron inmóviles por espacio de largos segundos. El humo llegó flotando hasta ellos, arrastrado por la ligera brisa. No cabía posibilidad de error: realmente había alguien a escasos metros de ellos.
- Déjame entrar – le musitó Pedro al oído.
- No puedo... ahora no.
Él empujó y ganó un poco de terreno.
- Sí que puedes.
- Pedro... – Una desesperada súplica en voz baja.
Le pasó un brazo por la cintura y le acarició el vientre con los dedos hasta que volvió a encontrar su
humedad. Pese a sus jadeantes protestas, sólo necesitó unos momentos de sus expertas caricias para poder penetrarla más a fondo.
- He pensado que el segundo almacén era la mejor de las propiedades que hemos visto hoy – dijo en tono coloquial.
La sintió reírse, deliciosas pequeñas oleadas tirando de su polla medio hundida en su cuerpo.
- Ésa sería también mi elección – se las arregló para decir ella en un momento dado, abriendo un poco más las piernas y agitando el trasero contra él. Una cortina se deslizó por un carril y brilló un
destello de luz de la habitación de al lado. Volvieron a
ponerse tensos.
- ¿Vas a entrar, Eddie? – preguntó una voz de mujer.
- Sólo un par de caladas más.
Pau se tapó la boca con la mano para ahogar la risa antes de que la cortina volviera a ocultar la luz.
- ¿Vas a entrar, Pedro? – susurró al cabo de unos segundos, en voz tan baja que él casi no la oyó.
- Voy a tener que apretarles con el precio – sugirió él, apretando algo completamente diferente.
- Me parece que vas a tener que apretar con todas tus fuerzas.
Extrajo un poco el pene e hizo lo que ella le había sugerido hasta que estuvo profundamente hundido.
- Estos clientes resbaladizos... – musitó, mordiéndole la nuca.
- Muy resbaladizos – coincidió ella, agarrándose a la barandilla para que él pudiera empujar con más vigor.
Pedro miró hacia el lado. Había sólidas vallas para proteger la intimidad entre las terrazas. La celosía que había notado antes sólo estaba en el borde delantero. Uno tendría que ser muy sospechoso y asomarse mucho al exterior antes de poder verles.
Y la inclinación de la luna iluminaba lo suficiente las terrazas del ala más alejada como para estar seguro de que no había nadie allí escondido. Extrajo el pene casi por completo y volvió a
penetrarla otra vez hasta el fondo. Dios, era como la seda por dentro. Suave, cálidamente adaptable e infinitamente acogedora.
- ¿Entonces cuándo crees que va a ser el gran acontecimiento? – su pregunta sonó temblorosa - ¿Falta mucho?
- No mucho si las cosas siguen progresando como hasta ahora – contestó él, empujando con más fuerza y sintiendo que los músculos de ella empezaban a contraerse de esa forma que ya le era familiar.
Pau emitió un jadeo muy gratificante.
- ¿Vas a ser capaz de mantener las cosas en silencio cuando eso suceda?
- Voy a tener que hacerlo, dadas las circunstancias.
- No me imagino que sea posible.
- Inténtalo – jadeó él, empujando dentro de ella. La inclinación proporcionaba unas sensaciones increíbles, que la posibilidad de tener público aumentaba, y él estaba a punto de correrse, era cuestión de segundos. Se prometió a sí mismo que se lo compensaría a Pau más tarde en caso de no poder aguantar, pero en ese instante ella inhaló una gran cantidad de aire, emitió una breve exclamación y se convirtió en un líquido palpitante en torno a él.
Sus testículos convulsionaron y se corrió con más intensidad que nunca, cerrando los ojos con fuerza y apretando los dientes, expulsando el aire a través de ellos como el chorro de un jet a punto de despegar.
Pau se dejó caer con un ataque de risa, sometiéndole a otra tortura más, y luego le dijo quedamente:
- Hemos despegado, comandante. Listos para una nueva misión.
holaaaa , aca dejando 2 caps , faltan 3 caps y termina esta nove :´) , la otra nove que tenia no se si seguirla , que opinan ? dejen sus comentarios por favor aqui o en mi tw @natupaulitervnz , gracias por leer
holaaaa , aca dejando 2 caps , faltan 3 caps y termina esta nove :´) , la otra nove que tenia no se si seguirla , que opinan ? dejen sus comentarios por favor aqui o en mi tw @natupaulitervnz , gracias por leer
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